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Автор: Vernant Jean-Pierre El Hombre Griego Por
Теги: historia filosofía desarrollo humano
ISBN: 84-206-9657-9
Год: 1995
Текст
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Ph. Borgeaud, G. Cambiano, L. Canfora,
Y. Garlan, C. Mossé, O. Murray,
J. Redfield, Ch. Segal, M. Vegetti,
J.-P. Vernant
El hombre griego
Edición de Jean-Pierre Vernant
Version española de:
Pedro Bádenas de la Peña: Introducción, capítulos I, II.y I I I y
revisión técnica
r
_· .·Antonio Bravo García: capítulos V I, V II y V III
.'.j-rJ-V·
José Antonio Ochoa Anadón: capítulos IV, V y IX
i
Alianza Editorial
Título original:
L'uomo greco
Primera edición: 1993
Primera reimpresión: 1995
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en cl art. 534-bis del
Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad
quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o
científica fijada en cualquier tipo de soporte, sin la preceptiva autorización,
© 1991, Gius. Latcrza & Figli Spa, Roma-Bari
© Ed. casi,: Alianza Editorial, S. Λ., Madrid, 1993, 1995
Calle Juan Ignacio Lúea de Tena, 15; 28027 Madrid; teléf. 393 R8 88
ISBN: 84-206-9657-9
Depósito legal: M. 23.352-1995
Impreso en Lavel. Gran Canaria, 12. Humanes (Madrid)
Printed in Spain
IN D IC E
Introducción
El hom bre griego, Jean-Pierre V em anl
...........................
Capítulo I
El hom bre y la econom ía, Claude Mossé
9
.......................
33
Capítulo II
El m ilitar, Yvon G a r la n ......................................................
65
Capitulo IJI
Hacersé hom bre, Giuseppe Cambiano
...........................
101
Capítulo lV
El ciudadano, L u cia n o Canfora ......................................
Apéndice docum ental ...............................................
139
165
Capítulo V
El hom bre y la vida dom éstica, James Redfield
.............
177
........................
211
Capítulo VJ
El espectador y el oyente, Charles Segal
Capítulo V II
El hom bre y las form as de sociabilidad, Oswyn Murray
247
Capítulo V III
El hom bre y los dioses, M a rio Vegetti .............................
289
Capítulo IX
El rústico, Philippe Borgeaud ............................................
323
Los autores
339
..............................................................................
7
i
í
I
In trod u cción
EL HOMBRE GRIEGO
Jean-Pierre Vernant
El efeho n,bio' cabcza dc mármol de la Acrópolis. Primer cuarto del siglo v
¿Qué se quiere decir exactamente cuando hablamos del hom
bre griego y en qué sentido estamos autorizados para realizar su re
trato? La mera alusión en singular al concepto de hom bre griego
constituye ya un problem a. ¿Nos encontram os acaso, siem pre y en
todo lugar, ante un m ism o m odelo de hom bre, pese a la diversidad
de situaciones, de sistemas de vida, de regím enes políticos com o
los que se dan de Atenas a Esparta, de Arcadia, Tesalia o el Epiro a
las ciudades de Asia M enor o a las colonias del mar Negro, de Italia
m eridional o de Sicilia? Y este griego cuya imagen tratamos de fijar
¿será el d ç época arcaica, el héroe guerrero que canta H om ero, o
ese otro, distinto en tantos aspectos, que Aristóteles definió en el si
g lo iv com o un «anim al p o lítico»? Aunque los documentos de que
se dispone1han llevado a centrar la investigación en el periodo clá
sico y a en focar nuestra atención en Atenas la mayoría de las veces,
el personaje que se nos perfila al final del estudio presenta, más que
una imagen unívoca, una figura que brilla con una multiplicidad
de facetas donde se reflejan los diversos puntos de vista que los au
tores de esia obra han preferido primar. Verem os así desfilar suce
sivamente, según la óptica elegida, al griego en tanto que ciudada
no, hom bre religioso, m ilitar, factor económ ico, dom éstico, oyen
te y espectador, partícipe de diferentes formas de carácter social,
verem os a un hom bre que, de la infancia a la edad adulta, recorre
un cam ino impuesto de pruebas y de etapas para convertirse en un
hom bre en el pleno sentido de la palabra, conform e con el ideal
griego de realización del ser humano.
Aunque cada uno de los retratos trazados en esta galería por es-
12/Jean-Picrre Vemam
tudiosos m odernos responde a un objetivo o a una cuestión par
ticular — ¿qué significa para un griego ser ciudadano, soldado o ca
beza de familia?— , la serie de cuadros no constituye una sucesión
de ensayos yuxtapuestos sino un conjunto de elementos que se en
tremezclan y com pletan para form ar una imagen original cuyo
equivalente exacto no encontramos en ninguna otra parte. Este
m odelo construido por los historiadores quiere efectivam ente po
ner de manifiesto los rasgos característicos de las actividades des
plegadas por los antiguos griegos en los grandes sectores de la vida
colectiva. N o se trata de un esquema arbitrario, al contrario, para
su estructuración se ha buscado el apoyo en una docum entación lo
más com pleta y precisa posible. Tam poco es un esquema «banal»
en la medida en que, dejando al margen las generalizaciones sobre
la naturaleza humana, se dedica a señalar lo que. los com porta
mientos de los griegos implican de original: la form a propia de
aplicar prácticas tan universalmente extendidas com o las relacio
nadas con la guerra, la religión, la econom ía, la política o la vida
doméstica.
Singularidad griega por tanto. Sacarla a la luz significa adoptar
desde el principio un punto de vista com parativo y, en esta con
frontación con otras culturas, poner el acento, más allá de los ras
gos comunes, en las divergencias, las desviaciones, las distancias.
Distancias, en prim er lugar, respecto de nosotros en lo que se refie
re a modos de actuar, pensar o sentir, que hasta tal punto nos resul
tan familiares que nos parecen algo natural. Sin em bargo hay que
intentar desprenderse de estas sensaciones cuando nos referim os a
los griegos para no desenfocar la atención que sobre ellos pone
mos. Existen también distancias respecto de hombres de otras ép o
cas de la antigüedad y de otras civilizaciones distintas de la
griega.
Pero quizá el lector, aunque esté dispuesto a recon ocer con no
sotros la originalidad del caso griego, se vea tentado de hacer otra
objeción preguntándonos por el térm ino hombre. ¿Porqu é el hom
bre y no la civilización o la ciudad griega? Podría argüirse que es el
contexto social y cultural el que está som etido a continuos cam
bios; el hom bre adapta sus com portam ientos a dichas varia
ciones pero en sí continúa siendo el mismo. ¿En qué se diferencia
ría el ojo del ciudadano de la Atenas del siglo v a.C. del de nuestros
contem poráneos? Pero lo cierto es que en este libro el problem a
que se aborda no son ni el ojo ni el oído sino las formas griegas de
servirse de ambos: la visión y la audición, su función, sus formas y
su respectiva consideración. Para que se me com prenda m ejor
pondré un ejem plo y pido disculpas por lo que tenga de personal:
¿cóm o podríam os mirar hoy la luna con los ojos de un griego? Y o
El hombre griego/13
m ism o lo pude experim entar en mi juventud durante mi prim er
viaje a Grecia. Navegaba entonces de noche de una isla a otra; echa
do en cubierta contem plaba el cie lo donde brillaba la luna, lum i
noso rostro nocturno que extendía su claro reflejo, inm óvil o dan
zante sobre la oscura superficie del mar. Y o me encontraba m ara
villado, fascinado por esta suave y extraña claridad que bañaba las
olas dormidas; estaba em ocionado, igual que ante una presencia
fem enina, próxim a y a la vez lejana, fam iliar y sin em bargo inacce
sible, cuyo resplandor hubiera venido a visitar la oscuridad de la
noche. Es Selene, me dije, nocturna, misteriosa y brillante, lo que
estoy viendo es Selene. Muchos años después, cuando estaba vien
do en la pantalla de mi televisor las imágenes del prim er explora
dor lunar saltando torpem ente — m etido en su escafandra de cos
monauta— en el espacio difuso de un lugar desolado, tuve la im
presión de estar ante un sacrilegio al que se unía la dolorosa sensa
ción de que algo se rom pía sin rem edio: mi nieto, que com o todos
contem pló aquellas imágenes, nunca podría m irar la luna com o vo
lo había hecho antes, con los ojos de un griego. La palabra Selene
se convirtió en una referencia puramente erudita: la luna tal com o
aparece en el cielo no responde ya a ese nombre.
N o obstante, com o el hom bre es siem pre un hom bre, la ilusión
es tenaz; si los historiadores consiguieran reconstruir perfecta
m ente el decorado en el que vivían los antiguos habrían cum plido
su misión, de manera que, cuando se los leyera, cada uno podría
sentirse en la piel de un griego. Saint-Just no fue elú n ic o , entre los
revolucionarios, en imaginarse que le bastaba practicar «a la anti
gua» las virtudes de la-sencillez, frugalidad, infiexibilidad para que
el republicano de 1789 se identificara con el griego y con el rom a
no. Fue Marx el que en La sagrada familia puso las cosas en su
Sitio:
Este error se revela trágico cuando Saint-Just, el día de su ejecución, al se
ñalar el gran cuadro con los Derechos del Hombre, colgado en la sala de la
Conciergerie, exclama con un justificado orgullo: «Pero si soy yo el que ha
hecho eso.» Pero precisamente esc cuadro proclamaba el derecho de un
hombre que no puede ser el hombre de la comunidad antigua, porque tam
poco las condiciones de existencia económicas c industriales son las de la
antigüedad.
Com o escribe François H artog al citar este pasaje: «E l hom bre
de los derechos no puede ser el hom bre de la ciudad antigua.» Y
menos aún puede serlo el ciudadano de los estados m odernos, el
seguidor de una religión monoteísta, el trabajador, el industrial o el
financiero, el soldado de las guerras mundiales entre naciones, el
padre de fam ilia con esposa e hijos, el individuo particular en la in-
14/Jean-Pierre Vemanl
timidad de su vida personal, el joven , que continua hoy teniendo,
tras la edad adulta, una adolescencia,indefinidam ente prolongada.
Una vez dicho esto, ¿cuál debe ser la tarea.del presentador en la
introducción de una obra sobre el hom bre griego? Desde luego no
la de resumir o com entar los textos que, en los terrenos de su res
pectiva com petencia, los helenistas más cualificados han tenido a
bien confiarnos y p o r lo cual, en el umbral de este libro, les mues
tro mi más sincero agradecim iento. Antes que repetir o glosar lo
que los autores han sabido decir m ejor que nadie, prefiero — en ese
m ism o espíritu com parativo— adoptar una perspectiva algo dife
rente, una visión colateral con relación a la suya; cada uno se ha ce
ñido efectivam ente a lim itar su análisis a un aspecto del tipo de
com portam iento, para destacar así, en la vida del griego antiguo,
una serie de planos distintos. Al abordar desde otro ángulo el mis
m o problem a y vo lver a centrar esta vez en torno al individuo todo
el entram ado de hilos que han ido siendo desenmarañados, yo me
preguntaría cuáles son — en las relaciones del hom bre griego con
lo divino, con la naturaleza, con los demás, consigo m ism o— los
puntos importantes que conviene, tener en cuenta para definir con
exactitud la «d ifere n cia » que lo caracteriza en sus formas de ac
tuar, de pensar, de sentir — y m e atrevería a d ecir— en su manera
de estar en el m undo, en la sociedad, en su propio yo.
La am bición de un proyecto así podría hacer sonreír si no tuvie
se dos justificaciones para arriesgarm e a ello. En prim er lugar no
ha llegado todavía el m om ento, tras cuarenta años de investigacio
nes llevadas a cabo, incluso en com pañía de otros estudiosos, sobre
lo que he dado en llam ar historia interior del hom bre griego y de
aventurarm e a realizar su correspondiente balance arriesgando
conclusiones generales. Y o, a principios de los años sesenta, es
cribía:
Aunque se trate ele hechos religiosos (mitos, rituales, representaciones figu
radas), de ciencia, de arte,'de instituciones sociales, de hechos técnicos y
económicos, nosotros siempre los consideramos como obras creadas por
los hombres, expresión de una actividad mental organizada. A través de es
tas obras se investiga qué fue el hombre en sí, este hombre griego, insepara
ble del marco social y cultural del que es a un tiempo creador y pro
ducto.
Al cabo de un cuarto de siglo sigo todavía suscribiendo los tér
m inos de esta declaración program ática. Sin em bargo, aunque
pueda parecer dem asiado tem erario p o r su am bición de alcanzar
rasgos dem asiado generales, mi proyecto — y esta es mi segunda
justificación— es más m odesto porque se encuentra más delim ita
do. Dejo a un lado los resultados — parciales y provisionales, por
El hombre griego/15
supuesto, com o ocurre en todo estudio histórico— de la investiga
ción que *he realizado sobre los cambios que afectan al hombre
griego entre los siglos vm y tv a.C., todo el panorama de actividades
y funciones psicológicas: representaciones del espacio, formas de
la tem poralidad, m em oria, im aginación, voluntad, persona, prácti
cas sim bólicas y utilización de los signos, modos de razonamiento,
instrumentos intelectuales. Dcseanatsituar^eJtpëTfilT^cuyos'i'asgos'
^ l^ tb lesb Ô zâlvlÎâ jo^ éi signof-no^delTgriegÓ.'sihó-dél-griégo-y-nóso^
¿tros.VNo del griego tal com o fue en sí mismo, tarea im posible por
que la idea misma carece de sentido, sino del griego tal com o se
nos presenta hoy al final de un recorrido que, a falta de un diálogo
directo, procede m ediante un incesante ir y venir, de nosotros ha
cia él, de él hacia nosotros, conjugando análisis objetivo y esfuerzo
de simpatía: jugando con la distancia y la proximidad; alejándose
nos para hacerse más cercano sin caer en la confusión y aproxi
mándosenos para captar m ejor las distancias a la vez que las afini
dades.
Em pecem os por los dioses, ^ü érrepreseittálloid ivin p jpara^m
igriego-y-cômo-se-sitûa'el'hombrë éñl^elácio'n'con~ese conccptp? El
problem a, form ulado en estos térm inos, corre el riesgo de estarmal planteado desde el principio. Las palabr as no son inocentes; el
térm ino «d io s» no evoca sólo en nuestro espíritu un ser único, eter
no, absoluto, perfecto, transcendente, creador de todo lo que exis
te, asociado con una serie de otras nociones afines, com o lo sagra
do, lo sobrenatural, la fe, la iglesia y su clero; de manera solidaria
con estos conceptos, nuestra idea de «d ios» limita con un peculiar
' terreno de; la experiencia — el hecho religioso— cuyo lugar, fun
ción, situación son claram ente distintos de los demás com ponen
tes de la vida social. Lo sagrado se opone a lo profano, lo sobrenatu
ral al mundo de la naturaleza, la fe a la incredulidad, el clero a los
laicos, y de la misma m anera dios se separa de un universo que en
cada m om ento depende por com pleto de él, porque es él quien lo
ha creado, y lo ha creado de la nada. »Lasinumërêsasldivinid a d esdel
p ó liteísm ólgriego¡ en cam bio, iloTpôseen-i losi rasgos-Lque-dëfinêsn
riuestrôëQncepTô^clc^l Q^liviiTof~Ni'son-eternasrni~perfectas71Ti/OniniscicnteS'yni^omnipotentes;mo;hanicre_ad_o^l:ñ1uTi^dp7perp:han-naÇ ido^m éh yd e-éI; harridôTÎIrgiëndo-mediante-gencraciones sucesitvas^0fiëdicla-que.elruniverso7a:pât!tirrdë"!âsj50tënçias.-primprdialesrcbm ôX n 0 5 (esd êcii^LV a cio)™ oC êa 7 (ës“dëcir,*;la'Jierra)7seriba
(diferefTüiaíTclQ~y:organÍ7.ando;-residcn :pucs~cnrej;sençrmismo~dcl
Mumyerso-'Sintrascendenclálcs^fiórtt an torabsolutamcnAc: relativa,
.válidÉruTTicáMcnte"pot^rác1óñXlá-élféráMtúmána?AIÍgual.:que_Íps
hombfës7pero-poriérrc'ima-dê'-èlloS,"loSldiO~ses:fm-mamparte Jntc·
g rëh t«Tel el^cos mo s -
I6/Jean-Pierre Vemant
Todo esto significa que entre este mundo y lo divino no existe
un corte radical que separe para nosotros el orden de la naturaleza
del sobrenatural. La com prensión del mundo en que vivim os, tal y
com o se presenta ante nuestros ojos y la búsqueda de lo divino no
constituyen dos formas de aproxim ación divergentes u opuestas,
sino dos actitudes que pueden coincidir o confundirse. La luna, el
sol, la luz del día, la noche o bien una montaña,! una gruta, una
fuente, un río o un bosque pueden percibirse y sentirse con la mis
ma actitud que se acoge a cualquiera de los grandes dioses del pan
teón. Todos esos elem entos naturales provocan las mismas formas
de respeto y consideración admirativa que caracterizan a las rela
ciones del hom bre con la divinidad. ¿Por dónde jiasa entonces la
frontera entre los humanos y los dioses? Por un lado, somos seres
inseguros, efím eros, sometidos a las enfermedades, el en vejeci
m iento y la muerte; nada de cuanto confiere valor'ÿ brillo a la exis
tencia (juventud, fuerza, belleza, gracia, valor, honor, gloria) deja
de deteriorarse y desaparecer para siempre; tam poco existe nada
que no implique, frente a todo bien preciado, el correspondiente
mal, su contrario o su inseparable compañía. N o hay así vida sin
m uelle, juventud sin vejez, esfuerzo sin cansancio, abundancia sin
trabajo, placer sin sufrim iento./ A ^ îiâ b â jo T ^ â lïï^ tie n e su.sorfib’ra,*i
esp.lóTidor su~cara~oseura^Todo"l_o~cpntEariQ dé 1o!que~Igs_x>cu^rrë^ l o T qiJê se~clá en llam a r infnoi~tales (athúnató¿)'? b.i e na ve n.tura-r
/doHfnj¿izares), poderosos ( kreíttpus);A-dS.divinidades,
Gara úna de_esasrdivinidades, en el terreno que le corresponde,
enTaÍm aUospóTlér^s^apácidad.es;j¿irtudesyÍavores-délós"quelds
fí ó mbre s .'áló.l a rg o de su vida pasajera,· no pueden sinodispo rieren
fo rm a 'd ejjn fugaz y s o m brío reflejo, c o m o en.uri.sugño.¿Existe'entonces:una^difercnciaieTrtTêTambas;razasrla~hümana~y!lâ^livinarEi:
liom bre~griegôlde~épô^âIclà2ig^és^rofLm dâm èritéxônsciëntërde'·
estalclispáf i elá d. $abeyqü^hayrüTm rff^teraIm frâfiqü'eâl3le7entrë
i ós~ho m b rës’y ÎQSid i oses, a pesar de que los recursos del espíritu hu
mano y de todo lo que ha conseguido descubrir o inventar a lo lar
go del tiem po; el porvenir le sigue siendo indescifrable, la muerte
irrem ediable, los dioses fuera de su alcance, más allá de su inteli
gencia, al igual que resulta insostenible para su mirada el resplan
dor del rostro de los inmortales. Por esolüna.delas-reglas-fuñdam entales'de~la'sabidurig~pá5gaTelátiva~aiasrelacio,ne~sXonlo s d ÍQ¿seses^quë^Ufiom b r e no puedétpreteñ-det-cen:mo~do7álgünó1gualarse,
a .ellos.
|^La~ac,êptâg: i ó n — com o algo consustancial con la naturaleza hu
mana y contra lo que sería vano protestar— dêTôtias*las:cârerfcias
qu^acóm panan',méü5s'ariamente-a-nuestra-condición-irnplica:una~
sene^dexo^séqueñciaslde.divefsóorden. -En prim er lugar, fel"gri‘e’>
El hombre griego/17
g o .B P _ p u e d ë ^ s ^ ^ r‘d e i ^ d ióses~g^ni~t am pocô'pedi rselo^ r q u e le
con c é d a n t na~foTmaPuaiquiera:deiáinnVortalidad:deqüee_l;los-dis/fiñltañ. La esperanza de una supervivencia del individuo después de '
la muerte, distinta de la de mera sombra sin fuerza y sin conscien
cia en las tinieblas del Hades, no entra en el m arco del com ercio
con la divinidad instituido por el culto ni, en todo caso, constituye
su fundamento ni es un elem ento importante. La idea de una in
m ortalidad individual debía de resultarles muy extraña e in con
gruente a los atenienses del siglo ív a juzgar p o r las precauciones
que Platón se siente obligado a tom ar antes de afirmar, p o r boca de
Sócrates en el Fedón, que en cada uno de nosotros existe un alma
inmortal. Además a este alma, en la medida en que es im perecede
ra, se la concibe com o una especie de divinidad, un daim ón, lejos
de confundirse con el individuo humano, en lo que hace de él un
ser singular, el alm a se entronca con lo divino del cual aquélla es
com o una partícula m om entáneam ente extraviada en este mundo.
Segunda consecuencia. P o r infranqueable que parezca, ¿la.-'ciistâïïcia'.éhtre* los^d ioses-y-1 Ós"-Homb res -no-exclúyéTúnaTfÓrmirdé“paÆnteTC'ô^ntre~sirAmbos~habitaTrëlûn'ismo.mundO,Î;pêTôsë^tratâ~de
urrmündo'~con',diferentes~niveles~y estrictam ente'jerarquizado. De
abajo arriba, de lo in ferior a lo superior, la diferencia va de lo m e
nos a lo más, de la privación a la plenitud, a través de una escala de
valores que se extiende sin una verdadera interrupción, sin un
cam bio com pleto de nivel que, debido a su inconm ensurabilidad,
exige el paso de lo finito a lo infinito, de lo relativo a lo absoluto, de,
lo tem poral a lo eterno. Debido a que las perfeccion es con que es
tán dotados los dioses son una prolongación lineal de las que se
manifiestan en el orden y belleza del mundo, la arm onía feliz de
una ciudad regulada según la justicia, la elegancia de una vida lle
vada con mesura y control de uno mismo, lâ^rèligipsidad'dëhlTomibre'griego-nom ecesitartomar-el-cantinó7cle"la renunciardellm iirdo,
s i iTô~xiëTsu^esatTollo~estéti c-o.
Los'honibres:están:suietos:áips~dioses com o el siei-vo-al~,a7no~.del·
queidepen'de. Y es que la existencia de los m ortales no se basta a sí
misma, El~h^cho^de'n acer-estabjece'ya:paraxa;da;indiyidaóTüha~referencia:respectsrdé“ü,n-nTasrallá7de~~síTmismo; los padres, los ante
pasados, los fundadores de un linaje, surgidos directam ente de la
tierra o engendrados p o r un dios. El‘hO'rnbrer¿ e s d e-que ve-la-luz, se
encuentra _yá/en-Uña^sitaación7de7déüda^D.etrdárqu&^e;salda-cuan¿P7elTh'om bre7^e‘dia7tleTlá“ obseW añ'Cia:delos-rito’s “tratiiciñnalés,
rind'eTe^TUpülosányente a-’la diyini'dâd~él;homenaje~que está~éstá éíT
su-der.echÔTde exigirlë. Al tiem po que se im plica un elem ento de te
m or con el que pueden alimentarse hasta el lím ite las angustias o b
sesivas de la persona supersticiosa, la devoción griega im plica otro
] 8/Jean-Pierre Vcmant
aspecto muy distinto. Cuando se establece contacto con los dioses
y se les hace, en cierto m odo, presentes en m edio de los m olíales,
el culto introduce en la vida humana una nueva dimensión, hecha
de belleza, generosidad y com unión dichosa. A los dioses se los ce
lebra p o r m edio de procesiones, cánticos, danzas, coros, juegos,
certám enes, banquetes donde se participa en común ele la carne de
los animales ofrecid os en los sacrificios. Eiln taâlîfês ti yo .^all álvez
ciue^otorgáladósTitTrrnírtáleslIaTveTíeracmñTqueimerecen/aparece^
^ a ra ja q ü ^ llQ s^ ^ ^ tá n .á V óca clÓ sX l Cimiente .'corrió,tina manera,de
enriquecer, los cliâs de áu existencia, una suerte de ornato que, al
conferirles un tipo de gracia, alegría, concordia m utua,4^filum ina
ó^ 0 1 tinibrilló^en^l_qúeT,e^pJandece-ujia;pa rte d e l~fLilgoti'dé~lós~dio/ses'.'Como dice Platón, para llegar a ser verdaderos hom bres los ni
ños deben, desde sus prim eros años, aprender- a «v iv ir jugando y
con juegos tales cornos los sacrificios, los cánticos y las danzas»
(Leyes, 803c). En cuanto a nosotros, el resto de los hombres, «los
dioses nos fueron dados no sólo com o com pañeros de fiesta sino
para procurarnos el sentim iento del ritm o y la arm onía unido al
placer, con lo cual nos ponen en m ovim iento y dirigen nuestros
girnpos enlazándonos unos a otros con las canciones y las danzas»
- (Leyes, 653d-654a). En estos lazos que instituye el ritual entre los
celebrantes se hallan también los dioses en acuerdo y sinfonía con
los hom bres m ediante el placentero ju ego de la fiesta.
l^ó“Slhpmbxesydepen_den'rdeilá“ divinidádrrsin~su^conséíTtiTñiCTtD
n a d ^ p u ^ d ^ i^ aliza j"sejaq u rta b a jp . En;_cuaIqüie r^mornenVóThav.
p o H á Títb7qúe^staT^ ñ f (^l¿conra'quélíápára!gáFam izaiiscsim fálta
su 'sem cio .^ P erc^ ervicio ño.significa.servidum Bre'Para señalar su
diferen cia con el bárbaro, el griego proclam a con orgu llo que es
un hom bre libre, eleútheros, y la expresión «esclavo del dios», que
tan am pliam ente docum entada encontram os en otros pueblos, es
inusitada no §ólo en la práctica cultural corriente, sino incluso
para designar las funciones religiosas o sacerdotales de una divini
dad, ya que se trata de ciudadanos libres que ejercen a título oficial
sus funciones sacerdotales. Libertad-esclavitud: para aquellos que
han con ferid o a éstos dos térm inos, en el ám bito de la polis, su ple
no y estricto significado, estas nociones aparecen recíprocam ente
dem asiado exclusivas para poderse aplicar ambas al m ism o indivi
duo. El que es libre no puede ser esclavo o, m ejor dicho, no podría
ser esclavo sin dejar inm ediatam ente de ser libre. A esto se unen
otras razones. El^mundpidirlqs'dioses.'está^IóXuficientCméñté alejad o ^ ô m o p â r X q ü ë ^ l :d<n15ΓΗ om brë s~gu a rd e x p o r t e iac i ó n a a q u é I,
^ lí^ rop ia ^ iito n p m ía ryjsin .em b argó su -d is ta nc ia M . c s tan tacom o
páráTquérél.Hóm brese-sierita im potente ap la stad o,-red u cid o a la
nadáXñtXlá’ iñfinitüd'de lo divino. Para que sus esfuerzos se vean
lil hombre griego/19
coronados por el éxito, tanto en la paz com o en la guerra, para con
quistar riqueza, honor, excelencia, para que la concordia reine en
la ciudad, la virtud en los corazones, la inteligencia en los espíritus,
el individuo tiene que poner de su parte, a él le corresponde tomar
la iniciativa y ponerse a la tarea sin escatimar esfuerzos. En toda la
esfera de los asuntos humanos cada uno debe iniciar la tarea y per
severar para triunfar. Cumpliendôrei!flcHë~hc7>nVô:es~dcbido~se'tienenTlasimayoresl-posiHi 1id ^ ^ lT lélga ra rT tiza rséll aTprot ccrciónTdi yiñás
Distancia y proxim idad, ansiedad y gloria, dependencia y auto
nomía, resignación e iniciativa, entre estos polos opuestos pueden
aparecer todas las actitudes intermedias en función de los m om en
tos, de las circunstancias, de los individuos. Pero por muy diversos,
por muy opuestos que sean estos elem entos contingentes, no im pli
can ninguna incom patibilidad, todos se inscriben en un mismo
cam po de posibilidades, el abanico de éstas establece los límites en
cuyo interior puede actuar, según la forma que le es propia, la reli
giosidad de los griegos, indica las vías múltiples, pero no indefini
das, que perm iten este tipo de relación con lo divino tan caracterís
tica del culto griego.
Y .d igo culto, no religión o fe. Com o justamente hace observar
M ario Vegetti, el prim ero de estos términos no tiene su equivalente
jerTGFecia. dondc'ñg r ^ i^ t g urrámbitoreligiosQ'que-agrupe-institu·
/cionesrconductas^codihcadas'y^coirviC cióhésjhliniásen ru n .co.njü fito organizado nëtâ'mente^iiferenciado del resto~de las piáctiCás
/ sá ja les ~AlggTdérelcm ento-religiósü^rá^i^C '^~^TT!t'óclÓ $'sit ios;
loj0^lôT^tidi^ôs2im plicarr^jnntôTa'otrôS:asp7éctôS4ï-m ezc lados
cpn,;eHosrú,na-dimensión~religiosa;~yesto^5e~da~en-lo-más~prosaico
como~enl o m á sTsglgmn estant ó bernia ;es fera ,pri vad are onvoienia:pú iblica.
M. Vegeftti recuerda una anécdota muy significativa: unos foras
teros que han venido a visitar a H eráclito se detienen ante la puerta
de su casa cuando le ven calentándose al fuego del hogar. Según
Aristóteles, que intenta probar que tanto la observación de las es
trellas y los m ovim ientos celestes com o el estudio de las cosas más
humildes son igualm ente dignos, H eráclito habría invitado a pasar
a sus huéspedes diciéndoles: «tam bién ahí (en el hogar de la c o c i
na) están los dioses» (De partibus atiim alium 1, 5, 645a). Sin em bar
go J o ^ d ig io s o .'arílierza detestar,prgsen teen toda Ocasión,yjugar,
correxl~~icSgó deJió.téñ éñni undugar, niu rïàfôrm grdë manifesta
ción rcálrnénte propios/ P o r esta razón no debería hablarse de « r e
lig ió n » a propósito del hom bre griego si no es adoptando las pre
cauciones y reservas que parecen im ponerse respecto de la noción
de divinidad.
20/Jeari-Pierre Vemant
Por lo que se refiere a la Fe las cosas son aún más complicadas.
1-Joy día para nosotros la línea de demarcación en el plano relig io
so, se sea creyente o no, es nítida. Formar parte de una iglesia, ser
practicante de manera regular y creer en un cuerpo de verdades
constituidas en un credo con valor de dogma son los tres aspectos
del com prom iso religioso. Nada de esto hay én Grecia; .no existe
iglesia ni clero, ni tam poco hay dogm a alguno. La·, creencia en los
dioses no puede pues tom ar la form a ni de pertenencia a una igle
sia, ni de la aceptación de un conjunto de propuestas presentadas
com o verdaderas y que, en su calidad de materia revelada, se sus
traigan a la discusión y la crítica. El hecho de «c re ç r» en los dioses
por parte del griego no se sitúa en un plano propiam ente intelec
tual, no intenta crear un conocim iento de lo divino, ni tiene nin
gún carácter doctrinal. En este sentido el terrenp está libre para
que se desarrollen, al margen de la religión y sin conflicto abierto
con ella, formas de búsqueda y reflexión cuyo fin será precisam en
te establecer un saber y alcanzar la verdad en cuanto que tal.
El griego, por tanto, no se encuentra, en un m om ento u otro, en
situación de tener que elegir entre creencia y descreim iento. Cuan
do se honra a los dioses conform e a las más sólidas tradiciones y
cuando se tiene confianza en la eficacia del culto practicado por
sus antepasados y por todos los m iem bros de su comunidad, el fiel
puede manifestar una credulidad extrema, com o el supersticioso
ridiculizado por Teofrasto, o bien mostrar un prudente escepticis
mo, com o Protágoras, que considera im posible saber si los dioses
existen o no y que, tocante a ellos, no se puede con ocer nada, o
bien m antener una com pleta incredulidad, com o Critias, que sos
tiene que los dioses han sido inventados para tener sometidos a los
hombres. Pero la incredulidad tam poco es descreim iento, en el
sentido que un cristiano puede dar a este término. Poner en tela de
J'juicio, dentro de un plano intelectual, la existencia de los dioses no
I choca frontalm ente con la pid a s griega, con intención de arruinar
la, en lo que ésta tiene de esencial. N o podem os im aginar a Critias
absteniéndose de participar en las cerem onias de culto o negándo
se a hacer sacrificios cuando fuera necesario. ¿Se trata quizá de hi
pocresía? Hay que com prender que, ahser la religión inseparable
de la vida cívica, excluirse equivaldría a colocarse al m argen de la
sociedad, a dejar de ser lo que se es. Sin em bargo, hay personas que
se sienten extrañas a la religión cívica y ajenas a la polis; su actitud
no depende del m ayor o m enor grado de incredulidad o de escepti
cismo, muy al contrario, su fe y su im plicación en m ovim ientos
^ sectarios con vocación mística, com o el orfism o, es lo que las con| vierte en religiosa y socialm ente marginadas.
Pero ya es hora de abordar otro de los temas que antes anuncia-
El hombre griego/2 I
ba: el mundo. Además de estar «lle n o de dioses», según la célebre
frase, ya se discutía eso cuando nos ocupábam os de lo divino. Un
mundo en el que lo divino está im plícito en cada una de sus partes,
así com o en su unidad y en su ordenam iento general. N o porque el
creador esté envuelto en lo que ha sacado de la nada y que, fuera y
lejos de él, lleva su sello, sino p o r el m odo directo e íntim o de una
presencia divina extendida allá p o r donde aparezca una de sus m a
nifestaciones.
La phÿsis — térm ino que traducimos por «naturaleza» cuando,
según Aristóteles, decim os que los filósofos de la escuela de M ileto
fueron los prim eros, en el siglo vi a.C., en acom eter una historia
péri phÿseôs, una investigación sobre la naturaleza— esta physisnaturaleza tiene p o co en común con el objeto de nuestras ciencias
naturales o de la física. La phÿsis es considerada una potencia ani
mada y viva porque hace cre cer a las plantas, desplazarse a los se
res vivos y m over a los astros por sus órbitas celestes. Para el «fís i
c o » Tales incluso las cosas inanimadas, co m o una piedra, partici
pan de la psykhe que es a la vez soplo y alma, mientras que para no
sotros el prim ero de estos térm inos posee una connotación «física»
y el segundo «espiritual». Animada, inspirada, viva, la naturaleza
está p o r su dinam ism o cerca de lo divino, y por su anim ación cerca
de lo que nosotros mismos somos en tanto que hombres. Por tom ar
la expresión que utiliza Aristóteles a propósito del fenóm eno de los
sueños, la naturaleza es propiam ente daimonia «d em on íaca» (De
divinatione per som nium 2, 463b 12-15); y com o en el corazón de
cada hom bre el alm a es un daimón, un dem onio o.«d ém on », entre
lo divino, físico y humano existe algo más que continuidad: un pa
rentesco, una connaturalidad.
El mundó es tan b ello co m o un dios. A partir de finales del siglo
vi el térm ino em pleado para designar al universo en su conjunto es
el de kósmos; en los textos más antiguos esta palabra se aplica a lo
que está bien ordenado y regulado, tiene el valor de ornam ento
que presta gracia y belleza a aqu ello que adorna. Unido en su d iver
sidad, perm anente a través del paso del tiem po, arm onioso en el
engarce de las partes que lo com ponen, el mundo es co m o una joya
m aravillosa, una obra de arte, un objeto precioso semejante a uno
de esos agáhnata (estatua, estela o exvoto) cuya perfección les per
m itía servir de ofrenda a un dios en el recinto de su santuario.
El hom bre contem pla y adm ira este gran ser vivo que es el m un
do en su integridad y del que él m ism o form a parte. De entrada este
universo se descubre e im pone al hom bre en su irrefutable reali
dad com o un dato previo, anterior a toda experiencia posible. Para
co n o ce r el mundo el hom bre no puede ponerse a sí m ism o com o
punto de partida de su propio cam ino, co m o si para llegar a las co-
22/Jcan-Picrre Vernanl
sas tuviera que pasar p o r la conciencia que tenemos de ellas. El
mundo al que apunta nuestro saber no se recoge «en nuestro espí
ritu». Nada más alejado de la cultura griega que el cogito cartesia
no, el «y o pienso» puesto com o condición y fundamento de todo
con ocim ien to del mundo, de uno m ism o y de dios, o que la con cep
ción leibniziana según la cual cada individuo es una mónada aisla
da, sin puertas ni ventanas, que contiene en sí misma, co m o la sala
cerrada de un cine, lo d o el desarrollo de la película que cuenta su
existencia. Para que el mundo pueda ser aprehendido por el hom
bre aquél no puede estar som etido a esta trasmutación que haría de
él un hecho de consciencia. Representarse el mundo no consiste
en hacerlo presente en nuestro pensamiento. Es nuestro pensa
m iento el que form a parle del m undo y el que está presente en el
mundo. E lÍiom bre:peri.enece al'mürídó~Corvélqúe"está émpáréniadôly^ql^queXonOjLerp^T^T^sonanciaiù^çpnnivencia^Tc'sêTÆ ia^del
¿hombre7or-iginaí-i£uriente,-es-umëstar_en'-ël;m undo. Si este mundo
le fuera extraño, co m o suponem os hoy, si fuera un puro objeto he
cho de extensión y m ovim iento, opuesto a un sujeto hecho de ju i
cio y pensam iento, el hom bre sólo podría efectivam ente com u n i
carse con él asim ilándolo a su propia consciencia. Sin em bargo,
p5rar^lTliombre-griegO-el-mundo-no'esre~stgljrñiverso extëriôr.cosificadSTseparado-del-hombre p o r la-barrera infranqueab.le.quejdistim.
fgΰ^láΊTΊ^tm á:clel^spiritU7lo-físiço·de·lo;psiquicoJ:Ël·hoffîl5Γe^ë;hav
lla-en'unaTÆlâciôn-de-in ti ma.com ún idad-con-el^ñiveTso-áTÍitúaclb
í pqrqueTóadTle_átana 'ésteV
Un ejem plo para hacer entender m ejor lo que Gérard Sim on de
nom ina «un estilo de presencia en el mundo y de presencia en sí
que no podem os com p ren d er sin un serio esfuerzo de distanciación m etódica, que exige una verdadera restitución a rq u eológi
c a » ’ . V oy a réferirm e a la vista y la visión. En-la-cultura^griega'el
he_cht)IbeI«ver»^ocupa"undugar p rivijegiado. Hasta tal punto se le
valora que ocupa una posición sin igual en la econ om ía de las capa
cidades humanas. En cierto sentido, el hom bre es, en su naturaleza
misma, mirada. Y esto p o r dos razones, ambas decisivas. En prim er
lugar, v e r y saber son la“m Ísm a~cosa;rsi ideín «v e r » y eidénai «sab er»
son dos form as de un m ism o verbo, si eídos «aparien cia», «aspecto
visible» significa también «cará cter p rop io», «fo r m a in te ligib le », es
p o rq u c :e lg o p o c im ientp:s_ejnt.effiretá~yrcxpresáa~Tfaves<lél mundo
íflclatvision. C ^ o c e r esrpues7uñá'fofm^Tde!ver. En segundo lugar,
ver y y iy ir s o n jambiénia'mi'sfflá.Tc'bsa. Rara.estár.vivo'hace’ faitá ver
la^luz'dêl ^ i ^ - à la vcz së r visiblé a los'ójós de tóclos. M ori r"si gñificá'
i «L’âme du monde» en Le Temps de la Réflexion X, París, 1989,
p. 123.
II! hombre gricgo/23
perder,! a x is t a y l STvi si bij i dad^ hm ismo^iem p_o7abandona 17] src 1a ¡ i 4ad“delrdía^paí^pené;trár^ñtÓtTO7muñdó,^_lgJe_¡la^N och e-donde.
perdido en la Tiniebla, unoj^ueda"desp^jadôTa“lï_vez!dë,sli_propia
im age rtüÿTdeLsÜJmi rada?.
Pero este «v e r», tanto más preciado cuanto que es conocim ien
to y vida, los griegos no lo interpretan com o nosotros — después de
que Descartes, entre otros, interviniera en esto— cuando distingui
mos tres niveles en el fenóm eno visual: prim ero la luz, luego la rea
lidad física, sea una onda o un corpúsculo, y por últim o el órgano
del ojo, un m ecanism o óptico, especie de cámara oscura, cuya fun
ción es proyectar en la retina una imagen del objeto; con todo esto
tenemos el acto propiam ente físico de percibir a distancia el objeto
contem plado. Entre el acto final de la percepción, que supone una
instancia espiritual, una consciencia, un «y o », y el fenóm eno mate
rial de la luz existe el m ism o abismo que separa al sujeto humano
del mundo exterior,
P o r el contrario, ^i^lq^gnegqs^layvjsiónTsóloTesTposible'etrel
ô^ùli,e^u'erexi.sta^ent]'e'lo*que~esvisto-.y;el-que-ve-una-cotnpleta-ie;
Clprocjda"d^que'traduzca;;si'Ti'oi:úñ"á7idérTt¡dacÍTcom Dl'etaTpoi'.'lo'mep o s'uriaiáiirfidad.muy;proximar El sol que ilumina todo es también,
en el cielo, un ojo que todo lo ve, y si nuestro ojo ve es porque éste
irradia una especie de luz com parable a la del sol. El rayo luminoso
que emana del objeto y lo hace visible es de la misma naturaleza
que el rayo óptico salido del ojo y que le da la vista. El'oibjetoiemispr
y^l"sujeto_récéptof7los ray.os~luminosos:NClosTayos-ópJ;icqsrpe\tenecen-á-una-mismaxatcgoría-de-ia-realidad.-de-la-que-Duede_:de_cir:
,se-que;ignoraÍ_a~opp5ÍcjónTfisica/psíquicaOrque es a-la-v,ez-de-orden
físicO^y^psíqLtica Í^Tluz~es:yi$ión7dáTyisiónTesduminosa.
C om o observa Charles M ugler en un estudio titulado La lum ién?
et la vision dans la poésie grcc^wc2,tiá^Vismílengua testimóma está
aTñbivalenciá: Los verbos que designan la acción de ver, de mirai'
(blépein, dérkesihai, leússein) se em plean con c o mplement.o_directo referido no sólo al obieto_ha.cia_,el.q ue_s.e„dírige la mirada, sino
tam bién la su stanciajgneo-ju m inosa _que el oio provecta com o
cuando se lanza un dardo. Estos rayos de fuego, que nosotros lla
m aríam os físicos, transportan consigo los sentimientos, pasiones,
estados de ánimo, que nosotros llam aríam os psíquicos, de la perso
na que está mirando. Efectivam ente, esos mismos verbos sé cons
truyen con com plem en to directo de térm inos que significan te
rror, ferocidad, fu ror m ortífero. LâT^nirada7Icuando'alcanza-al·objelt o r le trà n s m ttedo"Que"/cônrs1j~mit^à~ëxtrêt‘iinenta~quicrrêiërc,ita4Îj
vista."^
2 Revue des Études Grecques, 1960, pp. 40-70.
24/Jean-Pieire Veinant
Por supuesto que el lenguaje poético tiene sus propias reglas y
convenciones. Pero esta concepción de la mirada hunde en la cul
tura griega unas raíces lo bastante profundas com o para que.apa
rezca además traspuesta en ciertas observaciones, desconcertantes
para nosotros, de un filósofo com o Aristóteles. En su tratado De insomniis, el maestro del Liceo sostiene que si la vista es afectada por
su objeto «aquélla ejerce también cierta acción sbbre éste» com o
hacen todos los objetos brillantes, porque regresa'a la clase de co
sas brillantes y dotadas de color. Y aduce com o prueba el que si las
mujeres se miran a un espejo en el periodo de la menstruación, la
superficie bruñida del espejo se cubre con una especie de vaho de
co lo r sangre, esta mancha im pregna tan-profundamente los espe
jos cuando están nuevos que difícilm ente se puede borrar (De insomnüs, 2, 459b, 25-31).
Sin em bargo quizá sea en Platón donde este «parentesco» entre
la luz, el rayo de fuego em itido por el objeto y el que el ojo proyecta
hacia fuera, se afirm e con más rotundidad com o causa de la visión.
En efecto los dioses crearon
los ojos portadores de la luz (phósphóra omínala)... de manera que el fuego
puro que reside dentro de nosotros y que es hermano (adelphós) del fuego
exterior discurriera a través de los ojos de una forma suave y continua... así
pues cuatido hay luz del día (melhémerinbn phás) en torno a la corriente de
la visión, entonces lo semejante encontrándose con lo semejante y uniéndo
se estrechamente con aquél constituye un único cuerpo apropiado en la di
rección de los ojos, donde la luz que surge del interior choca con la que vie
ne de los objetos exteriores. Se forma así un cuerpo enteramente sensible a
las mismas impresiones debido a la semejanza de sus partes (Timeo, 45b
y siguientes).
Resumiendo, en lugar de 1 res instancias distintas: realidad físi
ca, órgano sensorial y actividad mental, para explicar la visión en
contramos una especie de brazo luminoso que, a partir de los ojos,
se extiende com o un tentáculo y se prolonga fuera de nuestro orga
nismo. Debido a la afinidad entre los tres fenóm enos, todos igual
mente consistentes en un fuego purísimo que ilumina sin quemar,
el brazo óptico se integra en la luz del día y en los rayos em itidos
por los objetos. Unido a éstos, constituye un cuerpo (soma), perfec
tamente continuo y hom ogéneo, que pertenece sin solución de
continuidad a nosotros mismos y al mundo físico. Podem os así to
car el objeto externo, allá donde se encuentra, p o r muy lejos que
sea, proyectando hasta él una pasarela extensible hecha de una m a
teria común a lo que se está viendo, a quien ve y a la luz que perm i
te ver.
El hombre griego/25
Nuestra mirada opera en el mundo donde encuentra su lugar
com o un fragm ento de este m ism o mundo.
P o r eso no puede extrañar leer en Plolin o (siglo 111 d.C.) que
cuando percibim os un objeto por m edio de la vista
está claro que siempre lo vemos allí donde se encuentra y que proyectarnos
sobre él (prosbálomen) por medio de la visión. La impresión visual ocurre
directamente en el lugar en que se encuentra el objeto; el alma ve lo que
está fuera de ella... Porque no tendría necesidad de mirar fuera si ella tuvie
ra dentro la forma del objeto que está viendo; miraría sólo la impronta que,
desde fuera, ha entrado en ella. Además, el alma asigna una distancia al ob
jeto y sabe decir a qué distancia lo ve; ¿cómo iba a ver separada de ella y le
jos de ella un objeto que está en ella? Por otra parte sabe expresar las dimen
siones del objeto exterior; sabe que tal objeto, por ejemplo el cielo, es gran
de. ¿Cómo iba a ser esto posible dado que la impronta que hay en ella no
puede ser tan grande como el objeto? Por fin, y es la principal objeción, si
nos limitamos a captar la impronta de los objetos que vemos no podremos
ver los objetos mismos, sino sólo imágenes, sombras y así los objetos mis
mos serán otra cosa, otra cosa será lo que veamos (Encadas, IV, 6, i,
14-32).
Se ha citado este texto tan largo porqu e pone de relieve la dis
tancia que nos separa de los griegos en lo que a la vista se refiere.
Hasta que el cam po interpretativo en que los griegos situaron la vi
sión fts^ e d ió su lugar a otro enteram ente distinto no pudieron sus
citarse problem as com o los relativos a la percepción visual tal y
co m o se discuten en época m oderna, en particular el de la percep
ción de la distancia, donde interviene la visión estereoscópica, o
com o el de la persistencia del tamaño aparente de los objetos con
independencia de su lejanía, que im plica una multitud de factores.
T o d o se regula desde el punto y hora en que nuestra mirada se pa
sea p o r entre los objetos en el mundo al que ella misma pertenece,
arrastrándonos luego hasta la inmensidad del cielo. La dificultad,
en este contexto, no estriba en com p ren d er cóm o se produce el
que nuestra vista sea lo que es, sino có m o podem os ver de otra fo r
ma lo que existe, o ver el objeto en un lugar distinto al que realm en
te se encuentra, p o r ejem plo en un espejo.
¿Qué fórm ula eleg ir para caracterizar este pecu liar estilo de «es
tar en el m undo»? Lo m ejor, sin duda, es dar una respuesta en nega
tivo respecto a nuestra m anera de ser. En este sentido el hom bre
griego no está desligado del universo./Los;griégps 7 'evidentem ente,
Safiíáñ 'que Jéxiste.uñá r«nâïüf á I ez'áThuma na » y no dejaron de refle
xionar sobre los rasgos que distinguen al hom bre de los demás se
res, objetos inanimados, animales y dioses^PeróTéLr^cpnocim ientoi
f4 ? l^ ta^ P ^ ific Í d a d lió T é p a f¿ .a l hórnbre d e l‘mu_ndo; no lleva a le-
26/Jcan-Pterre Vemant
vantar, frente al universo en su conjunto, un ámbito de realidad
irreductible a otro distinto y radicalm ente al margen de su form a
de existenciayçl~lTômbre-v^u-pensamïë7ÿto^no-cônstitùyen~en~siür\
f t ^ ndôjc.om p'lëgm erite separado~del-resto.
Bernard Groethuysen, refiriéndose aî sabio en la antigüedad,
escribía que éste nunca se olvidaba del mundo, que pensaba y obra
ba por relación al cosm os, que form aba parte del mundo, en suma,
que era cósm ico (Anthropologie Philosophique, París, Gallimard,
1952, p. 80).
Dël!individüT3“gFiëgÔipodemos d ecir que, de form a menos refle
xiva y teórica, tarnbi_émera~esppntáneamentercosffii c o .
Cósm ico no significa perdido, inm erso en el universo; sin em
bargo, esta im plicación del sujeto humano en el mundo supone
para el individuo una particular form a de relación consigo mismo
y de relación con otro. La m áxima de Delfos «C on ócete a ti m ism o»
no preconiza, com o tenderíam os a suponer, un repliegue sobre sí
m ism o para alcanzar, mediante introspección y autoanálisis, un
«y o » escondido, invisible para cualquier otro, y que se plantearía
co m o un puro acto de pensam iento o com o el ám bito secreto de la
intim idad personal. El cogito cartesiano, el «pienso luego existo»,
no resulta m enos ajeno al con ocim ien to que el hom bre griego tie
ne de sí m ism o que a su propia experiencia del mundo. Ninguna de
las dos se plantea en la interioridad de su conciencia subjetiva.
Pa raelrS T á cu lo^G o n ó c c tc a-trrnismo.irsignifica'conoce'.tusI imites,
sábete ^queTeres~un~hombre"-mortal^no;intentes.i gualarte~conTVos~:
dioses.'.Incluso para el Sócrates de Platón, que reinterpreta la fó r
mula tradicional y le da un alcance filo sófico nuevo cuando le hace
decir: co n oce lo que verdaderam ente eres, lo que hay en ti de ti
m ism o, es d ecir tu alma, tu psykhé; no se trata en absoluto de in ci
tar a sus interlocutores para que vuelvan su mirada hacia el inte
rio r de sí mismos para descubrirse en el interior de su «y o ». Si exis
te una evidencia indiscutible es desde luego que el ojo no se puede
m irar a sí m ism o, necesita siem pre d irigir sus rayos hacia un objeto
situado en el exterior. Del m ism o m odo el signo visible de nuestra
identidad, el rostro que ofrecem os a la mirada de todos para que
nos reconozcan, nunca nos lo podem os contem plar sino cuando
buscamos en los ojos de otro el espejo que nos envía desde fuera
nuestra propia" im agen. Oigam os el diálogo de Sócrates con A lc i
biades:
— Cuando miramos el ojo de alguien que tenemos delante, nuestro ros
tro se refleja como si fuera un espejo, en lo que se denomina pupila, el que
mira aquí ve su imagen.
— Es cierto.
El hombre gricgo/27
— Así, cuando un ojo contempla otro ojo, cuando fija su mirada en esta
paite del ojo, que es la mejor porque es la que ve, se ve a sí mismo. ['...] Tam
bién el alma, si quiere conocerse a sí misma, tiene que mirar a otra alma y
en este alma el lugar donde reside su facultad privativa, la inteligencia, o
cualquier otro que le sea semejante (Alcibiades, 133a-b).
¿Cuáles son estos objetos semejantes a la inteligencia? Pormas
inteligibles, verdades matemáticas, o incluso, según el pasaje segu
ramente interpolado que Eusebio m enciona en su Preparación
evangélica inm ediatamente después del texto que se acaba de citar:
la divinidad, poiqu e «al m irar al dios nos servimos del espejo más
b ello incluso de las cosas humanas que tienden a la virtud del alma,
y así podrem os vernos y conocernos m ejor a nosotros mismos».
Pero sean cualesquiera estos objetos: el alma de otra persona, esen
cias inteligibles, dios, siem pre que fijemos la mirada, no en ella,
sino fuera, es d ecir en otro ser que sea afin, nuestra alma podrá c o
nocerse a sí misma com o el ojo puede ver en el exterior un objeto
ilum inado en razón de la afinidad natural entre la mirada y la luz,
de la sim ilitud com pleta entre lo que ve y lo que es visto. De igual
m odo, lo que somos, nuestro rostro y nuestra alma, lo vem os y co
nocem os a! m irar el ojo y el alma de otro. I3a~jd e n ti d a;d~de rçad a u no
sc^mânifiesta~en'elxom erci^xqn'c]TDtfô7a~lrâvësTlèlcm J
céTdë~rtTirâjdas^^lîin tërcam biô^eTpalabras.
En este punto, com o en su teoría de la vision, Platon nos parece
que es un buen testim onio. Incluso si, al situar el alma en el centro
de su con cepción de la identidad de cada uno, marca un hito cuyas
consecuencias serán con el tiem po decisivas, Platón no se sale del
m arco en que se inscribe la representación griega del individuo.
En prim er lugar, porque este alma, que somos nosotros, no expresa
la singularidad de nuestro ser, su fundamental originalidad, sino
que, al contrario, en tanto que daímón, es impersonal o suprapersonal;
incluso estando en nosotros, está~más"a 11árd O osp trosr:poxque;^:fünciônm ^ejria^êXsëgUfàr;nuest.ra;particülâri(lâd
de;scr;humano,'s'iïïolâ"de'li_b_erarnosd eélp ara .in tegrarnos_enelOt·deîÎJco'sfniço ÿ-divinb. En segundo lugar, porque te l"conocim ienlo
dé'UTOTTfispióiVjláTí^láCiÓnl'cóñAÍn'ó m ism o’ no siem pre pueden estáblecerse~de:manerindirécta7iiñ m'cdiatà7:daci orque Ttucdaniprisi.o·
^ S L ^ IP .n l^ ^ ^ ^ P ^ ôciclS d T d eliyêr^ yjd elser^ vistq^ d elyoyd elp tro.
qUé^ofïstitUye-Un eléme'ntoôàracteristico^de^lâs cüliûras de lá vergüenzaÁ’ el honor-en?oposiciôn"a~lâslculturas dé la culpa y del de
ber? Vergüenza y honor, en vez de sentimientos de culpabilidad y
de obligación que necesariam ente hacen referencia, en el sujeto
m oral, a su íntim a conciencia personal. íAqiTíIháy.rq ilëlteïïef-ért
cû^Tntà?crtfû T é rm inogriëgo:TiméTDësigna'làTdca~dc^valor-»^qïiC'sc
28/Jean-Piene Vernant
l^tiConôcc.ành'jïïcliviHuo, liacelref^entia'tâTito^lb'sTfas'^sTsôtiale^Fstr.iBerititlad'^-rnom bre, filiación, origen, posición en el grupo con los honores que le corresponden, privilegios y considera
ción que liene derecho a exigir— como~a sü~,supêFiÔridacl persoñaI,
el~~corriünto dë cuàlidades^TiTéritôs (belleza. vigor, valentía, noble
za en el com portam iento, dom inio de sí) q ú eeh su ros tro ^mólia 1es,
_âsp^cAoTLnfanihêstafr.adoslôjôr de;todOs_ju pèilQnencjalada .élite
de Jos./crt/o^agai/fbi'JÔs]hermosos _y_buehos, J osJdnsío/,llós.exce
len te s^
En 'u na^OeibdadlcornpetilivárdoñHe.pafa^serZreconocido^háy
que prevalecer sobre los rivales en una~comp;etiCiónincesante.por
la glÔfiâ,· cada'uno se'halla~exp~uestC) á lá~nTifacia~dlél~blróTcáda uno
existoeT rh jnción^deJesta rnirada. En*realidadlúnozes’ lo.qüe,IÓsTdeinfás^én; bSTidentidad'li'e.ün tñdividíTo.^iliTórde~cón~su'valora~ci6n
sSHáli-desde la burla al aplauso, desde el desprecio a la adm ira
ción. Si el valor de un hom bre está hasta tal punto vinculado a su
reputación, cualquier ofensa pública a su dignidad, cualquier ac
ción o palabra que atente contra su prestigio serán sentidos por la
víctima, hasta queT^o se reparen abiertamente, com o una manera
de rebajar o intentar aniquilar su propio ser, su virtud íntima, y de
consumar su degradación. D.eshonrâdô^â^uel.'queTñolhaya sáb»do
1hacer.pagar.el”ültrâjc~a-su bfêh sorren uncí á7cori"l ¿"pérdidá.deprestigio*a su/im é’ a suJrénombrérsúTáñgo.-Sus-privilegios. Excluido
de los antiguos lazos de solidaridad, expulsado del grupo de sus
iguales ¿qué le queda? Rebajado a un plano inferior al del plebeyo,
! o sea el del kakós, que incluso conserva su lugar en las filas del pue! blo, quien ha perdido su timé se encuentra — com o vem os en el
| caso de Aquiles ofendido por Agam enón— errante, sin patria, ni
| raíces, com o un exiliado despreciable, com o algo nulo, p o r usar
los mismos térm inos del héroe (litada, 1,293 y 9, 648); com o diríaI mos hoy, un hom bre así no existe, no es nadie.
Sobre este punto, sin em bargo, parece necesario hacer referen
cia a un problem a. Los .valûtes aristocrá ticos d e ia com petición.por
Iq gloria continúan' estándo vigentes-en la'Atenas dem ocrática-dél
¡'siglo V. I¿s3\^ndad sëlïjerceTërrtic .ciudâdànôT.côhsïdeTadÔsIgUàrles en el-plano-políticó. N o son iguales en tanto que sujetos de dere
chos de los que toda persona debe naturalmente disponer.^Cadá
tuno.es igualf.semejante a los dem ás/êniyiïtud'deSupleha participa- '
cioTTcniótTasünt<5s.co m ü ñ esd el’grüpo’. 'P.éro" fuera de estos intere^esycomunés?' al lado del sector público, existéTeñTelTcomp'órtá/miento persónalTy~én'las relaciones^socjales un espacio privado en
^el~qué_ël'iridividuo; es quien marca la pauta. En el elogio de Atenas
que Tucidides atribuye a Pericles, éste afirma:
El liombi e griego/29
Nos gobernamos con libertad no sólo en lo que se refiere a nuestra vida
política, sino también en lo que concierne a la recíproca suspicacia de las
relaciones de la vida cotidiana: no sentimos envidia del vecino si se compor
ta como mejor le agrada, ni añadimos incomodidades que, aunque sean ino
cuas, resultan penosas de ver. Y al conducirnos de manera tolerante en lo pri
vado tampoco transgredimos, más que nada por miedo (Tucídidcs2, 37,2-3).
ElrifTd)yidüp;'ocupá"pués7_enia c_indátí^:ñti^'á; uri lügáfipiro{JÍG y
,estë^pecto~pnyâdôlclë-lâléxisténcia:halla suiprolongación: en ;.la
yid a jjntelectual y artística- donde cada uno afirma su convicción
para actuar de manera distinta y m ejor que sus predecesores y ve ci
nos, ^ ^ l “derccjïô‘,pënâl'donde cada uno tiene que responder de
sus propias faltas en función del grado m ayor o m enor de cu lpabili
dad, ën:e irdëïôÇhoj'civi 1’con la institución, por ejem plo, del testa
mento, étT elxam po religiosordonde son los individuos quienes, en
la práctica del cuito, se dirigen a la divinidad. Pero este individuo
no aparece nunca ni com o depositario de derechos universales ina
lienables, ni com o una persona, en sentido m oderno del térm ino,
dotada de una vida interior específica, o sea del mundo secreto de
su subjetividad, originalidad fundamental de su yo. Setrata-de-unafdrnTa“esencialrnente~social-del'individuo señalada p o r elideseo-d-e
tilustrarse, dè'adqu irir antëdôs^iôsxlê^ûs.pfôptOsiguales, p o r su es
tilo de vida, sus méritos, su magnanimidad, sus éxitos, la-suficiente
fama co m o para-transformar.SCCexistencia.singularden.un bien co ^
rnún~deYociá lá.ciudad,'esTclec‘ir qüe todá'Grecia. Asim ism o el indi
viduo, cuando afronta el problem a de su muerte, no puede poner
su esperanza en la existencia en el otro mundo tal y com o era cuan
do estaba vivo, con su singularidad, bajo la form a de un alma pro
pia que le pertenezca a él exclusivam ente, ni tam poco puede poner
sus esperanzas en la resurrección de su cuerpo. ¿De qué m edio se
puede entonces disponer para que unas criaturas efímeras, co n d e
nadas a la decadencia de los años y la muerte, puedan conservar en
el más allá su nom bre, su fama, la imagen de su belleza, de su ju
ventud, su valor viril y su superioridad? En una civilización del hoñor donde cada uno, durante su vida, se identifica con aquello que
los demás ven y dicen de uno, donde se es más cuanto m ayor es la
gloria que a uno le rodea, sólo se continuará existiendo si subsiste
una fama im perecedera en lugar de desaparecer en el anonim ato
del olvido. Pârâ^ël"hombre_griégc>di^noimuertersignifica-la^presen’ciâ_permanehTe:endâ7mëmoria7sociàl"delàxfuel7qüé7ha-abandonado
¿laTluzTdFlT^l^L^7memorÍá~colectiva^en:lasTd"os:formas-Que7püecie^
revestir — rëcu éfdôTon tin u q^edian tetëlX aritO rd elos^ ü etasrëp etidoin defin id âm ën teigenërSciôrrtras -genéTaciónTy~moñumentofünëràrio-erigid ô p a ra s iempt^o^re;laHum ba-^,^funciÔnaëbrno_una
irntifución.queasegura-a^eterm inSd^-iñdividuosrellprivilegiorde,
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30/Jcan-Picrrc Vcrnnnt
su .5ΰρβΐ^ίνεη<:ί3·€θπ-6ΐ·;65ίΒΐυ5~(ΐ6ΐΓηυ€ η ο ^1όίΊ_θ5θ· P o r tanto,
{vez^ejJñ 'á l m á'inrnortal.'encoñt ramos’ láTgIoriá^¡niperece'd¿ra_y1a
añoranza de toHoslp.arà'siempre'. en lugar del paraíso res ella d o a
los justos, la certeza, para quien haya sabido m erecerla, de una pe
rennidad im plantada en el m ism o corazón de la existencia social
de los vivos.
5,
u
E rrlrtra d icxóm épic.a_~el~güerrCro:quer_como.A'quileS7'Ha-recogi-.
dó.jjnà^ddârbreve^vse’ dëdica e nteram enteadas'h âzanasrsicae en
ehcarnp^JdéTbatálla-eri-la^nor^de^su-edád^lcanzárdefínitivame.nte
una_gmuerte-herrnosa»»-unadimënsï6rrherôicâ^aIl£rque.nolle:pued ê ^ fê c ta r ë l olvidó^·Com o señaló N ico le Loraux, la ciudad recupe
ra, de manera especial, este tema en la oración fúnebre por aque
llos ciudadanos que eligieron m orir p o r su patria. En lugar de op o
nerse, lm o ilâ ’lidâdT^inm prtalidad:së^sociân“y^se'intei^enetran-en
lá p e fs ^ n a ^ ^ e s tos~h~óm bres \^lerosos.'-de-estos~agü?/?m~q¿idré5. Ya
en el siglo vn, T irteo en sus poem as celebraba com o «el bien c o
mún para la ciudad y para todo el pu eblo» al com batiente que su
piera resistir firm em ente en la prim era fila de la falange. Si cae
fi ente al enem igo, «jóvenes y viejos lo lloran p o r igual y toda la ciu
dad se aflige con grave lamento... nunca perecerán su noble gloría,.
ni su nom bre y, aunque yazca bajo tierra, es inm ortal» (fr. 9 D, 27
ss., C. Prato). A com ienzos á el siglo iv, Gorgias encuentra a su vez
en esta asociación paradójica de lo mortal y lo inm ortal m otivo
para satisfacer su gusto p o r las antítesis: «Aunque hayan muerto, su
recuerdo no m urió con ellos sino que es inm ortal, aunque residan
en cuerpos que no sean inm ortales, este recuerdo de aquellos que
no están ya con vida no deja de vivir.» En su Epitafio en honor de
los soldados atenienses caídos durante la guerra llamada de Corinto (395-386), Lisias (2, 78-81) recupera este tema y lo desarrolla en
una form a m ejor argumentada:
Si después de haber escapado de los peligros del combate pudiéramos vol
vernos inmortales, se podría entender que los vivos lloraran a los muertos.
Pero en realidad nuestro cuerpo resulta vencido por las enfermedades, y la
vejez y el genio que le tocó en suerte nuestro destino no se deja doblegar.
Por eso tenemos que considerar dichosos entre todos los hombres a estos
héroes que acabaron sus días luchando por la más noble y grande de las
causas y que, sin aguardar una muerte natural, eligieron la muerte más her
mosa. Su memoria no puede envejecer y sus honores son objeto de envidia
para todos. I-a naturaleza quiere que los lloremos como a mortales, pero su
virtud prefiere que se les cante como a inmortales... Yo, por mi parte, consi
dero dichosa su muerte y los envidio. Si merece la pena nacer, corresponde
sólo a aquéllos de entre nosotros que, habiéndoles dado el destino un cuer
po mortal, dejaron un recuerdo inmortal de su valor.
lil hombre giiego/31
¿Retórica? Sólo en parte, sin duda, desde.luego.no es pura retó
rica. El discurso encuentra fuerza y apoyo en una configuración de
la identidad en la que câdâtûntrapa rcce'co m oiinsépara b le-d ejos
valores^sociales quede están reconocidos por.la_conijunidad d e jo s
ciúdád'ánds/Éi Hom bre griego; en"aquello;que:lo^conviërie_errindiv id u o r continúagestando* inserto : tanto : en J o is o c ia l ¡co m o ¿en. el
{cosm os.
De la libertad de los antiguos a la de los modernos, de la dem o
cracia antigua a la de hoy, del ciudadano de la polis al hom bre
com o sujeto de derechos, pasando de Benjamin Constant a Moses
Finley y a Marx, hay lod o un mundo que ha cambiado. Pero no se
trata sólo de una transform ación de la vida política y social, de la
religión y la cultura; el hom bre no ha seguido-siendo lo que era ni
en su m odo de ser él m ism o ni en sus relaciones con los demás y
con el mundo.
Capítulo prim ero
EL HOMBRE Y LA ECONOMIA
Claude Mossé
Pintor de la Fundición»: Taller de broncistas, copa (detalle)
Anstol^és'enyta'Po/i'iíCQd^m ó'ajji^TñbregnegoconJa^cünpgi:·
da'fórmula^de~,zóow':pg////fcp7i7,^ n~«ar7imál!!p o lític'Q». La traducción,
sin em bargo, lim ita el sentido que el filósofo quería dar a esta fó r
mula; con ella Aristóteles daba a entender que lo que distinguía al
griego de los demás hom bres era el hecho de vivir en el seno de
esta form a superior de organización humana que era la ciudad.
Pero JaTcaractënstiCa~del“c iudàdgftô~es~précigam,ente^ëlrpôseëf?la
areté'pplitilcé 'ésd ecirJa .cü a lidad^qué le petrn i tí a~al te rriat'i varñe n te
^ fe/tgñrv3£^tgsj/tg{,>góbé rn a T2/„ser-^bérn ^ ó: asrxo m o -parti ç i par-ejTdas^0mas~Hé7décjsjÓ£^ué_comprÓnietíañ á!“conjuntoydeia
GomüñidadxJyica£i^7otfeonojni^g^qs~decifrlercieT\cia~de"lá~oi/conó·
'ní^Aera.ante4Ó dó^I-arté^éIadm ini‘strar¿bierrsu75f^os,%S£;prnp2eidadylo que nosotros llam am os la econom ía, es decir el conjunto de
fenóm enos relativos a la producción y cam bio de bienes materia
les, no había adquirido entre los antiguos griegos la autonomía que
la caracteriza en el mundo m oderno a p a ilir del siglo xvjm. Como
señala Karl.Polanyi, la~eçonômiàTëstàl5^t^âvià7ëwt>edc/ë"cirêstoiesT
mt_egrádá^frlo~s^ciál~y,; 1cTpól í t ic o .
Es precisam ente esto lo que hace peligrosa la tarea del histo
riador que intenta situar al hom bre griego en un contexto econ ó
m ico y descubrir, tras el hom o políticas a los filósofos, y tras e!
hom o o econ om icu s al que producía, cambiaba, gestionaba o inclu
so especulaba con la intención, para unos, de acumular bienes v
fortuna, y para otros, de asegurarse el sustento cotidiano. Este in
tento es arriesgado no sólo porque tas fuentes disponibles son frag
mentarias y no nos permiten reconstruir con exactitud las diferen3S
36/Claiidc Mossé
tes actividades económ icas que caracterizaban al mundo de las
ciudades griegas. Sobre todo porquedosrgriegos, aJ no separar estas
actividades de lo que constituía todo un m odo de vida del que ellos,
con su diversidad, eran parte integrante, nunca sintieron la necesi
dad de describirlas. Antes bien, re-aplicaronra la;descripción-de-la
LñÍ¡;c^á^tividád.'qüé*coridKguerra j l a política, les parecía digna de
/üjTfíom bre libre: ej_trabajp.de.la tierra. Y si, com o se verá, dispone
mos de algunas inform aciones más precisas sobreilá^artesanía^o el
GÓrvrerQi'o^árilimb, susceptibles de iluminar lo que se adivina gra
cias a los objetos procedentes de las excavaciones arqueológicas
(fragm entos de cerám ica, monedas, etc.), se debe a que estas activi
dades conr)c ie rô n^en"A't~ënâ~s7vesp'eciâlmëntë-~elÎLêlTs^glÔTv,*ündm~
¿portante-desarrollo? que a la vez implicaba protestas entre los que,
por ejem plo se dedicaban al com ercio marítimo, protestas que oca
sionaron procesos cuyos litigios han llegado hasta nosotros.
Conviene desde luego repetirlo, hasta el punto que parece a
priori paradójico: eTínundo-griego^era-urprnundo^de x iudadeSi-don^,
ide~laxidaTrfbá'n a x cu pj.báiun~lugar:esencia lry.sinembargoda^agri^1*
c^m raoonsuTüíá^la priffrëraji^i\ddàld,dë.rà'.inayonâ^ê*lôsTmërnb ro s~d e l á7cormTn id atlc i v ic a In c lu s o en ciudades com o Atenas, Cojrm lo , M ileto o Siracusa, la tierra es la que ante todo aseguraba a
cada uno sus medios de vida. (Eljrm ndo-griego de -época-arcaica y
del¿'poca^clásiüá"Tes^rim érO'vlp.órxncim a deriodo untmundp de?,
campesinos,do que explica la importancia, en el curso de la histo
ria, de los problem as agrarios y de los conflictos provocados por el
problem a de la propiedad, que desgarraban a las ciudades. El ideal
de autarquía que defenderán en el siglo iv los filósofos en sus cons
trucciones utópicas es la traducción de esta realidad: íelTlt<7ml5re
griegp^viviaT.eiV;pidmer^lugar.dëirpiOdûc’to_de2suj,tietTa7^V7elrb.ue_n
íijñcionam iento^dé'la-ciudad 'exigía-queTtodos1!.! os^quelfórhtában
pane~deria^comu ni d a d x iv icaxlTtûvieran^ôtâdbs^lërese .producto.
Era tal el vínculo entre la tierra y el ciudadano que, en numerosas
ciudades, ¡sólqrijps.propietari^p^íán-se'f^iLrdadanQs.y que, en to
dos sitios, iró1o^los!cindádán~o~sjppbíañ(pp~seer;tieri'as·
Con todo(xsta-tierrà'riü xrâ^rëcirâm ente fértil-yxl;niûndcrgriëg~o~siëmprerfuë~dependiente,*parà su a lim entación con c ë fealesTde
das im portaciones de-grano procedentes de-Egipto.-Ciréñaicalo dël
PgjTi^ E u x ir io . Unicam ente algunas ciudades del Peloponeso y las
ciudades coloniales de Occidente disponían de una producción ce
realista suficiente para cu brir sus necesidades. Sin embargo./eTríE?dosIsitiôsrreTdâbalunLésfue>zo^porra.rrancar^deyun-sueloTrelativanTëmêTniediQcFè^^éhTàs.tle das frutas ydegum bres:típic“asT_de los
¿países mediterráneos,yun poco d e ln g o p_cebadarSólo-la"-vid y.el.oli¿vo daban lùgàr.a.ünà.prôducciôn.'màs-imporiàntë', posibilitando exr
El hombre y la ecunomia/37
cédéntés-para’-líe x p o rta c ió n rP e iO más allá de estas consideracio
nes muy generales, ¿de qué elem entos se dispone para intentar tra
zar la fisonom ía del cam pesino griego?
Algunas representaciones figuradas en los vasos y algunas terra
cotas nos perm iten entrever el trabajo de los campesinos: bien em
puñando un sim ple arado de madera, de tipo dental, provisto o no
de una reja metálica, bien recogiend o aceitunas o pisando uva. Es
tas representaciones no nos dan, sin em bargo, ninguna inform a
ción exacta sobre el estatus social de los que se dedicaban a estas
actividades. Para eso debem os acudir a las fuentes literarias. A fo r
tunadamente, g~mcias.a;la's'rázonesseñaladas~antes^la~yida~ca2 u p j·
'Sina"inTspiíO?,poi:rlüTnenos.^tres-dédo5lmáscélebrej"escritpresHje
1STGfeciáTSrTfigüa. En prim er lugar, tenemos Ælrg“fânTpqernayde
Hesíócló'; ír^/;lf/osljir3íí25,'Ícalérfdári'OTreUgiosoiqüeTaTlaTvézrque
nbs"reyelaTlalgrayísim^ 3 risi^deb^mundo'‘griegó.a;finaléO iélTsiglo
vin aX.^crisis precursora de las violentas luchas que marcan la his
toria del siglo siguiente, no~deja~de'dcscribir.la~vida','c~ót'idiáña~de1
,carñpe sin o ; b e ô c i o ,*das ;rela cion es: amistosas u · hostiles yqueiten ía
cóñ süs vecinos, y las distintas actividades que jalonaban el año. En
prim er lugar, la época del laboreo, cuando el cam pesino apareja la
yunta de bueyes y el arado y prepara la tierra para la sementera.
V iene luego el tiem po en que «la grulla, desde lo alto de las nubes,
lanza su reclam o de cada año. Da la señal para la siembra y anuncia
la llegada del lluvioso in viern o». El invierno constituye para el
cam pesino la ocasión para reparar sus aperos. Entonces,'hom bres
y acém ilas viven encerrados en la casa para protegerse del soplo de
Bóreas, el gélido viento del N orte que viene de Tracia. Pero cuando
florece el cardo, canta la cigarra, significa que viene el gozo del ve
rano:
entonces las cabras están más gordas, el vino es'mejor, las mujeres son más
ardientes y los hombres más flojos. Sirio les abrasa la cabeza y las rodillas, el
calor les seca la piel. Ojalá pudiera tener la sombra de una roca, vino de Biblos, una hogaza bien tierna y leche de cabras que ya no crían, con la carne
de una ternera sin parir, bien alimentada en el bosque, o corde/os de la pri
mera camada. (Trabajos y días, 585-592.)
Pero hay que pensar también en vo lver a la cosecha y ordenar
luego a los esclavos «pisar el trigo sagrado de D em éter». Tras lo
cual se pondrá el grano en los recipientes que se alinearán en la
casa, se apilarán el forraje y la paja para los animales. Llegará luego
el tiem po de la vendim ia y de la producción del vino, «don de Dioniso, rico en alegrías».
El poem a de H esíodo se ha interpretado a m enudo com o un g ri
to de revuelta contra «los reyes devoradores de presentes», co m o la
38/Claude Mossc
expresión de la m iseria campesina en la Beocia de finales del siglo
vm. Y es muy cierto que en el poem a hay muchas alusiones a la m i
seria y al ham bre de aquel que. p o r no haber trabajado bien y haber
descuidado sus deberes para con los dioses, se ve obligado a pedir
le prestado al vecin o o bien a m endigar. Pero la vida campesina
descrita en el poem a es la de una hacienda relativam ente im por
tante. Hay num erosos servidores, variedad de cosechas cuidadosa
m ente almacenadas. Además, el interlocutor, real o im aginario,
del poeta, ese herm ano al que se dirige, dispone de excedentes que,
cuando llega la época de la navegación, carga en una gran nave.
P o r supuesto, la navegación es peligrosa, pero también resulta ser
una fuente de provech o y el que se dedica a ella puede acrecentar
su fortuna. A través del poem a se va dibujando pues la imagen de
un cam pesinado relativam ente acom odado, que es difícil saber si
corresponde a una realidad datada y localizada con precisión, o
bien responde a un ideal que tom a elem entos de la realidad para
construir una representación de la vida campesina más adecuada
para satisfacer a los dioses.
Tras siglos después de H esíodo, el poeta có m ico Aristófanes nos
presenta una imagen algo diferente. Y a no se trata de B eocia sino
de Atenas, y de ¿Atenas en la época de la Guerra del Peloponeso,
cuando los cam pos son periódicam en te devastados por las incur
siones de los ejércitos peloponcsios. El cam pesino de Aristófanes,
co m o el de H esíodo, tam poco es un desheredado’ ptókhós. Posee
también algunos esclavos, y, aunque la guerra le haya oHligado a
refugiarse en la ciudad, intramuros, no deja por ello de añorar,
co m o el D iceópolis de L os acarnienses, su pueblo, donde, «nunca
se m e ha dicho "com pra carbón, vinagre, aceite", donde descono
cía la palabra "com p ra ", sino que usaba siem pre de lo suyo», En
cuanto a Estrepsíades, que ha com etido el error de casarse con una
mujer de la ciudad, evoca con nostalgia, en Las nubes, su vida de
cam pesino'de antaño, «tan agradable, bien enguarrado... Tum bado
a la bartola, rebosante de abejas, ovejas y de oru jo», y el tiem po en
que podía o le r «e l vino nuevo, los cañizos de quesos, la lana, la
abundancia». Es una im agen idílica de una vida campesina que de
bía ser m enos fácil y próspera de lo que pretendía el poeta cóm ico,
pero que sin em bargo traduce una realidad: là im portancia en una
ciudad c o m o Atenas de los campesinos, estos autourgoí, propieta
rios dé la tierra que trabajaban en condiciones a veces difíciles,
aunque dispusieran, p o r lo demás, de algunos, esclavos que.tenían
reservados los trabajos más duros. Este pequeño y m edio cam pesi
nado p rop ietario era el que form aba la masa dé la población de la
ciudad, y en sus filas era donde se reclutaban los hoplitas sobre los
que se apoyaba la seguridad de la ciudad. Queda preguntarnos so-
El hombre y la econotnia/3y
bre la extensión geográfica de este tipo de campesinado, a la vez
que sobre la duración real de esta sociedad campesina en el curso
de la historia griega. Atenas, por supuesto, nos ofrece una vez más
el m odelo: emancipada p o r las reformas de Solón, el campesinado
ático constituyó, en efecto, la base de esta dem ocracia que se esta
blece con Clístenesy se refuerza con Efialtes y Pericles. Por supues
to, quedan muchos interrogantes en lo que se refiere al reparto dé
la tierra y el m odo de vida de esta población rural. Las investigacio
nes más recientes confirm an la enorm e parcelación del suelo en el
Atica, lo que no significa necesariam ente la ausencia de grandes
propiedades que concentraban en manos de un mismo individuo
bienes dispersos, en el seno de un mismo denio o entre diferentes
demos. Los escasos sondeos realizados en la campiña ática no per
miten con clu ir la existencia de granjas aisladas. El asentamiento
reagrttpádo en pueblos, que constituían p o r lo general el centro de
un dem o, parece haber sido la form a dominante de establecim ien
to agrario, lo que corresponde bien a determinadas constantes del
paisaje m editerráneo. Esta sociedad campesina ática no es del todo
autosuficiente, contrariam ente a lo que afirma D icearco en Los
acamienses. En otra com edia de Aristófanes, el héroe, también
cam pesino, manda a su esclavo a com prar harina. Lo que hemos
dicho antes sobre'la necesidad de im portar grano implica, en efec
to, que muchos campesinos no recolectaban suficiente trigo para
cubrir sus necesidades y las de su oí&os, mujeres, hijos y esclavos.
Pero el teatro de Aristófanes, así com o las indicaciones de Tucídides, muestran que,la Guerra del Peloponeso infligió un duro g o l
pe a esta pequeña sociedad campesina ateniense,'obligándoles a
abandonar cásas y campos. Las últimas comedias de Aristófanes, la
Asamblea dé las mujeres y el Piulo, resultan elocuentes a este res
pecto. Praxágora, la revolucionaria que quiere poner el poder en
manos de las mujeres, justifica poner en com ún todos los bienes,
evocando incluso a los que ni siquiera tienen un puñado de tierra
donde hacerse enterrar. Y C rém ilo, el campesino del Pinto, repro
cha a Pobreza (Penía) la miseria que ésta inflige a los campesinos
que sólo tienen harapos para vestirse y «hojas de nabo seco» para
com er. Sin em bargo, en Atenas, esta miseria campesina tío condu
cirá a ese tipo de reivindicaciones revolucionarias, reparto de tie
rras y abolición de deudas, que se encuentran en otras partes del
mundo griego. H oy no se sostiene ya casi la tesis según la cual la
Guerra del Peloponeso habría provocado en Atenas un fenóm eno
de concentración de tierras, aunque un pasaje del E co n ó m ic o reve
le que hubiera sido posible, co m o hace el padre de Iscóm aco, el in
terlocu tor de Sócrates, especular con tierras compradas en baldío
y revendidas después de haberlas vuelto cultivables.
40/Claude Mossè
Efectivamente, sirpara el pequeño cañípesirió-dél Atica la âgriiCulturaTconstituia u n -medio para-àsegurarseja.subsistencia cotíadiaría, para el propietario de un bien más importante podía ser una
fuente de ingresos. Com o se ha hecho notar antes,/hrgrairpropie,dad;eñ el Atica; estaba integradaia mayoría de las veces p o r parce
las dispersas, bien en el interior de un mismo dem o, bien en dem os
distintos y vecinos. Siri-embárgo,’ existían propiedades más exten
sas, com o la que describe/JCñüfonteren el E conóm ico, nuestra ter
cera fuente para con ocer la vida rural en Grecia, o la de Fenipo, el
propietario que conocem os por un discurso del corpus de Demostenes. Mientras el propietario ;de parcelas dispersas confiaba la.re,fyalórizáci"ón dedas mismas a esclavos de confianza'que, una vez
realizada la cosecha, reembolsaban a su dueño la apoforá, en din e
ro o en especie, él propietario de una finca extçnsa y de'ün solo te
rreno tenía que estar en posesión de un equipo de trabajadores de
condición servil bajo las órdenes de un intendente, también él fre
cuentemente un esclavo. P o r un fragm ento de los Memorabilia (los
Recuerdos de Sócrates) del mismo Jenofonte se sabe que un hom
bre libre podía verse obligado por su propia pobreza a aceptar este
tipo de trabajo. El kalokagathós del E co n ó m ic o es, evidentem ente,
la imagen ideal del perfecto ciudadano propietario, y, excepto la
alusión a las especulaciones de su padre, no se aprecia que la bu e
na gestión de la finca tuviera com o fin una am bición cualquiera
p o r obtener un provecho con la com ercialización de los productos
de la finca. La cosecha de cereales, de vino y aceituna se destinaba
a quedar almacenada en las reservas de la casa de' lscóm aco. Sin
em bargo éste, com o Critobulo, el prim er interlocutor de Sócrates
en el diálogo, es un ciudadano rico, que debe ofrecer sacrificios a
sus conciudadanos de demo, sufragar eisphoraí y liturgias, cargas
que recaían sobre los más ricos, lo que im plica que una parte de la
cosecha de la finca producía rentas en m etálico. El alegato contra
Fenipo confirm a que la agricultura podía ser, para un gran p rop ie
tario, una confortable fuente de recursos. Fenipo vendía su m ade
ra, su trigo, su vino aprovechando incluso las dificultades de avi
tuallamiento que conocía Atenas a finales de la década de los trein
ta, en el siglo iv a.C., para especular con los precios de estos dos úl
timos productos. Quizá se trate, no obstante, de un fenóm en o nue
vo, característico del final de siglo; volverem os sobre el tema.
/Elimodëlo ateniense derüna’ rclásejrcampesina’ propietaria-amH
pliam ente dominante — un com entario de Dionisio de Halicarnaso
da a entender que sólo cinco mil atenienses de los 25.000 o 30,000
con que contaba la ciudad a com ienzos del siglo iv no poseían tie
rras— seguramente estab a m u y:extendido;j;n-una;gran;parte-rdël
mundo griego. El~dilatado~mo v im iento de colonización que se ha-*
El hombre y la economia/41
bía iniciado a m ediados del_siglo vm, y que continuó durante dos si
glos, Condujo a la creación de nuevas ciudades,^uya khqra, o carn-.·
pina, se repartió entre colonos, expulsados á m enudo de su ciudad
de origen debido a la stenokhóría, o escasez de tierra.'Las investiga
ciones realizadas por los arqueólogos en Italia m eridional, en S ici
lia y en Crimea, con la especial ayuda de la fotografía aérea, han in
tentado aclarar el m odo de distribución del suelo en algunas de es
tas ciudades coloniales. Textos más tardíos, com o el decreto de
fundación de la colonia de Brea, en el Adriático, o el relato de la
fundación deTu rios, en el sur de Italia, relatado por D iodoro Sículo,
indican la im portancia de esta distribución del suelo, confiada a
magistrados especiales, geóm etras y geónom os. Pero a partir de
aquí se plantean sin em bargo muchos problemas: ¿trabajaban los
colónos sus propios kléroi, es decir, sus lotes, o bien los explotaban
a través de indígenas más o menos esclavizados, com o los cilirios
de Siracusa, y se limitaban a p ercibir las ganancias? En cualquier
caso, algo de esto debía de suceder en las cleruquías atenienses, un
tipo de colonias militares instaladas por los atenienses en el territo
rio de algunos de sus más reacios aliados. A propósito de los c o lo
nos establecidos en M itilene, en la isla de Lesbos, después de haber
som etido a sus habitantes que habían intentado sustraerse a la
alianza con Atenas, Tucídides precisa que «los lesbios continuaron
trabajando ellos mismos la tierra, com prom etiéndose a pagar a los
ciérneos una suma de dos minas anuales p o r lote».
AlTmargen-rdel-rmundo colonial,-numerosas^ciudad'és"tuvieión
.ásimisino.'que apoyarse en un cam pesinadojpropiétario. De otra
form a se entendería mal la im portancia de las reivindicaciones por
el reparto de tierras en las luchas que desgarraron las ciudades en
tre los siglos vu y iv, e incluso más adelante. Si Atenas, lo hemos vis
to, co n o ció un relativo equ ilibrio durante todo este periodo gracias
a las reform as de Solón, en otros sitios las cosas fueron de manera
distinta. EIrmOyimientô"qOë 'córfdüjo’ ál'sirfgímie_nto:de-las:tiranías
en una gran parte del m undo griego entre med.iados del siglo vu y /
«fines del siglo vi parece estar.muy vinculado al desigual reparto de
la propiedad territorial, y e ld e m o s sobre él qué,-según la tradición,
se apoyaron la m ayoría de.estos.tiranos era prim ero un demos ru*
¿ral.·. P o r otra parte, no es una casualidad que los teóricos que, a par
tir de finales del siglo v, elaboraron proyectos de ciudades ideales,
se preocuparan ante todo del problem a de la organización de la
khora y de la distribución de las tierras. Aristóteles, p o r su parte,
veía en lo que un historiador contem poráneo ha llam ado «la repú
blica de los cam pesinos» el m odelo de ciudad más cercano a la ciu
dad ideal.
Pero I'ósTteoricos:políticos^del siglo- iy^m encionaban-tam bién
42/Claude Mossc
coÏTÏ^anrëjêinplÔTÎntrëJlas ciudades del mundo real, aquella_que.
lés]p'arecia tener las m ejores leyes y.la m ejor organización social:
Espatla. Esparta también era una ciudad de terratenientes. Sin'errn
bárgo eriós.própietáriós nó.erari campesinos. Los que en Laconia y
M esenia cultivaban la tierra eran los ilotas, campesinos sometidos
que los demás griegos consideraban com o esclavos, pero esclavos
distintos de los que conocían en sus propias ciudades. Del m ism o
origen, hablando la misma lengua, representaban para los esparta
nos un peligro perm anente, y sus revueltas jalonan la historia de la
ciudad lacedem onia. En relación con ellos son muchos los puntos
oscuros que aún quedan. En con creto desconocem os si la tasa que
pagaban a su dueño era fija o proporcional a la cosecha, si estaban
aislados en los kieroi de sus patronos o si formaban comunidades
en aldeas específicas. Los m esenios se em anciparon de la tutela es
partana en el siglo iv con la ayuda del tebano Epaminondas. Los ilo
tas de Laconia continuaron sojuzgados, con excepción de los que, a
lo largo de las revoluciones espartanas del siglo ni a.C., fueron lib e
rados para p roveer a los reyes reform adores de los soldados que
necesitaban para resistir a los m acedonios y sus aliados aqueos.
A sí, J ib r .e io id ‘e p é T T d ié n te ,T é lth m ñ b i"é I^ ié g o T á p á fe c e ip r im e r ó _
q ó iiló 'ú n “c a m p e s in o qu ecu ltivá"sú '.p fü p ia_ti_cxra o l a d e d o s q u e son
m a j" p o d e r o s o s ~ q ú e · é l ; p la -h a c e -c u ltiy a r<.p ó r .b tió s ,,‘ p ero ~ d e~ to d o s
m ^ p s ^ t ^ y i n c u l á d ó T a r t r a b ’á jó a g r íc o la ô r ë îv e i- c a s o d e 'lá s .c iu d a Ld e s 3 ü b e a s _O ^ te s a l i a s , a 1tf*gá fia d e r í á.^eñ ; c o n c re t o _dcyc a b a 11o s. ; E l
v in c u 1o e n tr e 1a tie r r a y la c iu d ad n o_era s ó lo u n v ín c u lo e c ó n ó m icO T^E rC tain bién u n v ín c u lo r é lig ió s ó ;y , .en la m a y o r ía d e las c iu d a
d e s ' g r ie g a s , p o l í t i c o , ya p ú e n o s o la m e m e .lo s c iü d a d á n ó s - p o d ía n
s e r p r o p ië t a r iô s r s in o q u e a _ m e ñ u d o h a b ía q u e s e r p r o p ie t a r io p a ra y
p o d e r , se r, c iu d a d a n o . ;
Sexonipreñde.entonces.que_j_os o fic io s artesanales hayan rielo
tenidos en poca;estima.- En el E co n ó m ic o , Jenofonte hace decir a
Sócrates:
Los oficios llamados artesanales (bánansoi) están desacreditados y es
muy natural que sean muy despreciados en las ciudades. Arruinan el cuerpo
de los obreros que los ejercen y de los que los dirigen obligándoles a llevar
úna vida casera, sentados a la sombra de su taller e incluso a pasar todo el
día junto al fuego. Los cuerpos, de esta manera, se reblandecen, las almas se
hacen también más flojas. Sobre todo estos oficios, llamados de artesanos,
no les dejan ningún tiempo libre para ocuparse también de sus amigos y de
la ciudad, de manera que estas gentes aparecen com o ihdividuos mezqui
nos, ya sea en relación con sus amigos, ya sea en lo que toca a la defensa de
sus respectivas patrias. Por eso, en algunas ciudades, sobre todo en las que
pasan por belicosas, se llega hasta prohibir a todos los ciudadanos los ofi
cios de artesanos. (6, 5-7.)
III hombre y la econorriia/43
Jenofonte, al evocar esta prohibición, ¿pensaba sólo en Esparta,
o estaba expresando un deseo que era el de toda una intelligentsia
aristocrática frente a una realidad bien distinta? N o hay duda de
que errun-cierto-número de-ciudades había artesanos-en el seno dey
JíTcóm Uniad cívica. Perojdescle luego no había sido siem pre así./En/ Ió ^ p ^ m ^ ih o m é n c ó s r .los dém iourgoí aparecen com o especiajistaTque van^dc un~otkós a otro ofrecien do sus servicios a cam bio de
füna.retribución, evidentem ente considerada natural, Eran, por
tanto, ajenos a la com unidad que estaba form ando la naciente ciu
dad. Asim ism o hay que pensar que una~parte~deio~qu eA jamam os
t r á l^ o ’ arles’á nal-se^rëàliiâlÿa'entone és^éri.el.sen ό"-0όΙ-οί/Γό5:^ Bas te
recordar tan sólo el lech o que Odiseo fabricó con sus propias ma
nos, o los consejos de Hestodo para la fabricación del arado. Las te
las se hilaban y tejían igualm ente en casa por la dueña y sus criadas.
Sin embargo,^lgünó'STó;ficiosdban;aironvéftÍí^.müy-pronto;en piO:
jp^ô^dêràrtesânôlTëSpë c iâlizados: en prim er lugar énTál5ájo”3e los1·
me’talesTTl'de là arcilla,' el del cuero.y también,.en las ciudades ma
rineras,"la construcción naval. D esppés'naturálm eñteTel;trabajo
.dédá piedra y.del m árm ol· cuando las ciudades comenzaron a le
vantar monumentos religiosos o públicos y a decorarlos con bajo
rrelieves y estatuas.
Una vez más, es evidentem ente en Atenas donde disponemos de
la inform ación más rica relativa, p o r un lado, a la situación de los
atiésanos y, por otro, a la im portancia de las actividades artesana
les. Atenas.se conviéHé-mü^cpTOnTóreñlIfLimpQrtante centro de la
i^u Ftná^cqrám icá: los grandes vasos del Dipilón son una prueba
de ello. P.erpx s 'dUráñtercl p eriod o de~la tiranía~dé los;Pisistrátidas
cuânciô'.së^dësàffôlla ëfi Atenas uñ artesanado cada vez más im por
tante',''fávórécidó.por >la política rde.los tiranos, quienes emprenden
un vasto program a de obras públicas, emiten las primeras m one
das y, por tanto, com ienzan a explotar sistemáticamente los yaci
m ientos de plom o argentífero del Laurión, inauguran al fin una p o
lítica marítima que anuncia la que volverán a em prender un siglo
más tarde Tem ístocles y P e n d e s . N o es una casualidad que en la se
gunda mitad del siglo vi la cerám ica ática de figuras negras, prim e
ro, de figuras rojas, después, aparezca por todo el Mediterráneo,
pasando a destronar definitivam ente a la cerám ica corintia. ¿Cuán
tos artesanos había entonces en Atenas y cuál era su condición? Es
difícil responde!' a esta pregunta. Se ha sugerido que en el siglo v,
en el m om ento de m ayor producción de vasos de figuras rojas, no
había más de cuatrocientos obreros ceramistas. Más arriba se ha
adelantado la cifra de cin co mil ciudadanos privados de tierra a
principios del siglo iv. Pero no todos eran necesariamente artesa
nos o com erciantes. Por otra parte, muchos de estos artesanos eran
/
44/Claude Mossë
sin duda extranjeros llegados a Atenas para ejercer allí su oficio,
atraídos por las ventajas que les ofrecía una ciudad rica y poderosa.
1-a tradición además pretendía que Solón había sido el prom otor de
una llamada a la mano de obra extranjera. N o hay que olvidar tam
poco que una paite de esta mano de obra artesanal estaba integra
da por esclavos que trabajaban con sus patronos en los talleres o en
las obras de las construcciones públicas. Las actividades artesana
les sobredás?que' tenemos'¡mayonUnfórmá’c ióhjson las que, de un
m odo u otro7 estaban bajo el control de la ciudad’ com o p o r ejem ^
pió las construcciones públicas?Se nos han conservado numerosas
cuentas que permiten seguir muy de cerca la organización del tra
bajo. La decisión de acom eter la construcción de un edificio públi
co, religioso o cívico, dependía en efecto de un vo to de la asamblea
del pueblo. Una com isión de epistates establecía e] pliego de con di
ciones y cerraba una serie de contratos particulares con los contra
tistas. El presupuesto descriptivo o syngraphe se sometía luego a la
asamblea. Si se aprobaba se designaban uno o varios arquitectos
encargados de coordinar las diferentes operaciones. Así se designó
a Calícrates e Ictino para el Partenón o sólo a Calícrates para la
construcción de los Muros Largos que unían Atenas con El Píreo,
f Estos arquitectos recibían un salario apenas superior al de los
obreros cualificados que trabajaban a pie de obra y que eran los en
cargados de reclutar a los canteros, escultores, carpinteros, herre* ros. Resulta reveladora esta uniformidad de los salarios, evaluados
a menudo globalm ente para una tarea determinada, que no sólo no
distinguía poco o nada al arquitecto del obrero, sino incluso al ciu, dadano o al m eteco del esclavo. Este tratamiento refleja el hecho
\de que/el trabajo no se concebía com o una actividad m ensurable
|como tal ni com o productora de bienes, sino com o un «s ervic io »,
! no es casual que el térm ino misthós sirva para designar el salario
; que retribuye una actividad pública, incluido el servicio militar, y
j un trabajo productivo, ni que el total de estos diferentes misthoí se
i aproxim e mucho, con una variación com o mucho de uno a tres,
por ejem plo, tres óbolos es el salario de un juez y una dracm a o
dracma y media es el de un prítane o de un arquitecto. Las inscrip
ciones permiten conocen el respectivo lugar de los ciudadanos,
m etecos y esclavos entre los obreros que trabajan en las obras y de
más construcciones públicas. Durante el año 409, en la obra del
Erecteón encontram os 20 ciudadanos sobre 71 contratados, y en
tre los obreros que trabajaban en las columnas, 7 ciudadanos, 6
m etecos y 21 esclavos. En 329, en las obras de Eleusis hay 9 ciuda
danos sobre 27 contratados y 21 ciudadanos sobre 94 obreros espe
cializados. Los demás son m etecos o esclavos. Estos últim os traba
jan con sus amos y reciben en principio el m ism o salario del que
El hombre y la economia/45
una parte se reem bolsa al amo. Algunos de estos esclavos eran, sin
duda, esclavos públicos a los que la ciudad concedía un subsidio
para su sustento.
Los esclavos constituían en cam bio lo esencial de la mano de
obra en las minas del Laurión. Com o se ha visto antes, la explota
ción de las minas se había iniciado en época muy antigua, pero su’»
impulso reaLhabía com enzado precisam ente a partir de m ediados*
del siglo vi, cuando Atenas com enzó a acuñar las monedas que ha
brían de serlas más preciadas en el mundo egeo^Desde el siglo v env
adelante,- Con el descubrim iento de los ricos yacim ientos de M a r i
nea ,-da ;i nd ustri a m inera con oce un impulso que sólo se detendvá
en*los últim os años.de la'Guerra del Peloponeso? cuando la ocupa- ¡
ción de la fortaleza de D ecelia p o r los espartanos favorezca la fuga -·
de los 20.000 esclavos que trabajaban en las minas y en los talleres
de superficie.
¿La explotación de las minas volvió a recuperarse con cierto vi*
g or â partir-de mediados del siglo iv.vy es precisam ente en esta ép o
ca cuando se con oce m ejor su funcionam iento. En efecto,¿las.m.i'·
ñas eran;propiedad estatal ÿ el Estado las concedía a. particulares*
¿mediante el pago de una renta^Por lo menos esto es ló que se des
prende de las inscripciones, datada^ casi todas en el tercer cuarto
del siglo iv y que ofrecen las cuentas de los pôlètai, magistrados en
cargados de la asignación de concesiones. Se ha defendido con fre
cuencia la existencia de minas privadas, pero faltan pruebas co n
cluyentes al respecto. En cam bio, un reciente estudio ha dem ostra
do que los concesionarios eran frecuentem ente personas cuvos
bienes patrim oniales estaban ubicados en los dem os cercanos al
distrito m inero. Subsisten sin em bargo numerosos puntos oscuros
en lo que se refiere a la naturaleza de la renta pagada p o r los co n ce
sionarios y a la frecuencia de los pagos. P o r el contrario, parece se
guro que la gestión de las minas constituía para los concesionarios
una fuente de sustanciosas ganancias, de manera que la renta paga
da p o r éstos parece haber sido generalm ente muy modesta. Sobre
76 precios de arriendo con ocid os por la epigrafía, 22 son de veinte
dracmas, 30 de ciento cincuenta dracmas. Demóstenes m enciona,
p o r otra parte, una concesión que com prende tres grupos separa
dos y cuyo valor total alcanza los tres talentos, pero la interpreta
ción del texto es dudosa. En el opúsculo de las Remas (De vectigatibus) Jenofonte evoca los ejem plos de tres ricos atenienses: Nicias,
H ipon ico y Filem ónides que sacaban im portantes rentas con el al
qu iler de esclavos mineros. Nicias es el céleb re p o lítico y estratega
de la Guerra del Peloponeso y que en contró la m uerte en la expedi
ción a Sicilia. En el siglo iv, los descendientes de Nicias figuran en
tre los concesionarios de minas, lo cual perm ite suponer que no se
j
46/Clnudc Mossc
contentaba con alquilar su mano de obra esclava, sino que también
tenía intereses en la explotación de las mismas minas. H iponico,
hijo de Calías, pertenecía a una de las familias más ricas de Atenas.
En el siglo iv, uno de sus descendientes posee propiedades en Besa,
en el distrito m inero. Las listas de concesionarios, lo m ism o que
los discursos de los oradores, indican que la m ayor parte de los que
tenían intereses en las minas pertenecían a lo que el historiador in
glés J. Davies ha llam ado las «Athenían p rop eilied fam ilies». Inclu
so el litigante del Contra Fenipo, que se queja de las desgracias de
su tiem po, recon oce haber amasado una fortuna con la explota
ción de una concesión en el Laurión. Y el rico Midias, el rival de
Dem óstenes, obtenía también una parte de sus ingresos de la explo
tación de minas, puesto que el orador lo acusa de haberse aprove
chado de su trierarquía para procurarse madera para entibar las
galerías de las minas de plata.
Sin em bargo, lâ'tn'dustria-mineraznoxom pr.endia-sôlpjaîextrac^
/qipnTdëYninerales’. Las excavaciones efectuadas en el distrito m ine
ro, especialm ente en la región de T ó ric o , han perm itido revelar·, en
la superficie, la presencia de talleres de transform ación. Dichos ta
lleres podían ser propiedad de un concesionario, pero también
p erten ecer a otros. Un discurso del corpus de Demóstenes, el Conra Panténeto, alude a una díké metallike, una demanda m inera d iri
gida contra un tal Panténeto que se había presentado com o co m
prador de un taller m in ero en M aronea y de 30 esclavos por la
suma de 10.500 dracmas. N o es seguro que Panténeto fuera tam
bién concesionario: éi, p o r m edio de sus esclavos, hacía reducir el
m ineral que otros extraían. Se puede pensar que los propietarios
de talleres eran también, p o r lo general, propietarios del suelo, Lo
cual explica p o r qué iârindustr-iâTmin'era'fuezunrterrenoiexÇlüsivOî
ded:osXiüdadanos:y7la-niàyonâ3ë’-iasveces,\de2ciudâda’riUs:axôttLO'·
ÆiâclÔS^Un discurso de H ipérides, el Pro Euxenipo, m enciona las
fortunas hechas p o r algunos concesionarios de minas: 60 talentos
p o r un tal Eutícrates, 300 talentos’p o r Epícrales de Palene y sus so
cios, que se contaban entre los más acaudalados (plousiótatoi) de la
ciudad. La confiscación de la fortuna de D ífilo, que se había en ri
q u ecid o explorando en las minas de plata las pilas de m ineral reser
vadas co m o apoyo, supuso para la ciudad una suma de 160 talen
tos. Estas considerables sumas confirm an que lasInTiTOsydejpjata
lral5í51Trecupgrado.''enda~séguncia.mi tacl elcl üí g 1οιν?- u na ác ( i vi dad
iï^7D itSnte7Tyiqucjios"explotadores^conccsion"âriôsïsâcal5arndé·
eslcrunas'gan.ancias sustancíóSás. Sin em bargo, conviene recordar
una vez más que estas considerables fortunas no se encuentran
más que en un m om en to dado de la historia de Atenas, cuando la
lîl hombre y la cconomla/47
ciudad es presa de todo tipo de dificultades. Problem a éste sobre el
que se volverá más adelante.
Si-la~industná~rñin'era-v:la~transforniac-i ón-de-mineral es-i mp l i eay
aria^vezraria-ciudadrpor-elxontrohquerésta-ejerce y-los-impuestos»
queTecaudar.y:a:los:ciudadanos:más:t-ieos^la-situación:es diferente-y^.
eT^lorqae'COriciérrie^^trás áctividádés artesanaies^TJe n o s ío n x o ?
riocidas^por^Ia^füëTTfes. I^ c o n s tru c c ió n xnavalTseihjdla.,.también ,
por supuesto, éstrechamentexontrdla'daTpor laxiudad; en la m edi
da en que el Consejo elegía trienalm ente a los triéropoioí, comisaYios encargados de adjudicar públicam ente la construcción de na
ves. Sin-embargodos'astillëïOS'estabammuyidispersQS-yda'imanorde
óbTa7laTÍntegrabanTpeqiiéños~artesános"libres-y;esclavQS.jiI^átindustriad^ar-rhásxra-Uña:rindüstria:antigüa?quenexigía:por:parté‘'clé:l(3s
que:axHa-se:dedicabaniuñá7ifñpo"rianté^irfvérsiÓñ^e’ñ^matenaspf‘i;
mas y en-mánOYleTobrá?Ciudadanos y metecos trabajaban codo con
codo a juzgar p o r algunas indicaciones suministradas por las fuen
tes. Así, el m cleco Célalo, padre del orador Lisias, que se estableció
en Atenas aconsejado p o r P e n d e s , poseía un taller con ciento vein
te esclavos. Cuando bajo la tiranía de los Treinta los agentes de los
oligarcas fueron a detener a sus hijos, encontraron en la casa, ade
más de los ciento veinte esclavos, setecientos escudos, oro, plata,
cobre y joyas. A com ienzos del siglo iv, el padre de Démostenos te
nía un taller para la fabricación de cuchillos que empleaba a trein
ta esclavos y que producía una renta anual de 3.000 dracmas. Dem óslenes m enciona en la heredad de su padre la presencia de mar- ^
fil y hierro, materiales necesarios para esa actividad industrial.
O tro fabricante de armas muy co n ocid o era el banquero de origen
servil, Pasión, que legó en herencia un taller para la fabricación de
escudos. I¿aT]ndustriaTdeiarmasjno“ estabaTquizáTtanTdiy.ersificada
com o pretende Aristófanes, cuando, en La paz, saca a escena a fa
bricantes de cascos, penachos, espadas y lanzas. Hsto^nüTqüitâqTTc?
cñ^Sta'áctividad^particuiarnientedmportáTitépara-laYlefeñsa-deda
ciu(lâ3^pûcliërarestar^bastante:avanzado_unrciertoigradoide:.especiëlizâcioTîTïCéfalo y Pasión sólo fabricaban escudos, el padre de
Demóstenes;, armas cortantes, un cierto Pistias, citado por Jenofon
te en las Merporables, tenía fama p o r la calidad de sus corazas.‘Ciúdadanos"ôTn'etô'CôsTrosque-'sé^ëdicaban:ada:fabriüaciôTv3èàrnfas
erañ7pues7hóm bres:ricos. Pero:esto^radin?ráclÓs"-ñó'étan:trabájadóTés7se:cont‘e ntaban:con‘ d irigirel'lrá b _ájo7de‘ suT:esclavbs:o,M)iá§'
ffecucntem entef- com o hacían los grandes propietarios terrate
nientes, EonfiaBanrcsta7(Jirecciónra7unradmiftistradon¡ tambieTPél
c se Iñvo-o 'lib e rtô . De este m odo, A fobo, que había sido encargado
p o r el padre de Demóstenes de dirigir el taller de fabricación de cu
chillos, reducido, Iras su venta, a la mitad de los esclavos que lo ih-
48/Claude Mossé
legraban, aseguró su gestion durante cierto tiem po para confiarlo,
luego, a un liberto, llamado Milias, y por fin a otro tutor, Ten'pides.
Cabe suponer que Pistias, el fabricante de corazas citado por Jeno
fonte, dirigía personalm ente su taller y velaba por la calidad de los
productos que de él salían. P o r otra parte, estos «talleres» no eran’
sólo unidades de producción. Situados por lo general en la casa de
su propietario eran también puntos de_ venta. Se com prende así en
tonces por qué Jenofonte tenía el m ism o desprecio por los oficios
manuales (banausikoí), los obreros que los ejercían y por quienes
los dirigían. El propietario dé un taller de esclavos metalúrgicos,
aunque;fuese,U ñjentistadgual,quetU n,propietario terrateniente,
.pertenecía, a la .misma· categoría social-que ebpequ eñ o· artesano
que trabajaba con sus manos. Aristóteles, que negaba al artesano la
cualidad de ciudadano en la ciudad ideal, admitía sin em bargo que
pudiera haber artesanos ciudadanos en la ciudad oligárquica, por
que entre ellos había hom bres ricos. Y el orador para el que Lisias
compuso el discurso contra la propuesta de Form isio afirma que
entre los cinco mil ciudadanos que habrían sido privados de la ciu
dadanía porque no poseían tierras, había numerosos ricos. Sabe
mos que muchos de estos ricos artesanos (bánausoi) accedieron a
la dirección de la ciudad durante el últim o tercio del siglo v y se
atrajeron el sarcasmo de un autor co m o Aristófanes. Los «cu rtid o
res» Cleón y Anito y el «a lfa rero» H ipérbolo no eran evidentem ente
trabajadores manuales. Al igual que los «m etalúrgicos» preceden
tes, se limitaban a dirigir, o más seguramente a percibir las rentas
de sus talleres de esclavos.
Sin em bargo hay que evitar imaginarse ai artesanado ateniense*
comoruna actividad r eservada a los esclavos que trabajaban para
h om b res^·libres y acaudalados*M u chos artesanos libres, por su
puesto, trabajaban con sus manos en las tiendas que bordeaban el
agora o en los talleres del Cerám ico. Silós'G ü rtidbfés:eran por-lo-1
general gente rica qüe'hacíáh que sus-esclavos trabajaran el cuero
eh^bru'tô.Tlôs zápateros, en cam bio, eran pequeños artesanos que
4raJ)ajâbah",por.encârgo^ com o ese zapatero representado en un
vaso mientras está m idiendo en el pie de su cliente la sandalia que
aquél acaba de term in ar.d ^ m ism o ocurré ccm los alfareros que sé’
cOTCeTítrabán 51 m oroeste HelágoraV eran' pequeños, artesanos. A l
gunas representaciones figuradas permiten hacerse una idea de lo
que eran estos pequeños talleres. El alfarero trabajaba personal
mente en el torno, mientras sus esclavos modelaban la arcilla, pre
paraban la laca y el barniz, metían los vasos y vigilaban la cocción.
Sin duda muchos talleres tendrían hornos comunes. El a 1fare ro y él *
piñtg_refáp\lióml3resJibres que firmaban su trabajo? Seguramente
habriaentre ellos exTranjerosTy é l oficio dé^alfáTeró ó d ë'p iiïtôr de
El hombre y la economia/49
vasos n o sería’ i^ ch p y m á s estimado .que las otras actividades arte/"sanales:7así Demóstenes echa en cara a su adversario Esquines,
co m o indicio de su origen plebeyo, el hecho de que su herm ano ha
bía ejercido este oficio. Evidentem ente rio es posible enumerar.to->
dós^lósipequeñóslificios q ù e”pu lu lab a n en una ciudad co m o A te-s
nas.^Pequeños_oficios ejercidos por ciudadanos pobres, p o rvmete4COS o por-esclavos, ¿como ese perium ero que tenía su tienda en el
agora y"!del que se habla en el discurso de Hipérides Contra Atenógenes. Distinguir un hom bre líbre de un esclavo no era fácil'al ves^
tir~de manera similar, co m o nota el autor anónim o de la Constitu
ción de los atenienses. Tom ando la expresión de Jenofonte ¿IdS.que»
rëfân crudadânos’cncôrTtraban'tieJnpo para «ócupárse_deja ciudad
y de~sCts~~amigos»? En este punto las opiniones de los historiadores
varían. H â ÿ ^ ë :âdmiri'r p ô f süpüesto q iT e'j^ H id ip á b ^ también en *
la-vida de la ciudad; al menos co m o rtliembros.de la asamblea,cporque si no no se com prenderían las críticas de los adversarios de la
dem ocracia, ni tam poco la observación que hace Sócrates al joven
Cármides cuando dudaba si tom ar la palabra ante la asamblea;
«¿Quiénes son los que te intimidan? Bataneros, zapateros, carpin
teros, herreros, labriegos, tenderos, traficantes que sólo piensan en
vender caro lo que com pran barato; porque todos esos tipos son los
que com ponen la asamblea popular.» C onviene darse cuenta de
que en esta enum eración, los cam pesinos aparecen citados en m e
dio de un conjunto de artesanos y com erciantes. Y hay que recor
dar que Aristóteles prefería la dem ocracia campesina porque los
agricultores, al estar retenidos por sus labores cotidianas, frecuen
taban m enos las asambleas.
Esta dem ocracia rural, en el ánim o del filósofo, era evidente
mente opuesta a la dem ocracia ateniense, aunque Aristóteles,
cuando generaliza sobre la dem ocracia radical, no m en cion e a A te
nas. ¿Pero podem os hacer lo m ism o y aplicar el m odelo ateniense a
otras ciudades co m o Corinto, Megai a, M ileto o Stracusa?/Las fuen*
tes arqu eológicasjn dican que existió realm ente una actividad arte
sa nal-importante en numerosas ciudadeS-marítimas^Pero la m ayo
ría de las veces es obligado recon ocer nuestro desconocim iento so
bre la estructura de estas actividades y sobre el estatus social de los
que a ellas se dedicaban. Sabemos que Corinto expoliaba vasos,
que Siracusa era famosa p o r la calidad de sus m onedas y M ileto por
la de sus telas finas. Podem os pues pensar que en estas ciudades y·
en otras más existiría un artesanado com parable con el de Atenas,
pero nos faltan inform aciones de las fuentes literarias y epigráficas
que es, precisam ente, lo que si abunda para Atenas. Unicam ente
co n ocem os un poco m ejor las construcciones públicas gracias a
las inscripciones. Estas nos descubren, en todas las grandes obras,
50/Claude Musse
condiciones de trabajo análogas a las que se encuentran en Atenas
para los trabajos en la Acrópolis o en Eleusis, lo cual no debe sor
prender si tenemos en cuenta que frecuentem ente los equipos y las
cuadrillas se desplazaban de una obra a otra, incluso también los
artistas, individualm ente. Pensem os en Fidias, que trabajó en O lim
pia, o en los viajes de Praxíteles en el siglo iv.
El hom bre griego es así también un artesano..Y co m o tal goza,
com o bien lo ha dem ostrado P ierre Vidal-Naquet, de uñ. estatus
ambiguo. G ófno'.poseedor de una J é k jm e ;.se hace jindispensable
para; lib erab a Jos [hom bres, de la. dureza,propia, de :1a.: naturaleza.
Pero co m o se encierra.precisam ente,en eso, no puede acceder a
unajékhné superior com o es la féklmë politique. Sólo Protágoins admi
tía que todos podían poseer la ciencia del político. N o hay que o lv i
dar que la teoría desarrollada p o r el filósofo de Abdera era sobre la
que se fundaba la dem ocracia, en cuyo seno, com o repite el Sócra
tes de Jenofonte, artesanos y com erciantes compartían junto con
los cam pesinos el pod er de decisión en las asambleas.
Tod o esto nos conduce al itercer,aspecto de la actividad econ ó
m ica del hom bre griego: la actividad com ercia!; Sobre este punto,
los debates entre los m odernos han sido de gran envergadura, y
también sobre él nuestra inform ación no ha dejado de crecer, a tra
vés de los progresos de la investigación, arqu eológica fundam en
talmente. Que desdé muy tem prano hubo intercam bios en el mund o rgrÍego lo demuestra la djfusjón misma d e,[a ceram ica .;Desde
ép oca m icénica, vasos fabricados en el continente .griego llegaban y
a Italia m eridional y a Oriente. El hundim iento de los palacios nTicém cóS puso fin a esté trá fic o ’ y cuando se habla de los com ercian
tes en los poem as hom éricos, se trata sobre todo de fenicios o de
esos m isteriosos tafios de los que se habla en la Oc/tsefl/Ervél mun
do denlos héroes, co m o record ó Finley, lo íf intercam bios revelan y
sob ré;tód ó .prácticas de regalo y contra-regalo,^algo;ajeno ai;co;
m é fe iô :propiam ente dicho.^Sin em bargo H esíodo en Trabajos y
días evoca las navegaciones de su padre, em pujado p o r la necesi
dad de surcar los mares en una «n egra nave» para ir a buscar un be
n eficio más o m enos aleatorio para acabar instalándose en Ascra.
El co m e rcio p o r m ar ( emporté) nos lo presenta el poeta com o un
rem ed io para escapar de «las deudas y el ham bre am arga», com o
un recurso que aún puede p rocu rar un ben eficio (kérdos), a condi
ción de tener la precaución de navegar sólo durante los cincuenta
días — en p len o veran o— en que el mar no es dem asiado peligroso.
Es evidente, p o r lo tanto, que desde el/siglo viu ios griegos particip'aron en el despertar de los intercam bios en el M e d ite r r á n e o A q u í»
Conviene, evidentem ente.-recordar.lo que tradicioiialm ente se.en->
tien d e'p o ricó ló n izá ció n , el asentam iento dé griegos en ;las orillas
El hombre y la ecoriomia/5l
septentrional y oriental.del M editerráneo. Es inútil volver sobre el
falso problem a del origen com ercial o agrario de estas «colonias».
Se ha hablado ya de la síerrp/c/tóná'es.deciiYlá falta de tierras qu‘e
ob ligó à úná párt'erde Jos-miembros ele la comunidad urbana a lan
zársela'Ja ^búsqueda,^or.:már;,-d‘e nuevas'tienas?'^^^ además de>
que estas~expedic io ncs, organizadas a menudo por la ciudad con la
aprobación y los consejos del clero délfico, suponían um m ínimo:»
de conociifiientos rnarítimos.ria dimensión com ercial lio podía
( tar ausente.»Pór,ü~irlirdó*Se~trataba de conseguir determinadas m a
serías primas de las:que los griegos-escaseaban: hienxry'estaño en
p rimër.'lügarj»Por.otro7ël establecim iento de griegos en el sur de
¿Italia,xn Jasxostaside la Galiá ó lá Península Ibérica o en Siria y a
Orillas del Ponto Euxinó, ño piído pór-ménos de producir un desa5
nOlio_dë im ërcam bios:que^nO‘ por:dârse èntrè -ciCfdades madres y*
ciudadesjhijas,"<fra m ënôr?Las excavaciones realizadas por los ar
queólogos en Pitecusas (Ischia) han demostrado la importancia de
las factorías metalúrgicas donde se transformaba el mineral im por
tado seguramente de Etruria. La fundación de Marsella a com ien
zos del siglo vi a.C. en un em plazam iento que, evidentem ente, no
daba acceso a ricas tierras de cultivo, pero que sí era la desem boca
dura natural de ríos de la GaÜa p o r donde llegaría el estaño de las
misteriosas islas Casitérides, es bastante significativo desde este
punto de vista. Com o también es significativa la instalación, desde
el siglo vn de una factoría griega en Náucratis, en Egipto, lugar en
el que los com erciantes llegados de Grecia o de las ciudades grie
gas de Asia M enor podían adquirir el trigo del valle del N ilo para re
ven derlo en las ciudades del Egeo.
Aunque:laiexist_en_cia:de.unxomercio m arítim o gi-iego'en-época
arcaica:.estunifen~ÔTTrenmincuesvioïïab‘!è7,sûbsisteh''di7s"prôblemas'
im p o itaiUes:-quiénes~fucron los prom otores y_qué lugar ocupaba ©
ib a ^ o c ú p a rla moñeda;en este com ercio? Lo prim ero ha suscitado
respuestas a m enudo contradictorias. Para algunos, y el ejem plo
que hemos visto del padre de H esíodo puede ser una buena ilustra
ción, eh eom ercio era.un:asunto de marginados, campesinos ág©-'\
biados-pprlas deudas, hijos m enores excluidos de la herencia fam i
lia oque, al no poder vivir de! producto de una propiedad familiar,
se echaban al mar con la esperanza de obtener algunas ganancias
vendiendo caro lo que se habían procurado a un precio ventajoso.
P a rap iros en ca m b io iy aquí otra vez puede traerse a colación a H e
síodo cuando invita a Perses a hacerse a la mar para dar salida a los
excedentes de su cosecha, com ercia r implieáHá por uña parte estar
en posesión.de un barco y, por otra, de una carga que in terca m b ia »
Por, esa razón los prim eros «com ercia n tes» sólo podían ser los que
ostentabanreii|5üder-'ehlas ciudades, personas que.:vivicran.a ñn
52/Claude Mossé
tienîpo_de las rentas de sus tierras y de los benefiçios.que les asegu?
raba la posibilidad de disponer de exçedentesrSe cita al respecto al
hermano de Safo, la poetisa, que navegaba por cuenta propia y que
frecuentaba la colonia de Náucratis, cl caso de los foceos que c o
merciaban utilizando las rápidas naves pentecóntoros que los lle
vaban hasta las costas de la Península i b é ri c a. E π algún as ciudad es.
costeras de Asia Menor, en M ilelo, Halicarnaso, Focea, en algunas
islas del Egeo com o Sainos, Quíos o Egina debióextetjrrina aristcP
cracia mercantil,, surgida-dé-la-aristocracia de.los propietarios ye-#
reten ien tes, ipero^más aventurera ym ás, preocupada'por..realizar^
negpcíoszar.riesgán'dosc a ^navegar.
>
Quizá no sea necesario tener que elegir entre estas dos im áge
nes del com erciante griego de época arcaica. El com ercio, cuyo ca
rácter aventurero no se puede por menos de señalar, pudo haberse
ejercido.tanto por parte de propietarios ricos y poderosos com o
por.parte de marginados impulsados, por la necesidad. Debido a
que la navegación estaba sometida al capricho de los vientos y tem
pestades, lo mismo podía constituir una fuente de beneficios que
acarrear la ruina de los que se aventuraban. La historia, narrada
por Heródoto, de C oleo de Sainos que, desviado por una tempestad
cuando iba a Egipto, seguramente para procurarse trigo, y que fue
a parar, después de un increíble periplo, a las costas de Andalucía,
puede que sea imaginaria, pero refleja muy bien los peligros de este
com ercio a la ventura y sus incertidumbres, así com o la condición
sumamente variada de los que a él se dedicaban. Se com prende asi
cóm o es im posible dar una respuesta definitiva al segundo p rob le
ma del que antes se ha hablado, el del lugar que ocupaba la circula
ción monetaria en los intercambios. Se sabe queteliprablem a-del
origen.de Ja moneda ha.suscitado m ode mamente-muchos debates,-,
sobre todo a partir de dos textos de Aristóteles. ELprimer.o/en el li
bro 1 de la Política, sé_vinculaTexplic_itameiUe la jn ven ción de la m o?
ñeda-concias-necesidades del intercambio·: «cuando se desarrolló
— escribe— la ayuda que se prestan los diversos países por la im
portación de productos deficitarios y la expoliación de productos
excedentarios, el uso de la moneda se introdujo com o una necesi
dad». El^egundo,texto, tom ado del V libro de la Etica a Nicóm aco,
pone en cam bio eLaeentp-en el.aspecto d e ja m oneda co m o inst.ru>
m entcrdém edida'del valor.de los bienesintercam biados. indispensalJlé-plií^máñteñér la igualdad e n ‘las-relaciones-de .reciprocidad:*
èn'el:sen‘OTdëlâ.comunidàdcivica.‘îDêscléllij‘é g 0 7 se;trata_todavia_de
intercSmbiüs,aporque Aristóteles cita com o ejem plo la relación es
tablecida entre un arquitecto y un zapatero, pero se aprecia bien
que este tipo de intercam bio tiene bastante poco que ver con el de
sarrollo del com ercio m arítim o. Si nos atenemos a los hechos,
El hombre y la economia/53
com probam os que las prim eras.monedas aparecen en el mundo
griego sólo a finales del siglo vu, es decir, un siglo más tarde del ini
cio de los intercam bios en el M editerráneo. P o r otra parte, el estu
dio de los tesoros m onetarios ha dem ostrado que, porxlo-rmenos?
has.ta el sig lo v a :C .^ lá circulación dé-m oneda*—sobre todo de m o
neda ateniense— êstuvo_relativànîênte !i'mitáda"a fuera de su espa
cio de em isión*Sin negar que la m oneda haya tenido un papel im
portante en los intercam bios, especialm ente a partir de época clá
sica, hoy se.insiste.más en sus otras funciones: fiscales, militares
— muchas em isiones tenían p o r objeto el pago de la soldada a ejér
citos m ercenarios— y también políticas, en la m edida en queda
m oneda es un signo de independencia y em blem a de la ciudad. Sin
em bargo, áufiquedarnoneda no se inven tara _para responder a'las*
¿necjesidáHes^dél intercambio,-sí que con el paso del tiem po se con
virtió en ehinstriim enfo-privilegiado del c o m e rc io T Y esto se de
muestra con lo que conocem os del co m ercio ateniense en época
clásica gracias a los discursos del corpus dem osténico en particu
lar, y también p o r otros textos literarios sobre este terreno que in
sisten en el predom inio de Atenas, sobre lo cual conviene volver
una vez más.
A partir.del siglo vi se desarrolla el co m ercio ateniense. La tradi
ción atribuía a Solón una reform a de los pesos y medidas y la adop
ción de un nuevo patrón m onetario. H oy sabemos que lasprimeras*
monedás-áténieri'ses? acuñadas con el em blem a de la lechuza de
Atenea, no:son:anterióTes:a-la.segunda mitad del siglo vi a .O P re c isamente en este periodo la difusión de vasos de figuras negras sali
dos de los talleres del C erám ico alcanza su m ayor desarrollo y, bajo
el impulso de los Pisistrátidas, Atenas em pieza a volverse hacia el
Ponto Euxino y los estrechos para asegurarse el avituallam iento de
cereales que necesita la ciudad con una población en aumento. En
el siglo v, la construcción de un puerto military^también com ercial
en El Píreo, el desarrollo de una poderosa ilota, así com o el d o m i
nio que, en vísperas de las Guerras Médicas'Tejerce Atenas sobre las
ciudades del Egeo, contribuyen a con>tfertír El Píreo en una especie
de pivote sobre el que gra v ita n lé^ in te rc a m b io s en el M editerrá
neo. «V em os — dice Tucídides en boca de Pericles— có m o llegan a
nuestra ciudad todos los productos de toda la tierra y disfrutamos
los bienes que aquí se producen para deleite nuestro no menos que
los bienes de los demás liom bres.» El autor anónim o del lib elo o li
gárquico c o n o c id o jx jn 'e l título de Constitución de los atenienses
repite como-oin-ecó:
Sólo los atenienses pueden reunir en sus manos las riquezas de los grie
gos y de los bárbaros. Si un Estado es rico en madera adecuada para la cons
54/Claudc Mossé
trucción de barcos, ¿dónde los venderá si no se entiende con el pueblo que
es dueño del mar? Y si una ciudad es rica en hierro, en cobre, en lino ¿dón
de irá a venderlo si no se entiende con el dueño del mar? Ahora bien, preci
samente es con estos productos con los que construyo mis barcos. Pe un
país saco la inadera, de otro el cobre; aquél me suministra lino, aquél otro
cera. (2, 11.)
Tres cuartos de siglo más tarde, Jenofonte repite lo m ism o en su
opúsculo Sobre las renías (De vectigalibus):
Nuestra ciudad es la que ofrece a los comerciantes mayores satisfaccio
nes y beneficios. En primer lugar, dispone para las naves de los abrigos me
jores y más seguros donde, una vez anclados, pueden descansar sin temor
pese a! mal tiempo. En la mayoría de las ciudades, los comerciantes se ven
obligados a tomar un cargamento en su viaje de vuelta, porque la moneda
de estas ciudades no tiene curso en el extranjero. Por el contrario, en Atenas
pueden llevarse, a cambio de lo que han traído, la mayor parte de las mer
cancías cuyas gentes necesitan, o si no quieren llevar esa carga, pueden ex
portai’ dinero y hacer así un buen negocio; porque en cualquier sitio que lo
vendan consiguen mucho más que la suma de origen. (3, 1-3.)
C om o se puede apreciar, Jenüfoffte^nD sÓ Ío.subraya¡el:papel>
ccntral;de*Ateñás:y su-puerto ë rre l çp m ercio m editerráneo y las>
ventajas ele su situación .geográfica1(«d isp o n e de todos los vientos,
bien para im portar lo que necesita, bien para exportar lo que quie
ra »), sino qüé ádem ás io relacion a con la preem inenciaJ^onverciaj*
de ¡Atenas :por, el -valor.de .su moneda>
P odem os hacernos una idea de los productos im plicados en
este co m ercio. Entre las im portaciones figuraban, co m o ya se ha
indicado, los cereales indispensables para alim entar a la pobla
ción, a lo que la produ cción local de cereales sólo contribuía par
cialm ente. El trigo veñíá'-de Egipto, de S ic ilia fp e ro sobre todo de
las l egion es septentrionales deitM ar N egro^ D e creer en una afir
m ación de Demóstenes, más'de la m itad del trigo-im portado p rocer
día del P o n to E u xin o fy los decretos hon oríficos en honor de los re
yezu elos locales indican que los com erciantes llegados de Atenas
se beneficiaban en el Ponto de con dicion es particularm ente favo
rables. Asim ism o, Atenas im portaba m adera para la construción de
sus barcos, riiá d ererque.venía esencialm ente del norte de Grecia y»
de.M acedonta. A’ndócides, durante sus años de exilio co m o conse
cu encia de su condena p o r haber participado en el asunto de la mu
tilación de los Mermes, se ded icó al co m e rcio de madera para la
co n stru cción ,'}' D em óstenes acusaba a Midias de haberse aprove
chado de su posición de trierarca para im portar madera para enti
bar las minas de plata del Laurión. El terce r producto de im portá-
fil hombre y In economia/55
ciorï en orden de importancia lo constituíandp§.esc^avos, que projt
cedían en su m ayoría dc-las regiones orientales, Caria.y Cilicia, r©r
giônés dêl P-óntó.-y támbién.del norte del Egeo, especialmente-'J'raî
cia. Atenas; com o se h'a visto añtesr ténia también que iihportar;hiey
rro y cobre. A d em a d lo s ¡com erciantes squejidesembai caban .sus?
m ere ancías e n :e 1.P i r eo no dejaban de. descargar, productos de lujo:
telas finas, perfumes, especias, vinos, etc. Atenas a cambio, no sólo
reexportaba al resto del mundo egeo una parte de las mercancías
que entraban en El Píreo, sino que también exportaba vino, aceite,.
m árm ol v sobre-torio· com o indicaba Jenofonte en el pasaje antes
m encionado, plata acuñada, Es muy importante señalar que el pro
blem a no estribaba en lo que nosotros llamamos hoy equilibrio del
com ercio exterior y que exportar plata acuñada no era signo de dé
ficit com ercial. P o r otro lado la ciudad sólo intervenía para regla
m entar la entrada'y salida del puerto, para vigilar que las transac
ciones se realizaran correctam ente y para aplicar las tasas-Que gra
vaban todas las mercancías que entraban y salían. Unicamente el
com ercio de_trigo era._Qbiet_o,..de,una reglam entación a la que alu
den algunos textos y que también se ve confirm ada por la existen
cia de magistrados especiales para la vigilancia de este com ercio,
los sitofílaces (sytophííakes). Sin em bargo,'éstaíréglam entación,
cuya finalidad éra asegurar el avituallam iento de la ciudad y evitar
la especulación que podían ejercer determinados com erciantes en
épocas de dificultad, sólo fue verdaderam ente eficaz a partir del si
glo iv, cuando Atenas había perdido una parte de su poder en el
Egeo.
Si se intenta delim itar lo que era el mundo de los comerciantes,
el mundo d elp n p ó r io n , conviene desembarazarse de muchas ideas
preconcebidas. El com erciante ateniense no es ni un rico im porta
dor ni un hum ilde m eteco. Ciudadanos y extranjeros se codeaban
en los m uelles del Píreo y en la gran sala donde se exponían las
mercancías. En lo alto de la escala social encontram os a estos ciu
dadanos ricos que prestaban al por mayor, pero que con mucha
frecuencia quedaban al margen de la transacción en sí; sólo inter
venían cuando el n egocio les venía mal y si se encontraban priva
dos de los elevados intereses que implicaba el préstamo marítimo.
Algunos eran igualm ente propietarios de minas o talleres, com o el
padre de Demóstenes, o políticos co m o el propio Demóstenes, o
antiguos com erciantes retirados de sus negocios com o el encausa
do en el discurso Contra Diogilón de Lisias. A menudo el negocio se
trataba p o r interm ediación de un banquero ante el que se deposita
ba el contrario, la syugraph\é, que vinculaba al acreedor v su o sus
deudores, y que evenlualm enle podía presentarse ante los tribuna
les en caso de litigio. Los com erciantes propiam ente dichos, los
56/Claude Mossc
émparoi, son o bien ciudadanos, o bien extranjeros de paso o resi
dentes. Por ¡lo 'geneTaLsonîpers'ünas-de-*·condición -relativam ente
Jifiódéstá, obligados a endeudarse para poder com prar un carga
mento, con la esperanza de que los beneficios que puedan realizar
les permitan, una vez saldada la deuda y los intereses, conservar lo
í suficiente para volver a hacerse a la mar con una nueva carga. Des
de luego la mayoría de estos émporoi navegaban por su cuenta. So
lamente los más ricos pueden confiar el cargam ento a un em plea
do, por lo general de condición servil, y quedarse en tierra. Algu
nos de estos émporoi son dueños de su propio barco, pereda m ayo
ría tiéñe$ que pagar el im porte de su pasaje y el de su cargam ento,
en el barco de un armador, de un naúklérosi que :p'orj lo general se
pone~~de acuerdo con varios conte reían tes para un viaje, por ejem
plo, al Ponto o a Sicilia. Los discursos del corpus dem osténieo per
miten así revivir lod o un mundo de comerciantes, patronos de bar
co, agentes más o menos honrados, dispuestos a alquilar sus servi
cios a uno u otro. LaS“diÍTCultade^ deda navegación,Jos:peligros d e »
naufragio-o de:a_ta.ques piratas hacían muy arriesgadas.estas emprelsas_mâT'itimas^Poco a poco se fue elaborando un derecho que ase
guraba al prestador de garantías en forma de hipoteca sobre el bar
co o sobre la carga. Pero en caso de naufragio, el acreedor perdía
todos sus derechos y el deudor se veía libre de su deuda. De ahí los
naufragios fraudulentos, m otivo de procesos donde es difícil saber,
con la sola lectura de los discursos, de qué lado está la razón. Des
pués de mediados del siglo iv estos procesos se beneficiaban de un
procedim iento acelerado ante el tribunal presidido por los tesmoteles y, rasgo característico de la im portancia del com ercio m aríti
mo, los extranjeros y hasta los esclavos, utilizados a m enudo com o
agentes com erciales, podían prom over una acción sin recurrir a la
m ediación de un «patrón» que fuera ciudadano. Sin em bargo, a los
extranjeros, por parte de sus socios, siem pre se les trataba con cie r
ta desconfianza y, ante los tribunales, sin que se pueda hablar de xe
nofobia, no era extraño escuchar de un ciudadano reprochar a su
adversario el origen com o un insulto. Hay que señalar también que
| estas asocia'ciones'eñtré prestadores;é m p o ro i y.ríáúkiéroi, eran freI tuentem ente .-efímeras* se establecían sólo por la duración de un
! viaje de ¡da y vuelta hacia el Ponto o Sicilia, Egipto o Marsella.¿Por5
| loitantorlray.que desechar de una vez por todas la idea de una clase
i m ercantil controlando el co m ercio ateniense. ¿Qué sucedía enton
ces? Tenem os que confesar nuestra casi com pleta ignorancia. Pero
pódérno^sub'Oñéi-que-eñ láS'grandes ciudades marítimas había for
mas análogas de actividades m ercantiles de las que la ciudad,
com o tal, perm anecía al m argen, aunque en general, en todas par
tes, se recaudaran impuestos sobre la entrada y salida de naves y
El hombre y la economia/57
mercancías. De igual m odo es im posible evaluar, aunque sea de
form a aproximada, el volum en de productos intercam biados y
que, por fuerza, tenía que variar de un año a otro. N o hay que o lv i
dar, por últim o, que a finales-del siglo-iv num erosos'intercam bios
se hacíanpor.vías que'escapaban al.com ercio propiam ente dicho.
Esto, que funcionaba para intercam bios a nivel local, valía también
para intercam bios a grandes distancias.
N o se ha hablado todavía de la función de los banqueros en el
seno del mundo del empórion. Antes vim os que el banquero servía
a veces de interm ediario entre el prestador y el com erciante, co n
servando en particular el contrato que fijaba las m odalidades del
préstamo. El térm ino «b an co», con el que traducimos el griego trápeza, no debe llam arnos a engaño.iLos banqueros no desem peña
ban en el mundo de las ciudades griegas una función com parable a
la de un banco m oderno, es d ecir la de un organism o de crédito
susceptible de financiar inversiones productivas. La mesa del ban
quero era ante todo una mesa de cambista en la que el com erciante
extranjero que estaba de paso podía procurarse unas monedas lo
cales y hacer que le valoraran las monedas extranjeras que traía.
Sin em bargo, seguramente después de finales del siglo v, y en A te
nas p o r lo menos, los banqueros también recibían dinero en d ep ó
sito", dinero que en seguida entregaban a sus clientes si éstos que
rían hacer un em préstito, no sólo con fines com erciales, peneque*
no.utilizaban, parece, por propia .iniciativa..Esta función de inter
m ediarios y de cambistas perm itía sin duda realizar sustanciosos
beneficios, pero sin hacer de ellos «gen te influyente», por utilizar
una expresión reciente aplicada a un banquero del siglo pasado. Y
de hecho, los banqueros, cuyos nom bres nos transmiten las fuentes
eran en su m ayoría antiguos esclavos. Pasión, el más con ocid o de
estos banqueros de origen servil, era seguram ente un hom bre rico.
Y resulta significativo que, una vez liberado, se convirtiera en ciu
dadano en circunstancias mal conocidas e invirtiera una parie de
su fortuna en tierras. Esto perm itió a su hijo A p olod oro hacer de
gentleman farmer, dejando al ex-esclavo Form ión la gestión del
banco y p referir los onerosos gastos de quien quería hacer cañ e
ra política a los beneficios que perm itían las operaciones de
cam bio.
Antes de dejar el m undo del co m ercio nos queda d ecir algo so
bre los intercam bios locales. Dada la najuraleza del paisaje g rieg o y >
lo jñtriñCádo-de su'relieve, los intercam bios p o r vía terrestre eran
.relativam ente limitados. Siem pre era más fácil em barcar las m er
cancías, incluso para un trayecto corto, y tom ar.la vía marítima.
Los intercam bios, escasos de una ciudad a otra, eran p o r el contra
rio frecuentes en el in terior del territorio de una misma ciudad, es
58/Claude Mossé
d ecir entre la ciudad y el cam po. Los cam pesinos de la khora acut
dían a la ciudad para vender los excedentes de que podían disponer
para adquirir lo que solam ente el artesanado urbano podía o frecer
les. Así, Aristófanes se burla de la m adre de Eurípides porque iba al
m ercado a \'ender perejil de su huerto. Pero, junto a los pequeños
cam pesinos que se desplazaban para acudir al m ercado, o que en
viaban a su m ujer o a un esclavo, había también en el ágora vendedores^proíesionales, los kápélor ridiculizados en las com edias de
Aristófanes y que procedían evidentem ente de las capas más p o
bres de la población. Tam bién en este caso concurrían ciudadanos
y extranjeros, estos últim os con frecuencia eran m etecos instala
dos de m odo perm anente en Atenas. De seguir creyendo a Aristófa
nes, entre los kápéloi también había mujeres, vendedoras de cintas,
perfum es, flores, etc. A veces estas mujeres, com o la madre de un
personaje del corpus de Demóstencs, se veían obligadas, bien por
miseria, bien p o r la ausencia de un m arido retenido lejos por la
guerra, a actividades consideradas p o co dignas para una mujer li
bre.
Este cuadro de las actividades económ icas del hom bre griego,
lim itado esencialm ente al ejem plo que nos suministr a Atenas, que
daría in com p leto si no nos refiriéram os, para term inar, a una acti
vidad co m o la pesca, que no entra ni en el artesanado ni en el c o
m ercio. Desgraciadam ente es muy p o co lo que sabem os de los pes
cadores, que debieron ser m uchos en una tierra tan volcada al mar.
S ólo sabem os que hâbia'pesqueriàs im portantes en algunas zonas
del.m undo~griego?com o la región del Ponto Euxino, de donde p ro
cedían ingentes cantidades de salazón. Sin em bargo ignoram os
tod o respecto de la organización de la actividad pesquera, de la que
sólo cabe suponer que tendría e ñ ig e n e r a lu n c a rá c te r artesahâl*e
individu al:*
Este apresurado repaso de las actividades económ icas del hom
bre g rieg o con firm a la validez del m odelo elaborado p o r el gran
historiador inglés Moscs F inley en su libro sobre la econ om ía anti
gua. Sin em b argo co n vien e preguntarse ahora sobre la perm anen
cia en el tiem p o de este m odelo, Efectivam ente, en muchas ocasio
nes parece que él siglo ív? presentado frecuentem ente com o un sig lo de crisis y declive,-jo cual es cierto a nivel p o lítico en ciudades
c o m o Esparta o Atenas, preseTitá^si no transform aciones reales en
las m anifestaciones de la vida econ óm ica, por lo m enos úna v a lo r ía
zación más efectiva de los problem as planteados p o r la producción
y el in tercam bio de bienes? Y a hemos aludido a diferentes tratados
de Jenofonte co m o el Eco?7Ómico o Sobre ¡as renias, a los que ha
bría que añadir el segundo libro del E c o n ó m ic o atribuido a Aristó
teles. Desde lu ego el p rim ero de estos tratados, presentado en for-
El hombre y la ccononiia/59
ma de un diálogo socrático, es prim ordialm ente un manual de con
sejos para uso del perfecto hom bre honrado. Pero la preocupación
póf^organizarvdeimanera racional la adm inistración.del.patrim o
nio,.con una especialización de los esclavos para tareas concretas,
refleja una mentalidad nueva, el;deseo de .producir.más y, mejor.
Igualm ente, aunque el tratado Sobre las rentas tiene com o finali
dad el sueño utópico de asegurar a cada ateniense su trióbolo coti
diano con el alquiler, mediante un ób olo diario, por hombre, de un
núm ero de esclavos triple del de ciudadanos, no obstante se propo
ne una revalorización de la m inería a cargo de la propia ciudad,
destinada a aumentar la producción de plata, la cual Jenofonte ob
serva que puede aumentarse el volum en de form a ilimitada. En
este sentido nos suministra una indicación que sencillam ente reve
la sentido común, pero que al m ism o tiem po expresa una percep
ción realista y nueva de los fenóm enos económ icos. Propone au
m entar el núm ero de esclavos para trabajar en las minas y, conse
cuentem ente, la cantidad de mineral extraído e indica:
Con los mineros no pasa como con los trabajadores del cobre. Si el nú
mero de éstos aumenta, los trabajos del cobre se devalúan y los obreros de
jan su oficio. Lo mismo ocurre con los obreros del hierro. Y hasta sucede lo
mismo cuando el trigo y el vino abundan, el precio de estos productos baja y
el cultivo no rinde nada; por eso muchos abandonan el trabajo de la tierra y
se dedican al com ercio al por mayor y al por menor o a la usur a. Por el con
trario, cuanto más minera! se descubre y más abundante es la plata, a más
trabajadores atrae la mina. (4, 6.)
Este texto es interesante porque revela a la vez nuevas preocu
paciones por parte de los teóricos y también los lím ites de su pensa
m iento econ óm ico. Jenofonte con oce la ley de la oferta y la deman
da y las especulaciones que im plica. Pero no se pregunta por qué
esta ley no es válida para la plata. Asimismo, el céleb re pasaje de la
Ciropedia sobre la división de los oficios en las grandes ciudades
demuestra más una con cepción cualitativa de la producción que
una apreciación de las leyes del m ercado. Y sin em bargo estas le
yes nos son ignoradas del todo, ya que esta división se pone en rela
ción con la demanda. En cuanto al E co n ó m ic o , un tratado de es
cuela aristotélica transmitido de m anera compuesta, el m ayor inte
rés reside en el segundo libro, no sólo porque nos suministra una
serie de anécdotas sobre las mil y una maneras de procurarse ren
tas, sino porqu e la noción de oikonomía se amplía de la ciudad al
rein o y porqu e las estratagemas fiscales que la ilustran no corres
ponden ya a la gestión de un otkos.
¿Acaso esta presencia más realista de los hechos relativos a e c o
nom ía, los escritos teóricos — los análisis aristotélicos sobre el ori-
60/Claude Mossé
gen de la moneda y sobre la crematística van en la misma d irec
ción— , indica un cam bio de mentalidades en lo que se refiere a los
protagonistas económ icos? ¿De qué amplitud? Hay que ser pruden
tes en la respuesta porque, com o parece, se sitúa a diversos niveles.
En prim er lugar — y naturalmente esto concierne una vez más a
Atenas— parece claro que¡sé~ lia renunciado definitivam ente a:ese
m odo de apropiación de bienes que remonta a la noche de los tiem
pos, es d ecirdáexplotación de los más débiles. Atenas*privada de
su imperio,-se ve poi^elloprivada de los ingresos que sacaba en for>
ma^de tributos y costas de justicia,-sin contar con-las tierras.confis^
cadas a.lós aliados más reacios. Com o señalan Isócrates y Jenofon
te, Aténas-isólo puede ya vivir de la explotación de sus aliados. .Ne
cesita encontrar.: en rella ; misma, los :recursos, necesarios para el
buen.funcionami'ehto dé las instituciones. El "siglo iv ve, pues, desa
rrollarse en Atenas un principio de organizaciónTiscal y se in cre
menta la exacción sobre los más ricos. Gom o :no_cabe.pensar que
éstos redujeran su rriodo de.vida tradicional — muy al contrario, el
lujo privado, si hacemos caso a las fuentes literarias y también a los
testimonios arqueológicos, no deja de afianzarse— hay_que.pensar
nécesariam enle en encontrar nuevas fuentes de ingresos. Una de
el lasses :eL.présf amo marít im o con intereses usurarios·! 'Péro ésto1
im plica la· disponibilidad de.dinero líquido, es decir de excedentes. »
Dicho de otra forma, aunque no se conceptualice la relación entre
crecim iento de la producción y crecim iento de las rentas, aunque
se piense prim ero en aumentar el núm ero de esclavos nías que en
perfeccionar las técnicas de producción, en la práctica se termina
por producir más. Desde luego hay que evitar la generalización a
partir de indicaciones fragmentarias. Pero en él tércer-ciiarto d e l»
siglo.iyse'datiñ indu dáble despertar, de Ja industria minera? Encon
tramos ¿üñdesarróllo no menos real de las actividades del puerto
dehPireo? que obliga a la ciudad a con ceder una m ayor atención a
los asuntos com erciales y a prever un procedim iento más rápido
para las cuestiones relativas al empórion. Y aún hay algo más signi
ficativo, la im portancia creciente de las magistraturas financieras y
el papel que están llamados a desem peñar al frente de la ciudad los
«técn icos» en materia financiera com o Calístralo, Eubulo y sobre
todo Licurgo, encargado de la dioíkésis, es decir de la administra
ción de toda la ciudad, verdadero adm inistrador que no dudaba en
llevar ante los tribunales a los concesionarios de minas no honra
dos o imprudentes. Tam bién hay^que m encionar el reproche repe^
tido por.Jos oradores.de.la segunda mitad de.ese_s.iglo: el c r e c ie n te »
desinterés dé los ciudadaños por los asuntos de la ciudad que va pa',re jo .con runa <m ayor„preocupación .,-porJ o s tasuntos.p rivad os. (là*
ddia)?Seguram ente ese reproché podía:hacerse a Ios-ciudadanos*
El hombre y la economia/61
más pobres que, con la pérdida deLim perio y de las, cleruquias, .se
habían visto-privados de las numerosas ventajas que antes recibían
en form a de pagas; de botín o:de asignaciones de tierras; esta gente
en lo sucesivo tenía que esforzarse p o r vivir con su escaso peculio y
con algunas de las distribuciones del teórico (ιό iheórikón), o sea el
subsidio que se otorgaba con ocasión de los festivales dram áticos y
que se convirtió, según dice Demóstenes, en una especie de ayuda
económ ica para los más indigentes. Pero "ese reproche tam bién sp
dirige a los ricos·, más preocupados por ganar dinero que por inter
venir en los debates políticos, convertidos cada vez más en algo
propio de profesionales del discurso o de técnicos en cuestiones
m ilitares o en finanzas. En relación con todo esto disponem os de
una fuente preciosa, el teatro de Menandro, representante de la c o
m edia nueva, discípulo de la escuela peripatética, cuya acm é se si
túa en los dos últim os decenios del siglo iv, cuando Atenas, vencida
y controlada p o r una guarnición m acedonia, había dejado de ocu
par el prim er plano en el Egeo. En las com edias de M enandro nun-\
ca aparece la m enor alusión a los acontecim ientos políticos. Los 1
héroes que saca a escena son jóvenes ricos, enfrentados con sus pa- j
dres que se indignan p o r su vida disoluta y las intrigas sentim enta
les en las que se involucran. Estos «burgueses» obligados a viajar J
con frecuencia por sus negocios y con cuyo regreso, a menudo, se ;
urde la acción. Suelen tener esclavos, ricas mansiones y, cuando al ,
final de la obra todo se soluciona con la boda tan ansiada, se m o v ili
za a todos los sirvientes, se llam a a un co cin ero fam oso para preparar los banquetes nupciales. Estamos lejos del mundo cam pesino ^
vivaracho y altam ente politizado de Aristófanes. Cuando a veces se !
m enciona a los pobres — norm alm ente cam pesinos— están en un ; 1
segundo plano a no ser que se descubra que son de un origen d is -,
tinguido. Se afirm a constantem ente la im portancia del dinero, d ej
la riqueza que perm ite a los jóvenes m antener cortesanas y a éstas \
com prar su libertad. Por supuesto hay que evitar ver en el «p u eb lo j
de M enandro» una imagen exacta de la realidad social contem po- jj
ránea. Sin em bargo, esto no quita que se perfilen los rasgos de una ¡
sociedad nueva, distinta, y que será la de la época helenística.
!'
Seríarexagerado y; aven turado, decúvque ¿eh hom bre :griego,se»
con virtió a finales del siglo iv_en un hom o oeconom icus. Pero pue
de afirmarse- sin_dirdârr démasiâdo-quemo..es_exactaménte eLzoofP
pólit'ikón-'Que Aristóteles intentaba en·.vano h acer.renacer^Por su
puesto, el m undo griego, parcialm ente som etido, es todavía esen^
cialm ente un_mundo constituido p o r ciudades, donde la vida poli ti»
;ca subsiste sólo d e.m a ñ era form a l“ Mas las conquistas de Alejandro
abrieron a los griegos un m undo inm enso que habrán de adm inis
trar bajo la égida de los soberanos m acedonios que se repartieron
62/Claucle Mussé
los despojos. Aunque hay que evita ra p lica ra la econom ía heleníslica la amplitud de desarrollo que R ostovtzeff creyó descubrir, ello
no quita que se creara entonces un auténtico m ercado m editerrá
neo que supuso un aum ento de la producción y un desarrollo de las
técnicas si no de producción, p o r lo m enos sí administrativas y fi
nancieras. Pero los griegos que administran las finanzas de los re
yes lágidas o seléucidas nada tienen en común, salvo la lengua con
que se expresan así co m o algunas prácticas religiosas, con ios ate
nienses o espartanos de las Term opilas. El hom bre griego deja asi
paso al hom bre helenístico.
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— Le monde grec et l'Orient, tomo I, Paris, 1972; lomo II (en colaboración
con Cl. Mossc y P. Gourkowsky), París, 1975.
Capítulo segundo
EL MILITAR
Yvon Garlan
Heracles disparando, figura de mármol de Egina (frontón oriental).
Prim er cuarto del siglo v
f i u'ena^yzp V-i
El"hOmbreTgrÎêgoTestuvôTsëgüramente:habituadoia™la:gueiTaT,)'
füe^iHc 1uso45èlicosoXEs to puede demostrarse sin dificultad y de di
versas maneras. En la m edida en que nuestra docum entación lo
permita, se podrá contabilizar la frecuencia de las guerras para per
catarse, p o r ejem plo, que layAt'<*ñas:clásica‘:s'é?declie'ó:ada-gucrra!dos
a ñ os^ e^ ca d á "trés^ in^disfrutar^ilun;ca~deda:pa7.rdur.anteTdiez7áñüs
seguidos? a:lo"que:hay:que:añadir:la'.in'se"guridadxrónica-provocada*
pondifërentes?formas-mà^'o-meno's^lëgàlësrciëWiôlencia:en-tierra-;y>
milthcOTrásraünrponmaiiS(actos de represalia, derecho de naufra
gio, piratería privada, sem ipública o de carácter francamente esta
tal). Ar.queológicamenteTbablañclo*lTabráxqueTrecordarapáralelamerïtg^la5~fortificaciones:costosamente-levantadas:alred ed or derlos
pnncipalesxentroSLdeTcsidericia'.yxierpodendtratando dé imaginar
lo que representaba antiguamente el hecho de vivir en una ciudad
«c erra d a »), y btras de diversa índole que se encontraban en el cam
po (torres de· vigilancia y para habitar, puestos de control, refu
gios), siniolvidar^querlaTgran-mayolazrdëxrnonumentosjy.robras-der
arte~qtieTomaban"los:gran'déST§arítüáríos-ydas-plazas:públicas:exapL
oírendás^déxvencedores> bS^ócüm entación;epigráfica:dem ostrará
ej:c^áqtefetem |^ral:3tpir ecanorded>o s -ira t^ q s:.p oi^ ]o^ g u ^ e;|^nía
finTaTlasihqstilidades^durante.îp.eriodosTlimitadosiaxcincoTTdiezTO'
trein ta'añosrxom o:si:la^az’se sintiera" de^ñtFadacornoalgo'débiho
se:concibicra':com oiuna~especiexde-prójóngáción“dcm na:treguáí
S ólo a los historiadores griegos la guerra les parece verdadera67
68/Yvon Carian
mente un asunto digno de memoria. La guerra procura el tema unificador de sus obras (las Guerras Médicas para H eródoto, la Guerra
del Peloponeso para Tucídides, el im perialism o rom ano para Polibio) o regula, por lo menos, sus relatos de los acontecim ientos. En>
la existencia-cotidiana, la guerra es una preocupación constante»
parados ciudadanos^parlicipar.en e lla ‘es una obligación que, en,
Atenas, *com p ren d ía ,desde lo s .diecinueve .hasía.lo s .cincuenta
nueve años de edad>(en el ejército activo hasta los cuarenta y nue
ve, luego se pasaba a la reserva); decidir sobre la guerra constituye·
em eù àlqu ièi sitioxlá-atribuciónm ínim a-de las asambleas popula
res1
} La.imposición del m odelo guerrero se conform a a todos los ni-,
vêles y en todos.los terrenos:,en la vida familiar, en las pinturas de
los vasos áticos donde aparece la imagen del soldado, es la-figura
central eii t'orno.a la cual se organizan las relaciones internas del
oíkos; en_la vida.reiigiosaplas divinidades del O lim po están dotadas,
cada.tma de una función m ilitar,específica; en iá-Vida-moral,.el.va*
lor.de un hom bre de-bien (agathós), su.qreíer.consiste-ante-todo en,
el valor.razonado que manifiesta tantoen su fuero interno com o lu_-_>
chándó contra las pasiones m ezquinaso com o en el cam po de bata
lla donde le.aguardada «herm osa m uerte», lo único con-un signifb
fcadó social.*#
A pesar de su activism o guerrero, el.hom bre griego sin em bargo
no puede definirse com o un hom o m ilitaris s\ se entiende por ello
una persona que gusta de la violencia por la violencia, indiferente
mente de las formas que revista y de los objetivos que se per
sigan.
j
La guerra civil (stásis) que opone entre sí a los m iem bros de una
; misma comunidad política, concebida a imagen de la familia, se
i consideraba unánimem ente com o desastrosa e ignominiosa. Sólo
: se valoraba la guerra (pólem os) intercomunitaria, y no de una ma! ñera incondicional. La guerra desenfrenada y salvaje, la de los lo
bos, se consideraba desde luego com o una transgresión escandalo
sa (hÿbris) de las normas de convivencia, dicho de otra forma, de
i justicia, que los hombres debían de respetar tanto entre ellos com o
i respecto de los dioses. Por el contrario, da verdadera po/émos no#
\ podía prescindir de.determ inadas regias: declaración de.guerra
con la debida forma, realización de sacrificios adecuados, respeto^,
de determinados lugares;()os santuarios), personas (heraldos, pere
grinos, suplicantes) y actos-relacióñados con-los dioses (juram en
tos); .respetar la : autorización dada.a i. vencido^para -retirar a ¡.sus
¡' muertos y; en.cierta.m edida,:había que abstenerse de.crueldades
' gratuitas. Esto es verdad sobre lodo para las guerras entre griegos,
criticadas por principio — sin efecto aparente— hasta el siglo ív
por los apóstoles del panhelenismo; pero es igualm ente cierto, más
El militar/69
o menos, para las guerras hechas contra los bárbaros, guerras jus
tas por definición. Las guerras llevadas de esta manera no suponen
ningún deshonor por el derram am iento de sangre ni exigían nin
gún rito de purificación final de los combatientes. Semejantes « le
yes»; consideradas comunes para los griegos, o sea para el conjun
to de la humanidad, contribuían, pese asu im precisión y las num e
rosas excepciones de que fueron objeto, a reducirle 1alcance de los
<con flictos*
P o r otra parte, im aginar que la guerra inflam ó siem pre la totali
dad del mundo griego supondn'a ceder a un error de enfoque. No
hay que olvidar nunca que, por simples razones documentales, el
hom bre griego que nos es fam iliar y del que ante todo vamos a ha
blar, es el de Atenas y, en m enor medida, el de la España clásicas, y
que se vio im plicado en grandes enfrentam ientos de carácter im pe
rialista, pero no el de la G recia «p rofu nda» repartida en más de un
m illar de pequeñas ciudades que, en general, llevaron una existen
cia m odesta al m argen y fuera del alcance de las grandes potencias.
Lo que aquí podem os entrever son conflictos localizados que o p o
nían entre sí a ciudades lim ítrofes con objetivos y m edios muy lim i
tados. A pesar de su m ultiplicidad, estos conflictos sólo debían pro
vocar débiles desgarros, pronto reparados, en un tejido finamente
urdido. Lo m ism o sucedería con los diversos actos de «piratería».
La conclusión de alianzas podía, desde luego, ensanchar los desga
rros; pero incluso en este caso debem os tener cuidado con exage
rar los efectos, en la medida en que, p o r regla general, se limitaban
sólo a contribuir con el envío de un contingente de socorro para la
defensa del territorip de los aliados y no im plicaban la apertura de
hostilidades directas contra los agresores. Nada indica, p o r ejem
plo, que la época arcaica fuera globalm ente tan belicosa co m o las
épocas siguientes. Todas estas lim itaciones, de hecho o de derecho,
nos ayudan a com p ren d er que la o m n ip re se n cia d e d a guerra en
ningún m odo significa que el conjunto de G recia sejiaya en contra
do. en perm anente co n flicto a sangre y, fu eg o .»
A lia visión militarista"d’e ;la historia griega se opone, en fin,.ej^
em inente lugar.reservado a la alabanza de la paz en la opinión pú
blica y en la obra de los teóricos. Se podría m anejarun vasto flo rile
gio, muy repetitivo, desde H om ero hasta el final de ia-épocadtelenística, de textos que celebran los beneficios de la paz. Encontra
mos siem pre el m ism o tópico: lá paz'significa.abundancia,, vida
agradable; alegría, el g o ce de los placeres sencillos de la existencia;
Ja;guerra;es abstinencia, esfuerzo (pónos), d o lor y aflicción.íParalelamente, en el plano conceptual, encontram os la siguiente afirm a
ción de Platón; «es preciso que cada uno pase en paz la m ayor y m e
jo r parte de su vida» (Leyes, V II, 803d), o esta otra de Aristóteles: «la
7U/Yvon Garlan
paz es el fin últim o de la guerra, y el ocio el del n egocio» (P o lític a ,
V II, 1334a), lo cual les im pedía hacer un m odelo de Esparta donde
se invenía esta relación.
Λ la luz de lo anterior ¿puede deducirse que se enfrentaron y
triunfaron sucesivamente ambas corrientes, de belicistas y pacifis
tas igualm ente convencidos, p o r razones de principio, de la justeza
absoluta de su respectiva causa? Desde luego que no. Prim ero, sen
cillam ente, porque las estim aciones más tajantes sobre este punto
o bien se tratan sólo de declaraciones de circunstancias, refutadas
a veces en el m ism o autor por aseveraciones en sentido contrario,
o bien aluden únicam ente a la oportunidad de tal o cual guerra
pero no sobre la guerra en sí (p o r eso no tenem os noticia de ningún
ateniense que, en el siglo v a.C., se opusiera al im perialism o com o
tal). Luego, porque la paz sólo se la consideraba desde el punto de
vista personal, hedonista y, hasta podría decirse, existencial, sin
ninguna consideración de carácter propiam ente humanitario y sin
ningún deseo de ver cam biar en este aspecto las bases de la socie
dad o la naturaleza del hom bre. La paz constituye tan sólo el resulr
tad o'p articu iarm ên të agradable; que debe coron ar las piziebas d e »
la güërra.cLa paz se corresponde con la ocasión en que el cam pesi
no experim enta el placer de cosechar y consum ir los frutos de sus
duros trabajos. Sem ejante con cepto de,la paz no contradicejpara
nada :la mecesidad.-dai-racional idad;y la grandeza^deda-guerra; al
contrario, tiende a justificarla asignándole com o fin últim o la.feli
cid a d *
Funesta en. sí :misma, la guerra socializada puede_así. cargarse»
positivam ente con todos los valores que in v o c a ja élite-cívica^,
Las causas de Ja -guerra
«P o iq u e si alguien piensa que conviene hacer la guerra a los
que obran justam ente, p o r lo m enos no lo confesaría» declara A lc i
biades que no p o r nada había asistido a la escuela de los sofistas, en
el diálogo platónico que lleva su nom bre (109c).
A partir de este prin cip io com p lem en tario de las «leyes» recor
dadas antes, o m ejor a partir de esta petición de prin cipio que nada
tiene de específicam ente griego, se desarrolló toda una casuística
que desem bocaba en la com p osición de repertorios de pretextos,
co m o el que p rop on e el autor aristotélico de la R etórica a A lejan
dro a prin cipios del siglo m a.C.
Después de haber sido víctima de injusticias en e! pasado, hay, con las
circunstancias favorables, que castigar a los que hayan cometido estas injus-
fil m ilita r/ 7 1
fieras; o que, al ser actualmente víctima de una injusticia fray que hacer la
guerra por uno mismo o por los bienhechores, o socorrer a los aliados vícti
mas de una injusticia, bien sea por interés de la ciudad, por su gloria, por su
poder, o por cualquier otra razón de este tipo. Cuando incitamos a la gue
rra, hay que presentar el mayor número posible de estos pretextos
(1425a).
A juzgar p o r lo que nos dicen los historiadores griegos a prop ó
sito de las ofensas oficialm ente invocadas por los beligerantes con
ocasión de cada conflicto, hay que recon ocer que no faltaba im agi
nación al respecto y que no se vacilaba en recurrir a cualquier m e
dio; agresión territorial, ataques a las vías de avituallamiento, viola
ción de acuerdos, establecim iento de regím enes odiosos, cual
quier form a de amenaza real o potencial, sacrilegio, ofensas para
ensuciar la gloria de una ciudad, todo valía para invocar el dere
cho que a uno le asistía y para defenderse... con el ataque a ser p o
sible.
Los historiadores griegos intentaron poner un poco de orden en
este heterogéneo arsenal de argum entos y de argucias y de introdu
cir algo de perspectiva: H eródoto com binando de diferentes mane
ras la voluntad divina, la venganza de las ofensas sufridas en un pa
sado más o menos lejano y los cálculos políticos; Tucídides desig
nando, más allá de los «m otivos de resentim iento y controversias»
acumulados en vísperas de la Guerra del Peloponeso, el «m otivo
más auténtico y m enos confesado», constituido por el tem or de los
espartanos ante el crecim ien to del poderío ateniense; Polibio dis
tinguiendo entre las causas profundas de un conflicto, su pretexto y
su punto de partida. Pero todas estas reflexiones fallan en algún as
pecto y no conducen nunca a enjuiciar de manera explícita las cau
sas del fenóm en o de la guerra en cuanto que tal.
Sin em bargo, un ju icio co m o este no falta en la literatura griega.
Aparece esendialm ente, pero no sólo, en Platón y Aristóteles, los
cuales no excluyeron la guerra (tam poco la esclavitud) de sus res
pectivos proyectos de sociedades ideales y no pudieron tam poco
evitar la explicación de su existencia. Las respuestas que dan son
convergentes y poseen una aparente simplicidad: la; causa de la
güerrásería e ld e s e o de «ten er m ás», de adquirir, según el prim ero,
riquezas y everituálm ente esclavos^ para el segundo, esclavos sobre
todo, y, para ambos, procurarse alim ento en el mundo animal y en
el-restadio .precívico de ja humanidad>(una vez desaparecida la
abundancia natural de la edad de o ro o la sencillez de las costum
bres prim itivas). Entiendo que las palabras «riquezas» y «esclavos»
pueden tener un sentido más o m enos m etafórico. Pero eso no m o
difica en absoluto la perspectiva global de nuestros dos filósofos; la t
72/Yvon Garlan
guerraríaTconsideramesencialm ente'el'aTte^ e ^ ^ q uirif^poHafujer-;·
za:suplementæiQs-para-yivirTr ^jo-rorrna:de;subsist'eT>c'ia7dê^clinëfô
o:de:lagehtës-deq3rodtJcëióñTcómΌIla'pazfes^el^arte:d5!dίsf^:üta~rΓde'l
ftodoreso?*
Los historiadores m odernos se encuentran, por tanto, ante el si
guiente dilema: el de atribuir a la guerra en la antigua Grecia una
única causa de naturaleza económ ica o causas n^últiples y hetero
géneas (políticas, religiosas, ideológicas, económ icas). La mayoría,
haciendo del eclecticism o virtud, han optado por esta última solu
ción, aun a riesgo de adm itir la importancia de las condiciones y
consecuencias económ icas de la guerra y, en ocasiones también, a
reservas de recuperar una unidad de explicación subsumiendo la
diversidad de los motivos de resentim iento bajo una misma pulsión
profunda, com o el espíritu agonal de los griegos, o sea la com bati
vidad natural de la especie humana. Pero ¿acaso^es un buen m éto
do zanjar así, abruptamente, la docum entación antigua, rechazan
do con ello un punto de vista en beneficio del otro? ¿no sería m ejor
intentar com prender su coexistencia distinguiendo los niveles
en que se sitúan uno y otro en el conjunto de las estructuras so
ciales?
P o r esa razón conviene que recordem os prim ero, en términos
muy generales, el com etido fundamental que tuvo en el mundo
griego la presión física y jurídica, calificada generalm ente com o
extraeconóm ica: p o r una parte, en el interior de las ciudades, la
presión derivada de la extorsión provocada por un exceso de pro
ducción que perm ite a los ciudadanos realizarse com o tales en de
trim ento de una mano de obra dependiente; por otra, en el exterior
de las ciudades, bajo form a de una expansión que constituye el
principal m odo de crecim iento econ óm ico y la vía principal para
resolver las contradicciones internas. Todo se realiza en virtud de
una «le y », nunca puesta en duda, según la cual elrderechü^lël-venjcedor.pafa~a]ro~derarseTdë~la.p'érsôna~y-loT-biënes:del'ÿënciclÔ.coÎTs?
titûyerelTmêiÔr?fitulô~dë^prôpiëdâcl?
Ln este contexto, algo característico de las sociedades precapilalistas (y que se halla, por ejem plo, en siglos pasados en las de la
zona sahelonigeriana), lâs nociones'.dëTnqljezâ^ÿpôdëTm ôpôdian»
por;menOSTdé^estaTríntima~_V-Orgánicamente~unidáffiSu-amalgama
cqnstituye~íosximiént0's7dería~política‘ enrel-sentido:griego:dei:téti:
CminOT(ël7ârtë^ë7vivirrendaj'pô/fsj;Tcada',un'ô"”de_esios'conceptôs-se‘
presen ta'cbmfiëGuenci^con.l^fôfma7dël^tfo'-y:se:materializa:pp_ri
mecí iac i ó n~suva1? De este m odo se van tejiendo una s e ried e intrigas
originales que proliferan en la esfera política (en el sentido m oder
no, limitado, del térm ino) y que se alimentan con todas las formas
de sublimación que engendran el sentido del hon or y la voluntad
lil miliiar/73
de com petición, con todos los riesgos que pueden suscitar el azar y
e! talento relativo de los protagonistas. Tal y com o lo reconocieron
los propios historiadores griegos, lasirelaciones-internacionálesT»
con todas sus vicisitudes, estái~pues:«preña'dás»:de:economia7!;aum
queda~pjme'que-emergeles,\pordogenéfàlTd'e:riatuT5lezarlilëfëhie>
Só}o:esta?manera^de'-ver‘evita^en mi opinión, endurecerilaiop.osiciónTentredásrcSüTareconomicas-y-no’ económicasideJatguerrjá. El
com p lejo político-m ilitar, con los valores que le son propios, se in^ serta así lo m ejor posible en las estructuras socioeconóm icas de las
ciudades griegas.
L as'm otiva tion es-d re~los~cpmbatie n teX?
Cualesquiera que fuesen las causas proclam adas de un c o n flic
to, lo que parece en todo caso haber contado sobre todo a los ojos
de los interesados eran sus previsibles repercusiones, concretas e
inmediatas, sobre sus condiciones de vida.
En-la’mejqj;_de;las:hipótesisT:la'deru'narguerra:otensivaty_viciorio-sa^sercalcnlabantlos'berfeficiOs'queipodíantsacarseinoianloienTorma^dê^ihE?ô^TiaTïtoTdc~ti^tin^ë^lô~mà'^diV'êrsQ’: prisioneros, a los
que se prefería liberar mediante pago de rescate o venderlos a trafi
cantes de esclavos antes que servirse de ellos para engrosar la p ro
pia reserva de población servil; ganado capturado en los campos;
productos de las cosechas hechas o p o r hacer; objetos preciosos
(m etal labrado o acuñado, tejidos) y hasta toda clase de objetos uti
litarios (herramientas, m obiliario, etc.). -El;feparto,:deieste;botín, al
que pueden añadírsele conquistas territoriales y tributos más o m e
nos regulares, CQnstituía'uñmTóHléma-eseñci'áliy^sienipre-delicado,
de.Tesólver, co m o lo demuestran los tratados con que se regula, an
ticipadam ente, la distribución a prorrateo entre los aliados de sus
contingentes o en función de la naturaleza, m ueble o inm ueble, de
los bienes capturados. Desgraciadam ente no se co n oce demasiado
cóm o se realizaba en detalle el reparto, una vez deducidas las par
tes de h on or eventualm ente concedidas a los com batientes más va
lerosos así com o las armas, riquezas y, en ocasiones, tierras consa
gradas a tai o cual divinidad en form a de prim icias y diezm os. Pare
ce que /alTEstadoriencoiTespondian'espectalmente (adem ás de los
tributos y los territorios conquistados) los'm etales-pré'ciosos’ frut©
del:pillaje:o:de:la'-venta'de-priSiôn'eros7«A'ïlos-:soldadosfles^tocaban·
Iós"bienes;de:consumo'y^de7equipo;'a-sus-jefes,-o.bjetosíde-calidad,
aunque no fuera más que p o r com pensar del din ero desem bolsado
para m ejorar la soldada de sus tropas o para asegurar su arm am en
to y m antenim iento. Es muy difícil saber con precisión cuánto in
74/Yvon Garlan
tentaba aprovecharse de las circunstancias cada una de las partes
para sobrepasar sus derechos y en qué medida debieron variar los
usos según las épocas y según las ciudades. Así, en Esparta la cos
tumbre era que un rey recibiera el tercio del botín obtenido bajo su
mando. Aunque:n©-foníiarañ-parté~dedas:declaracÍories-oficiales,
'todasicstasyêrëpectivas-de-e nriqU êcim iento-indi vidual :v^co le c tiy.o.
cuando parecían razonablem ente concebibles, em pujábanla1!!*
gu'erraTeíinfluíanípodérosaftTéntéi éh-£lái moraIíclélláS“tropas. Este
es el caso de Atenas en 414 a.C. cuando parte la expedición a Si
cilia:
Todos por igual — cuenta Tucídides (VI, 24, 3)— fueron presa del deseo
de partir: los mayores porque pensaban que un ejercito tan numeroso, una
de dos, o bien sometería el territorio contra el que zarpaban, o, por lo me
nos, no podría ser derrotado; la juventud, por afán de ir lejos, ver y conocer
y porque confiaban volver sanos y salvos; y la gran masa de soldados porque
esperaban traer de momento dinero y conseguir además (para el Estado)
una potencia que les garantizara una soldada indefinida
o sea, s a la r io s m ilita r e s y ta m b ié n s a la rio s c iv ile s q u e se p a g a b a n a
lo s c iu d a d a n o s p o r e j e r c e r m a g is tra tu ra s d iversa s.
S in e m b a r g o , e s ^ e n îs itu a c io n e s 'o p u e s ta s r d o n d e ïla s z m o tiv a c io r
Ín e s 'd e.-los-GO m batientCs~nos~harr5Ído~descritas~con-m ásdrecuencia;s
G u ando-seirtrat a b a ip a r a - e llo s r d eiire c h a za rru n a n in v a s ió n ie n c m ig a T y g
garantizaresuipropia^sal vacióme
l¿o:pt;Í!ne]:o,-y-a;V.ecesdo-únicoT~que-estaba-en-juego-en4as:operat
.cioncsim ilitaresreraTcbterritorioren-que'los-agresores-saqueaban-y^,
d5yasTaJ?An'Ao;do;lorqueútécnicamente7podían^quenademásrles;p.arêcia"po1ititàrhenté:adëcüad^' Cualquier ciudad reaccionaría en
tonces vivam ente, a no ser que no pudiera por razones puramente
m ateriales, porqu e la m ayoría de los ciudadanos era más o menos
propietaria de tierras, incluso en una ciudad tan «m erc a n til» com o
Atenas a finales del siglo v a.C. To'do’aiaque:ahter-ritonio:p!Ovo»:Sbas
pues_-_una:rupturáimás:o:méTTostgra\rc7clel3quilibrio:económ icpiy,
de rechazo, del:eqiTilil5ridsôciâl‘cle-la comuniclâd’que:corria-.e];t'ies.-^
go:dejconveiTm se-em vícÍim a"de]:Haml5re'í o por lo menos de disen
siones internas entre los que sufrían tal situación y los que no. Era
tanta la im portan cia de este problem a que los legisladores, para
m ejor asegurar la co n cord ia entre los ciudadanos, podían procurar
que sus propiedades fueran equitativam ente repartidas en relación
con las fronteras para que así todos se sintieran igualm ente im pli
cados en su defensa. Tam bién in flu ía en este sentido el conjunto de
los valores sociales, especialm ente los religiosos, vinculados a la
posesión de la tierra.
Préscin d ien d p ,;de-la-relación~puntual~de"fue>7.asTla5'respuestas
El mïlitar/75
vaTiab'an:según?landea:que:se:.tuv.iera-de-los:intereses-supjeriores-dg»
riaiciudad?în)urante:müch^'.ticmpo?'en un marco de vida más o m e
nos autárquico, seiin tcn tóiterifd n án lo’ más^rápidamenteiposible
conilâsuncursi ônes-mediant^Ia-apcrtura^de-ne gociaciones.o,p,t;ovocando:uña^l5S(al]á?deGÍsiva-en'campo:abiertq?A:esto:se-.opuso:resueItanrente:Rerí,cIes:aI:pi'iñcipio:de'Ia-.Guerra':del:Helopcmesoilcon
gran daño de los invasores capitaneados por Arquidamo, rey de Es
parta, y con gran irritación de los atenienses que a duras penas se
dejaron persuadir para replegarse masivamente tras los Muros I-ar
gos, que unían la ciudad con El Píreo, se Ies hizo ver que era la úni
ca forma, aunque dolorosa, de salvar lo esencial, es decir el im pe
rio m arítim o de Atenas. Podrían señalarse otros ejem plos de la es
trategia «al estilo de la de Pericles» por parte de ciudades plena
mente interesadas o que se veían obligadas por un tercero a sacrifi
car la defensa del territorio por la de las fortificaciones urbanas,
igual que, después del siglo v, se continuó recurriendo de vez en
cuando a batallas planificadas. SinTembarg07^n^conjuntor4endió»a
prevalecenunaxstrStégiamTás^util^y^ornplejazque-pretendía conoi-liárj:ambosrirtvpe“rativü5Tde“laTdefensa:la-del:ter:ritorio;se.:garantiza3,
ba^en la m edida de lo posible,<xon:laxonstrucción~de:fortifiea&io;a
nes:rurales:y-lá^realizaciÚñ?derescaramu7;as~qu'emo“ C‘óm promet ierànda^sSgûTidâd^élm ùëlë^urbano. Esta era una estrategia difícil
de acom eter, com o se puede ver por la lectura del P oliorcético, pe
queño manual com puesto p o r Eneas Táctico a mediados del siglo
iv, donde vem os ciudadanos desesperados antes de irse individual
m ente a sus respectivas propiedades en el cam po para salvar lo salvable, im pacientes luego por pelearse con el enem igo, aun a riesgo
de caer en emboscadas, antes de que sus jefes consiguieran reagru
parlos en fonhacioncs de com bate e impartirles las precauciones
más elem entales.
En últim a instante, no quedaba otra posibilidad que la de asegu
rar a toda costa la protección de la aglom eración urbana, cuyas for
tificaciones, cada vez más necesarias por las mutaciones militares
del siglo iv, no dejaron desde entonces de crecer en potencia y
com plejidad para poder adaptarse al grado de perfeccionam iento
de las máquinas de asedio y al desarrollo de la práctica del asalto.
SÓlQ^E§part¿^'e,preciararhasta~elrcomien7,o-de-época-helenística,
de p oder prescindir de tales ingenios y deidebenrsuTseguridadTas
«unaT-Coro n a r d e jg uer-reros-yjrnOjdcyladrillo s ^ fP 1u ta re o , Moralia,
228e). Extrem o en el que coincidía también Platón al consentir
co m o m ucho en la adaptación con fines defensivos de la pared ex
terior de las casas de la periferia, pero no por Aristóteles, que debía
expresar, m ejor la opinión general: «p orqu e pensar que las ciuda
des no deben rodearse de murallas equivale a buscar un territorio
76/Yvon Garlan
fácil de invadir y a allanar los lugares montañosos; es com o si no se
rodeara de murallas a las viviendas particulares por tem or a que
sus habitantes se hagan cobardes» (P olítica , V il, 1331a).
Todavía más que una batalla con un plan organizado, un asedio
es una prueba crucial que m oviliza todas las energías de los com ba
tientes y del conjunto de los habitantes: porque una toma por asalto
suponía las matanzas ciegas y saqueos inherentes a este gén ero de
operación, y a menudo también la aniquilación de la comunidad
por quedar reducida a la esclavitud. Una vez más, gracias al tratado
de Eneas Táctico, podem os m edir la angustia y grado de exaltación
de los sitiados, así com o lo ingenioso de las medidas lomadas en ta
les circunstancias: no únicam ente contra el enem igo exterior, sus
máquinas y tretas, sino también contra el enem igo interior, es de
cir los opositores al régim en dispuestos a traicionar para ganar. En
un clim a de extrema tensión, el sentimiento patriótico se identifi
caba entonces plenamente, en el corazón de los ciudadanos, con la
salvaguardia inmediata de su persona, su familia, su posición social
y sus bienes.
En ¡las :m otivaciones :de los combatientes ¡prevalece *-pues:-un£p
concepción .«m aterial», c on creta y.em otiva a la'vez; de la patria, lo
cual evidentem ente no quiere decir que fueran incapaces de e le
varse, por encim a de sus intereses personales, a un nivel más alto
de abstracción. Respecto a nuestros contem poráneos, especial
mente habituados a una m ayor m istificación en este punto, dicha
m otivación podrá quizá parecer algo limitada. Sepamos al menos
saborear su frescura y autenticidad.
Función [militar, y situación.social*
Una concepción semejante tenía com o corolario, al revés de lo.#
que suele.ocurrir en nuestros días, el.hecho de .que las obligaciones’
.mijitares.de-Ios m iem bros de la comunidad eran, en principio, pro-^
^porciónáles'a.su situación social.»
Podem os encontrar en Grecia algunas huellas y restos de la trU
pie funcionalidad indoeuropearian bien analizada por G. Dumézil,
que concibe el orden cósm ico y el orden social cóm o el resultado
de la-superposición de tres funciones de soberanía, de.fuerza y de*
fertilidad. En el universo m ítico, en particular, podem os así distin
guir divinidades com o Ares y Atenea, cuyos atributos prim itivos en
lazan con la segunda función, numerosos héroes com o Heracles,
Tideo, Parténope y Aquiles, cuyas gestas ilustran el destino del gue
rrero, así com o de las colectividades de carácter netamente m ili
tar, com o las de «H ijos de la siem bra» en Tebas (h o i Spartoí, es de-
El milüar/77
cir los nacidos de los dientes del dragón que sem bró Cadmo, ances
tros de la nobleza tebana), los Flegieos en O rcóm eno de Bcocia, los
Egeidas de Esparta, los Geneneos en Cólquide o la de los Gigantes
enem igos de los dioses. I-a dualidad de la función guerrera p o r re
lación a la función de soberanía, según se despliegue por sí misma
o que acepte colaborar en posición subordinada al m antenim iento
del lodo, o que se ejerza de manera ordenada o desordenada, servi
rá para explicar la antítesis de Ares y Atenea, de H eracles y de Aquiies, o la oposición hesiódica entre la raza de bron ce y la de los hé
roes. Fosilizada en un rito de época clásica, se pensará en descubrir
tal o cual tripartición significativa: co m o en la ofrenda al joven c re
tense por su amante de uná copa, de una armadura y de un
buey.
Pero lo que predom ina en la historia griega, desde las tablillas
m icénicas del siglo xm a.C. y los poem as hom éricos del siglo vm
a.C., es algo muy diferente: es una concentración de las capacidades y r e s p o m ^ ilk h ^ s m iH ta r e ^ n la cúspide de.la jerarqu ía.so
c ia l,e n manos de una élite que en el cam po de-batalla desempeña
una^ncTóTf^déterm inanté,"proporcional a su función en m ateria
p o lítica y económ ica? A esta élite le corresponde alardear, en pri
mera fila, de su riqueza, de su p oder y de su valor, mientras que el
pueblo se lim ita a ir en un segundo plano, en form ación compacta,
para apoyar y aplaudir las hazañas de los cam peones. Clase que tie
ne el p rivileg io de las armas foijadas.por.los dioses que los_asisten,,
de ¡'I os-ιescudos ^gigantescos 'y 's o b re ' todo de dos. ca rros1de guerra
(¡sin perjuicio de servirse de ellos — en H o m ero — de manera abe
rrante o com o sim ples m edios de transporte!). Casta que-se lleva lam ejor-parte d e lb ó tin c o m ú n ? bellásrcautívas y objetos.preciosos-.
I-as sociedades aristocráticas situadas en los umbrales de la histo
ria griega estaban, pues, sometidas a una hegem onía global y fun
cionalm ente inditerenciada, aunque las virtudes guerreras eran las
más apreciadas y las que se expresaban con m ayor autonomía.
La form ación de las ciudades, iniciada en el siglo vm, conduce
progresivam ente a la fijación de nuevas relaciones comunitarias.
Pero esta m utación, que se sigue muy mal en detalle, no m odificó
el prin cipio de distribución de las funciones militares entre los
m iem bros de un cuerpo civil que se irá ensanchando más o m enos·
a lo largo de los siglos según el régim en que se adopte.
En lo sucesivo.se es soldado en la m edida en que se es ciudada:
no y no a la inversa. El ejercicio de la fuerza armada constituía, no
el origen, sino la expresión privilegiada de los diferentes aspectos
de la cualidad de ciudadano. Así, el p rim er nivel venia determ ina
do p o r lá capacidad econ óm ica de los individuos para dotarse p er
sonalm ente del arm am ento adecuado. Pero, en sí, esta capacidad
78/Yvon Garla·
no determ inaba el rango civil. P o r eso en Atenas la clasificación
censataria de los ciudadanos y las atribuciones políticas correspon
dientes se fundaban en la im portancia de sus rentas y no en crite
rios de carácter m ilitar: sencillam ente resultaba natural que deter
m inado servicio sólo fuera exigib le a los que ocupaban determ ina
do lugar en el censo. Esparta, en torno a la cual se creará en el siglo
iv una exagerada fama m ilitarista, no era una excepción a este res
pecto. L o que, en Esparta, condiciona la entrada en el cuerpo de
los «p ares» (h ó m o io i), es (adem ás del nacim iento) la posesión de
un gran terreno cultivado p o r los ilotas y la posibilidad, que se deri
va de ello, para in v e n ir una parte prop orcion al en las com idas en
com ún; el com p ortam ien to en el com bate sólo se tenía en cuenta
c o m o elem en to negativo, es decir, com o origen de la descalifica
ción social. Resulta significativo que cuando la Esparta helenística
qu iere p on er rem ed io a su «olig a n lro p ía », m ediante la integración
en el ejército de algunos ilotas, el criterio para p ro c é d e ra i recluta
m iento será censatario y no en función de la valentía.
Veam os ahora, una vez establecido este principio, có m o se re
fleja concretam ente en la vida militar.
E l m od elo hopliía
La m anifestación más evidente del proceso de form ación de
la ciudad es la aparición de un nuevo tipo de com batiente: el hoplita.
La protección del hopüta está asegurada p o r las grebas, un cas
co y una coraza de bron ce, así co m o p o r un escudo circu lar de 80 a
90 cm de diám etro, hecho tam bién de bron ce o de un arm azón de
m adera o m im bre y recu b ierlo de piel. La principal originalidad de
este hóplon, que constituirá el arm a em blem ática de los hoplitas,
consistía sin em bargo en no colgarse del cu ello p o r una correa,
sino p o r llevarse en el antebrazo izquierdo, em brazado p o r una
abrazadera central de b ron ce y una co rrea periférica co m o aside
ro. De esto se derivaban dos consecuencias esenciales. P o r un lado,
el hoplita sólo disponía de su brazo derecho para m anejar sus ar
mas ofensivas: una lanza de m adera, de una longitud aproxim ada
de 2,50 m, provista de una punta y de un contrapeso de hierro o de
bron ce, así c o m o una espada corta para la lucha cuerpo a cuerpo.
P o r otro, la p ro tecció n de su flanco derecho, relativam ente descu
bierto, tenía que asegurarse p o r un com pañ ero de fila dentro de
una falange su ficientem ente com pacta (habida cuenta asimismo
de la lim itación de visibilidad y agilidad de los com batientes im
puesta p o r el casco y la coraza). Hay que adm itir que esta doble in-
El m Hitar/79
novación técnica y táctica coincide con una extensión del recluta
m iento a todos los que estaban en condiciones de dotarse de ese ar
m am ento y, por tanto, con una relativa am pliación del cuerpo cívi
co más allá de los lím ites de la aristocracia tradicional.
La protohistoria de este tipo de falange de hoplitas sigue siendo
muy controvertida. ¿En qué fecha aparece, a mediados del siglo
vu? ¿De repente o después de un periodo de tanteos? ¿Representa
una revolu ción com pleta en relación con las modalidades de com
bate precedentes? ¿Fue causa o consecuencia de las mutaciones
sociopolíticas contem poráneas y, en concreto, del surgimiento de
la tiranía? ¿Qué ocurrió con la caballería que, según Aristóteles, ha
bía sido el arma favorita de las prim eras ciudades aristocráticas?
Estas son algunas de las preguntas que continúan planteándose los
historiadores m odernos y que yo m e lim ito a recordar aquí para
centrarm e en lo que sucede en época clásica, periodo mucho m e
jo r documentado.
ELàrm am ehto'déî Kbplita, con el tiem po, se sim plificó yaligeró.
P o r lo general desaparecieron los brazales, las musíeras o quijotes,
el tonelete o faldellín antiflechas, así com o la segunda lanza utiliza
da com o jabalina, elem entos que a veces figuran en las representa
ciones arcaicas. La coraza m odelada de bronce se sustituye por una
casaca de lino o cuero reforzada con piezas metálicas.'El .conjuntó? 1
siri em bargo; seguía requiriéndó úna inversión importante,>;de al
m enos cien dracmas áticas, lo que representaba aproximadamente
,el salarió trim estral dé un obreró'm edianarnente cualificad©. En la
Atenas del siglo v, un esfuerzo econ óm ico así sólo podía exigirse a
ciudadanos que pertenecieran a una de las tres primeras clases
censatarias, entre las que la tercera, la de los zeugitas, constituía el
grueso de los efectivos. Criterios de selección así, en el interior del
cuerpo civil, debían de existir un p o co en todas partes, p o r lo m e
nos allí donde esto no se limitaba, co m o en Esparta, a los que preci
samente estaban en condiciones de armarse com o hoplitas.
L à .prueba decisiva que íos agUardaba era una batalla con uñ>
plam preconcebido, que solía denom inarse agón, igual que el certa
m en atlético y que globalm ente estaba organizada de la misma m a
nera, con sacrificios prelim inares (con diferentes niveles de p ro
gresión), enfrentam iento en un cam po delim itado, y acciones de
gracias acompañadas de ofrendas con frecuencia análogas (c o ro
nas, trípodes). El com bate se desarrollaba lealmente, conform e 3?
prácticas muy ritualizadas, sin buscar ningún efecto sorpresa.»
Una vez que, más o m enos tácitamente, se había convenido con \
el en em igo un punto de encuentro, muy igualado, com o p o r ejem- i
pío una llanura labrantía, se form aba la falange con varias filas ¡
(och o p o r regla general) para poder ejercer una presión colectiva y !
80/Υνοπ Carian
asegura)· que se cubrían automáticamente los vacíos. Los interva
los entre los combatientes eran menores de un metro, de manera
que un ejército de dimensiones medianas, por ejem plo 10.000
hombres, se extendía unos 2,5 km. En las alas tomaban posición al
gunos contingentes de tropas ligeras y de caballería que se encar
gaban de oponerse a cualquier intento de desbordamiento y de
contribuir, al principio y al final de la batalla, a crear confusión en
las lineas enemigas. Después de asegurarse con un últim o sacrifi
cio el favor divino, se iniciaba, en dirección al enem igo, distante
unos centenares de metros, una marcha ordenada que solía term i
nar a paso ligero: los espartanos la realizaban en mpdio de un silen
cio impresionante, sólo al son de la flauta, mientras que otros la
acompañaban con fanfarrias a base trompetas, gritos y pea/ies de
ataque en honor de Ares E n ia lio .E l choque se producía frontal
mente y sólo daba lugar a unas pocas maniobras laterales, además
de que la falange tenía una tendencia natural a Avanzar oblicua
mente hacia la derecha, p o r la sencilla razón de que cada uno de
sus com ponentes tendía a desviarse im perceptiblem ente por el
lado opuesto al escudo en la dirección de su com pañero de fila.
Salvo por rotura accidental del frente, era en las alas donde se d e ci
día el resultado de la batalla: la prim era ala derecha que conseguía
mantenerse provocaba poco a poco la dislocación de la falange
contraria. Los jefes no podían m odificar realm ente el curso de los
acontecim ientos, por falta sobre todo de tropas de reserva, con lo
que seguían el pánico, el desconcierto y una breve caza de los fugi
tivos. La batalla concluía, por parte del vencedor, con un pean de
victoria en honor de Dioniso y Apolo, con la erección de un trofeo
en el cam po de batalla (un sim ple armazón de madera decorado
con armas arrebatadas al enem igo), con el permiso para retirar a
sus muertos y, de regreso a casa, con las preces acompañadas de sa
crificios y banquetes.
^^•batalia~dé~fí^lita~s, destinada a producir rápidamente un ju i
cio sin apelación, se resolvía a menudo en una mañana y sólo rnan^ghj'yihgrnentanealñeñtea ~ losiciCTái(ianos.alejad oiTxle -siis-ocupa9
ciones"cqtidianas? dado que sobrevenía al térm ino de una brevó
campaña, de unos días o, com o mucho, de unas semanas; con buen
ju icio ilas^pstilidâ4es:sercql5Ç5bân:en;buenariëmpora'd‘ar:de:manera7Ciue:estuv ie ran:garànfiz5flâ^las-cosecHas-v-podeYsé:apTôpiâr^clë
|)las~délT~en~emig o . de esta manera las preocupaciones por la in ten
dencia se reducían al m ínim o: bastaba pedir a los m ovilizados que
se presentaran con algunas provisiones.para el cam ino y, para lo
demás, contar con el producto del pillaje o con la presencia espon:
tánea de com erciantes encandilados por el negocio. ¿Tampocoi^e
j^queria^m uchaTpreocupaciónTporriaTimpedimentáTvaiq.üeÍca'dá
E l m iliia r / 8 1
]uno~se'presentaba--Gon-sus-?ar-masl-ítrajes‘,de^campaña — que ni siquiéra’Tënïan el aspecto de uniform es, silvo^las^tunicas rojas que
llevaban los espartanos— , ■Vjefectos^personales^cargadQs-j.enruna^
rnula-o-llevados.pOraln^esclavô^I^rupturaTc.onda-yidacivil-era-ver-·^,
daderarnente^m i nim a ^
l£a’ atfvrô^feraqu'e:rêinab‘a-en“el-"ejëTcitÔ'tainpoco:distaba:mucho
deda'vitiaîlîâlyitTrâl7TElTarterdeda:persua?rôn-se-ëjët^iâ’ comôÆn*la
a's'arñbléa,' erñfónoade^lio!iacionesim uy/claras;dirigidas:al;frentei
dFlâs-tropâs-inmediaramentëTârTtësTciêl^âLtàquev^El m ando supremo
recaía sobre magistrados elegidos por todo el pueblo, com o los
diez estrategos atenienses, que a m enudo actuaban colegiadam en
te, y sus principales ayudantes, los taxiarcos, puestos a la cabeza de
los contingentes de las diferentes tribus, salvo en Esparta donde el
mando recaía en los reyes o en algunos de sus parientes, rodeados
por los «com pañer os de tienda» que com prendían, entre otros, a
los polem arcos elegidos y puestos a la cabeza de los diferentes regi
mientos, Una vez más la excepción es Esparta cuyo ejército, según
dice Tucídides (V, 66, 4) «está com puesto poco más o menos por
mandos jerarquizados», los oficiales subalternos en principio eran
pocos, se mantenían durante el com bate en la prim era línea de sus
unidades, llevaban sólo unas pocas insignias distintivas (penachos
o plumas en el casco) y sus funciones no se prorrogaban autom áti
cam ente de una campaña a otra, no formaban por tanto ninguna
casta profesional. Los hom bres de la form ación, dotados de armas
idénticas, integraban unidades intercam biables, con excepción de
los más jóvenes, que eran colocados en las prim eras filas, y los más
m otivados, p o r ser los más interesados en el éxito de la operación,
que ocupaban el ala derecha. En estas condiciones, ilaiobëdiencilT
sérbasaba^esencialm'enterenTél-.'consensc?: los castigos, sobre todo de
tipo corporal, estaban condicionados a un ju icio en la debida fo r
ma ante un tribunal del ejército o, a ser posible, ante los tribunales
ordinarios de la ciudad.
El va lor de los hoplitas no era así ñu to de una disciplina propia
m ente m ilitar y, m ucho menos, com o hemos visto, de una pasión
guerrera que no deja sitio para el m iedo (co m o lo prueba la pronti
tud en adm itir la derrota). Con vistas sobre todo a garantizar la c o
hesión de la falange, el^àlor-se-bà^ba-en una^sohdâTidaçl'bÎèn^efP
t endida; Gonsistia?en:nQ~ába'ndóhar-a~lós:CQmiLanérc)S-dé:coml5atg
y,vpor'taWtô7^h:permâneéer-"firntesTen"rsù:i5LrEsto7TEstërs’e nti miento*
séTincülcâba'permanentemërrtë-a ‘los:/!l3yúó‘fÓf-é"spáfta‘ñó"sra;trayés
d5it^a^lâ^ôrgânizaciôm ^rnaïïitaria^è~sü^vidà-côtidiân^ En^A'të0 as ise^refÓrzaba'í i gu a 1m e nt êTmëd iant ele^lTrea'gíüp^mi^e nt oTdérl 0"s*
cpmbâtiéntê.s^emiribus, es d ecir en trittÿes (la tercera parte de una
tribu). Podían así actuar plenam ente en el seno de la falange reía-
82/Yvon Garlan
ciones naturales de ayuda fundadas en el parentesco, la amistad y
la vecindad,
Quizá por insistir dem asiado en los aspectos lúdicos y gregarios
de la batalla de hoplitas corram os el riesgo de olvidar la violencia
de los choques individuales a que aquélla daba lugar, con pérdidas
relativam ente im portantes estimadas en un 14 por 100 p o r parte de
los vencidos y en un 5 p o r 100 por pan e de los vencedores. La pelea
estaba muy lejos de empujarse a codazos, co m o en la m êlée del
rugby; para con ten er o rep eler a la fila del adversario, los hoplitas
tenían.que lücHar cu erpo a cuerpo.con su en em igo inm ediato corf
Va lanza y;luego con la espada.;En el m om ento más agudo de la ba?
talla, el choqu e co lectivo se descom ponía así en un^erie_de.c.Qm->
bateXlingulares.^L¿-diférénciá"coh la edad heroica es que los hopli(t'as.nóJ¿híám q‘u e,ii\ ellos autónom am ente,en pos de.la hazaña,
c o m o el caso de aquel espartano que quiso redim irse en Platea por
haber sobrevivido en las Term opilas acusado p o r sus compatriotas
de haber «abandonado la fila co m o un lo c o » p o iq u e «buscaba
abiertam ente la m uerte para escapar a la vergüenza que pesaba so
bre é l», se en contró privado de honores (H eród oto, IX, 71). Com o
buen ciudadano, tendría que haber som etido su acción a cierta dis
ciplina m oral (sôphrosÿnè) y tenido en cuenta los intereses de su
colectividad.
Al m od elo representado p o r la figura del hoplita, rigurosam en
te definido p o r relación al plano p o lítico y con tendencia a hacer
va ler la preem inen cia de determ inada élite social, conviene darle
unos lím ites tem porales. Aun cuando se continuaran celebrando
más que nunca los m éritos de este tipo de combatientes, en par
ticu lar en las personas de los com batientes de Maratón/ciesde;fiñ'álés:'
del siglo v se com ienza efectivam en te a hacer extensivo el recluta^
m iento; de hecho si no de derecho; en Esparta, a algunos de la clase
de los inferiores; en Atenas, a los tetes, que constituían la cuarta y
últim a categoría censataria. P o r otra parte, en el plano militar, la
falage hoplita (que, a d ecir verdad, raram ente había intervenido
sola, c o m o en M aratón) tuvo que contar cada vez más con la infan
tería ligera y sobre todo con el cuerpo sem iligero de los peltastas,
antes de tener que adm itir su inferioridad ante la falange m aced ó
nica. Sim ultáneam ente crecía en el arte m ilitar la im portancia de
la sorpresa, de la astucia, de la traición, de la habilidad técnica. Los
con tem porán eos fueron muy conscientes de ello, co m o Demóstenes que, en el año 341, en su Tercera Filípica (47-50), reconocía
am argam ente esta evolu ción . Sin em bargo, hay que evitar pasar de
un extrem o a otro: là infantería de hoplitas continuará siendo,"has,'ta éri las ciudades helenísticas, un arma noble p o r excelencia, ÿ d u '
rim te.ü n 'tlem pô continuará desem peñando Uñ papel esencial éñ
til militar/83
lás bátállas llevadas según un plan.pre_vio.que -decidicr.on.el· curso¿
iclëia'histpn a?
Laslóbligaciones'm ilitares a lo largo
y:q^ló_ánchó'd¿7la^escala 'social
El resto de las demás formas de participación en la vida m ili
tar de la ciudad se sitúan en ambas partes del eje que hemos exa
minado.
Eñ.Grecia'f.lá posesión'de:un caballo-eraun signo evidente de rique_7.a*y'pertenecëf5 lârCâbalïeria era una distinción social^incluso
en las regiones de vastas llanuras, co m o Tesalia, Beocia o Campania, más propicias a la cría caballar. En Atenas, parece que durante
m ucho tiem po se contó al respecto con la buena voluntad de los jó
venes aristócratas que tenían los m edios suficientes para mantener
una cabalgadura y el tiem po necesario para practicar la equita
ción, ai m enos tanto para la parada y la victoria en los concursos
co m o para la guerra. Debido a los consejos de Pericles.d'oTá'teiiieií^·
sc^Sjm ediSdc^Tdél:siglólv^séIdotaron;devuná.caballería: regular,
compuesta de 500 y luego de 1.000 ciudadanos (así com o de 200 ar
queros a caballo), a menos que esto no sucediera antes, a com ien
zos de ese siglo, cuando los vasos nos presentan las primeras esce
nas de exam en para ingresar en la caballería. Oüizá"el único'mérito·»
deTRericlP^fiîèraTinstitucionalizar, el-sistem a'devrcclutañiieñtq yi:
gente;cn:época’ clásicarE l;sistem aeonsistía:enlaentregadéu ña de->
term inada '.cantidad:· de d in e ro :a:u na selección :de jóvenes prüccdëntesrdéiàs dos prim ërâs'clases censatarios11(sóbYelodcPdéTIa se
gunda; que F écibia^rëeisim en te el nom bre de hip'peís, caballeros);
esta suma bastaba o, por lo menos, ayudaba para la adquisición de
un caballo adecuado para el com bate, cuya revaluación periódica
se hacía constar en láminas de plom o, que han aparecido en gran
núm ero en el ágora. S e conçediaTadërnâ^anaTsubvénciÔiï diaria
p a ra -e b m a n t^ im ie n to deí.caballo,.rEl enrolam iento en el cuerpo
d'é:cafelleria:qúed‘ába Ssí reservado a úria élite censatariaideterminada; cuyo prestigio quedó de m anifiesto en el friso interior del
Parlenón haciá 440, antes de sufrir la restauración dem ocrática de
401, a pesar de los alegatos públicos de Jenofonte hacia 360.
DesdéTel púrfto de vista:militar,"la caballería griega siem pre fue
limitada debido a su incapacidad_dc abrir, brecha en la form ación
de hoplitas.tAunque la caballería disponía de lanzas cortas que po
dían usarse co m o jabalinas, provista a veces de espuelas y corazas
ligeras, pero privada de estribos y de sillas rígidas y con la desve/ιta
ja añadida p o r la ausencia de herraduras en las cabalgaduras,da ca?.
84/Yvon Garlan
ballería' sólo .podía, p o rfío ..general,'servir.para: tareas de explorar
ción y hostigamiéntó- con unos efectivos equivalentes a lo sumo,
en la mayoría de las ciudades, a la décim a pane de una falange. Los
espartanos fueron especialmente remisos en esta materia porque
esperaron al año 424 para dotarse de una caballería de 400 j i
netes.
Los atenieñsés más ricos, pertenecientes en su jn ayo ría a la pri
mera categoría censataria de los pentacosiomédimnos, ¿tenían
^como ‘ m isión^específica c o n tribuí r^al_aoriarnento_nay,alj En un
principio, quizá procurararfëllos mismos los barcos en el m arco,
muy mal conocido, de las naucrarías y, después de la instauración
de la trierarquja, cuidaban del m antenim iento y funcionam iento
de las trirrem es construidas por el Estado. Esta liturgia, asumida
periódicam ente en función de las necesidades, resultaba m uy on e
rosa porque alcanzaba a veces casi las 6.000 dracirias. Hubo así que
habilitar la manera de repartir m ejor la carga: prim ero, al final de
la Guerra del Peloponeso, entre los dos trierarcos, luego, en 357,
asignándosela a los grupos llamados simorías. Las demás exaccio
nes con finalidad m ilitar recaían sobre numerosos zeugitas: en
principio se trataba de contribuciones (eisphoraí) j^cej^ciqnales,
pero que se fueron haciendo más o menos regulares a partir de la
Guerra del Peloponeso y cuya percepción se facilitó, a partir de
378-377, mediante la creación de las simorías, basadas en las simorías de los trierarcos, donde los fiadores eran los más ricos. A partir
de la segunda mitad del siglo iv se contó igualm ente con donacio
nes voluntarias (epidóseis) procedentes de las mismas categorías
sociales, recompensadas con hermosos decretos honoríficos. Estas
eran las principales posibilidades internas de financiación militar
en las ciudades cuyos ingresos regulares dejaban poco saldo.
Muchos ciudadanos atenienses que pertenecían a la ultima cla
se. censataria^ (mas déTla mitad 3'e Ta ciuda'dariía^sólo-podíari'prestáV
un servició personal, lim itado durante mucho tiem po a las-armas
mj^slTespresiigiadas. Èste;ërâ‘él caso de-las tropas ligerásr-ianzadorés de jabalí ña; :arqueros y honderos; cuya intervención al rnargén
cié lá la la ñ g é déhop litas fue, hasta el siglo v, de poca eficacia; ade-*
más de que su form a de actuara distancia estaba m oralm ente deva
luada, hasta el punto de que la encontram os prohibida en alta ép o
ca arcaica en un acuerdo entre los calcideos y los eretrios cuando
se peleaban por la llanura de Lélanto. Los arqueros, en particular,
tuvieron muy mala fama desde H om ero a Eurípides; un personaje
de este dramaturgo estigmatiza a Heracles en estos términos:
Nunca embrazó un escudo con su izquierda ni hizo frente a una lanza,
sino que con el arco, el arma más cobarde, siempre estaba presto para huir.
El militar/85
El arco no es la prueba de bravura para un guerrero, sino que consiste en
quedar Hrme en su puesto y en ver, sin bajar ni desviar la mirada, moverse
ante él un campo de lanzas enhiestas (Heracles, 159-164).
A partir de la guerra del Peloponeso, y sobre todo con la m ulti
plicación de los peltasias arm ados de jabalinas y de un escudo p e
queño[ (pélta), se hizo cada vez más evidente que, en ocasiones, las
tropas ligeras podían aventajar a los hoplitas y que en numerosas
circunstancias se im ponía su utilización (protección de lím ites te
rritoriales, guerra de asedio). Los prejuicios que rodeaban a este
tipo de tropa se fueron así disipando con la evidencia de los hechos
pero sin llega r a desaparecer totalmente.
A las mismas categorías sociales pertenecían los rem eros que,
arrinconados en sus bancos de boga, garantizaban la propulsión de
las trirrem es antes y durante el combate. La clase de los tetes ate
nienses, destinados a servir co m o rem eros, que por sí sola apenas
hubiera conseguido llen ar doscientas o trescientas naves, se vio re
forzada p o r la presencia de numerosos extranjeros. De su capaci
dad de m aniobra dependía el éxito del abordaje con el espolón, que
era el fundam ento de la táctica naval, ya que la decena de hoplitas
em barcados en cada trirrem e sólo servía para com pletar los e fec
tos del abordaje. Se puede d ecir que los rem eros llegaron a consti
tuir una pieza maestra en el desarrollo del im perialism o m arítimo
ateniense inaugurado con la prestigiosa victoria de Salamina en
480. Sin em bargo, no gozaron de una buena reputación en la op i
nión de los aristócratas, co m o se ve por la expresada en vísperas de
la guerra del P elopon eso en la C onstitución cle los atenienses del
«v iejo oligarca» o, más tarde, en la obra de Platón. Otras ciudades,
com o Esparta, se contentaron con em barcar en sus respectivas flo
tas a rem eros que no eran ciudadanos, c o m o dependientes rurales
o extranjeros, y pocas fueron las que, com o la Rodas helenística, tu
vieron en la más alta estima el hecho de servir en la marina.
L os ' marginales ¿de la ciudad
La ley de proporcionalidad entre la función m ilitar y el estatus
social se pone de m anifiesto además si extendem os la investigación
a los lím ites del cuerpo social.
Los que tenían m ayor afinidad con los ciudadanos eran los hijos
m enores porque eran ciudadanos en potencia, educados y tratados
com o tales. Situados co m o estaban entre la infancia y la edad adul
ta, en Grecia co m o en otras partes, asim ilados tanto a la naturaleza
com o a la cultura, en una fase de transición marcada fuertem ente
86/Ύνοη Carian
p o r antiguos ritos de iniciación, se los dedicaba a ejercicios que lo
m ism o los oponían que los preparaban para el com bate de hoplitas. El prim ero de estos aspectos ha llam ado mucho la atención de
los historiadores m odernos, a la luz de num erosos paralelos etno
lógicos procedentes de otras sociedades arcaicas, com o las africa
nas del siglo xix.
Esto se aprecia muy bien en la educación espartana (agôgê) que,
durante más de diez años, m ultiplicaba para los jóvenes agrupados
en «reb añ os» pruebas de endu recim iento y sim ulacros de com bale_
acudiendo sobre todo a la astucia. Al térm ino de esc periodo de
prueba, los m ejores irénes pasaban entonces por la institución de
la krypteía. Los kryptes, es decir los «escondid os» o «clandestinos»,
|eran enviados en p len o invierno a las más remotas regiones del te
rritorio, sin provisiones y armados con un sim ple puñal, con la
consigna de no dejarse ver, alimentarse a base de pequeños hurtos
y de dedicarse p o r la noche a la caza de ilotas, a quienes los éforos
habían declarado previam ente la guerra. Durante esta fase de se
gregación, previa a su integración definitiva en la sociedad de adul
tos, se com portaban, por así decir, co m o antihoplitas.
EnfAteñas^lós jó v e n e s pasáb'an a manos del Estado más tarde
que éñ Esparta· soló ál final de la adolescencia? Quedaban entonces
som etidos a la efebía, cuya existencia debe rem ontarse por lo m e
nos a principios de época clásica, bajo la form a de un único año de
form ación reservada a las tres prim eras clases censatarias. La efe
bía nos es m ejor con ocid a en fecha muy posterior, tras su reorgani
zación y reforzam iento p o r Epícrates hacia 335-334, en un m om en
to en que Licu rgo se esfuerza p o r restaurar una potencia m ilitar
muy com p rom etida después de la derrota de Queronea ante los
m acedonios (338). Un capítulo de la C onstitución de los atenienses
de Aristóteles (cap. X L I I ) y algunas inscripciones nos perm iten
descubrir los principales aspectos de su funcionam iento. Aquí la
efebía con ciern e al conjunto de los hijos de ciudadanos con inde
pendencia de su co n dición ccnsataria, entre los 19 y los 20 años de
edad. Durante el prim er año, los efebos, después de haber reco rri
do los santuarios, perm anecían de guarnición en El Píreo donde re
cibían una com pleta instrucción militar: m anejo de armas de hoplita, tiro con arco, lanzam iento de jabalina, m anejo de la catapul
ta. Al año siguiente, pasaban revista y recibían del Estado el escudo
y la lanza de hoplita, antes de hacer marchas p o r el Atica y de per
m an ecer en guarniciones fronterizas fort ificadas. Los jóvenes se
encontraban así, de una manera m enos marcada que los criptas lacedem onios, especialm ente marginados, igual que lo estaban en el
plano p olítico, aunque figuraran ya inscritos en los registros de los
dem os, debido a su ausencia de la asamblea popular y a la prohibí-
El ntilitar/87
ción que tenían de entablar pleitos excepto por lo que afectaba al
derecho familiar. En tiem po de guerra, sólo son parcialmente com
batientes porque su función com o la de las clases entre los 50 y 58
anos, se limita teóricam ente a la defensa del Atica.
La misma posición antitética de los jóvenes con relación a los
adultos se encuentra en otras paites bajo formas más o menos eva
nescentes y a diversos niveles. Reaparece, por ejem plo, en la distin
ción (típicam ente platónica) entre la caza nocturna con trampa,
red y nasa, recom endada a unos, y la caza de montería y con vena
blo, reservada a los demás. Aflora a menudo también en el universo
m ítico, rico en adolescentes perpetuos, inmaduros e indóm itos por
no haber conseguido integrarse en el mundo de los adultos, como,
por ejem plo, la figura de H ipólito. Otro buen representante de esta
juventud, que lleva hasta el lím ite la afirm ación de su especificidad
antes de fundirse en la comunidad, es el héroe ateniense Melanto,
es decir el «N e g r o », que triunfa p o r em plear la astucia (apáie) so
bre el tebano Janto, el «R u b io», en un com bate singular por la po
sesión de una pequeña franja fronteriza: de aquí torna el nom bre la
fiesta de las Apalurias (derivado etim ológicam ente de la palabra
apáté), durante la cual los adolescentes de dieciséis años, al alcan
zar la madurez fisiológica, eran presentados a las fratrías de sus pa
dres y ofrecían co m o sacrificio sus cabelleras.
El resto de la población tenía com o característica común la de
estar privado de todo derecho p olítico y de no form ar paríe de la
ciudad en el estricto sentido del térm ino. Pero estos no-ciudadanos
constituían sin em bargo un elem ento indispensable para la super
vivencia de la ciudad, lo m ism o que compartían indirectam ente en
tiem po de gue'rra los éxitos y sobre todo los fracasos. Por tanto, no
podían vivir com pletam ente al margen de las actividades militares.
De hecho si no de derecho, pasiva o activamente, de form a más o
m enos régulai" y siem pre en una posición subordinada, este tipo de
población estaba im plicado según las modalidades concretas que
dependían, para cada categoría, de su distancia variable, o m ejor
de su posición original con relación al cuerpo social.
Así es co m o en Atenas los ciudadanos dom iciliados que, de al
guna manera, se habían integrado y alcanzado la privilegiada situa
ción de m etecos contribuían, en unidades separadas, sólo a la de
fensa del territorio (co m o hoplitas o com o infantería ligera según
sus rentas, pero no com o caballería) y servían sobre lodo en la Ilota
com o rem eros o com o m arineros especializados, pero no com o pi
lotos. Asim ism o estaban sujetos a las eisphoraí, a las que con tri
buían en una sexta parte, pero no les afectaba la trierarquía, dado
que im plicaba el mando de una trirrem e. En el ejército lacedemonio entraban, p o r su parte, contingentes de hoplitas periccos así
88/Yvon Garlan
com o exploradores denominados esciritas (skirítai), enrolados
en un distrito de ia montaña conquistado antaño a Tegea por Es
parta.
E! papel m ilitar de los esclavas consistía norm almente en ase
gurar, tanto en el seno del ejército, com o de la vida civil, el servicio
personal de sus amos. Solam ente en algún m om ento crítico, en
tiéndase desesperado, se podía arm ar a algunos de ellos. Las dispo
siciones adoptadas en este sentido vanaban, por Una parle, según
la situación de los interesados, y sobre todo según que se tratase de
esclavos-mercancía de tipo ateniense o de poblaciones indígenas
reducidas a la esclavitud com o los ilotas espartanos. Por otra parte,
dependían de la honorabilidad de la función que les había sido con
fiada: rem eros o infantes ligeros más que hoplitas. En función de
esto se procedía o no a su manumisión, antes o después de las op e
raciones. En suma, resulta significativo que los ilotas, considera
dos especialm ente sediciosos, fueran mucho más solicitados que
los esclavos atenienses: el hecho es que el recuerdo de haber sido
antes un pueblo libre explica a la vez su espíritu de revuelta así
com o su relativo grado de cualificación militar.
Incluso las mujeres de origen ciudadano, aunque el valor fuera
por definición una cualidad esencialm ente masculina, tuvieron
más o menos relación con la guerra, ya fuera com o víctimas ejem
plares que encarnaban las posibilidades últimas de perpetuación
de la comunidad y que m ejor sabían conjurar, con sus lamentos,
preces y estímulo a los soldados, la aniquilación de aquélla; ya fue
ra com o combatientes improvisadas luchando, de form a entera
mente excepcional, por la protección de sus hogares. En estas oca
siones las vem os provistas de armas apropiadas a su condición (¡a
veces hasta con utensilios de cocina!) y usando todo tipo de artifi
cios, no precisam ente propios de hoplitas, inspirados en su natura
leza femenina. Sólo en el mundo m ítico de las Amazonas o en el
mundo utópico de la República de Platón encontram os la transfor
m ación de mujeres-soldados; pero se trata entonces de una con ver
sión condicionada bien p o r una parcial dcsexualización (p o r ejem
plo, el hecho de la ablación del seno derecho para manejar el arco),
bien limitada a las vírgenes (parthénoi) que no han encontrado aún
en el m atrim onio la realización normal de su propia naturaleza.
Έ Ι m ilitar p ó r afición>
Un reparto semejante de funciones militares según la situación
en el cuerpo social, y que se encuentra además en todas partes aun
con formas variables, parece prescindir de toda calificación adqui-
El m ilitar/89
rida p o r un entrenam iento específico y situarse únicam ente bajo el
signo del amateurismo.
Se trata de un lugar común en la retórica oficial de los discursos
fúnebres, que tiende particularm ente a reabsorber la función b é li
ca en la función política. El m ejor ejem plo lo encontram os, al c o
m ienzo de la guerra del Peloponeso, en Pericles, que declara orgu
lloso: «P orqu e confiam os no tanto en los preparativos y estratage
mas cuanto en nuestra firm eza de ánim o a la hora de actuar» (Tucídides, II, 39, 1).
De.todas las condiciones sociales que predisponen para el ejer
cicio de las armas, a là que más valor se le daba era a la de agricul·
tor. La agricultura pasaba por ser la m ejor iniciación para la gue*
^rra.’ p o r diversas razones, expuestas en particular por Jenofonte en
el libro V del E co n ó m ico . Ante todo la posesión de la tierra «incita a?
da defensa del territorio con las armas porque las cosechas que p ro
duce están al alcance de todos y a m erced del más fu erte»; porque
la agricultura «nos enseña a m andar a los dem ás», inculcando el
sentido del orden, la oportunidad, la justicia y la piedad; en últim o
lugar porque «hace.vigoroso al cu erp o». En este aspecto, la á'gricul-^·
tura conjugaba sus.efectos con los de la caza7 considerada en la
Ciropedia (1, 2) com o «el más .auténtico entrenam iento para la
gu erra s
La caza efectivamente habitúa a levantarse temprano, a soportar el frío y
el calor, adiestra en la marcha y la carrera, obliga a lanzar la jabalí na o la fle
cha contra los animales cada vez que aparece uno; forzosamente además
templa el alma cuando, como.suele suceder, un animal valiente hace frente
y hay que aceitarle si se acerca y esquivarlo si se echa encima. Es, pues, difí
cil encontrar en la guerra una situación que no se presente durante la
caza.
Por. el contrario, los oficios artesanales «arruinan el cuerpo de
los obreros que los practican y de los que los dirigenrO bligándolos
a una vida dom éstica, sentados a la som bra de sus talleres, e inclu
so a pasar a veces todo el día junto a la lumbre: de esta manera los
cuerpos se debilitan y las almas también se vuelven más co b a rd es »,
hasta el punto de que estas personas «pasan p o r ser unos pobres de
fensores de su patria» (E c o n ó m ic o , IV ). Estas consideraciones
ideológicas se reflejan en ocasiones en las instituciones: si es c ie r
to, p o r ejem plo, que para ser elegid o estratego en Atenas hacía falla
estar en posesión de tierra dentro de las fronteras.
Otra con dición para ese tipo de elección parece haber sido
(aunque no se sabe bien en qué m edida y basta cuándo fue respeta
da) que el candidato fuera igualm ente padre de fam ilia. La.preocu-.
pación p ó r preservar la libertad dé los hijos daba desde luego a un
90/Yvon Garlan
soldado una razón más para pelear, co m o sostiene Platón (R epúbli
ca, V, 4’67a) «to d o ser vivo com bate m ejor cuando están presentes
aquellos a los que ha engendrado». Al realizarse plenam ente su ser
social, un ciudadano llegaba a un grado suprem o de responsabili
dad y de disponibilidad que lo predisponía para el sacrificio por la *
supervivencia de la com unidad1
, com o fue el caso de los padres de
fam ilia que los espartanos incorporaron, en 480, en la unidad de
élite de trescientos hom bres enviados a las Term opilas. Al amáfeurismo de los ejecutores correspondía el de lós que tomaban las de
cisiones y los'jcfés. Los m iem bros de la asamblea ateniense que de
cidían, hasta los m enores detálles, sobre el curso de las op erad or »
ries carecían de la correspondiente com petencia m ilitar. La m ayo
ría de los estrategos, p o r lo m enos en el siglo v, tam poco tenían
m ucha más, dado que debían su elección a la fama que se hubieran
labrado en los debates de la asamblea, o en otro sector de la vida
4 pública, com o fue el caso de Sófocles. Hasta el fin al de ép oca clási*
! ca, los responsables m ilitares fueron consecuentemente,..en su in; m Cnsaïnayoriayricos notables que tenían p o r tradición fam iliar un
! sentido .innato-del m ando y podían ocasiOîiâlriiente contribuir ai
‘ ■mantenimiento de tropas* Se puede, p o r ejem plo, com probar que
¡e l 61 p o r 100 de los estrategos atenienses con ocid os figuran en el
/catálogo de grandes propietarios.
Correlativam ente, los historiadores m odernos han insistido en
el lugar ocupado en el aprendizaje m ilitar p o r las diversas prácticas
sociales de carácter cultural y religioso, características de aquellos
ciudadanos que no estaban aprem iados por la necesidad y podían
disfrutar de suficiente tiem po libre (skholé). En prim er lugar figu
raban las pruebas atléticas que se preparaban en las palestras y
gim nasios, tradicionalm ente muy vinculados a la vida m ilitar, y
que figuraban en el program a de los concursos organizados en el
m arco de los santuarios cívicos o panhelénicos: carreras (una de
ellas con armas de hoplita), saltos, lanzam ientos y pancracio. Un
cam peón en esta especialidad era necesariam ente un excelente
soldado, c o m o indica una anécdota de D iod oro de Sicilia relativa a
M iló n de Crotona: «Este hom bre, seis veces ven ced or en Olim pia,
tan valiente gu errero co m o buen atleta, fue al com bate, se dice, ci
ñendo las coronas olím picas y llevan do los atributos de H eracles,
la piel de león y la maza; artífice de la victoria, se ganó la adm ira
ción de sus conciu dadanos» (X II, 9, 6). En Esparta, tam bién los que
habían ganado una coron a en los ju egos com batían al lado m ism o
del rey. A todo esto se añadían danzas procesionales con arm am en
to de hoplita y otros tipos diferentes de danzas con armas, entre las
que la más c é leb re era la pírrica. Según Platón:
I£] militar/9]
es la que imita hacerse a un lado o retirarse de mil modos o saltar en el aire
o echarse a tierra de quien se guarda ante cualquier golpe o tiro, y por otra
parte se esfuerza también en hacer imitaciones de los movimientos opues
tos a aquéllos, de los que dan lugar a actitudes ofensivas como en los lanza
mientos de flechas o jabalinas o la descarga de todo tipo de golpes (Leyes,
V il, 815a).
Sin em bargo conviene evitar llevar esta visión hasta el absurdo.
Siem pre hubo en efecto sus antídotos: el constante interés de todos
p o r las operaciones militares, por las razones de fondo que ya se
han m encionado, y la com petencia general adquirida a fuerza de
experiencia (co m o se prueba, particularm ente en Atenas, por el
hecho de que los altos cargos militares, tendían a concentrarse de
manera hereditaria en un núm ero lim itado de grandes familias).
N o olvidem os tam poco que sólo se contem pla el m odo de com
bate hoplita: sólo a él se refiere el persa Fcraulas en la Ciropedia de
Jenofonte (II, 3, 9) cuando dice:
todos los hombres poseen un conocimiento natura! (de la lucha), como
también los demás anímales conocen cada uno su manera de pelear, sin ha
berlo aprendido de otro, sino de la naturaleza, como atacar el buey con los
cuernos, el caballo a coces y el jabalí con los colmillos. Todos estos anima
les saben guardarse de los peligros que deben y eso sin haber acudido a nin
gún maestro.
En cam bio, nadie habría negado que las cosas eran muy distin
tas en lo relativo a las armas para disparar y, sobre todo, en la mari
na que, según'Tucídides (I, 142) «era una cuestión de oficio».
P o r otra parte, son muchos los indicios que llevan a pensar que
en la vida real el entrenam iento m ilitar no estaba tan desatendido
co m o afirman ios ideólogos de la aristocracia. Incluso en la Atenas
del siglo v los hoplitas debían recibir cierto grado de form ación du
rante su efebía y eran además periódicam ente llamados a revistas
donde se verificaba el buen estado de los equipos personales de
com bate y donde, seguramente, se realizarían maniobras en orden
cerrado. Algunos preconizaban incluso el recurso a instructores
profesionales que iban de ciudad en ciudad a enseñar, mediante sa
lario, en palestras privadas el m anejo de (as armas de hoplitas: este
arte, la hoplom akhía, se inventó en Arcadia hacia mediados del si
g lo vi. Otros profesores, de estrategia y táctica (entiéndase la forma
de ejercer la función de estratego y de alinear las tropas en la bata
lla) figuraban en el círcu lo de Sócrates, según los Recuerdos de Só
crates de Jenofonte. En cualquier caso, no hay duda que los espar
tanos, pese a su desconfianza hacia este género de sofistas especia
lizados en el arte militar, se ejercitaron más que los atenienses en el
92/Yvon Garlan
oficio de las armas, con gran desprecio de P e n d e s que, en su ora
ción fúnebre, se burla de «éstos que, desde niños, practican con un
difícil entrenamiento el valor propio de adultos» (Tucídides 11, 39,
1). Desgraciadamente ignoramos casi todo de los m étodos utiliza
dos por estos «técnicos de la guerra», com o los califica Jenofonte,
salvo que daban gran importancia a las evoluciones tácticas, entre
las que figuraba una peculiar contramarcha que se con oce con el
nom bre de «laconia».
Conviene sobre todo subrayar que a lo largo de la época clásica
se\corLcedió.cada.veZ más-importancia a jo s aspectos técnicos del,
arte militar. Esta evolución es ya sensible cuando $e com para a Heródoto, en el que la tékhné apenas ocupaba lugar entre la astucia y
la fuerza, con Tucídides, en el que la técnica, aliada con la inteli
gencia, aparece en la práctica del mando. En el §iglo iv; las m ani
festaciones de ja técnica m ilitar son demasiado.numerosas com o
para enumerarlas aquí todas: aparición de tratados técnicos relati
vos sobre lodo a la guerra de asedio, com o el P olio rcé tico de Eneas
Táctico; insistencia de Platón sobre la necesidad de ejercicios m ili
tares, conform e a una tendencia atestiguada en numerosas ciuda
des, especialm ente en Tebas en época de Epaminondas y de Pelópidas; prioridad de la experiencia en la elección de los estrategos,
com o vem os en la Política de Aristóteles y en un opúsculo anónim o
del principio de época helenística (el tratado De eligendis magistratibus) que cita com o ejem plos «algunas pequeñas ciudades bien re
glamentadas» en donde «se eligen tres de entre los que ya han ejer
cido la magistratura de estratego y dos más jóven es»; cspecialización de los estrategos atenienses en diversas esferas de actividad y
distinción creciente entre ellos y los oradores, los hom bres de la
guerra y los de la asamblea, que actúan frecuentem ente en conni
vencia; etcétera.
/Los m ercenarios
Déntro de la evolu cióm qu e acabamos dé describir interviene·*
un fenóm eno que, a prim era vista, parece totalm ente incom patible
con las profundas raíces cívicas de la función militar. Se trata de la*
utilización, por.parte de las ciudades, de m ercenarios.o, dicho d e·»
jotra manera, dé profesionales de la guerra que p o r un salario se po
nen jd servicio de,una potencia extranjera.*
Desde la época arcaica, hubo griegos, originarios sobre todo de
Jonia, que alquilaron sus servicios com o «hom bres de b ron ce» a
soberanos orientales o que, incluso en la misma Grecia, form aron
parte de la guardia de los tiranos. Después de un periodo de calma,
El militar/93
la figura del m ercenario tuvo un gran auge a partir de la guerra del
Peloponeso, en ben eficio prim ero de los sátrapas persas de Asia
M enor, y del conjunto del mundo griego y su periferia después. I-a
famosa expedición de los Diez M il que nos relata Jenofonte en la
Anábasis es algo característico de esta época. A lo largo de todo el
siglo ív, decenas de m iles de griegos de lod o origen participaron de
esta actividad en calidad de hoplitas, peltastas e infantería ligera.
Junto con sus com pañeros procedentes de los Balcanes, desem pe
ñaron un papel esencial en la conquista de! Im perio persa por A le
jandro y aún más en la instauración de los reinos helenísticos.
Las causas de ¡a figura del soldado m ercenario son m últiples y
complejas. I-as principales debieron ser aquellas que impulsaban
al individuo a dejar su patria, ya fuera porque se hallara desarticu
lada, principalm ente por culpa de la guerra, ya porque la persona
se viera proscrita de su tierra o porque se encontrara reducido a la
indigencia bien p o r m otivo de la superpoblación, por catástrofes
naturales o bien p o r un cam bio de régim en sociopolítico. Pero el
m ercenario también podía dejarse arrastrar por los cam inos de la
aventura y con la perspectiva de obtener en el extranjero un sustan
cioso provecho p o r su cualificación m ilitar (hoplitas peloponesios,
arqueros cretenses, peltastas tractos) y beneficiarse así de la gene
rosidad de un em pleador victorioso y afortunado.
La masiva utilización de m ercenarios p o r parte de las ciudades
tuvo sus consecuencias para esas mismas ciudades: acentuación
técnica de las operaciones m ilitares; dificultades financieras; piTT
pensión de las ciudades a desembarazarse de fas tareas menos
atractivas, co m o expediciones lejanas, servicios de guarnición, re
surgim iento de las tiranías; desestabilización de las relaciones in
ternacionales tradicionales en ben eficio de Estados con más re
cursos.
Desde este doble punto de vista, el auge de los m ercenarios en,
el siglo tv tuvo mucha im portancia en ,lo que tradicionalm ente se*
ha dâdo ën llam ar «crisis» de là ciudad.^Pero, para no rebasar de
masiado el m arco que nos hem os fijado, vamos a lim itarnos aquí a
precisar las razones p o r las cuales las ciudades aceptaron recurrir
a los m ercenarios.
La prim era razón estriba sin duda en la personalidad de los p ro
pios m ercenarios. Enda-níedida eruque provenían de ambientes
griégos o heienizados, no se los consideraba co m o enteram ente ex?
trañjéros (a lgo sim ilar a los m am elucos en el Im p erio otom ano).
Muchos tenían la esperanza de recu p eraren sus respectivas ciuda
des el rango de ciudadanos al final de su peregrinar. Durante su pe
riodo de actividad, encontram os que con frecuencia intentan re
produ cir el m odelo cívico bajo diferentes form as, haciéndose co n
94/Yvon Garlan
ceder cl derech o de ciudadanía p o r sus buenos y leales servicios;
usurpándolo en las ciudades conquistadas o en las de sus propios
em pleadores; a veces incluso fundando p o r su cuenta ciudades
nuevas, en la m ejor tradición colonial; o, sim plem ente, creando
todo tipo de asociaciones a base de profesionales que actuaban
co m o pequeñas ciudades, con em p leo de decretos honoríficos, en
v ío de em bajadores, etc. Resulta muy significativo a este respecto
que los piratas, que presentan muchas analogías con los m ercena
rios, a m enudo también se dotaran de un m odelo estatal mediante
la utilización de estructuras ya existentes o bien creándose otras
nuevas.
En sentido inverso, hay que decir que/ells.gljJado-c-iudadano
! siempi^ë.tüVô~algo-de-mercenariô. Para-ambos^la^gu e r ra~detnífse r ?
\
! una:actiyidad-lucrat.iva;<por lo que parece percibían la misma solj dada y la misma parte del botín. Pôi-lo-quc:se;refierë-âl-primeroT'el5P
! ardortpatriótico:podia:esfum arse:cuando-era'enviado~a;socorre r.a
: úna:pQtencia-,extranje.ra: no son pocos los casos en que no se sabe
¡ muy bien si las tropas auxiliares pelean co m o aliados o co m o mer! cénanos. EEsistema-regulaiydc^reclutam iento podíaren'finTctender.
afhacerjdg-Giert_os2CÍudadanosiverdá'deros:profesionales:de-la"guerrat'esíehcasotdé'Atenasranteside que.comenzase:a;recurrir:a-la:mo’
viU zación-«por:tu rno»-de-las diferentes-clases:de-eda_d_r.durante mu
cho tiem po se había confiado la com posición del catálogo de ciu
dadanos m ovilizados a los estrategos, los cuales tenían todo el inte
rés en co n ce d er prioridad a los voluntarios y a tener muy en cuenta
las aptitudes individuales.
AT|5a^irtíle^fi riales ^dêl ^siglô^rvra'sisti mósrtanrbiénTarlaconstitu''-
ción.Tenideter-mirÍádas^ciüdadésTrdeTun^pequeño^éjército^perman'êrrte^eompuésto-a-mënudo-por-3D0:rô"Tl"000"ciûdâdanos-«escogi*
dos»_que eran’^por así d ecir.Í«m erceñ a rió?clgP in terior»· Los argivos, p o r ejem plo, seleccionaron en 422 a «m il conciudadanos, los
más jóvenes, más robustos y más ricos, a los que se dispensó de
cu alquier otro servicio y se m antuvo a costa del Estado y se les pi
d ió entregarse a un entrenam iento con tin u o» (D iod oro(dc)S tcu lo
X II, 75, 7). Más céleb re es el «batallón sagrado» de Tebas que fue
reorganizado en 379 p o r Górgidas: «en el que hizo entrar a tres
cientos hom bres escogidos a los que el Estado aseguraba la form a
ción y el m antenim iento y que estaban acuartelados en Cadm ea»
(Plu tarco, Pelópidas, X V III, I). En esta misma época, la liga arca
dla estaba igualm ente dotada de «guardianes pú blicos» denom ina
dos eparítas, mientras se m ultiplicaban un poco p o r todas partes
los soldados de élite llamados epílektoi, cuyo estatus y régim en de
reclu tam ien to desconocem os.
En este con texto histórico es donde tenem os que situar los p ro
El rnilitar/95
yectos contem poráneos de sociedades ideales con una base funcio
nal, más que contentam os con ver un resurgimiento de la antigua
ideología indoeuropea o una im itación de un m odelo egipcio. A la
clase de los guerreros se le asigna siem pre una posición axial. En
H ipódam o de M íleto, la clase m ilitar coexiste con otras dos, la de
los artesanos ÿ la de los agricultores, y su subsistencia está asegura
da p o r la tierra pública. M ucho más céleb re es la República platóni
ca donde la élite de los guerreros, alimentada por la masa anónima
de los productores reducidos al estado de dependientes, lleva una
vida com unitaria enteram ente subordinada a los intereses de la
ciudad bajo la guia de los más sabios.
Estas diversas tendencias hacia el profesionalism o m ilitar nos
obligan a no endurecer demasiado el contraste entre m ercenarios
y soldados-ciudadanos así com o a no disociarlos, al final de este ca
pítulo, en el estudio de los problem as planteados por la integración
arm ón ica de la función guerrera en el m arco político.
(Ël->nilitar^yAa[pçJiXiçQy
Desde este punto de vista, 1á^irñmbordiïïacion¿cróTíicaldeólos·*
fneí cenariós no es el-único-fáctorTdéldificultad. Sus émulos de ori
gen ciudadano, los «escogid os», no tuvieron, en la mayoría de los
casos, nada más urgente que el deseo de im poner su ley a sus com
patriotas. Pero sólo se trata de las manifestaciones más espectacu
lares de la tendencia, digam os estructural, de los representantes de
la fuerza armada para intervenir directam ente en la vida interior
de las ciudades, en ausencia de cualquier otra fuerza organizada
susceptible de Hacer triunfar los intereses propios de una categoría
o de asegurar el m antenim iento del orden público.
/
T oda~disensiónTiñtestina;qu~e~s^có'nviitieraTenig u e r ra 'civilise'
traducía"^^pontáneameñre7en rérmiñós'militares7,por m edio de la
división de los soldados en dos cam pos opuestos según una línea de
fractura que pasaba, p o r regla general, por los diferentes cuerpos
constituidos: caballeros contra hoplitas, hoplitas contra infantes li
geros y m arineros. La habilidad de los gobernantes consiste preci
samente en im pedir a los facciosos organizarse en este plano, con
siguiendo desarmarlos de manera preventiva o alejándolos p rovi
sionalm ente bajo cualquier pretexto, dispersándolos dentro de uni
dades leales, prohibiéndoles reclutar m ercenarios, etc. El enfren
tam iento se desarrollaba norm alm ente en la ciudad a partir de los
lugares naturales de reunión (ágora, acrópolis, teatro, gim nasio) y
term inaba con la matanza o el destierro de los vencidos que podían
continuar la lucha instalándose en una ciudad extranjera en un
96/Yvon Garlan
puesto fronterizo desde donde podían controlar una parte del terri
torio. Son ilustrativos los acontecim ientos ocurridos en Atenas en
411: con ocasión del levantamiento contra los oligarcas de la ciu
dad apoyados por la clase de los caballeros, los hoplitas y m arine
ros estacionados en Sainos procedieron a sustituir a sus propios es
trategos antes de establecerse en El Píreo o de im poner al final la
restauración de la dem ocracia.
Lo que en ocasiones prendía la mecha era precisam ente una
m odificación fortuita de la relación de fuerzas en el interior del
ejército. Así es com o en época del sitio de Mitilene, en 427, la per
sona que ostentaba el poder, un tal Salaito, «repartió arm am ento
hoplita al pueblo, equipado hasta entonces con armas ligeras, para
marchar contra los atenienses; pero el pueblo, cuando recibió las
armas de hoplita, dejó de ob edecer a los magistrados y em pezó a
reunirse en grupos y a exigir que los notables Ies tnostraran y repar
tieran entre todos los víveres que tenían» (Tucídides, III, 27, 2-3).
Pero también ocurría que los efectos se dejaran sentir en un plazo
más o menos largo sin que se desencadenara la violencia. Veam os
algunos ejem plos tomados de la Política de Aristóteles:
En Tárenlo, la derrota y la muerte de numerosos notables a manos de los
yápigas, poco después de las Guerras Médicas, la democracia moderada
[politeía] fue sustituida por la democracia radical [démokralía]... en Atenas,
a consecuencia de las derrotas de la infantería, el número de ciudadanos
destacados disminuyó porque los soldados se reclutaban según un catálogo
durante la Guerra del Peloponeso (V, 1303a).
Anteriorm ente, en Atenas, siempre actuó a favor de la dem ocra
cia el hecho de que «el pueblo, al que se debía la supremacía en el
m ar durante las Guerras Médicas, tuviera m otivo de orgu llo y to
mara por jefes a viles dem agogos, a pesar de la oposición de la gen
te honrada» (II, 1274a), lo cual se reproducirá en el siglo tv cuando
los tetes se integren en el ejército de hoplitas.'
La continua atención que Aristóteles muestra sobre este punto
prueba que no se trata de simples epifenóm enos de carácter pato
lógico, com o tienden a pensar los historiadores modernos. Auñqué>
íos'diferéntes-fegím eñes rëposârarrsôbrë criterios de fortuna y dis*
tinción,^en cada;caso;necesitaban velar por que se estableciera una·»
estricta-correspondencia .entre las funciones políticas y militares ·
¡de-los ciudadanos:_una oligarquía debía de apôÿârsë^ïï la-caballe
ría y nana politeía estar compuesta de hoplitas (o reservar, co m o los
malios, el ejercicio de las magistraturas a quienes estaban en edad
de combatir),¿mientras-que-una dem ocracia sólo podía; contaq-con
laáñfántería;ligera y-la m arin ería1. Esto valía igualmente en materia
de fortificaciones, en las que «n o a todos los regím enes políticos les
El militar/97
conviene lo mismo; así, una acrópolis les conviene a una oligar
quía y una monarquía; al régim en dem ocrático le conviene una lla
nura, y al aristocrático, ninguna de ambas cosas, sino más bien va
rias fortificaciones» (Política, V il, 1330b).
D ebido a las lim itaciones propias del arte militar, no siem pre
era fácil establecer una arm onía semejante, en particular para los
oligarcas: recurrir a los pobres para constituir su propia infantería
ligera «es co m o constituirla contra sí mismos. Pero, dado que exis
ten diferencias de edad y que unos son de edad madura y otros, j ó
venes, necesitan enseñar a sus hijos aún jóvenes los ejercicios de
estas tropas ligeras, poco armadas, para que se habitúen a tales
prácticas» (V i, 1321a). En caso de desequilibrio, estructural o for
tuito, lo que prevalece es el factor m ilitar: porque «para gente ca
paz de recurrir a la fuerza y resistir es im posible tener que soportar
el ser sólo subordinados [...]. Aquellos que son dueños de las armas
tienen también en su poder el m antener o no el régim en » (V II,
1329a).
Todas estas extralim itaciones, más o m enos legales y regulares,
del m ilitar en la política y el cuidado que pone Aristóteles en conju
rar el peligro, encajan bien con nuestro concepto inicial sobre la
guerra en la Grecia antigua. En la medida en que los principales
m odos de explotación y desarrollo reposan esencialm ente en el
uso del condicionante extraeconóm ico, la guerra no podía figurar
sólo com o un fenóm en o racional, estrecham ente ligado al naci
m iento del orden garantizado p o r la justicia, com o ya en los o ríg e
nes testimoniaba el com bate arqu ctípico entre los dioses y los g i
gantes y que hizo surgir al cosm os del caos, Là guerra'éra la gran ^
part'erandedas com unidades'poiíticas. Eranpor,tanto;,normal-que> |
éstas'estuvieran perm anentem ente agitadas en su interior y.amena-j’l
zadasrexteriôfm ënt'é^o'r la fuerTá; armada·:
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
No es éste el.lugar adecuado para ofrecer una abundante bibliografía.
Fácilmente puede establecerse una a partir de un determinado número de
estudios generales,
Entre los manuales de inspiración factual y positivista, aparecidos prin
cipalmente en Alemania en el siglo xix y principios del xx, los más adecua
dos para utilizar son los de H. Dclbrück, Geschichte der Kriegskunst im Rahmen der politischen Geschichte, I, 1900 (nueva edición de K. Christ en 1964;
trad. ingl. 1975) y de J. Kromayer y G. Vcith, Heerwesen und Kriegjührung
der Griechen und Rômer, en W. Otto, Handbuch der Atertumswissenschajt,
98/Yvon Garlan
IV, 3, 1928; véase también P. Coussin, Les institutions militaires et navales
des anciens Grecs, 1932.
Algunas síntesis más recientes proponen una interpretación más «socio
lógica» de la guerra: F. E. Adcock, The Greek and Macedonian Art of War,
1957; J.-P. Vernant (ed.). Problèmes de la guerre en Grèce ancienne, 1968; Y.
Garlan, La guerre dans l'Antiquité, 1972 (trad. ingl. 1975; trad. ital. 1985); P.
Ducrey, Guerre et guerriers dans la Grèce antique, 1985 (trad. ingl. 1986 con
abundantes ilustraciones). A lo que hay que añadir R. Lonis, «La guerre en
Grèce. Quinze années de recherche: 1968-1983», Revue des Etudes Grec
ques, 98 (1985) pp. 321-379.
Numerosas obras más especializadas tienen, en mayor o menor medida,
esta nueva orientación: A A .W . Années et fiscalité dans le monde antique,
1977; J. K. Anderson, Military Theory and Practice in the Age of Xenophon,
1970; A. Aymard, Etudes d’histoire ancienne, 1967, pp. 418-512; A. Breiich,
Guerre, agoni e culti nella Grecia arcaica, 1961; P. Brun, Eisphora, Syntaxis,
Stratiotika, 1983; P. Ducrey, Le traitement des prisonniers de guerre dans la
Grèce antique, 1968; Y. Garlan, Recherches de poliorcétiqtie grecque, 1974;
Guerre et économie en Grèce ancienne, 1989; P. D. A. GarnseyyC. R. Whittaker (ed.), Imperialism in the Ancient World, 1978; P, A. L. Greenhalgh, Early
Greek Warfare, 1973; V. D. Hanson, Warfare and Agriculture in Classical
Greece, 1983; The Western Way of War, Infantry Dattle in Classical Greece,
1989; V. Ilari, Guerra e diritto nel mondo antico 1,· 1980; M. Launey, Recher
ches sur les armées hellénistiques, 1949-50 (reimpr. 1987, con epílogo de Y.
Garlan, Ph. Gauthier y Cl. Orrieux); J. F. Lazenby, The Spartan Anny, 1985;
P. Lerichc y H. Trézinÿ (ed.), La fortification dans l'histoire du monde grec,
1986; E. Lissarrague, L'autre guerrier, Archers, Peltastes, Cavaliers dans l'i
magerie attique, 1990; R. Lonis, Les usages de la guerre entre Grecs et Barba
res, 1969; Guerre et religion en Grèce à l'époque classique, 1979; N. Loraux,
L'invention d'Athènes. Histoire de l ’oraison funèbre dans la cité classique,
1981 y numerosos artículos sobre la ideología bélica; L. P. Marinovic, «Le
mercenariat grec au 1VR siècle avant notre ère et la crise de la polis» (en
ruso), 1975 (trad. fr. 1988); J. S. Morrison y R. T. Williams, «Greek Oared
Ships 900-322 B.C.», 1968; W. K. Pritchett, «The Greek State al W ar», 1-1V,
1971-85; A. Schapp, «La duplicité du chasseur», 1989; A. M. Snodgrass,
«Arms and Armour o f the Grecks», 1967; M. Sordi (ed.), «Le pace nel mondo
antico», 1985; P. Vidal-Naquct, «Le chasseur noir», 1981, pp. 123-207; «The
black hunier revisited» Proc. Cambr. Philol. Soc. 212 (1986) 126-144 (cfr.
Mélanges P. Lévéque, II, 1988).
Para una mejor aproximación sobre cl problema, véase E. Ciccotti, La
guerra e la pace riel mondo antico, 1901; Μ. I. Finley, «Empire in the GrecoRoman W orld», Greece & Rome, 25 (1978) pp. 1-15; «W ar and Empire» en
Ancient History, 1985 (trad. al. en Historische Zeitschrift, 259 [1984] pp. 286308; trad. ital. en Prometeo, diciembre 1984, pp. 72-79; trad. fr. en Sur l'His
toire Ancienne [1987] pp. 125-153); fuera del mundo clásico: J. Bazin y E.
Terray, Guerres de lignage et guerres d'État en Afrique, 1982; Cl. Meillassoux, Anthropologie de l'esclavage, 1986; W. V. Harns (ed.), The Imperialism
of Mid-Repubtican Rome, 1984.
Entre los artículos recientes debo señalar: W. R. Connor, «Early Greek
1:1 militar/99
land warfare as symbolic expression», Past & Présent, 110 (1988), pp. 3-8; P.
Krentz, «The Nature of Hoplite Battle», Classical Antiquitv, 4 (1985), pp. 5061; F. Lissarrague «Autour du guerrier» en La cité des images, 1984, pp. 3547; D. Miculclla «Ruolo dei militari c consenso político nella polis aristotéli
ca», Studi Classici e Orientait, 34 (1984), pp. 83-101.
Tengo el placer de agradecer a P. Ducrey, R. Lonis y P. Vidal-Naquet el
haber querido participar ch la critica de mi manuscrito.
Capitulo tercero
HACERSE HOMBRE
Giuseppe Cambiano
Kuroi,
figura masculina de alleta. Período griegó'arcaico.
ca.
520 a.C.
«¿Cuál es el ser de voz única que tiene dos, cuatro y tres pies?»
Al responder «el hom bre» Edipo había resuelto el enigm a de la es
finge. El cam bio en las formas de locom oción parecía la señal evi
dente de las tres etapas cruciales de la vida humana: la infancia, la
madurez y là vejez./atp'd^sicibn erectâ?que muchos filósofos desde
Platón y Aristóteles en adelante habrían considerado com o un ras-
gOjdistintivo.ésenciál^entreyhKgmtyréT/jlós^enrás'animaiesrmdicar
/ba~tafñbierrlá~primacia-;del-hoinbre-adultQ-.v la -d istancia~que‘ el:retcién~nacidó, tan cercano a la situación animal del cuadrúpedo,*de^
biaTrëcüiTerip^ra” convertifsëlfë^lmèntezeniunThombre./ÎS^lÎrP3l-
mëjne^laprimeraxondiciÔnTëtysôbi'évivirvescàpaiTdoTaTlaùmprtali?
^ jd 'fr e C û ënte^n^lâTGi^iSTân'tiEUaLV.càusadapoiipartos^prematÎF
rOs^~anómalosi‘ v^espü'és-üor-enfermedade"s^d^fivadas-deTuria-ah·
m entación-inadecuada:orde:una~maia:hrgiene-, a lo que se añadía la
im potencia terapéutica de buena paite de la m edicina antigua. En
Erelria entre fines del siglo vm y com ienzos del vn la distancia en
tre el niño y el adulto estaba también subrayada por el hecho de
que hasta los 16 años a los muertos se los sepultaba por el m étodo
de inhum ación en tumbas, mientras que los adultos eran incinera
dos y sometidos, p o r tanto, a un proceso que ratificaba su paso de la
naturaleza a la cultura.
Pero no era sólo la naturaleza la que actuaba com o sistema se
lector de supervivencia. Nacerjçn:bucnas”condiciones:fisicas:per'
m itíá escapar aIáTirlimifrátión 7 ~a‘ la'que:no"s^rdDdabá~eh:recurrintm
dpsycasos.dëTcleformidad^casos-interpretados'jpordos'-padfesLyjpor
tód^lacomunidád.comó'üñaTSuérterdécastigóTdivifRrcleinai'augUt^
103
104/Giuseppe Cambiano
mioÆn Esparta la decisión de perm itir vivir al recién nacido estaba
reservada a los m iem bros más ancianos de la tribu (phylé) a la que
pertenecía el padre. El recién nacido que pareciera deform e o frá
gil podía ser abandonado en las cercanías del monte Taigeto. En
Atenas y otras ciudades, se recurría al m étodo de la exposición del
recién nacido en una vasija de barro o en otro recipiente lejos de su
casa, a menudo en lugares inhóspitos, fuera de la ciudad, donde po
día m orir de hambre o ser despedazado por las fiei'as, a no ser que
alguien lo recogiera. Noj’solo'tsé^exponíá'amiñós d e fo rm es 's in o
tam bién 1 a ;veces :aprecien-nacidos jrn buenas condiciones físicas;
Los espectadores de las representaciones trágicas o de las co m e
dias de Menandro podían con frecuencia contem plar en escena ca
sos de niños expuestos y luego reencontrados: el propio Edipo ha
bía subido esta suerte. Para restringir los nacimientos Aristóteles
prefería el aborto a la exposición, pero recalcaba la necesidad de
una ley que prohibiera criar hijos deform es. En Atenas la decisión
de exponer al hijo estaba en manos del padre, mientras que en la
ciudad cretense de Gortina se preveía que una mujer de condición
libre, si tenía un hijo después del divorcio, debía llevarlo en presen
cia de testigos a casa del ex m arido y si éste lo rechazaba, estaba en
manos de ella la decisión de exponerlo o criarlo. Antiguamente, en
Atenas el padre debió tener, el derecho de vender, a: sus .propios hiy
jós"para saldar sus deudas:*Esta práctica fue prohibida por Solón ,y
¿lírexposición se convirtió en un instrumento alternativo, especial, mente'para.los más pobres..En la Perikeiroménè de Menandro, un
padre cuenta cóm o expuso a su hijo y a su hija, al m orir su m ujer de
j parto y haber él em pobrecido repentinamente a causa del naufra; gio de una carga en el Egeo.
N o existen datos num éricos seguros, pero es posible que la mayônparte d e jo s niños expuestos.fueran ilegítim os.m ás que legíti
mos, es decir, bastardos nacidos de padres de nacionalidad mixta o
fuera de un m atrim onio regular, y en particular hijos de esclavas.
Es difícil también que entre los pobres la exposición afectase al pri
m er hijo legítim o varón, mientras que la exposición de recién naci
dos de sexo fem enino debió ser mayor. N o hay que olvidar que en
Atenas las hijas para encontrar m arido debían recibir una dote, al
contrario de lo que ocurre en las descripciones hom éricas y entre
las familias aristocráticas de época arcaica, donde el futuro esposo
, era quien debía ofrecer regalos al padre de la esposa. Là exposición
:,era, p o r ta n ío 'a n m odo de evitar üñ exceso de hembrasrcasaderas,
•que habrían supuesto una grave carga económica para el padre. En
época helenística, sobre todo, con el descenso de la natalidad, al
que atribuye Polibio la decadencia de Grecia, y con el prototipo de
fam ilia constituida p o r un solo hijo, la exposición de hembras ad-
Hacerse hombre/105
q u in ó mayores dimensiones. Hacia 270 a.C. el poeta Posidipo afir
maba: «Cualquiera, aunque sea pobre, cría a un hijo varón, pero a
una hija, aunque sea rico, cualquiera la expone.»
Un.niño expósito podía sob recogid o por otros, que tenían la po
sibilidad .destratarlo como.¡.libre o com o esclavo, aunque.tratarlo
com o libre no significaba adoptarlo co p io hijo.:En.erdêreçh<^tico
la adopción era una transacción entre el adoptante y el padre o tu
tor del adoptádo', pordo general con la finalidad de asegurarse un
heredero varón.:La práctica más extendida probablem ente reducía
al expuesto a la condición de esclavo para tenerlo al propio servi
cio — en el caso de las hembras también para prepararlas para la
prostitución— o para venderlo en el m om ento oportuno. Ebano
m enciona una ley de Tebas que prohibía a los ciudadanos exponer
a sus propios hijos y obligaba a los padres pobres a llevar al recién
nacido, varón o hembra, a los magistrados, quienes lo confiaban a
quien estuviera dispuesto a desem bolsar una suma m ínim a estable
cida. Com o com pensación a los gastos de crianza el que lo adquiría
podía luego utilizarlo com o esclavo.
En la Grecia antigüarhacerse un hom bre.no equivalía sim ple
m ente a hacerse adulto?La condición de los padres era fundam en
tal para decidir quién podía y quién no podía hacerse realm ente un
hom bre. M o T ó lo lla s ^aristocracias sino ríambién^das ^democracias
'gTiegaS-'pi^pughábah ulná'lim itáción muméHcTdêl^cïïer-"po’ c iv ic o ‘
pava-®!’ qüé^el’ criterió^dé inclusión 'e ra 1 el 'nacim iento. *En Atenas
esto estaba sancionado por una ley propuesta por Pericles en 451 450 a.C. según la cual sólo quien era hijo de padre y madre atenien
ses podía gozar del derecho de ciudadanía. Esta ley fue r e s ta b le c i
da en 403-402, después de un p eriod o de relajación durante la gue
rra del Peloponeso. Ya Adam Smith hizo depender las restricciones
atenienses a la hora de con ceder el derecho de ciudadanía de la
exigencia de no reducir el núm ero de ventajas económ icas que de
rivaban de los tributos que Atenas recibía de otras ciudades. O bvia
mente, tam bién los esclavos tenían padres, pero-no tenían derech o *
a:;una:descendenciarreconocida^ Una buena parte de ellos p rove
nían de países bárbaros, pero también era posible que personas li
bres de origen griego acabasen co m o esclavos, l^f-guerra*especialm ente, podía;ser;fuente de-esclaviludc la práctica más difundida en
el caso de las ciudades conquistadas era la de m atar a los varones
adultos y hacer esclavos a mujeres y niños. Así hizo, durante la gue- ·
rra del Peloponeso, Atenas con los habitantes de M itilene, Torone,
Sición y Melos. A-ve‘c és/lá firm a de tratados de paz-preveía la resti
tu tion de ¡niños hechos esclavos.-Pero la exhortación hecha por
Platón^o' Isócrates-a^los griegos para que no esclavizaran-a otros’
griegos confirm a que ésta práctica nó había desaparecido en el si-
106/Giuseppc Cambiarlo
•glo iv a.C.»Ya en siglos anteriores niños y muchachos de hermoso
aspecto provenientes de las ciudades jónicas conquistadas por los
persas tenían la posibilidad de convertirse en eunucos. H eródoto
contaba que Periandro, tirano de Corinto, por venganza había en
viado a Saldes, a la corte de Alciales trescientos muchachos, hijos
de los principales ciudadanos de Corcira, para ser castrados; pero
en una etapa del viaje, en Santos, éstos habían sido salvados por los
habitantes de la isla y habían sido devueltos a su patria. Una suerte
m enos feliz les tocaba a muchachos que iban a parar a manos del
com erciante de esclavos Panonio de Quíos, de quien también H e
ródoto cuenta que procedía a castrarlos personalm ente para des
pués llevarlos a Sardes o Efeso y venderlos a los bárbaros por un
p recio elevado.
En las ciudades griegas ser esclavo significaba estar exclu ido de
I la participación en la vida política, de muchos derechos civiles y de
I buena parte de.las festividades .religiosas d e j a ciudad, así com o
| también de las palestras y gimnasios, en los que tenía lugar la edu; cación de los futuros jóven es ciudadanos. Hacerse adulto no supo
nía para un esclavo un salto cualitativo ni una preparación gradual,
co m o sucedía en el caso de los hijos de los ciudadanos libres. Si el
adjetivo andrápodon, «h om b re pie», usado para designar al escla
vo, tendía a asim ilarlo a la co n dición de los cuadrúpedos o tetrápo■ da, el térm ino país, con el que era llam ado con frecuencia, subra
yaba la perenne co n dición de inferioridad del esclavo. C om o dice
, Aristófanes en Las avispas «es justo llam ar país a quien recibe golt pes, aunque sea un viejo». En Atenas se podían ,inlligir_legítima¡ tríente penas corporales a esclavos y niños, pero no a adultos libres.*
S ólo los esclavos pedagogos/ que acompañaban a los hijos del amo
a casa del maestro, podían indirectam ente apren d era leer y a cscri-_,
; b ir asistiendo a las clases. ¡-Pero p o r lo general la única instrucción
que un esclavo podía rec ib ir estaba ligada al tipo de trabajo y servi
c io que desem peñaba para el amo; en un abanico que iba de los ser
vicios dom ésticos m enos gravosos al más duro trabajo en las m i
nas, reservado exclusivam ente a los esclavos y al que también se
dedicaban niños, no sólo en las minas de Nubia, de las que habla
D iod oro Sículo, sino también en las atenienses de Laurión. Aristó
teles m enciona a un m aestro que bajo salario enseñó en Siracusa a
los esclavos la ciencia de los trabajos dom ésticos, incluido proba
blem ente el arte culinario, dada la gran reputación de la cocina si
ciliana. Un am o podía enviar a sus jóven es esclavos a-talleres arte
sanales para aprender un oficio, del que luego obtenía ganancias·.
Pero quizá la práctica más difundida era el aprendizaje en co n e
xión con el trabajo en el taller del amo. Tal aprendizaje se debía ini
ciar enseguida: pinturas de cerám ica ateniense con escenas de ta-
Hacerse hombre/107
lier muestran a un buen número de niños trabajando y no se puede
exclu ir que al menos en parte algunas se refieran a esclavos. Un ar
tesano podía también com prar esclavos para adiestrarlos, sobre
lod o si no tenía hijos a quienes transmitir e! propio oficio; Así les
sucedió en el siglo iv a Pasión y Form ión, quienes se volvieron tan
hábiles en la profesión bancaria que fueron redimidos y se convir
tieron a su vez en propietarios de banco. En el discurso de Dcmóstenes Contra Neera se habla de la liberta Nicarete, quien había
com prado siete niñas pequeñas, valorando atentamente sus cuali
dades físicas, las había criado y luego las había adiestrado en el o fi
cio de la prostitución, haciéndolas además pasar por sus pr opias hi
jas para sacarles más dinero a sus clientes, después de lo cual las
había vendido a todas en bloque.
Pero las actividades artesanales no estaban exclusivamente en
manos de los esclavos. Muchos extranjeros y también ciudadanos,
sobre todo los menos pudientes, desempeñaban personalmente es
tas actividades. Sus hijos podían recibir instrucción gimnástica y
elem enta], pues los salarios de los maestros no eran muy elevados,
pero, co m o decía Protagoras en el diálogo platónico hom ónimo,
los hijos de los ricos entraban antes en la escuela v salían más tar
de. Aristóteles afirm ó claram ente que los pobres, p o r estar despro
vistos de esclavos, se veían forzados a servirse de las mujeres y los
niños co m o esclavos que les ayudasen en los trabajos. También
para lo s ;hijos.de> estos ciudadanos más pobres hacerse jhombre
coincidía de hecho con la realización de actividades artesanales o
de trabajo en el cam po, aunque ello, sobre todo en ciudades demov'
créticas, no les sustraía el derecho de participar enda vida poli-·
tica, »
Esto valía también para sectores com o la m edicina. En un breve
escrito del Corpus Hippocraticum titulado Ley posterior a la segun
da mitad del siglo ív, se afirm a que para llegar a ser m édico hay que
aprender desde joven (paidomathía), al contrario de lo que ocurría
en época im perial con un m édico empapado de conocim ientos fi
losóficos y científicos com o Galeno, que inició su aprendizaje en la
m edicina hacia los 16 años. A m enudo casa y taller del ariesano
coincidían y a llí tenía lugar la transmisión de los secretos del o fi
cio, especialm ente de padre a hijo. Tenem os noticia de aulénticas y
verdaderas dinastías de pintores y escultores. El juramento hipocrático incluye entre otras cosas el propósito de transmitir ense
ñanzas escritas y orales a los propios hijos, a los hijos del maestro y
a los alumnos que siguieran el juram ento. Si no se tenían hijos o no
mostraban éstos un talento especial — com o fue el caso, según Pla
tón, de los hijos del escultor P o lic le to — existía la posibilidad de
adoptar com o herederos a los hijos de parientes o amigos, o de re-
108/Ciuscppi: Cambiano
cibir com o aprendices a los hijos de ciudadanos libres que no te
nían suficientes medios de subsistencia, o también de com prar es
clavos y adiestrarlos. En cualquier caso, ëlûinicb-moció de ápren‘>
Sér ùn oficib-pàsabà pof-ël 4 àIler y no se realizaba a trá"ves de los cahálés-ihsTitucióñal'es.dé uña instm cción impartida-por-ía-ciüdad,·*
Com o en él cáso’ cle'los esclavos o los metecós,"el aprendizaje
precoz pretendía-separar de sus coetáneos a los hijos de ciudada
nos pobrespara^vincülaflos.iñínédiatam értte a unlmündo adultos
siniatravesár o^atrayesandOisóIo de form a.lim itadá’.un itinerario
i gradual de in tegración en él tejido social, político y militar.·.De esto
estaba exenta uña ciudad com o Esparta,“que delegaba íntegram en
te sus actividadesjáboralcs a los ilotas y.periecos. Pero,.por, lo ge
neral; el aprendizaje "de estas actividades no estaba incluido dentro
■deja paideía y.del proceso que conducía a.convertirse en h om b reé
Es útil recordar que el térm ino paidiá, «ju ego», form ado a partir de
la palabra país «n iñ o », era antónim o de spoudé, «actividad seria de
adultos», y no de términos que designaban actividades laborales.
La habilidad del pequeño Fidípides para construir casitas, barcos y
carretillas estaba considerada por su padre en la parodia de las N u
bes de Aristófanes com o un buen indicio de sus aptitudes para reci: bir una educación superior y de sus aptitudes para convertirse en
i un buen artesano. En Las leyes en cam bio, Platón consideró a este
tipo de juegos com o una im itación de las actividades artesanales
que se ejercitarían ya com o adultos y com o una preparación ade
cuada para ellas. Pero, a su juicio, esto tenía muy poco que ver con
, la paideía: no por casualidad en Las leyes actividades agrícolas y ar: tesanales eran dejadas por entero en manos de los esclavos y de los
extranjeros. Según Plutarco, ningún joven de buena familia debió
envidiar a Fidias. Sólo en época helenística está documentada en el
: curriculum educativo la presencia del dibujo, pero no hay que peni sar en un adiestramiento con fines profesionales. Contenidos y m é
todos de las artes.podían ser,objeto de con ocim ien to también por
pârté^d eaqTTe 1los qué no.las iban a ejercer: Así ocurría en él-cásó d e » ·
la:m edicina’ considerada por Platón y Aristóteles com o digna de
conocerse, pero sólo para dar juicios fundados acerca de ella o
para utilizarla desde el punto de vista teórico, más que para hacer
se un médico.
El sexo'ërâ ô tr^ fâ cld r decisivo para determ inar quién podía ser
ciüdádánotadultoTh’ sentido pleno: las mujeres estaban excluidas.
Naturalm ente existían algunas excepciones, sobre todo en época
helenística y fuera de Atenas;,en.AteTra'í,\éñ'general y en particular,
una m ujëpestaba integrada en la ciudad no como.ciudadana; sino
coñfódTija'oTTïujér-déxiûdâdànô. Solam ente de época helenística
se tiene noticia de alguna muchacha que se ocupa personalm ente
Hacerse hoiiihrc/109
del contrato de m atrim onio con el futuro esposo, cuando p o r lo ge
neral esta tarea era asunto del padre o tutor de la muchacha. Para
la m ayor parte de las muchachas griegas de condjcióri libre e l convçrtirsëên adultas era algo qüe estaba m arcado por. laetap a deciri-r
^va del'm atrimonios La diferencia de condición que existía entre niñ osy niñas está bien expresada por una alternativa reflejada en Las
Memorables de Jenofonte: ¿avquiéñ.confiar-á:lós-niños-pequeños
pará'sTt^educád"os"ypai¿/é£Í5 á‘ii) tra ías hijás vírgenes para ser cüstodiadasJ fdtap/iy/áxatj?jArla s^ tf/ e fá ícórréspohdíá 1 én 1-el caso de Jas
mujerésrla-custodia. E rié rm ino «vi]^en>rY/2 ar(hértos) aludía en prím er'lugar al estado~que precedía al m atrim onio más que'a la verda 4
deraTy própiá.integridad físicas Una ley atribuida a Solón establecía
que si el padre descubría que su hija mantenía relaciones sexuales
antes del m atrim onio — y e! signo in equ ívoco era el em barazo—
ésta dejaba de pertenecer a la fam ilia y podía ser vendida. Para ella
se cerraban las perspectivas de m atrim onio, de ahí la im portancia
de la custodia com o garantía de preservación de las condiciones de
acceso al m atrim onio.
•Desdé su~rïaçi'm iërftô"las jóvenesTranscurrían' gran.parte de su
vida~en~casa7 con fiadas a los.cuidados desú.m adre o esclavas? El ur
banismo, creciente a partir de la creación de la polis — documeniable no antes de la segunda mitad del siglo vu— determ inó un sensi
ble desplazam iento de las actividades de la mujer al interior de la
casa, dejando a los hom bres libertad de m ovim ientos en el exterior./Sóloria~s~mujeres má's 'pobt és "éstábán obligadas'a sal ir de casá
párarfrabajar en el campO-ó dedicarse a vendêrÂEn casa, las jóvenes
aprendían bien pronto las tareas domésticas del hilado y la prepa- ;
ración de la comida. Tan sólo las festividades religiosas de la ciu- í
dad eran una ocasión para la salida, pero no los simposios, vedados i
a todas las mujeres que no fueran cortesanas, danzarinas o flautis- ;
tas. Al contrario de lo que ocurría con los varones, estas festivida
des de la Atenas clásica no coincidían con m om entos de iniciación
a la vida adulta para grupos enteros de edad. La in iciación selleva-"*
;ba a~cab¿rsó 1 ójpará~grupos restringidos de_mûchàchâs que eran es
cogidas para representar el itinerario de preparación-^] m atrim onio. Así, cada año, con ocasión de las Arreforias, dos muchachas es
cogidas de noble fam ilia entre los siete y los once años de edad da
ban com ien zo cerca de nueve meses antes de la Panateneas a la
con fección del peplo que con tal ocasión será o frecid o a Atenea. La
con fección del peplo p o r parte de muchachas está docum entada
también en otros lugares, p o r ejem plo en Argos y en h on or de
Hera; quizá también en Esparta las muchachas tejían el quitón co n
sagrado cada año a A polo en las Jacintias. En los meses que p rece
dían a las Panateneas las dos muchachas seleccionadas llevaban un
110/Giuscppe Cfunbiano
régim en de vida especial y a! final se despojaban de sus vestiduras y
de sus collares de oro. l^as Art'eTóinas pasaban- póiiser,una etapa de
(paso' ejn icia cip n ; jas muchachas aprendían el trabajo propio de la
mujer, el hilado y el tejido, y se preparaban para ser· esposas y ma
dres, asumiendo la tarea de lleva rsob re la cabeza por la noche, des
de la acrópolis hasta un jardín dedicado a Afr odita, un cesto cuyo
contenido debían ignorar y que era depositado en un lugar subte
rráneo del que salían llevan do otros objetos sagrados envueltos en
un paño. En el cesto estaban el sim ulacro del niño Erictonio y la
serpiente, que sim bolizaban la sexualidad y la generación. ¿Entre
m illares de muchachas tan só lo d oseran escogídasrlo que antiguamerTté-c o hs ti t u í a _qu i zá e lp a s o co lectivo .de io d o un.grupo de edad
a tina ñueva coñ dicióh a Frávés de una fase.dé ségrégación de la c o 4
müñidad ÿ ^ e u ñ ^ p ip éb a . én'épóéC cIás'ica'se.transforiñó en una;*
iT p re ^ fn a c ió n 's im b g lic a íT e n e m o s noticia de casos de sacerdocio
confiado a muchachas en edad prem atrim onial en Arcadia y Calauria; las jóvenes de Locris estaban incluso obligadas a un servicio de
( p o r vida en el tem plo de Atenea. Pero .'por,’ Ib^gen érabl a pal tic i pa i ció'ñ d é las rnlicháchas eñ ritos y tareas réligiosas estaba ligadá simbqljcàm cntëjâ'l g iT ^ d 'ec isiy o d g .su ^ vid fd ñ ;rela ció n;con e l m atn1 iTnonio.
Y.estd es Icrqiié sucedía tambiéñ ervAtenas en-relációrT corrías
( fíestas^Bráuronias; algunas niñas de edades com prendidas entre
los cin co y los diez años se debían consagrar al servicio de Artemis
en el santuario de Braurón, en las afueras de Atenas, p o r un p erio
do descon ocido para nosotros. En recuerdo de la osa predilecta de
Artem is, que fue asesinada cuando iba a refugiarse en su tem plo,
estas muchachas eran llamadas «osas» y expiaban dicho sacrilegio
con su servicio. Al p rop io tiem po, ellas representaban el recorrido
de la osa desde una co n dición salvaje, de la que se liberaban, para
prepararse a cohabitar con el esposo e integrar así la sexualidad en
la cultura.
Procesiones, danzas y coros de muchachas eran elem entos
esenciales de muchas festividades ciudadanas. En el siglo iv a.C. en
la procesión de las Panatcneas cien muchachas escogidas entre las
fam ilias más nobles llevaban los aparejos para el sacrificio. Pero
para un gran núm ero de jóven es atenienses la participación con
sistía quizá más en ser espectadoras de las festividades que prota
gonistas.
Eñ¿lajAtepas clásica ÿ n o'sóló en ella, no existían escuelas para'
;í niñas o muchachas adolescentes.>Dé~sits madresl.viejas parientes o
enclavas ellas podían oír,relatos dé la tradición m ítica, vin cu ladas
los ritos relíg íó s p sjle va d o s a cabo por.la ciudad, y de ellas podían ·
q uizá t aml) i é il â p re n d e v a leè r, y jîs c ri b i r.yPe ro no debía estar muy
Hacerse hombre/111
lejos de la concepción difundida entre e! mundo masculino la sen
tencia expresada en algunos versos de Menandro: «¿enseñar a una
mujer a lee r y a escribir? ¡qué error más grande! Es com o alimentar
con otro veneno a una horrible serpiente». Todâyjà'êrrépqca hele
nística x P aiTalfábMismpypárO^
.e n tre las mujeres
que entre los Itómbres, ateniéndonos al porcentaje de las mujeres
que recurrían a otros para escribir. En Teos existía una escuela fre
cuentada por alumnos de ambos sexos y en Pérgam o tenían lugar
com peticiones de recitación poética y de lectura para muchachas,
pero no eran fenóm enos frecuentes e incluso la educación gimnás
tica era prerrogativa esencialm ente masculina. Lá'ex'cepcíó’ñ ñíás"?
nótórialestaba;cónstituidápóf,Esp~ártár d o ñ d é ja s ' niñas,, tan. bien 5
^alimentadas cómodos.niños,* en lugar dé ser adiestradas.para tejery
,preparar.láxoñiida,'que siem pré quedaron cóm o ocupaciones ser-:
vilés y no propiás—de las mujeres; eran preparadas Bien pronto para
ejercitarse.¡dësnudas y a la vista incluso dé los hombres? énjla ca
rrera ,"1 aducha ; élianza_mie/Ttó dé disco y él de jabalina.*No sabemos
si fue este ejem plo espartano el que indujo a instituir en los juegos
de O lim pia carreras pedestres femeninas, si bien en días distintos
de aquellos de los grandes juegos. Según Pausanias en estas carre
ras participaban tres grupos de edad distintos y no sabemos si en
ellas tomaban parte también muchachas atenienses.
Todavía más raro ÿ dificil-érá paradas-jóvenes adquirir una iñs(‘trueeiqñTsuperior; U n a'éxcépGióñ és'-eheaso -dé la hetera Aspasia1,
próxim a â'Përicl'es'y.significatïv^m enfè liña’ extráñjérá, nó afta ciu
dadana; es igualm ente una excépción cl_círculo^de Safo en Lesbós
a com ienzos · del -Si g Io-Vt.à.C.7 »de 1 que no existen paralelos docu
mentados para la G recia clásica entre los siglos v v iv. Se trataba de
una asociaciófi cultural en la que muchachas de Lesbos y también
de ciudades de la costa jón ica se ejercitaban en la danza y el canto,
aprendían a tocar la lira y a participar en festividades religiosas y
quizá en certám enes de belleza, adquiriendo las cualidades reque
ridas para m atrim onios con personajes nobles. E stoparecexon firmar^lam jayor.lib e rta d d e j a que_debieron gozar, las .muchachas d e »
noble fam ilia enda época arcaica en relación con la tan caracterísT
tica ségregac^ónrdeda Atenas.clásica. En dicho círcu lo se desarro
llaban también vínculos hom oeróticos, que para la Esparta del si
glo vu a.C. están documentados en los parlem os de Alemán, peto
ello no im plica que allí se efectuase también una educación sexual
prem atrim onial.
En la.vida de las muchachas griegaS de condición libre el matrirnonio_era el decisivo ritual de paso. Con el m atrim onio-la mujer;
más que el hom bre, realizaba un cam bio radical de situaciÓRíCon?
/vertirse enladulta y.nó ser.ya páríhénos coincidía para ella con eh
112/Giuseppe Cambian»
ser espqsa'y^madre de futuros .ciudadanos.varones? Al contrario
que los varones, las hem braVpof Id general no permanecían duran
te, mucho tiempoien casa del padre, sino que sé casaban pronto, a
menudo-antes dé los dieciséis anos, y con hombres al m enos diez
áñds mayores que ellas.:La prom esa de m atrim onio tenía lugar to
davía antes^para la hermana de Demóstenes, hacia los cin co años.
La ley de Gortina, en Creta, fijaba el inicio de la e|dad núbil en los
doce años. La diferencia de edad no contribuía s potenciar los
vínculos afectivos e intelectuales entre los esposos. Jenofonte atri
buyó la ausencia de educación en las mujeres a la edad precoz en la
que se casaban. Para com prender lás cáracterísticas del fnátrimopiqateniense hay;que:recórdar que era ün coñtrató'entre dos h om
bres-; el padre o tutor y el futuro m arido^Para las mujeres, por el
contrario, significaba sustancialmente la transferencia de la casa
del padre a la del marido, significaba ir de la segregación existente
en la prim era a la segregación en la segunda, y de la tutela del uno a
la del otro en cada transacción jurídica. En Egipto, que a Jos ojos de
H eródoto y de Sófocles se presentaba com o la antítesis por ex ce
lencia del mundo griego, eran, por el contrario, las mujeres las que
salían de casa en busca de alimento, mientras que los hombres se
quedaban tejiendo. La futura esposa se preparaba para el día de la
boda ofreciendo a Artemis sus juegos infantiles y cortándose el
pelo, señal de su abandono de la adolescencia. En Trezén consagra
ban también su cinturón a Atenea Apaturia.
En_la víspera de la boda los futuros esposos se purificaban para
la co n cepción de una prole excelente, y el padre de la-novia ofrecía
u n 's a m fic iô aZéû"s,’Herâ,'Artém is, Afrodita y Peitó'. La cerem onia1
*
próplam eñte^icfiaxo'ncefrida t o m ó itinerario dé la muchacha des-"'
de la’c asa"dël padre á la_dcl m arido, confirmaba-que la verdadera
prótajqnisia.deírituál dé_paso y.cam bio de estado era precisam en^
téda’ nuij¿r>El com ienzo consistía en un banquete en casa del pa
dre, donde un muchacho pasaba entre los comensales llevando
pan y pronunciando la frase: «han ahuyentado el mal, han encon
trado el bien». El pan simbolizaba la transición de un régim en sal
vaje a uno civilizado. Al banquete asistía la muchacha cubierta con
un velo y rodeada de amigas y sólo al final mostraba el rostro a los
presentes. Después de cantos de him eneo, libaciones y felicita cio
nes, el cortejo nocturno alumbrado con antorchas acompañaba a
la muchacha, que en carro llegaba a casa del esposo, en la que en
traba llevando una criba de cebada, que prefiguraba su nueva acti
vidad de preparadora de comida. Junto al hogar de la nueva casa
ella recibía ofrendas de dulces y de higos secos, que sancionaban
su integración en la casa. Sucesivamente los dos esposos entraban
en la cámara nupcial, en cuya puerta hacía guardia un am igo del
Hacerse liombre/113
marido, y consumaban el m atrim onio. En su p rop io desarrollo es
pacial la cerem onia nupcial aparecía com o un tránsito de casa a
casa, más que del espacio privado de la casa al espacio am plio y pú
blico de la ciudad: côn'sù m óbilidad, là muchacha per’m itíaja.institución de junTlázoléñtré dos fam ilias^
J «E l m atrim onio es, para la muchacha, lo que la guerra es para el
jo v e n » (Vernant). En una situación de guerras y amenazas conti
nuas de guerra, factor también decisivo de prosperidad o decaden
cia económ ica, la posesión de capacidades militares era esencia!.
Para tos;varones,rhijós de ciudadanos,'hacerse hom bres significaba
co n vertirse-éñ íT iiarid ó s^ p á d resrp ero sobremodo convertirse,en
ciudadanos^ em“có ilic io n e s de defender^sil-propia ciudad: y de
/güiárlá'pófíticáñiéñie. L a g líé rra y el com báte hopIíticO, prietas las
filas, P o ^ fà h x o n fia d ô sT à l merios-hasta el siglo iv à.C , à un ejército
p m f ^ q n á l siric)à ciudadáños que-débíáñ m ostrar las mismas dotes
de firrhezà y.va 1 ënt ¡ a~que^onsentíañ'regir, la ciudad en tiem po de
paz; Esto se_rviâ“pârâ todas las ciudades,' prescindiendo dél régim eñ
aristocrático ó dem ocrático. Peró Sobre- todo después de_su v ic t o s
riá sob re Atenas é r ij a~gueTr del PeloponésoTEspatla surgió a ojosj»
de varios intelectuales có m o m cfdélo'de ciudad capaz de preparar*
m éjor’ los jóvenes'paralá'guerra. Jenofonte atribuía esta suprem a
cía al carácter público de la educación espartana, que sustraía la
form ación de los muchachos a las com petencias y al arbitrio de la
familia. Los recién nacidos eran inm ediatam ente sometidos a la
prueba y tem plados p o r las nodrizas que los lavaban con vino y no
con agua, porque los esferm izos habrían tenido convulsiones. Las
nodrizas y no las madres procedían a su crianza, sin en volver en pa
ñales, acostum brándolos y una alim entación austera, a no tener ca
prichos y a no tem er la oscuridad y la soledad. l)ÏT-cierto:grado de
idealización caracterizados cuadros de la educación espartana di
señada p o r Jenofonte o Plutarco, pé'ro:era indudable que su finali
dad reraTelírefórcam ieñto y ;él 'adiestram iento-físico desde la .m ás.
tie’rrîâ‘'infancia?El cam bio decisivo tenía lugar a partir de los siete
años, cuando los varones eran reagrupados en escuadrones o agélai — térm ino que com únm ente designaba a los rebaños de anim a
les necesitados de guía— , acostumbrados a la vida en común fuera
de casa y sujetos a la agogé, al adiestram iento para conseguir disci
plina, obediencia y com batividad. Estaban sólo exentos los h erede
ros del trono, pero se recordaba que Agesilao se había som etido a
todo esto para aprender tam bién él a ob edecer. Sorrietersè a la agogé capacitàbà para convertirse en ho m o io i o «sem ejantes», es decir,
ciudadanos“ de-plen o.d erech o, exentos de todayactividad laborSl.
Dé la agpgé.eslabah-porsú puesto excluidos ilotas y periecos:dos ni
ños eran rasurados y acostum brados a cam inar descalzos; a los
] 14/Giuscppc Cambiarlo
doce años se ponían una vestim enta idéntica para todas las estacio
nes del año y dorm ían sobre jergones de cañas cortadas con sus
propias manos. En las Gimnopedias, fiestas celebradas en pleno ve
rano, realizaban ejercicios en el ágora, desnudos bajo un sol abra
sador. Recibían igualm ente una alim entación escasa, para adies
trarlos a procurársela con astucia, robando sin ser descubiertos,
pues en caso contrario eran fustigados, ^ t ô ljêdiëncià-së ádqu~iría>
p ^ n ] ? j ió~cleiin~sisterna3e_p.remióis:y ;castigos:~en-cada-una:de:lasii
fa.ses~dersii~fQrrfració.n~e1~i5véñIest5baT,siempre-SonTetido7aÍ‘:mando
de'àlguie:himayor.,^efo-siem^reien 7cônTlæioh~librpjyinp-dej£sclayp;
cpmo_éra.<el4 >ëdagôgô:enJA~iëhas?Sémëjante'Câpilàridâd-en-el7côn,s
ftrol':sgüial3êsembgjCâba;emun.nïaximô-dé cóñfórrñismoivitendiaca
£e'forzar~ël~desëoZclë in te g raciôn~emel'cuerpo'50cialrPero-todo-eslp
estaba"acómpañádordé~la exigencia propiáIdc~l5S-grupos:militares^
L
d e'sejeccionar.~ilos-rnciores:para':el:rnando-y:de-constituir;cuerpos
¿escogidos. Con dicha finalidad se producían las com peticiones en
tre m iem bros del m ism o grupo de edad, durante el desarrollo de
las festividades, y en particular la institución tan típica de los co m
bates ficticios.
La música no estaba ausente en la instrucción de los m ucha
chos. En las Gim nopedias tenían lugar com peticion es de danzas'
corales, a veces con máscaras, para ambos sexos, al igual que ocu
rría ya a partir del siglo vn en las Carneas en hon or de Apolo. En las
Jacintias se ejecutaban coros de niños y adolescentes. Pero la:patte>
çgn’t fal'xlê"!a.agogéTestaba ocupádáífráslquelpórii a~en se ñ anza”dê:Ias
lectu ra ,yJa¿es;crifürálpordós^jérxici5s-gimñásticós7rqüe“prepafában ;tam biéñIparáTlasjcom peficiones} Nó^és-casualidádrque-eivlá*
f^ë_m ás.antiguâdclδsJuegós-ôlím picüsτπιlchr)S^le-lüs'veñ’cedô‘res,
fúérañlespartah ósj A la m ism a altura que los agones y la guerra es
taban los com bates ficticios, que ritualizaban la agresividad y se ex
presaban dentro de una com plem en lariedad entre cooperación y
enfrentam iento. En una isla form ada p o r el río Eurotas cercana al
tem plo de Artem is, divinidad particularm ente ligada al mundo de
la adolescencia y a la tensión entre lo salvaje y lo dom éstico, tenía
lugar un com bate entre dos equipos de jóvenes, a cada uno de los
cuales se asignaba p o r sorteo uno de los dos puentes de acceso a la
isla. La noche anterior, cada uno de los equipos sacrificaba un pe
rro a Ares, dios de la guerra; a continuación se hacía luchar entre sí
a dos jabalíes y se hacían pronósticos acerca de los futuros ven ce
dores. La co m p etición com enzaba ai alba y consistía en ocupar la
isla y en cazar a los adversarios arrojándolos al agua, en una m ezcla
de com bate h op lítico de escuadras y lucha salvaje, pues todo estaba
perm itido, hasta m ordiscos y golpes en los ojos.
PertTlâlâùréhti^adïïiciâciôn'en-susiTiomentcis^clë^epâTâcÎbnïy
Hacerse hofnínc/115
vitia.segregada’ vrl uego-de-reincorporaGión^teníarlugar-eqri-la-liat
rnada^ Q ’p/eiiarqu g'lenía-que ver,só)o;cori-unáTélile:de:efebos:yigugf!>
era^practicada’'por-individuQST-aisladosnnoien~gtT4 HQr!ienidUiçil.es
œndiüionesidêlvidâ^ôntinuadataTlaTinternpefiü^clës'pfôÂ'istôstde*
ycstido’y^tüálIas.y.armádos-tan!sóló con un cuchí 11b. De día tenían
que ocultarse y no dejarse sorprender y de noche realizaban una
auténtica labor policial en los enfrentamientos con los ilotas, a los
que tendían emboscadas. N o hay que olvidar que los espartanos
adultos tenían la obligación de participar todos los días en las c o
midas comunitarias entre hom bres y no residían habitualmente en
las tierras de su propiedad. TaTnppcoièran.mfrecuentësda^Tfëvllghtâ^ edtotâ^T dë^H U a^impoítáric i EuïTsë'rvi c i orde y igi 1 añ^i á yip o-
liFiá: de_este^m^ü~lóT~efébos comenzabliñ-a-sei adfhitidós~en.una|
f^cibn^úHlica.*I^jk7yp?Haxra ümá-institüciÓñ”inversa-y simétrica
( réSpéctolal _co mba te Hoplí fi ccñ.se p ro duc ia de noche, en el monte,
atañía a individuos aislados, sin equipo de armas, y asumía la forma
de una cacería, fuera de los terrenos cultivados. Esterera-el-morn ^ t ô 2 t ir s r n t â t iz ^ ^ e 1 ^ ”anddtrô^e*la:vÎ3â^infâîTti!:ÿrdë"(a'pT5pjira>·
ci'QniaLlâygûerr5Tt^rîa7yez'-cQnvcriidos-ÎenI Kbm bres^quellâs^que
emTi:sonÆtidos-ad^fe^piêfâ^eran”^rôl5âblërnèntë7ÇTïcuadradûsre“ii
e)TcuerpólescbgídÓ^clé^l&s"tti"esciéñtos; c-aliâllero^queiconibatiant
/a^îie^
EfFEsparta,Í rfo^ol3s'tant'57la‘-transición'aT[a’-vida'adulta7rcuyo“n\o?K
inento:e_xactQies-difícil-precisar~com portaba-una"Qontinuidad-mayq^c;ôn‘ resp‘eëtô^4â^ida^ntérior-iprébisarhentepor:lâx:Om ponentelm iΠtar-ëxi stcfñté-e n ¿todas1!a rfases. «Es difícil decir si la edad
adulta en Esparta es una infancia prolongada o más bien si la infan
cia no es más que un adiestram iento prematuro a la vida del adulto
y del soldado» (Vidal-Naquet). E hniatrimoniQ-era-consideradoiobligatorio, có m o condición esencial para la reproducción de los futu
ros soldados, y estaban previstas sanciones para los célibes; perore!
níatrinvóñio3ho’era-para:los:jóvenes:UnTrito:de:paso:que:se_ñalaseiel »
firTal:de:la‘adolescencia-_yda'adopcionrdeU ñ nuevóTm_ód‘o“de:vidadba*
(CeremoniáTnupciahteníaTlugarrmediante^eliraptoidezla^esposar l-a
muchacha era rasurada al cero, se vestía con ropa masculina y se le
hacía recostarse sobre un jergón sola en la oscuridad. El'ai?lanTiento,7quc^para el^éfébo-suponía^una^preparacióntparadarfunción-dc^
hoplijta7:para7la“rñUchacha-suponíatuna-preparación:paraTel:matFi?
nronio'^queTeraTconsumado.irápidam.enterTtrasTloTCualielTesposo
abandonaba a lá^'sposá^yivoivía'a^dóiwír-con-suS'COWpâneros.'rAi;»
c.ó n trá rio ^ e ló qüe ócijrríárén7Atenasrel'oíÁ:o5-no;.tenía'aquíimpou*
táñtTiaTfinc 1uso después de la boda el esposo, hasta más o menos los
treinta años, com o ocurría también en Creta, llevaba una vida.en
com ún con los m iem bros de su p rop io grupo de edad y tenia con su
1I6/Giuscppc Cambiano
esposa encuentros sólo ocasionales de finalidad procreadora, de
tal m odo que incluso estaba perm itido que otros la fecundaran.'Las*
comidas"comunitarias y4á-conv¡vencia prolongada entre .varonesa
se saldaban en láisoci'édad espartanaxon la función.pedagógiea de_·^
sem peñádalpórjás.relacionesihom óéróticas? En los convivios de
los adultos, participaban también paides que aprendían los com
portamientos y los discursos relativos al hombre adulto libre, in
cluso a través del vehículo de estas relaciones.
La práctica dé los convivios estaba muy difundida en el mundo
ígriegoJ Está documentada también en M ileto, Turios, Mégara, Tebas y otras ciudades, y en particular en Creta, donde la homosexua-,»
lidad desempeñaba un papel esencial en el paso á la edad adulta.
De Creta ya los antiguos hacían derivar muchas de las instituciones
espartanas. Aquí la división en grupos de edad era esencial para la
organización dé la sociedad y para !a reproducción del cuerpo es
cogido dé los aristócratas guerreros del poder, a través del adiestra
m iento y la cooptación dé nuevos miembros.' También en Creta,
trásu n periodo de perm anencia bajo el gobierno de las mujeres,
los niños participaban en los convivios en los que participaba el pa
dre; sentados en el suelo y sirviendo las mesas de los adultos. Se ►
instruían en la lectura, la escritura y la música y, bajó-la dirección*
del paidonómos, se adiestraban en la gimnasia y los combates ficti
cios. A los diecisieté años cada uno de los paides de las m ejores fa
milias reclutába en torno a sí a otros coetáneos para form ar las agélai¡ en las que eran alimentados a expensas de la ciudad. A la cabeza
de cada una estaba casi siem pre el padre del muchacho que habí’a
:form ado el grupo:rél los conducía de caza, guiaba sus ejercicios e
impartía los castigos. En los diez años de permanencia en una agélé
y hasta aproxim adamente los veintisiete, antes de entrar en el gru
po de los hombres maduros — llamado hetairia— y de co m er con
ellos en común y dorm ir en el andreion, «la casa de los hom bres»,
los muchachos se adiestraban también en las danzas pírricas con
armas. En Creta la relación homosexual entre ununuchacho y un
amante mayor.era una etapa esencial para convertirse en hombre,
pero adoptaba la 'form a no del cortejo sino del, rapto .ritual: El
amante que pretendía realizar el rapto informaba a los amigos del
muchacho tres días antes. Estos decidían consentir o im pedir el
rapto según el rango del amante. La condición positiva era que éste
fuera igual o superior en rango al muchacho. En tal caso el raptor,
acom pañado de sus amigos, podía llevar al muchacho fuera de la
ciudad, al campo, donde tenían lugar banquetes y cacerías — el de
porte típico de los héroes, m odelo de los efebos— durante dos m e
ses, transcurridos los cuales ya no estaba perm itido retener al mu
chacho. Era éste el m om ento de la segregación, acom pañado de
Hacerse hombic/117
una vida de agregación, típica de la iniciación. A lá vuelta a la ciur
dad el m uchacho recuperaba la libertad después de haber recibido
com o regalo,un equipo militar, un buey y una copa.) El sacrificaba
el buey a Zeus y realizaba una fiesta con el grupo que lo había escol
tado a la vuelta, declarando su satisfacción o insatisfacción por el
periodo de intimidad pasado con el amante. N ó encontrar un
amante éra algo poco conveniente para los muchachos de noble famiHa.'ELquivalíá ál reconocim iento de la falta de cualidades que ha
bilitaban para entrar en el grupo de los adultos guerreros, sim boli
zado p o r el regalo de las armas después de la iniciación hom ose
xual. Los raptados gozaban además de puestos de honor en los c o
ros y en los gimnasios y, com o digno de distinción, llevaban el ves
tido recibido de su amante. De tal m odo entraban a form ar parte de;
lá élite constituida p o r los llamados kleinoí, «insignes».
Respecto a estos m odelos educativos Atenas podía aparecer ya a
ojos de los propios antiguos el lugar en el que los padres podían de
cid ir sobre los caminos que tenían que atravesar sus propios hijos
para convertirse en hombres. Esto es sólo verdad en parte, pues
también la vida del niño y del adolescente estaba presa en una espe
sa red de festividades religiosas en las que la ciudad celebraba sus
propios valores, im plicando en su aparato de consenso a toda la c o
munidad. El autor de la Constitución de los atenienses lamentaba el
excesivo núm ero de fiestas en Atenas, superior al de cualquier ciu
dad griega y el hecho de que los sacrificios de muchas víctim as p er
m itiese dar de co m er a todo el demos, incluso a los pobres. -En A te
nas, no obstante,_el padre no tuvo jamás el derecho de vida o muer-.'
jte respecto a su hijo, aunque a él le correspondía la decisión de ad
m itirlo en la fam ilia así com o el derecho, hasta la m ayoría de edad,
de transferirlo a-otra fam ilia m ediante el p roced im ien to de la adop
ción, o de asignarlo a un tutor en caso de que él muriera. Huérfano
era considerado, en prim er lugar, todo aquél al que se le había
m uerto el padre.
Entre el quinto y el décim o día después del nacim iento de un
varón tenían lugar, en presencia de los m iem bros de la fam ilia, las
Anfidrom ías, en las que el neonato era llevado en brazos y co rrien
do alrededor del hogar de la casa, co m o signo de su admisión en
ella. El décim o día tenían lugar un sacrificio y un banquete y al
niño se le im ponía un nom bre. Los prim eros años era confiado a
los cuidados de su madre o de una nodriza, p o r lo general una es
clava, mientras que el padre pasaba la m ayor parte de la jornada
fuera de casa. H eród oto alababa la costum bre persa de no adm itir
al hijo a la vista del padre antes de los cin co años para evitar que
una posible m uerte prematura del niño produjera d o lo r al padre.
Juegos y relatos de la tradición m ítica llenaban la jornada de los
] 18/Giuscppc Cambiano
niños; éstos, en las Anleslerias o fiestas en honor de Dioniso, eran
involucrados directam ente en un rilo centrado en la apertura de
las jarras y en la cala del vino nuevo. En estas fiestas tenían lugar
com peticiones para niños por encim a de los tres años. En el segun
do día de las fiestas, el llam ado día de los jarros, estos niños rec i
bían com o regalo carritos o figuritas de animales en terracota así
com o también un pequ eñ o jarro con el que participaban en la co m
petición coronados de flores. El acceso al vino representaba el pri
m er paso hacia la integración en el mundo de los adultos, que tenía
en el sim posio del que estaban excluidas las mujeres, una de sus
m anifestaciones principales. En la tumba de los niños muertos an
tes de los tres años se ponía un pequeño jarro, com o para sim boli
zar una realización sim bólica al m enos en el más allá.
Tam bién la iniciación en los m isterios de Eleusis estaba abierta
a los niños y entre los cargos honoríficos estaba aquí previsto el lla
m ado país aph' fiestías, el hijo proveniente del hogar de la ciudad,
que pertenecía a una fam ilia noble ateniense y era elegid o anual
m ente para ser iniciado a expensas de la com unidad y ob tener así
para la c.iudad el favor de Dem étcr. Otros dos jóvenes, escogidos
por su nacim iento y riqueza llevaban en procesión en las Oscoforias en honor de Dioniso ramas de vid repletas de uvas, vistiendo
ropa fem enina, según un proced im ien to típico de los ritos de paso,
que mientras dramatizaba el acceso a la virilidad atenuaba al mis
m o tiem po la transición al nuevo estado m ediante un vín cu lo con
la condición «fem en in a » de la infancia, vivida en la propia casa, en
un m undo de m ujeres que estaba a punto de ser abandonado. Una
función análoga tenia el corte de pelo, consagrado a Artem is en las
Apalurias, a la edad de dieciséis años, cuando el padre juraba la le
gitim idad de su hijo ante la fratría.
Las festividades tenían un ingrediente esencial en los agones de
gim nasia y en los musicales,, qüe tenían también da función de de
m ostrar añ té; los adultos las capacidades adquiridas. Los agones;
"eran un instrum ento m ediante el cual la ciudad controlaba en losadistintos grtjpos de edad entre los que eran distribuidas las com p e
ticiones la existencia de las con dicion es para la propia reprodu c
ción y supervivencia.?Así en Atenas en época clásica, durante las
Oscoforias se dis"pïitaban co m p eticion es de carreras en un reco rri
do de siete kilóm etros, realizadas p o r diez parejas de adolescentes
de las m ejores familias. Cada pareja representaba a una de las diez
tribus en las que se dividía la ciudad, que, p o r lo tanto, resultaba la
verdadera protagonista de la com p etición ; ésta term inaba con la
procesión de los diez vencedores. Pero las com peticion es atléticas
para los tres grupos de edad, niños, adolescentes y adultos, fueron
introducidas en 566-565 a.C. en las Panateneas. Dichas com peticio-
Hacerse hombre/119
nes com prendían pruebas en gran parte ya conocidas por Hom ero,
además del pentatlón, que incluía la lucha, la carrera, el salto de
longitud, el lanzamiento de disco y el lanzamiento de jabalina. No
se tiene, en cam bio, noticia de com peticiones de natación, m ien
tras que están ampliam ente documentadas las carreras en armas o
a caballo, además de las espectaculares lampadoforías o carreras
de relevos con antorchas en las fiestas en honor de Teseo, institui
das hacia el 475 a.C.
Pero el agón era unarealidad que sobrepasaba la propia ciudad:
abría también a los jóvenes espációs extraciudadanos y suscitaba el
sentido de la com petición con las otras ciudades griegas, especial-;»
m ente en los ju egos Píticos, Istm icos, Ñ em eos y Olím picos, donde
se introdujeron las com peticiones para jóvenes ya en la segunda
mitad del siglo vn a.C., con la exclusión del pancracio, una m ezcla
de lucha y boxeo, que sólo les estuvo perm itido hacia el 200 a.C, En
Olim pia, la tarde del segundo día de los juegos tenían lugar las
com peticiones reseca d a s a los adolescentes, hijos legítimos de
ciudadanos griegos libres, de edad com prendida entre los doce y
d iecioch o años, si bien no siem pre era fácil decidir sobre Ja edad
real, pues no existían los certificados de nacim iento. Naturalm en
te, los aristócratas tenían m ayores posibilidades de adiestramiento
preparatorio; las com peticiones ecuestres, dado lo costoso del
equipo, perm anecieron siem pre com o exclusivas de ellos. Sólo a al
gunos jóvenes prom etedores las ciudades o bien protectores priva
dos les proporcionaban dinero para su entrenamiento. En los ju e
gos," los participantes pertenecían â todos los estratos sociales, aun
que.no para todos los jóvenes el deporte era com ponente habitual
de sus actividades.
El cóm bate aristocrático de la época arcaica era una prueba de
valor individual, mientras que el com bate liop líd co había introdu
cid o el trabajo,en equipo ÿ la cooperación com o elem entos d é c is if
vos. En cierta medida, las com p eticion es venían a absorber aquel
talante agonal individual ya ausente o secundario en las guerras. Eh
o b jetivó ’ de las com peticiones no era el de establecer prim eros
puestos;sino él de ven cer individualm ente (rente a los adversarios
y com partir láigloria de la victoria con la propia familia y.la propia
^ciu dad.'ídéntico carácter era p rop io también de las com peticiones
''q u e se desarrollaban en muchos lugares del mundo griego. T en e
mos noticia de un naufragio ocu rrido hacia fines del siglo v a.C. en
el que p erecieron treinta y cin co muchachos de Mesenia, com p o
nentes de un co ro que se dirigía a R egio, a quienes los m esem os en
señal de luto dedicaron en O lim pia estatuas de bronce c Ripias de
Elide les dedicó una inscripción.
En el m om ento ën que lá función m ilitar dejó de ser pt errogatb'
12ü/Giuseppe Cambiano
Va sólo de las clases aristocráticas y se delineó la nueva figura dél
ciudadano hoplita.ria necesidad del entrenamiento gim nástico sis*
^temático em ergió a prim er plano.’ Eft el siglo vi á.C.'casi en todos
los lugares de Grecia com enzaron a surgir gimnasios y palestras.
Jimio con el teatro, el gimnasio se convirtió en un edificio típico de
las ciudades griegas. Cuando con las conquistas de Alejandro los
griegos se asentaron en Egipto y Oriente, el gimnasio se convirtió
en signo de identidad respecto a las poblaciones indígenas. En Jerusalén el sumo sacerdote Jasón, deseoso de integrarse en la cultu
ra de los dominadores, fundó con el permiso del rey A ntíoco Epífanes un gimnasio para muchachos hebreos. En el gimnasio a partir
de los doce años, y quizá antes, los muchachos se adiestraban bajo
la guia de un maestro, el pedotriba, en todos los ejercicios gimnás
ticos que encontraban un lugar en los agones ciudadanos o supraciudadanos. Se movían con el cuerpo desnudo, untados con aceite
y con acom pañam iento musical. En época helenística en Pelenas
no se podía estar inscrito entre los ciudadanos si no se había fre
cu e n ta d o el gimnasio. Pero por lo general la asistencia al gimnasio
¡no estaba prescrita por ley; frecuentarlo, no obstante, creaba una
¡indudable distinción social. N o era por casualidad que en Atenas a
■los esclavos les estuviera prohibido practicar gimnasia y ungirse en
das palestras. Esto Ies impedía adiestrarse también para un eventual
uso de las armas. En una ley atribuida a Solón esto acompañaba a
la prohibición para los esclavos de tener relaciones homosexuales
con muchachos de condición libre. En una ley de Berea de m edia
dos del siglo íi a.C. la prohibición de frecuentar los gimnasios se ha
bía extendido también a los esclavos manumitidos y a sus hijos, a
los individuos disminuidos, a los que se prostituían o ejercían acti
vidades com erciales, a los borrachos y a los locos. Esto servía tam
bién para evitar las relaciones pederásticas indignas de hom bres li
bres. Indudablemente laThomosexualidád'tenía err lá eómuñidá'd
un fuerte peso.de acentuado carácter militar, cóm b'ocu rn a en C re
ta o Esparta o en la Tebas del siglo iv a.C;; donde el amante entrega
ba com o presente a su amado el equipo de guerra en el m om ento
en que a éste se le confería la efebía. En Tebas el llam ado batallón
sagrado estaba precisam ente constituido por estas -parejas de
amantes. Pero también^en ^Omunidades com b A tenasriaTélación
homosexual desempeñaba una'función'decisiva'para’ la introduc
ción en la vida adulta; Una vez abandonada la casa de las mujeres,
el muchacho pasaba buena parte de su jornada en el gim nasio y es
aquí donde se producía el prim er desarrollo de su vida sexual. Difí
cilm ente un joven ateniense podía tener ocasión de encuentros se
xuales con muchachas o mujeres de condición libre, especialm en
te aquellas de clase más desahogada. Por otra parte, el que fuera
Hacerse hombre/121
más fácil tener relaciones con jóvenes esclavas quitaba valor a di
chas relaciones y les reducía el alcance em otivo. Aunque no hay
que excluir las relaciones homosexuales entre varones coetáneos,
la norm a suponía un desnivel de edad entre el amante y el mucha
cho amado. Esta sim etría hacía posible, de una paite, la distinción
entre papel activo y pasivo, no sólo en sentido físico, y, de otra, la
dim ensión pedagógica de la relación. El gim nasio podía ser fre
cuentado por los muchachos y además por los ciudadanos libres
adultos que disponían de mucho tiem po libre, es decir, desahoga
dos y de buena fam ilia. Estos podían ver a los jóvenes ejercitarse y
conversar entre ellos para suscitar interés. El cortejo es a menudo
descrito por los antiguos con metáforas de la caza: una presa se
hace respetar y adm irar cuando no se deja capturar inm ediatam en
te. El muchacho debía mostrar ponderación y poner a prueba a su
amante tentando su carácter. La pasividad constitutiva del amado
no debía transformarse en esclavitud. De este m odo se constituían
m odelos de conducta que tendían a la form ación del futuro ciuda
dano libre en su capacidad de mandar y ser mandado. El mucha
cho de condición libre que se prostituía p o r dinero estaba excluido
de la com unidad porque aceptaba el papel pasivo del prostituto,
que generalm ente era un esclavo o un extranjero. EfTAtenas esta
ban previstas penas para padres, parientes y tutores que p o r dinero
prostituían a unm iñó libre y también para quien com praba sus fa
vores: Con el despuntar'deTa barba el muchacho abandonaba el e s v
tatus de amado; c o n v e lid o én adulto podría asumir el de amante,
incluso después deΓm atrim onio., La relación hom osexual no esta
ba, p o r tanto, vista y considerada en oposición a la heterosexual: si'
ésta perm itía en eLm atrim on io la reprodu cción física de.futuros
ciudadanos libres, la dim ensión pedagógica de la relación hom ose
xual contribuía a la form ación m o r a le intelectual.
El otro lugar que en Atenas y en otras ciudades acogía, quizá por
deláñté^del gim n asio,'aio s hijos de los ciudadanos libres i r á el didaskâleîôh,'.la escuela donde se aprendía a lee r y. escribir. La exis
tencia de escuelas está docum entada ya para com ienzos del siglo v
a.C., cuando en Quíos el techo de una escuela se hundió matando a
ciento diecinueve niños que estaban aprendiendo los grámmaia.
Estas muertes en masa de niños eran recogidas con particular
preocupación, porque privaban de golp e a pequeñas ciudades grie
gas de generaciones de repuesto. En el m ism o siglo el atleta Cleom edes de Astipalea, privado del prem io de los juegos en los que
participaba p o r haber causado la muerte de su adversario, abatió
furioso la pilastra que sostenía el techo de una escuela donde se en
contraban cincuenta niños. Tam bién Tucídides cuenta que los tracios hicieron irrupción en la escuela más frecuentada de M icaleso
122/Giuseppc Cambiarlo
matando a todos los niños. No7h^^priIel5âsjdérlâ7^isttnciâTdé-Uiiâ
i ^ t ^ c c i ^ 7 OhligM ona~pâ'ra~los~:hiio.s~legitimosrde :los"ciüdâdanos
/áterliggses.antes de7ép^ca~héléñística;^de todos modos podían recibirla, y de hecho^los'padfes"terrdíañ~grgñviarl05 a los xm n im a tis tá íW
0~los pedotribas p o r periodos variables, según las propias co n d icio
nes económ icas.dm ü^doSTieb^eslJel:tutorde'ürrlürctfaño^coñ-re/•cu rsos’üstaba'e IZcle’educarld-pagañd mi osgastos.^
í
Ei'cuidaddTd^lps.'iiuérfanos-en-Atenasiyjen'zotrasr.ciudades'no
i c o i n c i dj aje orvl a~ateñe ijjñJT 1ôs~pobre s?>Losonicos'lurérfanos.'privi?
- |ggiadôs_éran lÔs~hijos-de-los-caidos-en-la-guerra 7 para"los:que:Aten a ^ i s ^ S Q 'a p a rtiF d 5 ’ m ed iados 7dëI"siglo^y;a:C 7:la:m anutenciôny»
ed u ta cion .a cxpè^Tsas d e 'la ^ iû ’dâdIlT^tà“ qué^àlcanzasenTla :edâd‘
. áclultá? El decreto de T eozótid es extendió tem poralm ente este de< recho también a los hijos de los atenienses que habían sufrido
m uerte violenta bajo la tiranía de los Treinta. Con ocasión de las
grandes Dionisíacas, antes de las representaciones trágicas, los
huérfanos de los caídos eran presentados al pueblo y un heraldo
anunciaba que sus padres habían m uerto por valientes y que la p o
lis los criaría c o m o hijos. A continuación los huérfanos tenían dere
cho a los prim eros puestos en el teatro. Era una evidente medida
p olítica dirigida a asegurar la cohesión social y el com prom iso m i
litar, pero esta m edida perm itía tam bién a algunos m iem bros de la
clase in ferior de los tetes a cced er a una instrucción que habilualm ente sólo podían recibir.de manera integral los hijos de los ciuda‘ danos más ricos. Tam bién Alejandro dispuso que a los huérfanos
de los m acedonios caídos les fuese entregada la paga del padre. A l
gunas inscripciones de época helenística inform an de ofertas de
particulares a las ciudades de T e o s y M ileto con el fin de pagar el sa
lario de los maestros para todos los niños de condición libre y en el
siglo ti a.C. los reyes de Pérgam o enviaron din ero y grano a Rodas
para pagar estos gastos. Pero son ejem plos casi excepcionales, pues
lá^coslutrlbre-dejaba iá dos:padresT!ariñiciativáTdeTprocurarieSTÍnst
t'rücciÓn“aTsus-propÍ‘O shijósTY-la^irTstrücción:noTerarpcr-5 c:unTactor
d é -p ró m ociórt^so'c i a h también los hijos de los m elecos podían rec i
birla y ello no m odificaba su estatus jurídico.
;
M andar a un hijo a la casa particular de un maestro — y no a un
/ ed ific io público construido a expensas de la ciudad, com o era el
í gim nasio— era algo ligado en cierto m odo a la tradición mítica,
que describía al h éroe enviado fuera de su casa p o r un tutor, com o
• es el caso de A q uiles p o r Fénix. Pero cllUciasfcâlêiôii tenίίΙίΓρΤβΠΌ^
gativa de acogcFanrñjclTOS^lumnosibajo'la'direcctómdeiunrniisnia,
: macstró7*El m uchacho era acom pañado p o r un esclavo del padre,
el pedagogo, que debía vigila rlo y podía castigarlo si era necesario.
En Atenas estaba proh ibido que se cerraran después del ocaso.
Hacerse hombre/123
Pero no existían maestros autorizados, designados o controlados
por la ciudad en base a requisitos de com petencia o a.la concesión
de títulos. El;jjniçq;controlrde:la2çiudad^übr6:lïr'e5C’tTela:era‘ dedip_pf
.moral: sôlo.enonaed^'lcxsÛ ficieïïtëîrréTrte^avanzada y^en-un-espao,iQ'Púbj i co-com erel-gimnasio-se^póci íaTéonseñ t iPee Iles tabje c im ic n (o ‘de?re;lâciÔrregjïonTOsexuale s b ajo~un a co rrecta:base'pedagôgic-a·
ÉnTeh^tg/asfea/gt^^ÍTm iTtglV^ho~ap rendía-a-Íeeiv:yj'a~’escribirf-y ;
aprendía'musi'cayp eio no con Cines profesionales, com o ocurría en i
el caso de los escribas orientales. Con la extensión de la escritura a
la redacción de leyes y decretos de la ciudad, la capacidad para leer
podía parecer relevante para llegar a ser ciudadano en sentido ple
no. Aprender a lee r en voz alta, pasando de las letras a las sílabas y
de éstas a las palabras, y después aprender a eséribir siguiendo los
mismos pasos podía requerir todavía más años. A continuación, el i
m uchacho se ejercitaba en el aprendizaje de m em oria de versos y i
fragmentos más amplios de poetas, especialm ente de H om ero, que !
fue siem pre considerado com o punto de referencia sin parangón
para prop orcion ar m odelos de conducta y una reserva de valores.
Las lenguas extranjeras estuvieron, en cam bio, siem pre ausentes)
de las preocupaciones pedagógicas de los griegos. En un papiro del :
siglo m a.C. destinado a una escuela, aparecen también ejercicios:
aritm éticos elem entales. Pero la instrucción matemática de nivel;
superior, más allá de la sola.finalidad práctica de! cálculo o las me-;
didas, perm aneció siem pre circunscrita a un círculo bastante res-'
tringido de especialistas.
El aspecto com petitivo penetró también en este tipo de instruc
ción y no sóloren la gimnasia. Son numerosas las noticias, sobre
todo de época,.helenística, de com peticiones de lectura y recita
ción; en Magnesia tenía lugar también una com petición de cálculo.
Este tipo de com peticiones solían co in cid ir a m enudo con festivi
dades religiosas celebradas en el gim nasio o en la ciudad. Todo
esto era válido especialm ente para el otro ingrediente fundamen
tal, junto con la gimnasia, en la form ación de los muchachos, la
música, que era com ponente esencial para los coros y las danzas en
ocasión de las festividades, tanto en Atenas com o en Esparta. En
Arcadia, segúrt Polibio, la música acompañaba a la educación hasta
los treinta años. La enseñanza de la música consistía en prim er lu- i
gar en tocar la cítara y en el canto acom pañado de la cítara. Junto a i
la cítara estaba el aulós, un instrumento de viento más semejante al /
ob oe que a la flauta; pero la cítara dejaba libre la boca para cantar, j
mientras que el aulós deform aba el rostro hasta hacer que a un'¡
aristócrata co m o Alcibiades le pareciese indigno de un hom bre li
bre, p o r cuanto que privaba de la palabra. A polo vencía a Marsias.j
el virtuoso del aulós, no sólo en el m ito: ya en el siglo iv a.C. el uso
124/Giuscppe Cambiano
de este instrumento fue dejado progresivam ente a los profesionales.
El aprendizaje de un instrumento y del canto, tan importante para
el culto y la aulocelebración de la ciudad y, por tanto, para la inte
gración de los más jóvenes en ella, era de oído, sin texto escrito.
Con ocasión de las com peticiones, los coros de los muchachos
eran instruidos por maestros bajo la supervisión de coregos, ciuda
danos elegidos para tal fin, de edad superior a los cuarenta años y
lo suficientemente ricos para sobrellevar los gastos de la instruc
ción y de los preparativos; los coregos ponían también a disposi
ción su propia casa para el adiestramiento.
Gimnasia y música eran ingredientes reconocidos p o r la ciudad
para el adiestramiento del ciudadano com o m odelo de hom bre. El·
m om ento inmediatamente anterior al paso aJa*condición adulta
era la efebía. En Atenas a partir de 338 a.C. la institución d e ja efe- -♦
bía — que probablem ente era de origen anterior— ,se. c o d ific ó v
com o form a de servicio militar? Duraba dos años y era obligatoria
para Lodos los hijos legítim os de los atenienses, cualquiera que fue
ra de condición social, a quienes la ciudad proporcionaba el sus
tento. Pero en relación con el periodo anterior, inscripciones datables entre el 261 y el 171 a.C. registran un fuerte descenso en el nú
m ero de los efebos de veinte a cuarenta por año, en relación con la
media precedente de cerca de seiscientos cincuenta por año. En
este periodo el servicio se redujo a un año; ya no era obligatorio
para lodos ni siquiera a cargo de la ciudad, de form a que los más
pobres quedaban autom áticam ente excluidos.¡En íos siglos u-ι a.C.
también los efebos, junto con el ciudadano rico puesto al frente de
la efebía, contribuían en los gastos. En'una época en la que el peso
político y m ilitar de Atenas se encontraba disminuido p o rn e c é s i 1
dad la efebía fue adquiriendo cada vez más carácter de institución
Cultural de aparato, atrayendo también bajo el dom in io rom ano a
extranjeros provenientes de Oriente y de italia.kA partir de 161 a.C.
esté proceso condujo a u n au m en to en el núm ero de los efebos.?
;Pero en época de Aristóteles la efebía atañía exclusivam ente a los
iciudadanos: aquellos jóvenes que habían cum plido dieciocho años
eran inscritos en el registro clel demos, la circunscripción territo
r ia l a la que pertenecía el padre. A la asamblea de los dem otes le c o
rrespondía decid ir con voto secreto sobre la regularidad de la edad
del nuevo ciudadano y sobre su legítim a descendencia de padre y
madre atenienses. A continuación el consejo confirm aba o recha
zaba, si era irregular, esta inscripción, que a veces los tutores p o
dían tener interés en posponer o los tutelados en anticipar. El joven
rechazado volvía a la clase de los paîdes, pero podía también dirigir
su apelación al tribunal, arriesgándose, en caso de condena, a ser
vendido com o esclavo.
Hacerse hombre/125
La inscripción en el dem os y, p o r tanto, el ingreso a título p le n o ,
en la ciudadanía era un paso bastante delicado y precedía a la pres
tación del sérvicio m ilitar co m o .efeb o b ajo'la supervisión^de^un
cósm etes y de diez sofronistas, uno p o r tribu. La asamblea procedía
a la elección de dos pedotribas, un maestro de armas, otro de tiro
con arco, otro de lanzam iento de jabalina y otro de catapulta para
la instrucción de los efebos. Con ocasión de la festividad de Artemis A gio tera los efebos participaban en una procesión y en el san
tuario de Aglauron prestaban el juram ento de defender a la patria,
sus fronteras y sus instituciones y de no abandonar a su com pañero
de fila. De allí se dirigían a El Píreo, donde prestaban servicio de
guardia en dos fortalezas. En el segundo año de servicio tenía lugar
una revista de los efebos ante la asamblea en el teatro de Dioniso,
donde demostraban lo que habían aprendido en el adiestramiento
militar. Asignándoles el escudo y la lanzadla ciudad expresaba su
paso a la condición adulta del hoplita. Bajo el mando de los estrate
gos procedían a patrullar p o r el territorio del Atica, a hacer guarni
ción en las fortalezas y a defender las sesiones de la asamblea, vis
tiendo la clám ide negra. El;séi*vicio de patrulla en zonas fron teri
zas, en los m árgenes de la ciuda_d, incluso con extranjeros, co loca
ba al efebo en una zona interm edia antes de ocupar co m o ciudada
no de pleno derecho el espacio central de la ciudad, quizá a m odo
de recuerdo o com o herencia de una época de iniciación repartida
según las distintas clases de edad a pesar de que ya había prestado
el juram ento del hoplita.
Los efebos estaban plenam ente integrados en las festividades de
la ciudad: participaban en sacrificios y agones y, en particular,
prestaban servicio de escolla en el transporte de objetos sagrados o
de estatuas de divinidades en ocasión de procesiones, según intinerarios canónicos que atravesaban espacios sim bólicos de la ciudad.
Esto no ocurría sólo en Atenas: se tiene noticia de la difusión de la
efebía en un centenar de ciudades helenísticas. La urna que con te
nía las cenizas de Filopem en, asesinado en 183 a.C. p o r los m ese
mos, fue llevada en procesión hasta M egalópolis por el futuro histo
riador Polibio, entonces joven efebo de noble familia.
Pero sobre todo a partir del siglo m a.C. el aspecto m ilitar de la
.efebía'fu erdotad_o en u narnedida cada'vez m ayor de una.instruc
ción de_ tipo superior.' El gim nasio continuaba siendo el centro de
la vida efébica. Atenas tenía tres fuera de la ciudad, el Liceo, la A ca
dem ia y el Cinosarges. Hacia fines del siglo in a.C. se unieron a és
tos otros dos, el T o lem eon y el D iogeneion, quizá erigidos en hon or
de benefactores privados. Pero en.estos gimnasios no se d e s e m p e ^
naba sólo uña actividad de adiestram iento gim nástico. Tenían tam
bién lugar las leccion es y conferencias de filósofos y rélores y quizá.»
126/Ciuscppc Cnmbiano
de médicos. En el siglo i a.C. también un astrónom o dio con feren
cias en el gimnasio de Delfos. Entre el 208 y el 204 se erigió en el
lo le m e o n una estatua al filósofo estoico Crisipo, que quizá im par
tió allí sus enseñanzas. Una nueva dim ensión se incorporaba así de
form a institucional a la vida de los jóvenes atenienses y también a
la de los extranjeros que en núm ero crecien te llegaban a Atenas
para escuchar las leccion es de los filósofos y los rétores. Con ella
hacía su aparición el libro: bibliotecas de efebos están docum enta
das para Teos, Cos y Atenas. Un decreto ateniense de 117-116 a.C.
establecía que los efebos de cada año debían hacer una donación
de libros.
El recon ocim ien to pú blico del alcance pedagógico de la filo so
fía, la retórica y en general de una instrucción superior, además del
libro, para el itinerario que llevaba a hacerse hom bre no es un he
cho obvio; para com p ren d er su significado hay que dar un paso
atrás. Aunque ya hacia fines del siglo vi a.C. Jenófanes de Colofón
había protestado contra la injustificada prim acía conferida a la
gimnasia, que a sus ojos no c o ntribuía al buen ordenam iento y ai
bienestar de la ciudad, eh-buena^parie^dé^as-ciuBadësrgriegasdajo
¡ foT m ^iÓ ñ ^el^iu dádáTio^ldadase'fegíá polTÚñ^’qulIjbrio sustan' ciaV/ehtr-e.gimnasiaTy'm úsica—fiéró~cóñ~élTcam^ÍQTHe'las,7ñodali~da! d g s ^ ^ lá l/ id a ^ o ÍritiGá-y^eÍ^fecÍóhte.paj5el ce n tra l^ ^ ly p a la b rá . es¡ pecialm en te en las ciudades dem ocráticas, com o instrumento para
! tom ar decisiones, im p on er puntos de vista o triunfar en los proce. sos, eStevcdüiVibnôTcôm ënzô-aT e s q u e b rajarse;
EnTlais^gundâÎm itâcildëlTsiglôÎv^â.-GÎlôs isofistastaparccieron'
c ^ ñ ^ s ‘ignó^y'!fáctor7dê!ëste x a fñ b ió . Ellos Tío impartían enseñanza
regular y continuada en un lugar estable, sino que iban de ciudad
en ciudad pronunciando discursos dem ostrativos para captar
alum nos e im partiendo cursos de clases, sobre todo para aprender
a hablar en público de un m odo convincente.¿Së^tratâb’STenîgran
pal^é^e-una¿ense“ñáñzá^formá‘l'q u ep o n ía ‘reñtévidcTTcia;l^d i fe re nciasjde-lengu aje -fi gu ras re to n c a s ÿ ë s ti lo^pórCTqu e^norec h a zaba^el
aplicarrestos~cônocimiëhtôs^al4rat5miëntô7de~temàs:p.ojiticos7ëtic^sly>rel¡^óSósrdeIiñferés;general?TJiipia 5 de Elide se mostraba
atento también a los contenidos de las disciplinas especiales, de la
astronom ía a la m atem ática, que precisam ente en aquella época
iba estiucturándose y asum iendo form a de manual con la obra de
■ H ipócrates de Quíos. Ig~ënsenanza~dejos^ofistas-cra-’privada-y-se,
í >npaftíá~prev)O pagd'. De hecho, sólo podía ser seguida por los jó v e
nes de las fam ilias más pudientes: ¿surpbje^ôTcÔhsistÎFTHerrciâh
; ^éjitereñ'd^for-niacibTrTléTeüt^sTde^gdbierhoriLcjs jóvenes, sobre
todo, se veían extraordinariam ente atraídos p o r ello .iE aëñseñanzá
Hacerse hombrc/127
de:los“ sofistàs-podfaparecer-pfëcipi tadâTCη -re 1 acio^mcoñ'l 3Tdisti η*
,ción:traflicigñalT l^ lc B ^ é beres-pfûpiôs~ge^lâs.di|Îihtas.etapas de.la
i,vid;rhUrnaha\ pu es^^tici^dà^àV lâ3dad”jüvënilÎÆl!a^fëTîdi?^Îe'ÿ'el"»
ejercjcip^eí!sá5^Kal5la3?que de H om ero en adelante venía siendo
considerado com o propio — junto a la valentía en la guerra— del
hom bre hecho y derecho, si no del anciano: y el principio de la ve
jez era m om ento culm en para la atribución de! poder en todas las
ciudades g r ie g a s .^ Tjm ^Ch"debiá^íTt^t^o^Í^trdrse_pard;c_om ba( tiñTel sáberKaElanyéñia c on elT iérnporcon la~eXperiencia'rba^ense->>
ñ a n za-d e'los^fis^t^pare,cía7 cn~cambio'quercr quemaTletáj5¿s· Los
descalabros y la derrota de Atenas en la guerra del Peloponeso con
tribuían a debilitar la autoridad de las generaciones más viejas y de
los canales pedagógicos tradicionales sobre los que aquéllas se ha
bían cim entado para hacer que los hijos fueran semejantes a los pa
dres. Un típico tema de debate en la segunda mitad del siglo v a.C.
era si de malos padres podían nacer hijos m ejores y viceversa.
El enfrentam iento de generaciones es el tema central de Las nu
bes de Aristófanes. Aquí, Sócrates aparece asimilado a los sofistas,
p o r ser capaz de enseñar astronomía, geom etría o cosas divinas,
pero también de hacer objeciones y de hacer prevalecer los argu
mentos más débiles. Pero a diferencia de los sofistas itinerantes él
era colocado en un «pensadero» situado en el terreno de la ciudad
y por ello era a Ja vez más fam iliar y más peligroso. Por frecuentar
sus clases el joven Fidípides podía poner objeciones a su padre Estrepsíades: «d e pequeño tú me pegabas, ¿por qué no puedo hacerlo
yo ahora contigo? Tam bién yo he nacido libre». Ira^edad-dejaba-de
sérju n lfâ ^ 0 ~rrdê ^ i f e r é nclacjo n ? Precisam ente en esta com edia
Aristófanes expresaba el m odo en el que los partidarios del tiem po
pasado contraponían la antigua paideía a la nueva a través de la an
títesis entre el gim nasio y el agora. l3 ^ lig T i? rp 2itdeíq:dehgÍninasio,7-j
gim méotfrûsic^l7 hacia^a-1 0 srnTrclûÆlTôs;pudorosos,--r.obustos^beles^âîlâs.trâdiciônésl ella había hecho a los hom bres que com batie
ron en Maratón. La nu e va,Te n ;ca m Uió?t en i a su-"céhtr cTeïve 1~ago rá^y
eirrÍósr^ ñ o §,^ q u ^ é ~ l í é ^ t^rgé"áclg'lescén tes 7 déÍaridd-vaetas-lá?>
palestras:-allí: aprendían no la medida, sino a cultivar la lengua y a
hacerla c re c e r hasta llega r a enfrentarse a los padres. En Las ranas
Aristófanes imputaba a Eurípides la enseñanza de la charla, lalia,
que había vaciado las palestras, y en los Caballeros el salchichero
señalaba en el ágora el lugar en que se educó, entre risas y un fo
llón tal, que un rétor le había podido predecir su futuro destino
com o dem agogo. En el discurso Contra Alcibiades de Andócides
aparecía también la oposición entre gimnasios y tribunales, que se
traducía en la inversión de los deberes de cada edad: los viejos
com batían y los jóvenes hablaban al pueblo. El m odelo de esta in-
128/Giuscppc Cambiarlo
versión estaba esbozado en Alcibiades, que aparecía también en
Tucídides com o cam peón de la igualdad entre jóvenes y viejos,
opuesto al viejo Nicias, con ocasión de la decisión sobre la expedi
ción m ilitar contra Siracusa.
El retrato de Sócrates trazado por Aristófanes en Las nubes era
también avanzadilla de otro cam bio importante. ,En la com edia el
viejo Estrepsíades está irónicam ente representad^ en el acto de fre
cuentar el pensadero de Sócrates, Una de las diferencias más lla
mativas entre la figura del filósofo Sócrates y la de los sofistas — tal
>y com o aparece sobre todo en Platón— consistía precisam ente en
el hecho de que la enseñanza filosófica era extendida también a la
•edad adulta y prácticamente no tenía fin. La escuela filosófica que
instituyó Platón en el siglo iv a.C., no en el ágora sino cerca del gim
nasio de la Academia, no estaba basada en distinciones de edad. Un
antecedente de la misma, la com unidad de los pitagóricos de Crotona, dirigió sus preocupaciones también a los adültos distinguien
do — sobre el m odelo de las Iniciaciones religiosas a los miste
rios— dos niveles progresivos de iniciación en los contenidos cada
vez más com plejos del saber. En los diálogos platónicos Sócrates es
presentado sucesivamente com o un joven, un adulto y un anciano
que está siempre deseando aprender, de tal m odo que el citarista
Cono, con quien él solía estar, era objeto de risas com o maestro de
viejos. Sócrates está, además, rodeado de discípulos adultos, com o
el ya maduro Critón. En la Apología la actividad de Sócrates apare
ce com o una suerte de paideía permanente para todas las edades y
para todos los ciudadanos, dirigida a una continua m ejora del
alma. Los acusadores de Sócrates, M eleto en la Apología y Anito en
el Menón consideraban verdaderos educadores de los jóvenes a los
ciudadanos atenienses que se sentaban en la asamblea, el consejo o
los tribunales. De ese m odo, por otra paite, en el Protagoras el so
fista tejía el elogio del aparato educativo ateniense. A una Atenas de
escuela de dem ocracia y de justicia Platón oponía la tesis radical de
que los mismos ciudadanos atenienses, lejos de ser educadores de
bían ser educados. La trasposición del m odelo de la dietética m édi
ca del cuerpo al alma permitía a Platón con cebir la filosofía com o
una técnica educativa de preven ción y terapia indispensable para
todas las edades.
En la República las ciudades históricam ente existentes, Atenas
en particular, aparecían incluso com o corruptoras de las naturale
zas dotadas de disposiciones filosóficas. Una verdadera ciudad, se
gún Platón, debería ocuparse de la filosofía, al contrario de lo que
ocurría de hecho. Según una concepción difusa — que Platón hace
expresar a Calicles en el Gorgias y a Adim anto en la República— las
discusiones filosóficas eran adecuadas para los muchachos y no
Hacerse hombrc/129
para los hom bres adultos. En un muchacho podían contribuir a su
paideia, pero a condición de que fueran luego abandonadas; en
cam bio, en un ciudadano adulto o anciano parecían indignas p o r
que lo inducían a situarse en los márgenes de la ciudad y a cuchi
chear en una esquina con tres o cuatro muchachos, en lugar de es
tar en su centro, mesón, en el ágora, donde los hom bres dan lo m e
jo r de sí mismos, es decir, en la realización de las tareas políticas.
En efecto, la escuela filosófica aparecía, incluso ante el Platón de la ;
República, co m o un lugar donde ponerse a resguardo de la mala !
educación im partida p o r la ciudad y los sofistas, que no hacia otra i
cosa más que replantear los valores dominantes en ella y, por tan- :
to, perpetuar su enferm edad. Tam bién físicam ente las escuelas fi- |
losóficas tuvieron p o r lo general sedes lejanas del centro de la ;
ciudad.
'
Invirtiendo el punto de vista corriente Platón excluía de la ciu
dad justa un aprendizaje precoz de la parte más com pleja de la filo
sofía, la dialéctica, que habría podido ser usada — co m o ocurría
con los sofistas— para contradecir y pon er en discusión los valores
de la tradición; preveía co m o edad adecuada para iniciar el estudio
de la filosofía los treinta años, después de haber estudiado am plia
m ente las disciplinas matemáticas. Esto no significa que la A cade
mia platónica no adm itiese alumnos de edad in ferior a los treinta
años, sino que la Academ ia no estaba situada en una ciudad justa.
Tam bién Aristóteles había sido consciente de una disparidad de ni
veles en las capacidades de aprendizaje, recon ocien d o que los jó v e
nes, si bien podían con facilidad convertirse en buenos m atem áti
cos, no estaban tan capacitados para conseguir la sabiduría capaz
de guiar en los asuntos de la vida o la com petencia en investigacio
nes de filosofía de la naturaleza, pues en estos cam pos se necesita
ba mucha experiencia en los detalles, experiencia que sólo el tiem
po podía procurar. Es interesante que los Caracteres de Teofrasto
ridiculicen la figura del opsimathès, es decir, aquel que se pone a
aprender muy tarde, también se ridiculiza el «ju ven ilism o» en los
adultos que querían todavía hacer gimnasia, co rre r y danzar con
los muchachos pero que callan p o r com p leto en lo que se refiere a
la enseñanza superior y a la filosofía. ErTgeneral los filósofos a n li¿
guos com partieiO ñTsiernpfe la con vicción expresada por Epicuro, '
segtOTlá^cüál!mñgunaredád'es’ inadecuada para ocuparse dé la sahiá^deljál majaes 'dé_c¡r,^ p'ara 1 filosofar. ^
E n tred i s ig l^ v ^ ^ l.h r a !c íla - fig ü m dél filosofo tie“n d e^ presentaree com o, un huevo m od eló dé hom bre, a veces en com petencia
^éon'lâ^imagen’-tradiciônàl'dêl ciudadano. 'Esh-r o p e ra c ió n s e hacía '
posible gracias a ’la ln clu sió rrd e n tro de este ñu evo m odelo y gra
cias a la trasposición á otro plaño de las dotes que caractérizában la-*
130/(jiuseppe Cambiano
m oral dêl hoplilâ: resistencia, autocontrol y cooperación. En el Fe¿Ion Sócrates es representado sereno frente a la muerte, sin renegar
de la filosofía, precisam ente com o el hoplita sabía afrontarla com
batiendo por la patria. Lá integración de ía m oral m ilitar dentro dé
la m oral filó sófica ^ eleb ró su triunfo cn.el estoicism o, con la figura*
dêl sabio insensible á los sufrim ientos e inalterable frente a los golipesTjéTIáTfórtuná. Incluso la función procreadora podía ser reab
sorbida y traspuesta a otro nivel: en Platón se expresaba por m edio
de la m etáfora del alma grávida de saber e inducida a dar luz gra
cias a las hábiles preguntas filosóficas. La escuela filosofica.se con
vertía ¿n el Jugar dé reprodu cción y perpetuación dé un nuevo modefcrde hom bre. Λ Platón, esto le permitía recuperar, p o r m edio de
su noción de éros entendido com o vehícu lo de ascenso filosófico y
p o r tanto co m o instrumento esencial para convertirse en hom bre,
aquella relación entre adulto y joven constitutiva en el mundo grie
go de la dim ensión pedagógica de la relación homosexual. Pero le
perm itía también no tener que poseer inás una rígida distinción ra
dical de función entre los sexos. Tanto en la República com o en las
Leyes varones y hembras atraviesan un com ún itinerario educativo
para llegar, ya co m o adultos, a las mismas funciones: esto era váli
do no sólo para la música y la gimnasia, sino también para el adies
tram iento m ilitar y el filo sófico. En las Leyes la diferencia destacable entre los dos sexos parecía consistir en el hecho de que las mu
jeres se casaban al m enos diez años antes que los hom bres y a cce
dían a los cargos públicos diez años después que los hombres, ha
cia los cuarenta años.
La presencia de mujeres está docum entada para la Academ ia
platónica y para la escuela de Epicuro, además de para los cínicos,
pero es difícil afirm ar si ellas también enseñaban o escribían; de
cu alquier m odo, se trata de casos raros. Pese a las declaraciones
platónicas la filosofía siguió siendo siem pre en uña gran,pafte.unaj
actividadm aseulina. Aristóteles desactivó los aspectos más explosi
vos de la p o lém ica platónica contra la ciudad histórica para lleg a ra
ser hom bre, es decir, buen ciudadano, y para p oder estar habilitado
para gobern ar la ciudad no es necesario hacerse filósofo. Esto no
quita que tam bién para Aristóteles la filosofía representase el m e
jo r tipo de vida y que para a cced er a ella no fuese necesario ser ciu
dadano y, p o r tanto, titular de los derechos y deberes políticos de la
ciudad en la que se desarrollaba la actividad filosófica.Æ1 aprendi
zaje )Tël e je rc ic io d é jà filo sofía eran.plenam entê'com pâtibles tam
bién con la co n d ición de mütecó, co m o era evidente en el caso de
Aristóteles, origin a rio de Estagíra, y de muchos filósofos de la edad
helenística, venidos de distintas ciudades del m undo g rieg o para
estudiar y lu ego establecerse y enseñar en Atenas, volvien d o a re-
Hacer se hombre/131
co rrer un itinerario que ya en el siglo v a.C. había llevado a Anaxágoras a trasladarse a Atenas desde su ciudad natal, Clazómenas.-Los»
estqicosdlegabán ál puntó ~de teorizar, sobreda' com patibilidad del
ejercicio dé!lá\filósofíajncluso-cóh la condición dejcsclavo.
En m edio de esta variedad de presupuestos y de la instauración
de las distintas corrientes filosóficas, la filosofía sé decantaba com o *
là vía más adecuada para cu m plir el objetivo de hacerse hombre.’*
P e ro ’ hacerse 'hom bre ya no significaba sim plem ënte.convërtirse
ren ciudadano. La ciudad no podía seguir este impulso que llevaba a
la filosofía a huir de ella, ni la dicotom ía entre llegar a ser ciudada
no y llegar a ser filósofo. El punto culminante de esta fuga llegó con
los cínicos, pero a través de un cam bio radical en la imagen de la
infancia. La m ayor parte de los filósofos, excluyendo a los cínicos,
com partió la concepción corriente del niño corno ser privado de
razón y de habla, concepción ampliam ente documentada desde
H om ero hasta los oradores del siglo iv a.C. Precisamente estas ca
racterísticas del niño hacían particularm ente delicada su situación
y hacían necesaria una intervención desde el pr incipio, si se desea
ba que llegara a la condición de hombre. Para Platón hacía falla, in
cluso, una especie de gimnasia intrauterina indirecta a través de
los m ovim ientos ejecutados por la m adre y seguidamente una vida
t ranscurrida no sólo en el claustro de la casa y formas de juego que
imitasen y prefigurasen actividades y dotes de la vida adulta. Sólo la-*
paideía? incluso para Platón, ^p d íad levar_ a. convertirse ¡en yhonv>
■bres^aquí insertaba él la exigencia de una educación pública — c o
m o en Esparta, pero sin el desarrollo unilateral de la gimnasia—
im partida para todos y que indujese la lectura y la escritura y la in
terpretación de la cítara y la danza.
Presupuestos muy similares esperaban también en la discusión
sobre la paideía ciudadana inicida por Aristóteles en la Política.
Pero, en la línea de las consideraciones de la literatura m édica, él
prestaba más atención a las condiciones fisiológicas de la naturale
za infantil. Dentro de un cuadro de la naturaleza articulado según
una escala continua de com plejidad creciente, que culm ina en la fi
gura del hom bre adulto caracterizado por la plena racionalidad y
por la posición erecta, el niño se le representaba a Aristóteles
co m o peligrosam ente cercano a la animalidad, com o probaba su
condición de «en an o», con las partes superiores más desarrolladas
que Jas inferiores y obligado p o r ello a una locom oción a cuatro pa
tas semejante a la de los animales. A esta desproporción entre las
partes se vinculaba támbién el hecho de que el calorp rod u cid o pol
los alim entos ingeridos era llevado hacia la parte alta y ello p rovo
caba que los niños pequeños durm ieran la m ayor parte del tiem po
132/Giuseppe Cambian»
y que sólo hacia los cuatro o cinco años comenzaran a soñar. En los
prim eros cuarenta días el neonato, según Aristóteles, cuando está
despierto no llora ni ríe ni siquiera percibe las cosquillas, es decir,
está privado de los rasgos típicos que diferencian al hom bre adulto
de los otros animales. El alma de los pequeños hom bres futuros
no difiere, en el prim er periodo de su vida, de la de los animales: el
niño, com o el animal, no puede decirse propiam ente que sea feliz y
capaz de actuar, cosa que requiere el uso del razonamiento y de la
capacidad de deliberar. En cambio, al contrario que los animales,
el niño es susceptible de un proceso de desarrollo y de alejam iento
de esta condición animal, tanto en la relación entre sus pattes su
periores y las inferiores, que llegan a equilibrarse, com o en la ar
ticulación de las facultades psíquicas. Es dentro de este itinerario na
tural, que va de las potencialidades de la vida infantil a la actualiza
ción de las dotes humanas en e! adulto, donde podía insertarse la
actividad educativa, dirigida a secundar este desarrollo regular.
«N adie — concluía Aristóteles en la Etica a Nicómaco, expresando
el punto de vista más ampliamente difundido— escogería vivir
toda la vida con la razón (diánoia) de un niño.»
Precisam ente a una posición de este tipo parecen aproxim arse
las posturas más radicales del cinismo. Un presupuesto de ellas era
el abandono de aquella aplicación m etafórica de las edades de la
vida humana a la «historia» del género humano que había llevado a
Esquilo en el Prometeo a designar a los hombres — en su condición
anterior al regalo que les hizo Prom eteo del conocim iento de los
astros, las estaciones, la navegación, las letras del alfabeto, la m edi
cina y la adivinación y, en general, de todas las tékhnai— con el
apelativo ya hom érico de «infantes» (népioi), es decir, incapaces de
hablar. La"postura cínica, en cam bio, sé.cónfígur'ába com o una.delib e ra d íre g re sió n a la infancia, páráíelá.á ünTetorno de la cultura
adja;ríátúraleza.*Es cierto que alguna excepción a la imagen negati
va del niño podía encontrarse ya antes de los cínicos. Así, el hom é
rico Himno a Hennes ya había trazado el retrato del dios niño p re
coz, ladrón y hábil engañador, capaz de inventar la cítara utilizan
do el caparazón de una tortuga. Pero incluso aquí el m odelo positi
vo estaba también presentado a partir de las dotes más característi
cas y usuales de la edad adulta y, además, se trataba siem pre de un
dios.
Uos 'con cep tos.de,inocencia, esporrtáneidád'y. sim plicidad del
niño ño parecían estar difundidos en Ta mentalidad común, ni tampqco lo_estaba la .idea dé-qué se podía llegar a ser. bueno, volvien do
ra sér.ñiñoM lgunas anécdotas de Diógenes el Cínico, que, siguien
do el ejem plo de los niños que bebían en el cuenco de la mano o
que metían lentejas en el pan, se veía impulsado a tirar y despreciar
Hacerse honit>it:/t33
las escudillas y los recipientes, reflejan una inversión respecto a
este punto de vista así co m o el rechazo de la ciudad y de las necesi
dades artificiales generadas p o r elja para volver a las solas funcio
nes esenciales determinadas por la naturaleza. N o casual qué’ en el *
cinismoTjunto al niño, séanj5s~animales loslqué sé constituyan en *
iftod élojiá rá convertirse en áúléntico.hom bre/una figura bastante
rara, según Diógenes. Se'elaboraba’ a s fjiñ a im agen positiva del
niño bueno, capáz'de enseñar-a vo lver a serlo otra vez incluso a l·-'
adulto corfO inpido p o r la vida de las ciu dades. r
*Está~co n cep c ió n 'd el·n iñ o bueno y de,úna naturaleza humana
o rig inariam ente incorrupta,tam bién .fue elaborada.por los estoi
cos, aunque se'eñcóIÍtraba en ellos la constatación de la estupidez y >
la m aldad"dtTlajnayor’ parte dé los’ honibres_adultos.>Al revisar el
delicado punto de la contribución en el proceso de corrupción de
la obra de madres y nodrizas, que con los baños calientes elim ina
ban de los cu eipos de los pequeños aquel tonos, aquella tensión
que debía, en cam bio, caracterizar toda la vida m ora! del adulto y
que originaban la falsa opinión de la coincidencia del bien con el
placer, los estoicos, o al menos alguno de ellos, podían evitar el
imputar directam ente a la ciudad la responsabilidad de la corru p
ción. El estoicism o, más bien, se integraba siem pre en las institu
ciones de la ciudad. Aunque fue bajo inspiración del rey Antigono
Gonatas, Atenas llegó a em itir un decreto en hon or del fundador de
la escuela estoica, Zenón, por haber educado bien «a los jóvenes
que se confiaban a él para ser instruidos en la virtud y en la m ode
ración» y p o r haberlos guiado «a las metas más altas poniendo a to
dos co m o ejem plo su propia vida». Pese al brevísim o paréntesis del i
307, cuándo un decreto dispuso a expulsar a los filósofos, Atenas y ,
los filósofos de las escuelas se reconciliaron pronto./ha inclusión j.
de la enseñanza de lá filo so fía éñ él periodo del servicio eféb ico era c*
el signo^de.reconocim iento, p o r parte d é la ciudad, de la jrnportan-^
/ciá d e 1lamt isma en l a paideía juven il·
En cierta m edida parecía haberse realizado el sueño platónico
de una filosófía com o parte integrante de la ciudad,vaun perm ane
ciendo com o dom inante la dim ensión privada de su enseñanza, a la
que accedían también los extranjeros. Pero en.el m om ento én que
la filósófíá’ éstabálñstituciónálm enté;reséryáda a los efebos, este,
súcño^me^radjcáLnie'ñté abandonado. Buena parte de las directri
ces filosóficas, y en prim er lugar el p rop io Platón, estaban de
acu erdo en adm itir que para hacerse filósofo hacía falta un apren
dizaje largo, al que sólo pocos estaban en disposición de someterse.
Esto no significa que para los filósofos los demás adultos no estu
vieran necesitados de educación. En las Leyes Platón había recon o
cid o en la ciudad misma, con sus instituciones, sus normas y sus
134/Giuseppc Cnmbinno
mitos, contados p rim ero p o r las nodrizas y luego constantemente
rem em orados por los ancianos m itólogos, el instrumento con el
que toda la ciudad, en todas sus clases de edad, realizaba el encan
tam iento (epôdê) a sí misma, interiorizando y aceptando los valores
sobre los que se regía su existencia. Tam bién Aristóteles reconocía
que los más, cuya vida estaba fundada sobre los páthe, por lo gene
ral no podían ser persuadidos p o r la fuerza de! lógos y de la ense
ñanza y recon ocía en las leyes el instrumento educador perm anen
te del m ism o m undo de los adultos, pues éstas estaban dotadas de
una fuerza m ayor y suscitaban m enor hostilidad en lo que respecta
a prescripciones impuestas p o r individuos particulares.
Ateñás,"de hecho,-podía acoger a la filosofía no tanto com o mo.·
délo suprem o de vida Humana,’ cuañdó cóm o actividad propedéuti
ca encam inada a la .fo rm a c ió n de aquel tipo de hom bre que conti- »
nuába encarnándose,-aunque en.m edida cada vez más simbólica,
érrla figura;de] Iciudadanorsoldado^ La línea vencedora era la ex
presada por los Cábeles y los Adim anto, reform ulada con particu! lar vig o r p o r lsócrates en el siglo iv a.C. En el Areopagítico, escrito
i poco antes de m ediados de siglo, había contrapuesto la antigua
! educación preventiva a la nueva, que una vez más tenía su centro
; en el ágora y en las casas de ju ego atestadas de tocadoras de flauta.
; Lá educación antigua estaba basada en el recon ocim ien to dejas di·
; ferencias SCTciales-y de la-necesidacLde disciplinarlas pásíoñesjuveí nilés-y orientarlas hacia ocupaciones nobles,‘ dirigien do a aquéllos
! co n ^ m a s ilutación inenos favorábl¿ hacia el'trabajo dehcam po y al
co m erci ó ,’ para ■sustrae r-1os "d ¿ í óc i o , causa principal, de lasimálas·
! acciones y; en càm frïô-a'lôsm âsfavôrecidos.alah ipicafaleTgirnn ah sia.'la -cin egética'yd a 'filosofía.^
1
lsócrates pretendía hacer propia la línea educativa que él atri
buía a la antigua paideía, dirigiéndose a una élite lo suficientem en
te rica co m o para p oder pagar sus costosos cursos, que duraban un
p rom edio de 1res o cuatro años. Hacia el final de su vida él mismo
constataba que en el arco de unos cuarenta y cinco años estos cur
sos habían sido frecuentados p o ru n centenar de alumnos, una bue
na parte de los cuales se con virtió en personajes ilustres de la vida
í política no sólo ateniense. Pero lo que él llamaba filosofía no coin; cidía con la de los socráticos, la de Platón y la Academ ia. Esta últi
ma, que él identificaba con discusiones sobre el núm ero de los en
tes o cosas sim ilares — un tipo de discusión presente, por ejem plo,
en el Sofista de Platón y también en el libro prim ero de la Metafísi
ca y de la Física de Aristóteles, no era totalm ente rechazada, pero
se le asignaba solo un valor propedéu tico o auxiliar, lsócrates la
ponía al lado de la geom etría y de la astronomía, todas ellas disci
plinas inútiles para la praxis, pero utilizables dentro de una «con-
Hacerse hombre/135
cepción m uscular» de las facultades psíquicas (Finley) y de un pro
grama gim nástico de adiestramiento mental. Pero estas actividades
co m o tales estaban más bien dirigidas a los jóvenes y no a los adul
tos. Para estos últimos conservaba, en cam bio, pleno valor la filo
sofía que él enseñaba, mucho más viril que la aprendida por los
paídes en las escuelas. Según Isócrates, una ciencia capaz de deter
minar con exactitud cóm o se debe hablar y actuar es inalcanzable
para la naturaleza humana. El saber hablar, deliberar y actual* en
interés de la comunidad a la que él enseñaba consistía, en cambio,
en la capacidad de distinguir p o r m edio de opiniones propias lo
que es preferible en relación con cada circunstancia particular.‘La,
¿retórica/com o arte d esd ecir; despojada de los usos desaprensivos
con fines personales y plenam ente integrada en el horizonte de va
lores de los sectores más pudientes, capaz de dirigirse al pasado
histórico para planificar el futuro, capaz de suministrar ejemplos
m orales y de justificar decisiones políticas, podía¡ypiyer a plantear
el *modelo"'de*hombrc en el buen ciudadano y presentarse a si mism acom o^ cam ino privilegiadopará. convertirse éh hombre.* Lós fi
lósofos,>por lo que a ellos respecta, sin renunciar a la prim acía de
la vida filosófica, destinada a poco, desde el m om ento en que acep
taban integrar su actividad en el tejido de la ciudad de Atenas aca#baban por adherirse de hecho a la solución de Isócrates y poV.’áté·'
nuar aquella incom patibilidad entré retórica y filosofía que aveces·
se-habíá radicalizado en las páginas platónicas y que ya Aristóteles
había alentado. Cuando£éfni55Tá!C.nos atenienses enviaron una
embajada a Rom a para hacerse perdonar una multa, fueron envia
dos para discutir su causa ante el senado los representantes de tres
escuelas filosóficas: el académ ico Carnéades, el peripatético Critólao y el estoicb Diógenes de Babilonia. Los^ mejores o rallo fe s eran
[filoso f o s . E l t á g o ñ i s r h ó eh tre'ií 1ósófí a y retórica ÿà.habí a déjadb
it lë existir."Perdía/sólidáTianTeñte^enetrar^ñda'ensenáñzá y.la for
m ación de los,-jóvenes de las clases elevadas de la sociedad griega y
romana.'
!
Anderson,
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Capítulo cuarto
EL CIUDADANO
Luciano Canfora
Pintor de Amasis»: Conejo nupcial, lekito (-detalle)
ά>
Introducción
E ñ ^K iglóvrá:C :^en 4h u ch as^ci^
sp.st^mcIasipór^laLSáf-rnasespartanas^apiastarona.'lós^llajriáii^tirá?
rfo y y ja s u m ié ró ri'¿ e ir¿ ó n trp l^ ^ l^ p O jjt^ 3 iu d a dana?·
I£ a j7 ü í^ íá s rp ó rc u á ñ to ^ b fémos7;teri^^
popular^é^tit^nPThabia^iHo^^iRináTi^nTgn'te^unrdemagogQ,, Sin
em bargo, en la tradición literario-política llegada hasta nosotros, la
imagen de la tiranía recibió una connotación definitivam ente de
valor negativo, y se ha llegado incluso a confundir con la noción de
d om in io oligárqu ico (co m o en adelante verem os). *
1.
Epitfntrojy^rótotipÓjdélla'sránsrdtraciasTgriegaj-fueTsCom o es
sabido, ¿Espartar ^ m ! ;lai;nó^ióír^eTélitén(-ló'szesl5árfi'atá:s)^cóirrói'de?i
jCoiTllâTnocjpn^ëîlibrès4? y p o r tanto de ciudadanos de pleno d ere
cho (cfr. pp. 133 ss.). E l/ d o m ir r i^ B ^ t á ^ is t ^ r árcia^erfectaTlderdi-
cada'enfpriñietílugár-alá^virtud'^e^a^guérTai-se.apoya -en-unmota?
blerbasam^TrtQ^éxlasesVdepPndientesifperiéco's.rilotas)^ Lgnpplatádaddibres/es'cÍavoscoifKÍdéaquíf^-E.sp"a'rtá7ilconja-polaj-i(lad-élijBi
te/masás. Entredós•:dos-«rnundQS»-(-loS'^:spartiatas~vrlosiotr,os):havÍ
u n^du rader^teH ^ión^e-'óláses -y^e^raza^pue^se^siente^y^e^yiye
cornp'una'auténticaTguefra:'simbólicamente, pero no tanto, los éforos espartanos «declaran la guerra» cada año a los hilotas, y jóvenes
espartiatas hacen su aprendizaje com o guerreros dedicándose al
deporte de la caza nocturna de los jlotas, cuya muerte tiene tam
bién — además del deseado efecto aterrador— su evidente signifi
cado ritual y sacrificial. El:ciudadanorehcspartíataret:m achordebe
^áprendé r ^ o b re^todoíaimatay.
14)
142/L\K'.inno Canfora
A. H. M. Jones observó en una ocasión que los aristócratas ate
nienses, incluso m anifestando continua adm iración por el sistema
espartano (baste recordar el nom bre de Cridas y también de su so
brino Platón), difícilm en te se habrían adaptado a una comunidad
así de cerrada y espiritualm ente estéril. El prim er texto conservado
de prosa ática, la Constitución de los atenienses, transmitido entre
los opúsculos de Jenofonte (p ero ciertam ente no escrita por él),
abre, p o r así decir, esta serie de tributos al ideal espartano. El autor
lamenta, p o r ejem plo, el duro trato que se puede in fligir a los escla
vos en Esparta, del m ism o m odo que auspicia un régim en político,
la eunomía («e l buen g o b ie rn o »), en el que el pueblo ignorante e in
com petente, y por tanto no legitim ado para desem peñar el poder,
sea «red u cido a la esclavitud».
Sin em bargo, en Atenas, este ideal, tan querido para la aristo
cracia (cu alqu ier cosa m enos resignada y desarmada) no ha tenido
nunca una realización concreta. O mejor, la ha tenido, y ha fra
casado, en los dos periodos brevísim os de 41 1 y de 404-403, en el
m om ento en que las derrotas m ilitares sufridas p o r Atenas en el
largo co n flicto con Esparta hicieron parecer posible la instaura
ción también en Atenas del «m o d elo de Esparta». ¿Por qué este fra
caso, si puede hablarse de fracaso? Precisam ente ^lisru torideda*
CóñSt'i'tuóTólfdédÓslüéhiensésf-dL pesar dé que pone en_e-videncia_ei
principal defecto de la d em ocracia (e l acceso de.incompetentes^a
los cargos públicos),-no deja d c T e co ñ o ce r que en Atenas el pueblo
'deja a;;losj«señOfés»-slós^mas’ delicádóS-Cáfgos;m iHtares;il^;anstpci^ciáTatcniense', en realidad, se'jha’ adaptado (c o m o verem os, en
páginas siguientes) ,a un sistema poli tico -a b ierto— la dem ocracia
asam bleista-^:qu e.ha!côlcrcadô él problem a capitahde la ciudada
n í a sobre bases Ti llevas ,>
Es tamaristoc raCiá~liábia. con servado, por tanto, en una situación
p olítica más m ovida que la de Esparta, unadegitim ación para la di
le c c ió n del Estado, íüñdádá'endá po.Vesiônxlédètërm jnadascom petencias 7 (no~sôlçrbclicas) ;y,'en Ha^duradera préem iñencia de sus
propios valores, sancionada también por,el lenguaje político: sóphrosyné, a_demás de «sabiduría» quiere d ecir «g o b ie rn o o lig á rq u ic o »
(Tucídides, V III, 64, 5).
En la Europa del siglo xvin, hasta la R evolu ción Francesa e in
cluso después, era frecuente la asociación Roma-Esparta. N o esta
ba totalm ente infundada. Ya Polibio se la había planteado en térm i
nos de com paración constitucional, y había intuido en el sistema
p o lític o rom ano un equ ilibrio perfeccion ad o entre los poderes
(cfr. pp. 153 ss.). A él no se le escapaba que la bisagra de ese equ ili
brio era una aristocracia, coin cid en te con el órgano m ism o (el se
nado) a través del cual ejercía el poder.
El ciudadano/143
N o sin m otivo será precisam ente esta aristocracia la protagonis
ta de la experiencia política de la que se tratará en las siguientes pa
ginas. Si se quisiera encerrar en una formula la característica de se
mejante predom inio duradero, podría indicarse la causa en la ca
pacidad de renovarse y de cooptar. En este terreno es precisam en
te la aristocracia m odelo, la espartana, la que se ha demostrado,
com o prueban los hechos, la de m enor amplitud de miras.
,L os -gricgos y los o tros
«Entonces las ciudades no eran grandes, sino que el pueblo vi
vía en el cam po ocupado en sus labores», éste es el cuadro socioe
co n óm ico en el que Aristóteles coloca la form ación de las tiranías
en el libro quinto de la Política (1305a 18). «Dada la magnitud de la
ciudad, no todos los ciudadanos se conocían entre ellos»: es uno de
los factores materiales que Tucídides aduce para explicar el clima
de sospechas y la dificultad de relaciones que se creó en Atenas en
los días en los que se incubaba el golpe de estado oligárquico de
411 a.C. (V III, 66, 3). La ciudad arcaica es pequeña, y ésto hace que
la dem ocracia d irécta^es^ecir, la participación de todos los « ciu
dadanos» en las decisiones, tenga-éxito necesariam ente. Un éxito
que no se puede contrastar, sobre todo desde que una parte cada
vez m ayor de «ciudadanos» (o aspirantes a tales) converge hacia el
ágora y ya no perm anece enclavada en el campo, absorbida com
pletam ente por el trabajo agrícola.
Hasta ese m om ento, la situación es la descrita por Aristóteles
(«e l pueblo vjvía en el cam po ocupado en sus labores»), el enfrenta
m iento p o r ¿1 poder es patrim onio de algunos «señores». Estos se
ñores tienen el p rivilegio de llevar las armas y así ejercen la hege
monía: un p rivilegio que podem os observar concretam ente en los
ajuares funerarios de las tumbas áticas (en las antiguas tumbas de
los dem os de Afidna, T o ric o y Eleusis los nobles están sepultados
con las armas, los villanos carecen de ellas). La sideroforía, el uso
bárbaro de 'ir armado, «es signo de nobleza — escribió Gustave
G lotz— que*el aristócrata porta hasta en la tumba».
En esta fase arcaica, las formas de gobierno determinadas por la
alternancia en el poder de los señores — aristocracia, tiranía, «in te
rregn o» de un «m ed iad or» (aisymnëtês, diallaktês)— , aunque estén
indicadas con denom inaciones diferentes debidas con frecuencia
al punto de vista del que escribe, son en realidad difíciles de distin
guir unas de otras. Baste pensar en el devenir de la Lesbos de Alcco
y en figuras com o la de Pitaco, diallaktês en la furiosa contienda en
tre clanes aristocráticos, que es etiquetado por A lcco com o «tira
144/Luciano Canfora
no», aunque haya sido después asumido en el em píreo de los «siete
sabios" junto a su h om ólogo ateniense Solón. Aquellos que A lceo y
los otros que com o él etiquetaban com o «tiranos» eran, según Aristóteles, los que asumían la «guía del pueblo» (prostátai toú démou).
Estos gozaban — escribe Aristóteles en el pasaje antes citado— de
la confianza del pueblo, y la «garantía» (pístis) de esta confianza era
«el odio contra los ricos»: odio que — explica Aristóteles— tomaba
cuerpo por ejem plo en la masacre de los animales de los ricos, sor*
¡ prendidos junto al rio por el «tiran o» Teágenes de Mégara, hombre
j de confianza del pueblo. Por otra parte, así era Pisístrato, que es
1 m encionado p o r Aristóteles en el mismo contexto.
Pero la paralizadora fatiga en el cam po (askhoiía) dejó de serlo
en un m om ento dado: gentuza que antes no conocía justicia ni ley
— se lamenta Teognis (circo 540 a.C.)— y que se vestía con pieles
de cabra, afluye ahora a la ciudad y cuenta más que los propios no
bles, reducidos a condiciones miserables. Antes -— anota con la
mentos Teognis— esa gentuza vivía fuera de la ciudad, o mejor, se
gún la despreciativa expresión teognidea, «p acía» fuera de la ciu
dad. Ahora han entrado y el rostro de la ciudad ha cam biado (I, 5356). Es evidente que.él_sa}to_a uñá gestión directa de la com unidad^
la_^dë_mocra"cia directa,'.nace precisam ente entonces, cO m eíjcreciente gravitar de los villanos dentro del círculo urbano::conform e
se atenúa la asklolía se produce el salto a la dem ocracia. El fen óm e
no es posible p o r el hecho de que la comunidad es pequeña y la al
ternativa al podebpersonal está, por así decir, a mano. N o hay por
qué fabular acerca de una innata inclinación de los griegos hacia la
dem ocracia, incluso si, probablem ente, los propios griegos han
reivindicado tal m érito frente al gran universo que ellos llamaban
«bárbaro».
En él'léñtó proceso de constituir una «tendencia a la.isonom ía»
én eLmündo gríégó entre los siglos vm y v aiC. el hilo conductor fue
/lá'afífm ación de !a-«presencia política» (C. M eier) porp arte.d e tor
dosTós indivídúbs eTTármás y por tantó'eciudadahos».^
¡
La idealización de este mecanism o ha producido el lugar co! mún de los griegos «inventores» de la política. Un griego de Asia
I co m o H eródoto, que tenía en cam bio una notable experiencia del
! mundo persa ha intentado sostener (aunque — com o observa—
! «n o ha sido c re íd o ») que también en Persia a la m uene de Cambij ses (m om ento en que en Atenas todavía gobernaban los hijos de Pií sistrato) fue considerada la hipótesis dem ocrática «d e poner en co'· mún la política» (es mesón kataiheinai iá prégmata), com o él expre
sa (I I I, 80). H eródoto recuerda también que cuando Darío marcha
ba contra Grecia, en 492, su allegado y colaborador en la empresa,
M ardonio, al costerar Jonia yendo hacia el Helesponto, «abatía a
El ciüdadano/145
los tiranos de Jonia e instauraba dem ocracias en las ciudades» (V I,
43). Incluso por esta noticia H eródoto tem e la incredulidad de los
griegos, desde el m om ento en que «n o han creído que [en la crisis
que siguió a la muerte de Cambises] Otanes hubiera propuesto para
los persas un régim en dem ocrático».
N o veo por qué H eród oto no había de ser creído. La preciosa se
rie de noticias que él da aproxim a mucho a griegos y persas: dos
mundos entre los que un abismo ha sido colocado p o r la autorrepresentación ideológica que los griegos han dado de sí mismos,
pero que en la práctica concreta eran m ucho más próxim os y en
trelazados, incluso en la experiencia política. Prueba de ello es la
naturalidad con la que entran en el mundo persa políticos com o
Tem ístocles, Alcibiades y Lisandro, y antes que ellos los Alcm eónidas, aunque H eródoto se esfuerce por poner un velo patriótico so
bre estos hechos (V, 71-73; V I, 115 y 121-124). N o es arriesgado sos
tener, por tanto, que el propio lenguaje usado por Otanes (hipótesis
dem ocrática), Megabiza (hipótesis oligárqu ica) y Darío (hipótesis
m onárquica, la victoriosa) en el contestado debate constitucional
herodoteo (III, 80-82) fuera fam iliar incluso a los nobles cultos per
sas, y no exclusiva posesión de la experiencia política griega.
E l ciudadano-guerrero f
La antigua".democracia.es-porVtánto.,el :régim en en js ljq u e se
cuentan todos ios que tienen la.ciudadanía, en tanto que tienen ac-^
ceso a la asamblea donde sé toman las decisiones..El problem a es:
¿quién tiene la ciudadanía.en la ciudad antigua? Si consideram os el
ejem plo más con ocid o, y ciertam ente el más característico, Ate
nas, constatamos que quienés_poseen este bien inestim able son re-’
lativam ente pocos: los varones adultos, en tanto que hijos de padre
y madre_atenienses, libres de nacim iento. Esta es la lim itación más
fuerte, si se piensa que, también según los cálculos más prudentes,
la relación libres-esclavos era de uno a cuatro. Después, hay que
considerar el núm ero nada despreciable de nacidos de sólo padre o
m adre «pura sangre» en una ciudad abierta al co m ercio y a conti
nuos contactos con el mundo externo. Hay que recordar por últi
m o que, al m enos hasta la época de Solón (siglo vi a.C.), los dere
chos políticos plenos — que constituyen el contenido de la ciuda
danía— no se conceden a los pobres, y los m odernos discuten si en
realidad ya Solón habría extendido a los pobres el derech o de a cce
so a la asamblea, com o sostiene Aristóteles en la Constitución de
los atenienses. En una palabra, la visión d e 'la ciudadanía se con
dénsa en Já edad clásica en la identidad ciudadano-guerrero:’ Es ·
I 46/l.iicinnu Canfora
ciudadano, es decir, fornla.párté de la com unidad de pleno dere-,
cho, a través dé ja participación en'las.asarnbleás decisorias, quien_
estájm condiciónesele ejcrcitarj^'principal función de los varones
adu|tos libres: la guerra,_\Del trabajo se ocupan sobre todo los escla
vos yTeri cierta niedidadas mujeres.
Dado qïïë durante m ucho tiem po ser guerrero comportaba.lainbién disponer de ios m edios-precisos para proveerse de Ja armadu
ra personal, :la:nocíórt de ciudadánó=gúerrero sé.identificó con ja
. de pjfopietario>, que poseía unos ciertos ingresos (p o r lo general in
m obiliarios) y que ponía a disposición del potencial guerrero los
m edios para armarse a su propia costa. Hasta ese m om ento, los no
propietarios estuvieron en una condición de m inoría política y ci
vil no'm u y lejana de la condición servil. Gasirurvsiglo'después de
Solón ; con la brieritáción.de Atenas hacia el mar.y el nacim iento.de
< una flota.de^gucrrá estable, y con la .victoria sobredes persas, lue
necesaria uña masiva inano de_obra bélica:-los marineros, a los que
; nc7se le s exigía «arm arse a sí m ism os» .·· Ahí está .'él cambio," el acon: tec im i^ to .p o lític o m iilita r.q u e ha determ inado — en las dem ocra
cias m arítim as— la am pliación dé la ciudadanía a los pobres (los
thétes), que ascienBeñ^así,'finalmente, a la dignidad de ciudádanos! guerreros, precisam ente en cuanto marineros, en el caso de Ate\ ñas, de la más potente flota del mundo griego. N o es casualidad que
en el pensam iento p o lítico de un áspero crítico de la dem ocracia,
co m o el anónim o de la Constitución de los atenienses (quiza identificable con Crilias) los nTódélos político-estatales se dividen en dos
caí egorías (II, 1-6): los que.llácen la guerra por.mar.jAte'ñas y sus
aliados h oriióiógos) y lós'que la hacen p o r tierra (Ëspârtay otros es
ta d o s "afines);
LO que cam bia ño és, p ó rta n to , j a naturaleza del sistema p o líti
co,"sino él nujrréfó de sus beneficiarios. P o r esa razón, cuando los
atenienses, o m ejor, algunos de los doctrinarios atenienses intere
sados en el problem a de las form as políticas, intentaban aclarar la
diferen cia entre su sistema y el espartano, term inaban por indicar
elem entos no sustanciales, co m o por ejem plo la reiterada contra
posición tucidídea entre los espartanos «len to s» y los atenienses
«rá p id o s» (I, 70. 2-3; 8, 96, 5). Puede incluso suceder, recorriendo
la literatura política ateniense, que se encuentren signos de la «d e
m ocra cia » espartana, y el p rop io Isócrales, en el Areopagítico, llega
a p roclam ar la identidad profunda del ordenam iento espartano y el
ateniense (61).
La am pliación de la ciudadanía — que se suele definir «d em o;
c r a c ia »^ - está intrínsecam ente conectada eri. Atenas con el naci
m ien to dél im p erio m arítim o: im perio que los propios m arineros
d em ocráticos con cib en en general co m o un universo de súbditos
[il ciudailano/147
para ser exprim idos com o esclavos. Vínculo de solidaridad con los
aliados-súbditos se consideraba la extensión, incluso en com unida
des aliadas, del sistema dem ocrático. Esto significa que, pese al
aprovecham iento imperial por parte de Atenas, siempre había una
paite social, en las comunidades aliadas, que encontraba más con
veniente la alianza con Atenas que cimentarse con la adopción del
sistema p olítico del Estado-guía. En definitiva,¿habíajuna paite
social d e -la dem ocracia incluso^ en las ciudades súbditas de ►
Atenas. ~
P o r otra parle, dentro;dél Estado;guía, la am pliación de la ciu^
dadanía.á.lOS.pobres ha determ inado una importante-dinámica en
el v értice dét sistema', jó s gru p o s dirigentes^ los que por la elevada
colocación social desempeñan también la educación política, po
seen el arle de la palabra y, por tanto, guían la ciudad, 'seldimúem
UtTíTpárte, ciertam ente la mas relevante, acepta dirigir un sistema
en_él cuál Aos pobrés son la parte mayoritaria. De esta importante
^.parte de lo s js e ñ p re s » (graneles familias, ricos hacendados y ricos
caballeros, etc.) que-ac_ept_añ !el :sistema ;surge ;la .«clase^po finca»
que-dirigë Atenas de Clístenes a Cleón:-én su interior se desarrolla
una dialéctica política frecuentem ente fundada en el enfrenta
m iento personal, de prestigio; en cada uno está presente la idea,
bien clara en toda la acción política de Alcibiades, de encarnar los
intereses generales, la idea de que la propia preem inencia en la es
cena política sea también el vehícu lo de la m ejor conducción de la
comunidad. P o r el contrario,'Uña'm inoría dé «señores» no acepta·
el sistéma: organizados en form aciones más o menos secreta_s (las
llamadas Metairíai) constituyen una pëfêiu ïe âincnàza-potencial
para.el sistema-, cuyas fisuras espían, especialm ente en los m om en
tos de dificultad m ilitar; Son dos Ajamados «oligarca^». N o es que
proclam en aspirar al gobierno de una reducida camarilla (ellos o b
viam ente no se autodefinen «oligarcas», hablan de «buen gobier
no», sophrosync, etc.): propugnan la drástica reducción de la «ciu■dadánía», una reducción que excluya del principio del beneficio
de la ciudadanía a los pobres v vuelva a poner a .'la,comunidad
en el estado en el que sólo los «ciudadanos» de pleno derecho sean
los «capaces de armarse a su propia costa»i El mismo térm ino olíg o i — observa Aristóteles— crea confusión: no se trata, de [techo,
de que sean «m uchos» o «p o co s » los que intentan el acceso a la ciu
dadanía, sino de que sean los hacendados o los pobres, el número
respectivo es «puro accidente» {Política, 1279b 35), y de todas for
mas «tam bién en las oligarquías está en el poder la m ayoría»
(1290a 31).
148/Luciano Canfora
A pan ir de esta página aristotélica, Arthur Rosenberg formula una analo
gía moderna muy esclarecedora: «La aplicación de las definiciones aristoté
licas al presente llevaría a resultados muy singulares, pero también muy
realistas: la Rusia soviética de 1917 y de 1918 sería una democracia, la ac
tual República francesa sería una oligarquía. Ambas valoraciones no sona
rían ni como alabanza ni como censura, sino que serían la simple constata
ción de un hecho.»
j
Fundándose en cálculos muy discutidos y, por tanto opinables, aunque
siempre indicativos, Rosenberg ponía el acento en el hecho de que — preci
samente en el caso de Atenas— la preeminencia numérica de los pobres
respecto al resto del cuerpo social no era un dato asumible: «la relación nu
mérica entre pobres y propietarios era sólo de 4 a 3. Por ello, habría bastado
a estos últimos atraer a su partido con cualquier artificio a una paite, inclu
so pequeña, de la clase pobre, para conquistar la mayoría en la asamblea po
pular». Rosenberg ponía de relieve también el papel de una clase interme
dia, definida por él como «la pequeña clase media» (der teleine Mittelstand),
en la dinámica sociopolítica ateniense: el apoyo de esta clase amplía mucho
la base de clase de la democracia, pero puede disminuir, como se ve en mo
mentos de crisis. Es una clase constituida esencialmente por pequeños pro
pietarios (el Diceópolis de los Acarnicnses es quizá un símbolo). No yerra
Rosenberg cuando observa que, para esta clase, la democracia «significó el
acceso sin restricciones a las conquistas culturales, y la posibilidad de resar
cirse, asumiendo de cuando en cuando un cargo público, de la fatiga coti
diana del trabajo».
Cuando, con la derrota militar de Atenas en el enfrentamiento con la
monarquía rnacedonia (guerra lamíaca, a fines del siglo iv), los propieta
rios, sostenidos por las armas de los vencedores, excluirán por fin de la ciu
dadanía a 12.000 pobres (Diodoro Sículo, 18, i 8, 5 y Plutarco, Poción, 28,7),
es decir, aquellos que están por debajo de las 2.000 dracmas, semejante de
rrota temporal del sistema democrático se consumará en el aislamiento de
los pobres: la «clase media» está en aquel momento con Poción, con Demades y con los otros «reformadores» filomacedonios.
Es sintom ático del papel central de la ciudadanía el hecho de
que, conseguido durante algún mes el poder, los oligarcas atenien
ses redujeran com o prim era medida el núm ero de los ciudadanos a
5.000 y que, en el plano propagandístico, intentaran en un prim er
m om ento calm ar a la flota, sosteniendo que en el fondo, en la prác
tica, nunca semejante núm ero de personas tomaba parte real en las
asambleas decisorias (Tucídides, 8, 72, 1), y que, al contrario, reto
mada la delantera, los demócratas hayan por su parte privado en
masa de la ciudadanía a aquéllos a los que había sostenido el expe
rim ento oligárquico, reduciéndolos al rango de ciudadanos «dis
m inuidos» (átimoi).
El fenóm eno es tan im ponente que un gran autor de teatro,
Aristófanes, aprovecha esa especie de zona franca del discurso po
lítico que es la parábasis, para lanzar un llam am iento a la ciudad de
El ciudadano/149
form a que los átimoi caídos en su m om ento «en los artificios de Frín ico» (uno de los principales inspiradores del golpe de estado de
411), sean reintegrados con el pleno título de la ciudadanía (Ranas,
686-705). Y cuando en 404 los oligarcas vuelven al poder bajo la
égida espartana, no sólo instauran un cuerpo cívico todavía más
restringido (3.000 ciudadanos de pleno derech o) sino que favore
cen el éxodo de los demócratas, de los populares, de los que por ra
zones políticas o de clase estaban ligados al sistema dem ocrático:
incluso a costa de «despoblar» el Atica, com o subraya Sócrates en
un dram ático coloqu io con el propio Critias y con Caricles, referi
do p o r Jenofonte en los Memorables (1, 2, 32-38).
Dispuestos a tom ar las armas unos contra otros para disputarse
el bien precioso de la ciudadanía, los ciudadanos «pura sangre» es^
tán todos de acuerdojen excluir cualquier hipótesis de extensión de
ciudadanía hacia eljexterior, fuera de la com u n id ad *S ólo en m o
mentos de gravísim o peligro y de auténtica desesperación han in
tuido la potencialidad existente en la am pliación radical de la ciu
dadanía. Después de la pérdida de la última flota agrupada al final
del dem oled or co n flicto con Esparta (Egospótam os, verano 405).
los atenienses conceden — gesto sin precedentes— la ciudadanía
ática a Samos, la aliada más fiel: cum plen así el tardío y desespera
do intento de «reduplicarse» com o comunidad. La efím era medida
(Tod, GHl, 96) fue obviam ente arrollada p o r la rendición de Atenas
(abril, 404) y p o r la expulsión, pocos meses después, de los d em ó
cratas de Samos p o r parie del victorioso Lisandro (Jenofonte, Helé
nicas, 2, 3, 6-7); pero fue propuesto de nuevo, por la restaurada de
m ocracia, en el arcontado de Euclides (403-402), en honor de los
dem ócratas samios desterrados (Tod, GHi, 97). Setenta años más
tarde, cuando Filipo de M acedonia derrotó en Queronea a la co a li
ción capitaneada p o r Atenas (338 a.C.), y parecía p o r un m om ento
que el vencedor, co n ocid o p o r ser capaz de reducir a escom bros
las ciudades vencidas, estuviera m archando hacia Atenas, práctica
m ente desprotegida, un p olítico dem ócrata, pero tan «irregu lar»
en la form ación de tropas com o extravagante en su conducta vital,
H ipérides, propuso la liberación de ciento cincuenta mil esclavos
agrícolas y m ineros (fr. 27-29 Balft-Jensen). Pero acabó en los tri
bunales, a causa de semejante iniciativa «ile g a l», por obra de un en
fu recido líder, Aristogitón, que se alzó en nom bre de la dem ocracia
contra la indebida am pliación de la ciudadanía. Y el argum ento
aducido p o r Aristogitón fue, en aquella ocasión, el tópico de la ora
toria dem ocrática ateniense: que «lo s enem igos de la dem ocracia
mientras hay paz respetan las leyes y son forzados a no violarlas,
pero cuando hay guerra encuentran fácilm ente cualquier tipo de
pretexto para aterrorizar a los ciudadanos afirm ando que no es po-
150/Lucinno Canfora
siblc salvar la ciudad» si no se lanzan «propuestas ilegales» (Jander,
Oratorum Fragmenta, 32).
A fines del siglo v, exactam ente envíos últim os treinta años, se
había' abierto'én. el.m undo’ griego una fase con flictiva·m u y san/grientanuna guerra general>que había im plicado a casi todas las
ciudades dejando poco espacio a los neutrales — una guerra no
sólo entre Esparta y Atenas, sino entre dos form aciones gravitantes
en las respectivas órbitas— , a la vez que una guerra civil, conse
cuencia inm ediata y obligada de aquel co n flicto general. Se trata
de un caso en el que guerra externa y guerra civil se alimentan mu
tuamente, en el que el régim en vigente en cada ciudad cambia se
gún se coloqu e en un cam po o en el otro y, por cada cam bio de ré
gim en, masacres de adversarios y exilios en masa marcan la alter
nancia en el p o d er las dos facciones. La guerra civil había llegado
al corazón de uno de los Estados-guía, Atenas, que de hecho, por
unos meses en 411 (nada m enos que siete años antes de la derrota
definitiva) vio a los oligarcas llegar al poder y en breve perderlo,
arrollados p o r la reacción patriótico-dem ocrática de los marinos
que se constituyeron en Samos en anti-Estado respecto a la ciudad
madre, caída en manos de los «en em igos del pu eblo». La.guerra
larga/guerra civil tuvo en 4 0 4 un ep ílog o que parecía definitivo: la '
derrota m ilitar de Atenas y su com pleta renuncia al im perio y a la
flota,,el hum illante ¡ingreso, bajo un gobiern o todavía más feroz
m ente oligárqu ico (los «T re in ta »), en el grupo..de aliados de Espar
ta. Ahora bien, el dato más significativo de toda la historia de aque
lla época es que, después de ni tan siquiera un año, había caído el
régim en de los Treinta y los propios espartanos se encontraban fa
vorecien d o la restauración dem ocrática en la derrotada ciudad adversariav>El Atica se había negado a la «la con iza ción »: la elección
| que se consolidó a partir de Clístenes, se había convertido p o r tani to en una estructura profunda de la realidad política ateniense; eL
i sistema basado en la garantía a los pobres de participar en la ciudal danía se había revelado más fuerte y duradero que el p rop io nexo
I (orig in a rio ) entre dem ocracia y .poder marítimo.
La:·, «vaca lechera» y
¡
Uno de los factores fundam entales que cim entan el pacto entre
j los pobres y los señores es la «litu rgia», la contribución más o me! nos espontánea, con frecuencia muy consistente, que së exige a los
ricos para el funcionam iento de la com unidad: del dinero necesa
rio para preparar las naves a los abundantes fondos para las fiestas
y el teatro estatal. El régim en «p op u lar» antiguo no ha co n ocid o la
III ciudadanu/l 5 1
expropiación sino com o form a de castigo por determinados deli
tos-. ha dejado que los ricos continuaran siéndolo pero tiene sobre
sus espaldas una enorm e carga social.'1
El capitalista — escribió con una terminología muy eficaz Arthur Rosen
berg— era como una vaca lechera, que la comunidad ordeñaba con cuida
do hasta el fin. Hacía falta al mismo tiempo preocuparse de que esta vaca re
cibiese por su paite un sustancioso forraje. El proletario ateniense no obje
taba nada si un fabricante, un comerciante o un armador ganaba en el ex
tranjero todo el dinero posible, así podría pagar más al Estado.
rPor esto, deducía correctam ente Rosenberg, el interés — que el
«p ro leta rio» ateniense com partía con el «capitalista»^- del aprove
cham iento dé los aliados y, en general, de una política exterior im
perialista.*
Las voces que se alzaban contra una política de rapiña se apagaron, y así
los pobres atenienses; en el periodo en que ostentaron el poder; apoyaron
sin reservas los.planes imperialistas de los empresarios. Es significativo que
Atenas; precisamente después de.la subida al poder del proletariado, se leni
zase a dos verdaderas guerras de rapiña: una contra los persas por,la con
quista de Egipto — aquí_se yejiuc ambiciosos eran los planes de Atenas en
ese momento— fia otra éri la propia Grecia para anular la competencia co-,
inercia! que suponían las repúblicas dé Egina y.dc Corínto.
. Rosenberg sobreentiende aquí la tesis, que no hay que infrava
lorar, del ënfreritamiéritô com ercial entré Atenas y Corintó,' las dos
máximas potencias marítimas, co m o causa fundamenta! de la gue
rra: d e j.Peioponeso.
Para conquistar el prestigio y el consentim iento popular los se
ñores que guían el sistema gastan generosam ente su dinero no sólo
en liturgias sino también en espléndidos gastos de los cuales el de
mos pueda disfrutar directam ente: es el caso de Cimón — el an
tagonista de Pericles— , que quiere abrir sus posesiones al pú
blico.
Hizo abatir \
— escribe de él Plutarco— las empalizadas de sus campos,
para que estuviera permitido a los extranjeros y a los ciudadanos que lo de
searan recoger libremente los frutos del tiempo. Cada día hacía preparar en
su casa una comida sencilla pero suficiente para muchos comensales: a ella
podían acceder todos los pobres que quisieran, los cuales de este modo, libe
rándose del hambre sin esfuerzo, podían dedicar su tiempo a la actividad po
lítica (Cimón, 10).
Aristóteles (fr. 363 Rose) precisa que este tratamiento Cimón lo
reservaba no a todos los atenienses indistintamente, sino a aque-
152/Lucianu Canfora
líos de su demo. A solventar el problema-de la com ida diaria contri
buía también la práctica de las fiestas, ocasión en la que los pobres
tenían fácil acceso al consumo, no habitual y casual de la carne. El
llamado «viejo oligarca», autor putativo de la Constitución de ios
atenienses, no perdona este parasitismo al pueblo y lo denuncia ex
plícitam ente en su opúsculo: «la ciudad sacrifica muchas víctimas
con cargo al gasto público, pero es el pueblo el que com e y se re
parte las víctim as» (2, 9). Cimón proporcionaba también vestidos:
«cuando salía — cuenta Plutarco— lo acompañaban siem pre jó v e
nes amigos muy bien vestidos: cada uno de ellos, si la com itiva en
contraba algún anciano mal vestido, cambiaba qon él el manto;
gesto que parecía digno de respeto».
Pcricles no podía afrontar tanta esplendidez. Su estiipe cierta
mente no era menos importante que la de Cimórjj·, que era hijo de
Milcíades, el vencedor de Maratón, y de Egesípeles, princesa ira
da. Por parle de madre (Agarisie), P e n d e s descendía de Clístenes,
quien — con ayuda de Esparta— había expulsado de Atenas a los Pisistrátidas y había insituido la geom étrica dem ocracia ateniense
fundada sobre las diez tribus territoriales con las que había sido so
cavado el sistema de las tribus gentilicias. Tam bién era cierto que
se decía que el clan fam iliar había establecido contactos con los
persas en tiem pos de la invasión de Darío: la invasión que precisa
mente Milcíades, el padre de Cim ón, había parado. Era una estirpe
ilustre pero discutida, entre otras cosas por el m odo sacrilego con
el que había liquidado, en una época que H eródoto y Tucídides in
dican de diferente modo, la intentona tiránica del gran deportista
Cilón. Una estirpe que se había arruinado en un largo exilio, humi
llada por la derrota, abocada a corrom p er el oráculo délfico para
obener la ayuda de los espartanos; pero en su m om ento, a la m uer
te de Pisistrato, preparada para descender a pactos con los hijos del
tirano, tanto que el propio Clístenes había sido arconte en 525524.
Naturalmente Pericles conocía bien las etapas y trucos de una
carrera. Cuando Esquilo pone en escena Los persas (472 a.C.), la
tragedia que exaltaba a Tem ístocles (todavía no desterrado), fue él
quien corrió con los gastos para preparar el coro (I G , 1I/III, 2318,
col. 4, 4). Poco después desapareció de la escena Tem ístocles, y Perieles se acercó progresivam ente a Efialtes, quien propugnaba la
plena ciudadanía para los pobres. En un principio quiso también
com petir con Cimón en esplendidez. «P ero Cim ón — observa Plu
tarco— lo superaba p o r la entidad de las sustancias, gracias a las
cuales podía conquistarse Jas simpatías de los pobres» (Pericles, 9).
Entonces Pericles — precisa Plutarco— em prendió el cam ino de la
«dem agogia», pasó a decretar subvenciones en dinero a cargo de
i*l
c’niàaàano/)5i
las arcas del Estado. La im agen consolidada en la tradición es que,
así, P e n d e s «c o rro m p ió » a las masas introduciendo com pensacio
nes estatales por la participación en los espectáculos y por la parti
cipación en los tribunales, además de otras com pensaciones públi
cas y fiestas. La adop'ci'óñ_sistématica de estás formas de salario e'stâtâÎ ha:carâcterizado-la dem ocracia ateniense en-el periodo de su*
m ayor florecim iento, consolidando la imagen de un demos dedica- >·
do a la política, á la actividad jurídica y á la-práctica social del tea
tro y de las ñestas, pero liberado, en amplia medida, del trabajo m a
terial:- e incluso el periodo de m ayor afluencia de esclavos, cuando
— sostenía Lisias— hasta el más m iserable de los atenienses dispo
nía al menos de un esclavo (5, 5).
Pero los grandes instrumentos de la «d em agogia» periclea fue
ron el desenfadado uso personal de la caja federal y la no menos d e
senvuelta política de obras públicas. Los ataques de los adversarios
incidían sobre este punto precisam ente: «clam aban porque la
transferencia del tesoro com ún de Délos a Atenas era un abuso,
que suscitaba m aledicencias y prejuicios respecto al buen nom bre
de los atenienses»; Pericles replicaba «explicando a los ciudadanos
que no debían dar cuenta a los aliados del uso del tesoro federal,
desde el m om ento en que combatían para ellos y mantenían aleja
dos a los bárbaros». Teorizaba también que dinero, una vez aporta
do, es de quien lo recibe, y encontraba más que legítim o el uso de
ese din ero en obras públicas — una vez provistas las necesidades de
la defensa com ún— : ¿por qué no habría de em plearse el dinero en
obras públicas que «una vez terminadas, se traducen en gloria eter
na, y mientras se realizan se revelan com o concreto bienestar para
los ciudadanos?». Y explicaba que las obras públicas podían constu
tuir el ffm tór y el epicentro dé todo el-sistemau«éstas suscitaban ac
tividad de todo tipo y las necesidades más variadas: necesidades
que, despertando todas las artes y m ovien do todas las manos, dan
de com er, gracias a los salarios, a casi toda la ciudad; lo que signifi
ca — concluía— que la ciudad, mientras se adorna, se nutre» (-Plu
tarco, Pericles, 12). E x is tía e n P e ric le s — según Plu tarco— la idea
de una participación de todos en el bienestar generado p o r el im p e
rio: si los jóven es en edad m ilitar se enriquecían en las campañas
m ilitares, la masa de los trabajadores no encuadrados en el ejército
no debía perm anecer excluida del provecho, ni participar sin tra
bajar. Y así hizo pasar p o r la asamblea proyectos grandiosos cuya
ejecución «exigía mucho tiem po y muchas categorías de artesa
nos»: de este m odo «los ciudadanos que se quedaban en casa goza
ban de la utilidad pública no menos que las tripulaciones, que las
guarniciones, que los ejércitos en cam paña». Y Plutarco añade
aquí una descripción im presionante del m últiple tipo de m ano de
154/Luciano Canfora
obra ocupada en esta ola «roosveltiana» de obras públicas: carpin
teros, escultores.'foijadores, cinceladores, tintoreros, orfebres y toreutas, pintores, tapiceros, grabadores, por no hablar de las catego
rías de trabajos relacionados con la im portación y transporte de las
materias primas, de los arm adores a los marineros, pilotos, cord e
leros, curtidores, m ineros, etc.; «tod o arte asumió el papel de un
general y bajo cada una, en buen orden de com bate, estaba la masa
de los obreros m anuales». El proyecto originario del Partenón,
con cebido por Calícrates, el arquitecto ligado a Cimón (que con el
botín de la batalla de Eurim edonte había hecho construir ya el
m uro m eridional de la A cróp o lis) fue abandonado, y Calícrates li
cenciado y confiado el papel de constructor jefe a Ictino, quien
— según Vitru bio— escribió precisam ente un tratado sobre la
construcción del Partenón {De architecture, 7, pr. 16).
N o faltaron chanzas de cóm icos (Cratino, fr. 300 K o ck ), sarcas
m o de panfletistas, ataques de políticos. Los oradores «próxim os a
Tucídides de M elesia — escribe Plu tarco— clamaban contra Pericles en asamblea sosteniendo que despilfarraba el dinero público y
disipaba los ingresos». La reacción de Pericles es em blem ática.
Preguntó en asamblea, dirigiéndose a todos, si.de verdad había gas
tado mucho. Todos en co ro contestaron: «¡M uchísim o!», y Pericles
dijo: «B u eno, que lo cargfen todo a mi cuenta, pero las inscripcio
nes votivas [en las que se indicaba el nom bre de quien hacía la de
dicación ] las haré a mi n om b re» (Plutarco, Pericles, 14). La jugada
tuvo el efecto deseado: Pericles fue autorizado a recu rrir sin p ro
blem as a las arcas estatales, o porque fue admirada su generosidad
— observa Plu tarco— o quizá porque el pueblo no toleraba no
com p artir con él la gloria de aquellas obras.
fja^COnvepcióiiTpersonaizáel-Estado
Iia-con.c.e.p.cióHT55gü'nTla:cual:el:Estado’Son:las"personas'dot.a'das
dexiudadanía7_quedos.ingresosidel-.Estado:Son:íoí<f:com>sus:ingre-i'i
sCS>que Pericles pueda hacer con los ingresos federales aquello
que Cim ón intentaba hacer con su p o co com ún riqueza personal,
so m ot rosítan tos-sí ntom as-de 7 una-ideaT«personal»~déUEstadó :Tde
una:concepcibn7según-la7cua1rel:Estado:no:tion6:üna~p‘ers<pñalid8tl
Íuridí.ca:autónom"atrt'Yás:aÍlá:de:las-personasrsino-que-GOÍncide;con.
las:propias'personastcóiT-lósTiudadanos?Es la idea con cuya fuerza
T em ístocles «transporta» Atenas a la isla de Egina cuando se apro
xim a la invasión persa, es la teoría que Nicias, asediador ya asedia
do en Siracusa, form ula para reanim ar y responsabilizar a sus.mari
neros: «L o s hom bres son la ciudad, rio los muros ni las naves vacías
de h om b res» (Tu cídides, 7, 77, 7).
El ciudadano/l 55
Eslandea-dehEstado'tiene álgunas-consecuencias-por^ejemplo,
<Guamfo-la-conl·^n^dad-está-divid^da-por-la-srá5^>-por.-}a-|ugha-c^,vil.
condición nada insólita (excepción hecha de las comudidades par
ticularm ente estables, com o Esparta: virtud sobre la que insisten,
admirados, Tucídides, 1, 18 y Lisias, Olimpíaco, 7).,Entoñc^§'puede
ocU‘rTir.“que:una'parte'dël-Estâdô"s'econstituyàen~àfîti*Esiado»'-y.:se
proclamB’íEstadóTúnicopflegítim o' — llamando la atención sobre
una m ayor coherencia respecto a una no «constitución heredada»
(pátrios poliíeía) nunca bien precisada. Es lo que se verifica en 4 1I
cuando, después de un siglo desde la caída de los Pisislrátidas (es
Tucídides [8, 68, 4] quien observa esta secular herencia de la dem o
cracia), en una Atenas sacudida por la catástrofe siciliana, cuando
los oligarcas, tendentes desde siem pre a crear insidias contra el
odiado sistema, toman el poder. Pero se encuentran ante la im pre
vista reacción de la fióla que estaba en Sainos — es decir, de la base
social de la dem ocracia, en armas a causa de la guerra— : la Oota se
constituye en un contra-Estado, elige sus generales, no reconoce a
aquellos que tienen el cargo bajo la oligarquía, y proclam a que «la
guerra continúa» mientras los oligarcas no intenten otra cosa que
el acuerdo con Esparta. En los fundamentos de esta inicial iva está
por un lado la firm e con vicción de que el Estado son las personas, y
p o r el otro el radical convencim iento, presente en la ideología de
m ocrática, según el cual — com o proclam a Atenágoras el siracusano en un discurso reescrito por Tucídides— «el demos es todo» (6,
39): sofisma, si se quiere, basado también en el equívoco léxico
donde «d em os» es tanto la facción popular com o su base social, e
incluso la comunidad en su conjunto. Sofisma que ha disfrutado de
cierta eficacia demostrativa, en tanto en cuanto también él se refie
re a la concepción personal del Estado.
En 404-403, en el curso de la más grave y larga guerra civil qüe
haya conociclo el Atica, se llega en un m om ento concreto a una di
visión tripartita. En prim er lugar está el dom inio de los Treinta,
tendentes a hacer en el Atica una Laconia agrícola y pastoril ajena a
los intereses marítimos (es sabida la anécdota plutarquea [Temíslocies, 19, 6] según la cual Critias quiere que el bénw desde el que ha
blan los oradores «fuera girado hacia la tierra»), indiferentes total
m ente al éxodo de los populares v dem ócratas forzado por la victo
ria oligárquica y es más: autores de este éxodo. Pero los dem ócra
tas, dispersos p o r B e o d a y M egáride, enseguida, después de alguna
victoria militar, se agrupan, se atrincheran en El Píreo, donde
constituyen la contra-Atcnas dem ocrática, mientras los oligarcas.,
sacudidos p o r la derrota, se dividen en dos troncos, con dos sedes
distintas y dos gobiernos distintos: uno en Atenas y otro en Eleusis.
Y cuando los Espartanos im pongan la pacificación, es decir, el re-
156/Luciano Canfora
greso de los demócratas basado en la restauración de la vieja cons
titución dem ocrática a cam bio del com prom iso de' no proceder a
depuraciones o venganzas, se sancionará — y estará en vigor algu
nos años— que en Eleusis siga existiendo una república oligárqu i
ca, en la cual encontrará refugio quien no esté dispuesto a aceptar
el com prom iso de la pacificación.
!gaT>tra~cara~de~semejantexóncepción"deI-Estado s e x a p ta x ñ eI
mt>inento-de-la-ixiptura del~pactó;-es décirT'cüañcJóxl exiliado, ex5
pulsado,-ent ra enxóaliciórrcon~el~enernigo de:la ciuda'd'para regre
sar a eíia.jEl prxsupuestp 'dël.que parte es^que no^sxiiEstadó (entidad_suprapersonalrabstracta)rsino-otros_ciudadanos quienes han
p ro v o c a d o ra .proscripción.* QuienTlo:pâclëc'e‘^co;nsidera-inicua ' 0
¡eTTórfeálá medida y entráxñ gueira"persoñál contra"su ciudad para-'qu ejebeiTO ñséíám irádó'Y^e sáne la mjusticLa.-íPor ello Alcibiades
se pasa a los espartanos y se desfoga con ellos corl'tra el sistema p o
lítico ateniense (Tucídides, 6, 89, 6), y cuando — años después—
regrese, su apología consistirá en la quisquillosa reivindicación de
sus propias razones y en la denuncia del error sufr ido no por el Es
tado, sino por «aquellos que lo habían proscrito» (Jenofonte, Helé
nicas, 1, 4, 14-16). Y por esto el «viejo oligarca» se com place de la
circunstancia de que Atenas no sea una isla: porque — observa— ,
si por desgracia Atenas lo fuese, los oligarcas «no podrían traicio
nar y abrir las puertas al en em igo» (2, 15).
Así, la propia noción de «traición » se relativiza. Cuando, más de
dos siglos más tarde, Polibio reflexione sobre la experiencia políti
ca griega, de cuyos últimos extrem os él m ism o había sido partíci
pe, manifestará una cierta intolerancia precisam ente hacia esta no
ción de la «traición»:
Frecuentemente me asombro — escribirá— por los errores que los hom
bres cometen en muchos campos y de forma especial cuando arremeten
contra los «traidores». Por ello — prosigue— aprovecho la ocasión para de
cir dos palabras sobre este asunto, si bien yo no ignoro que se trata de mate
ria difícil de definir y de valorar. No es fácil de hecho establecer quién debe
verdaderamente definirse como «traidor».
Después de lo cual, vanaliza, p o r así decir, el concepto de trai
ción, observando que ciertam ente no lo es el «establecer nuevas
alianzas»; p o r el contrario — observa— «aquellos que, según las
circunstancias, han hecho pasar a sus ciudades a otras alianzas y a
otras amistades» con frecuencia han sido benem éritos de sus ciu
dades y por tanto no tiene sentido la form a dem osténica de etique
tar a diesto y siniestro con el epíteto de «traid or» a los adversarios
políticos (18, 13-14). La^FZftctdn-es sólo-'uña.máñera-unilateral-d e,
ju zga ra n com portam iento p o lítico: eñ'Iaoptica,-claro, de~aquellos>
El ciudadano/157
qae,;Como Alcibiades o com o el «v iejo oligarca» o incluso Polibio,
noxom parterren absolutoria fórm úlación.dél partido dem ocrático. ^
sëgürKêl_FcïialT«el'3em os-es todo>>t
Kineîir■toits-nómous·^
Pero si «é l demos e s to d o », sre l puebló' én cuanto .conjunto d e ·
ciudadanos que constituyen el Estado está por encim a d e jo d a ley,
en cuanto que él m ism o es fuente de toda ley; la única ley posible es;
— com o proclam a con dureza «la masa» (pléthos) en un m om ento
delicado del céleb re proceso contra los generales vencedores de la
Arginusas (Jenofonte, Helénicas, 1 , 7 , 1 2 ) — «q u é el pueblo haga lo
qüê^quiëra»>(que es la misma fórm ula con la que el Otanes herodoteo [3, 80] define el poder del m onarca). Pero si:él”pÜeblcTestá más
alla~clglâ~lëy^laiey~nb~püedë considerarse inmutable,· m depen dieiv»
¿te de j a voluntad popular; sino:que;por-el7contrario'se:adecuará aella:' incluso sir«cam biar;las leyes» (kineîn toits nómous)'.c.s.-(tam
bién) unardeodaxiasica^de los_dem ócratas a sus tradicionales enernigos^
Para-âmbos es'saño irivocárda «"Constitución herëda"dà»7pd/rtos
rpolitèià)> Según D iodoro Sículo (14, 32, 6, Trasíbulo, el prom otor
de la guerra civil contra los Treinta, había proclam ado que no ha
bría acabado la guerra contra los Treinta «hasta que el dem os no
hubiera recuperado la pátrios politeía». Por su parte, los Treinta
— según Aristóteles— hacían gala de perseguir la patrios politeía
( Constitución de ¡os atenienses, 35, 2). Uno perseguía la restaura
ción de la dem ocracia radical, los otros mantenían que llevaban a
cabo su program a derribando el pilar de la dem ocracia radical, y
por tanto — explica Aristóteles— las leyes con las que Efialtes ha
bía anulado el poder del At eópago y puesto en marcha, de este
m odo, la dem ocracia radical. Trasím aco, el sofista de Calcedón al
que Platón en la República atribuye la teoría brutal según la cual
justicia es el derecho del más fuerte, ponía de relieve la contradic
ción y conseguía m otivo de ironía respecto a la oratoria política:
«en la con vicción de sostener los unos argum entos contrarios a los
de los otros, no se dan cuenta [los oradores] de que miran hacia
idéntico resultado y de que la tesis del adversario está incluida en
el discurso de uno» (Dionisio, Sobre Demóstenes, 3 = 1 , pp. 132-134
Usener-Raderm acher). E rrelrecu rso á-Oñá idém icápalabra-cie-tipo
prqgram ático' hayTóbviamenféTrñrsigno^del .fenóm eno general "según:ei:cual:la-.democracia::cuando7«habla»,racaba casi_siempre por
amôldàrse-a1à“ ideôlü giadom in ahfè. Así 7 ë bree ü fscTaT pasad ó “c bm o,
a-un-dato de-por-sí positivo (n o p o r azar el prim er «fu n d ad or» de la
158/Luciano Canfora
dem ocracia acababa siendo el m ism ísim o Teseo) Sé-conjuga con ia
connotación negativa de la alteración de las leyes vigentes (p re ci
samente kbieín). Pero semejante propósito de .fijación choca, o
puede chocar, con là’ exigencia de pon er el dem os por.encim a de
lás leyes,"Único árbitro de su eventual'modificación.rj
Por. otra parte, una m odificación de la ley se produce de todas
fo rmas.-en el tiempo; tanto más cuanto que, o b s e d a Aristóteles, el *
fin.que todos persiguen no es «la.tradición»¿(7o pátrion) sino «él
b\en»:(Política, 1269a 4). Y es un fenóm en o alarmante, en general
para el pensam iento conservador: de los pitagóricos (Aristóxeno,
fr. 19 M ü ller) a las Leyes platónicas (722 D), incluso si a Platón no
se le oculta la inevitabilidad del cam bio (769 D). Kinein es palabra
bifronte: indica tanto la alteración com o el desarrollo (Isócrates,
Evágoras, 7), y.p orta n to acaba coin cid ien d o cori' la noción de epidosis (= progreso, en referencia a las distintas tékhnax), fenóm eno
inevitable, por así decirlo, co m o teorizan Isócrates en el pasaje del
Evrigoríjs y Dem óstenes en un céleb re b o ceto de historia del arte
m ilitar (Filípica tercera, 47, donde kekenéslhai y epidedokénai son
sinónim os). F enóm eno inevitable, si se ve en un arco de tiem po
muy extenso, incluso en lo que se refiere a la ley, por muy peligroso
que pueda ser — lo pone de relieve Aristóteles— crear el preceden
te de la m odificabilidad de la ley, dejar que la gente se acostumbre
a la idea de que la ley puede ser m odificada (Política, 2, 1268b 301269a 29).
En un excursus en el que la evidente evocación a célebres y fá
cilm en te recon ocibles expresiones de la «a rqu eolo gía » tucidídea1
intenta denotar la amplitud del tiem po considerado com o «tea tro»
del cam bio, Aristóteles proporcion a una especie de arkhaiología
suya del derecho, h om ologa a la más general «a rq u eolo gía » lucidídea: un texto éste del que se aprecian el eco y la eficacia — a pocos
decenios de la difusión de la obra tucidídea— en e! p roem io de
É foro (ir. 9 Jacoby) y, precisam ente, en este notable excursus aris
totélico. La conclusión a la que Aristóteles llega encierra en sí mis
m a el recon ocim ien to de aquella smtesis-_de'\nnovación y conser
vación que hace del derech o üñá construcción única, la única ca’paz de dar equ ilib rio a la.transform ación.^Aristóteles se esfuerza
tam bién en individualizar una medida, un criterio que consienta
va lora r hasta qué punto y cuándo innovar y cuándo en cam bio, a
pesar de que los defectos sean visibles, renunciar a la innovación.
Es un criterio em p írico y gen érico: «Cuando la m ejora prevista sea
m odesta, en consideración al hecho de que acostum brara los hom' Pâsagàrhè Helias esidéphóret (Tucídices, 1,6); sêmeion phaié lis án(\,
6; 10; 2.1); cp' autôn ton érgôn (1, 21); dio khrótiou pléthos (1, 1)·
IM ciudadatto/159
bres.a m odificar a la figera las leyes es un mal, está claro que con
vendrá dejar en vigor normas claram ente defectuosas: porque no
habrá ventaja que com pense la desventaja de que se genere la cos
tumbre de desobedecer a las leyes.»
L Hyertad/democracia^ tiranía/oligarquía
Cuando·pasaba describir el sistem a político âtëfTiënse^el,-Pericies tueidídéd instaura una contraposición entre; «d em ocracia» »y
«libertad»: a falta de otro térm ino — dice— estamos acostumbra
dos a definir 'este régim en com o dem ocracia porqUë incluye en la
politeia a muchos, pero se trata de un sistema político libre (eleuthérós dé poÍiteúomen)?Dem ocracia y libertad son colocadas por el
orador, en cierto sentido, com o antítesis, fin realidad, la oración
fúnebre no es propiam ente aquel «m onum ento a la dem ocracia
ateniense» que una parte de los intérpretes ha sostenido reconocer
(entre estos intérpretes está también Platón, que por ello lo quiso
parodiar en el epitafio que Aspasia pronuncia en el Menexeno). El
elo gio de Atenas que contiene el epitafio pericleo nos llega a través
de un doble filtro: el prim er filtro es el propio género literario de la
oración fúnebre, inevitablem ente panegirístico; el segundo está
constituido por la persona del orador, Pericles com o era valorado
por Tucídides, un p o lítico que a ju ic io de su historiador había des
naturalizado efectivam ente el sistema dem ocrático manteniendo
viva sólo ia parte externa. La propia palabra que usa (démokratía)
no es un térm ino característico del lenguaje dem ocrático, que,
co m o sabemos, es más usual demos en sus varios significados (es tí
pica la fórm ula de la parte dem ocrática lyetti ton démon ~ abatir, o
intentar abatir, la dem ocracia). Démokratía es originariam ente un
térm ino violen to y p o lém ico («p re d o m in io del dem os»),acuñado
por,los enem igos del orden dem ocrático: no es una palabra de la
convivencia. Expresa Ja preponderancia (violenta) de unâ parte y ’
esta parte se puede designar sólo con un nom bre de clase, tanto es
así que Aristóteles — con extrem a claridad— form ula el páradógico exemplum fiction según el cual el predom inio — en una com uni
dad de 1.300 ciudadanos— de 300 pobres (si es que llegan) contra
todos los demás es nada menos que una «dem ocracia». Considéra--*
da desde esta óptica, la dem ocracia acaba asumiendo connotacio
nes propias de la tiranía: eft prim er liigar p o r la reivindicación por
parte del demos de un p rivilegio prop io del tirano: estar.por enci
ma de la ley, poiefn ho ti boúletai.*
En el lenguaje p olítico ateniense, sin em bargo, se afirma tam->
bién otra constelación term inológica y conceptual: la que identifi-
160/Luciano Canfora
ca libertad y dem ocracia por una parte, ÿ oligarquía y tiranía por
otra.íDe nuevo otra vez es Tucídides quien nos proporciona la do
cumentación, en el capítulo del libro octavo (8, 68) en el que hace
un balance del significado y de las consecuencias del golpe de esta
do oligárquico de 411. Un golpe de estado efím ero y violento, san
griento pero sobre todo inesperado — anota Tucídides: la prim era
experiencia oligárquica después de cien años desde la expulsión de
los tiranos. Y Tucídices comenta, después de haber trazado un b re
ve retrato lleno de adm iración de los tres principales artífices del
golpe de Estado: «Ciertam ente, sólo personas de este nivel podían
realizar una empresa tan grande: quitar al pueblo de Atenas la li
bertad cien años después de la expulsión de los tiranos.» En este
¡ caso es evidente que Tucídides identifica el régim en dem ocrático
¡ con la noción de libertad, de la misma manera que en el libro sexto
(donde recuerda los tem ores difundidos por Aterías por el escánda
lo misterioso de la m utilación de los Herm as— definía com o « o li
gárquica y tiránica» con conjura que los demócratas atenienses te
mían que se escondiera tras el horrible y en apariencia inexplica
ble escándalo. Aquí, la agrupación de los conceptos es el espejo
perfecto de lo que encontram os en el libro octavo: por un lado la li
bertad— dem ocracia (a b a tióla :demo.cracia-isignifica ^quitar à lo:s
atenienses-la libertad que habían conquistado con la-expulsión d e *
los tiranos),,pór otro Ja tiranía j=_ oligarquía (una conjura que busca
el gobierno.de unos pocos, es decir, otra vez el derribo de la d em o
cracia, y al m ism o tiem po «oligá rqu ica » y «tirán ica»). Un' lenguaje
que chirria con el dato (histórico) según el cual los principales artí
fices d e la c a í da de la tiranía habían sido los aristócratas con sus
aliados espartanos; mientras la form a en que la dem ocracia arcaica
se había manifestado había sido precisam ente.la'tiranía.v
La aparente áporia’tiene una solución bastante sim ple que nos
jVuelyéji conducir al com prom iso del que surge la dem ocracia en
la Grecia de época clásica: el com prom iso entre señores y pueblo,
gestionado con la cabeza, Ja cultura política, el lenguaje de los se.·
ñores que dirigen la ciudad democrática·. Para éstos;ila.democracia
es un'régim en apetecible mientras sea «libertad (no por azar P e n
d e s usa con indiferencia la palabra démokratía y al m ism o tiem po
reivindica que el ateniense es un régim en «d e libertad»): un régi
men, eñ.cónsécuericiardépurado de.todo residuo tiránicos
/Aquí está el .origen em pírico de aquella clasificación sistemáti
ca r—propia dé los pensadores griegos— cuyo objetivo era redupli
c a r a s form a s políticas.en dos subtipos cada vez, uno bueno y otro
malo. Es una respuesta, a la aporía mencionada, que el pensam ien
to griego concibe muy pronto. La vem os teorizada en Aristóteles,
quien precisam ente usa dos térm inos distintos: la «b u e n a » demo-
El ciudadano/lól
cracia es.la-que él llama politeía, la dem ocracia irrespetuosa con la
libertad.es.en cam bio, com o era de esperar, la démokratía.
Pero es una distinción que está ya im plícita en el agón constitu
cional herodoteo, en cuyas tres intervenciones (o más correcta
mente su suma) serpentea el presupuesto de que toda form a políti
co-constitucional degenera en su,peor, aspecto y_que. tal. procesoy
degenerativo pone en m ovim iento un cic lo en el que, histórica
mente, de una constitución se pasa a otra. En esté sentido, la inter
vención más clara y más im portante es la de Darío, quien establece
explícitam ente la cuestión del desdoblam iento de cada form a p o lí
tica en su form a «id ea l» p o ru ñ a pan e y en su verificación concreta,
por otra.
La'teoría « c íc lica»/
D añ ó observa, de hecho, que cada lina de las tres formas po líti
cas obtiene, en el ám bito del debate, dos caracterizaciones opues->
tas. Otanes esboza todos los defectos tópicos del poder m onárquico
y exalta, en pocas pinceladas eficaces, la dem ocracia; inm ediata
m ente después, Megabizos declara aprobar la critica al poder m o
nárquico pero dem uele la im agen positiva de la dem ocracia y exal
ta el predom inio de la aristocracia; después de lo cual el propio Da
río se dispone a desvelar las taras del gobiern o aristocrático y vu el
ve al punto de partida, dándole la vuelta radicalm ente, con un e lo
gio del poder m onárquico. Precisam ente, porqu e tiene delante el
cuadro com pleto de las seis posibles valoraciones de los 1res siste
mas, D arío abre su intervención diciendo que «éfEelrdiscurso» (3,
80, 1; tói lógói: esta lectura, que es la correcta, nos la da sólo la tra
dición indirecta, representada p o rE sto b e o ) los'tres'-reg'ímenes son»
«excelen tes»: desvela, p o r tanto, que de cada uno de los tres m od e
los existe una variante positiva, aquella en la que funcionan en esta
do puro los presupuestos « teóricos» (esto es lo que significa tói ¡ógói) sobre el que cada uno de los tres m odelos se funda. Esto im p li
ca — y Darío lo dice inm ediatam ente después— que, ahmenos..enlo que_se_refiere a la aristocracia y a la dem ocracia, sus característi
cas negativas surgen cuando se pasa del plano de las definiciones a,
la .práctica.
~w
PerorDárío va más allá: ofrece dos m odelos de trasváse constitucióñal dé Una form a à otra. Observa que, en la práctica, las d em o
cracias realizadas en efecto y las aristocracias «reales», llegan am
abas a tal desorden civil que fuerzan el surgim iento del m onarca. E l*
p o d er m onárqu ico brota dé una stasis, frecuentem ente sangrienta,
que sigue al fracaso práctico'de cada una de las otras dos formas de
162/Luciano Canfora
gobierno. Por otra p arte,el p rop io D a río n o puede ignorar el hecho
de que también una mala m onarquía puede dar'lugar,a la s/asís.al
día siguiente de la catástrofe de Cambises (perfecta encarnación
del tirano) y de la guerra civil causada por el usurpador (el «falso
Esm erdis»), los dignatarios persas se preguntan sobre que forma
política se puede dar a Persia después del naufragio de la m onar
quía; y se preguntan p o r otras posibles soluciones constitucionales
porqu e la m onarquía ha desem bocado en aquellos desenlaces de
sastrosos. P o r tanto, está "claro que, no sólo para Darío sino por el
p rop io contexto en el que tiene lugar el debate, de cada form a politico-cónstituciónal sé pasa a la.otra., y además a-través del doloroso
p a s o jd e ja ífasís^deda guerra civil.
Darío es el vencedor, pero lo es en el plano histórico, no en el
plano dialéctico. Desde el punto de vista de la form a demostrativa,
sus argum entos se añaden a los desarrollados p o r los interlocuto
res que le han precedido, no los anulan. En el plano dialéctico, el
debate no tiene ni vencedores ni vencidos. Y no puede ser de otra
form a, puesto que este resultado «a b ie rto » corresponde al cíc lico
sucederse de una «con stitu ción » a otra, sobre las ruinas y gracias a
los defectos de la otra, según un proceso que no puede tener fin,
que no puede ve r una etapa conclusiva. Tam bién p o r este m otivo
es justo d ecir que del debate h erodoteo parten todos los desarrollos
sucesivos del pensam iento p o lítico griego. Cuando Tucídides, en la
realidad de la narración, se encuentre frente al problem a bastante
singular del rápido fracaso de un gobierno oligárqu ico — el de los
Cuatrocientos— a pesar de estar constituido, com o él m ism o recal
ca, p o r «personas de p rim er ord en », no puede hacer otra cosa que
recu rrir a la explicación ya proporcionada en térm inos generales
p o r D arío sobre las causas del fracaso de toda aristocracia, por
«bu ena» que sea: llam a en causa la rivalidad entre los cabecillas,
todos de óp tim o n ivel pero todos inclinados a conseguir una posi
ción preem inen te (8, 89, 3). Tam bién él se expresa con palabras
que hacen referen cia al paso de una form a constitucional a otra,
destinada tam bién ésta a sucum bir, de nuevo en un «segm en to» del
«c ic lo »: «así — observa— se arruina una oligarquía surgida de la
crisis de la d em ocracia».
Esa im agen del flujo del proceso político-constitucional dom i
na la reflexión que siguió: desde el octavo libro de la República de
Platón al tercero de la Política de Aristóteles, quien adorna su análi
sis con una riquísim a ejem plificación sacada de su incom parable
co n ocim ien to de los acontecim ientos político-constitucionales de
centenares de pófeis griegas (158 Politeíai, de las cuales nos ha lle
gado casi entera la que se refiere a Atenas).dntentar.establecer se
gún qué sucesión, p o r lo general, se produce el paso fue el objeto
III ciudadano/163
de indagación y de especulación de los pensadores que siguieron,"*
desde el tardopitagórico O celo Lucano a Polibio, en los cuales la
indagación em pírica se conjuga con la idea filosófica del «regreso»,
de una «anacíclosis».
C orrector del eterno repetirse del ciclo es la constitución «m ix
ta»: ürísistem a que, encerrando en sí los elem entos mejores de Iqs
tres m odelos, se propone contem plar,(o se hace la ilusión) anulan
do los efectos destructivos y autodestructivos que, casi per se, cada ,
unó de-Íellós-pTOduce.^La intuición de una forma «m ixta» com o
algo muy positivo está ya apuntada, rápida pero claramente, por
Tucídides (8, 97), donde el historiador se para singularmente a e lo
giar el efím ero sistema p o lítico que se afirm ó en Atenas a la caída
de los Cuatrocientos. En realidad, aquel sistema — el llamado ré g i
men de los Cinco m il—- tiene bien poco de «m ixto»: es una de las
que Aristóteles habría llam ado oligarquías, porque están fundadas
sobre la lim itación de la ciudadanía a partir del censo. Y de hecho,
también las:otras:h ipótesis:de:constitución;«m ixta» — las cuales
irritaron al propio Aristóteles y sobre todo sus alumnos (de Teofrasto o D icearco y a Estratón)— están todas caracterizadas p or la
re ti rada de htrazo .primordial de la democracia,“ es_decir, . l a p le ña
ciudadanía para los pobres,1
> y,por táñto'sóñ esencialm ente óligar^
quíás; Es nada menos que el tema de la constitución «m ixta» el que
dom ina la reflexión griega sobre todo en época helenística y rom a
na. Frente a la original y com pleja solución que la polis Roma daba
al problem a de la ciudadanía y de su com binación con la exigencia
de un poder fuerte y estable, Polibio sostiene que ha encontrado en
Rom a el m odelo práctico y duradero. El libro sexto de sus Histo
rias, no p o r azar colocado después del relato de la durísima derrota
de Canas, para aclarar las razones por las que Roma había sobrevi
vido a aquella derrota, está consagrado por entero a la m orfología
de la constitución rom ana com o ejem plo perfecto de constitución
«m ixta».
Pero con Polibio es justo que se acabe la exposición intentada
hasta aquí de la «idea griega de la política». En contacto prim ero
con las grandes monarquías helenísticas y después con la polis ro
mana, el pensam iento g rieg o — que entonces es ya un solo pensa
m iento helénístico-rom ano— ha tom ado nuevos caminos. Ahí em
pieza otra historia.
164/Luciano Canfora
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C anto ra,
APENDICE DOCUMENTAL
H eródoto, Historia 3, 80-82
80 Una vez apaciguado el tumulto y al cabo de cin co días, los
que se habían sublevado contra los magos m antuvieron un cam bio
de im presiones acerca de todo lo ocurrido, y se pronunciaron unos
discursos que para ciertos griegos resultan increíbles, pero que
realm ente se pronunciaron.
Otanes solicitaba, en los siguientes térm inos, que là dirección
del Estado se pusiera en manos de todos los persas conjuntamente:
«Soy partidario de que un solo hom bre no llegue a contar en lo su
cesivo con un poder absoluto sobre nosotros, pues ello ni es grato
ni correcto. Habéis visto, en efecto, a qué extrem o llegó el desen
freno de Cambises y habéis sido, asimismo, partícipes de la insolen
cia del mago. De hecho, ¿cóm o podría ser algo acertado la m onar
quía, cuando, sin tener que rendir cuentas, le está perm itido hacer
lo que quiere? Es más, si accediera á ese poder, hasta lograría des' viar de sus habituales principios al m ejor hom bre del mundo, ya
que, debido a la prosperidad de que goza, en su corazón cobra
aliento la soberbia; y la envidia es connatural al hom bre desde su
origen. Con estos dos defectos, el m onarca tiene toda suerte de la
cras; en efecto, ahíto co m o está de todo, com ete numerosos e in
sensatos desafueros, unos p o r soberbia y otros por envidia. Con
todo, un tirano debería, al menos, ser ajeno a la envidia, dado que
indudablem ente posee todo tipo de bienes; sin em bargo, para con
sus conciudadanos sigue p o r naturaleza un p roced er totalm ente
opuesto: envidia a los más destacados m ientras están en su corte y
se hallan con vida, se lleva bien, en cam bio, con los ciudadanos de
165
1 6 6 /l.uciano
Canfora
peor ralea y es muy dado a aceptar calumnias. Y lo más absurdo de
todo: si le muestras una adm iración com edida, se ofende por no re
cibir una rendida pleitesía; mientras que, si se le muestra una ren
dida pleitesía, se ofende tachándote de adulador. Y voy a d ecir aho
ra lo más grave: altera las costumbres ancestrales, fuerza a las mu
jeres y mala a la gente sin som eterla a juicio. En cam bio, el g ob ier
no del pueblo tiene, de entrada, el nom bre más herm oso del mun
do: isonomía; y, por otra paite, no incurre en ninguno de los desa
fueros que com ete el monarca: las magistraturas se desempeñan
por sorteo, cada uno rinde cuentas de su cargo y todas las delibera
ciones se com eten a la comunidad. Por consiguiente, soy de la op i
nión de que, por muestra parte, renunciem os a la m onarquía exal
tando al pueblo al poder, pues en la colectividad reside todo.
81 Esta fue, en suma, la tesis que propuso Olanes. En cam bio
M egabizo solicitó que se confiara el p oder a una oligarquía en los
siguientes térm inos: «H a go mías las palabras de Otanes sobre abo
lir la tiranía; ahora bien, sus pretensiones de con ceder el poder al
pueblo no han dado con la solución más idónea, pues no hay nada
más n ecio e insolente que una m uchedum bre inepta. Y a fe que es
del todo punto intolerable que, quienes han escapado a la insolen
cia de un tirano, vayan a caer en la insolencia de un vulgo desenfre
nado. Pues mientras que aquél, si hace algo, lo hace con co n o ci
m iento de causa, el vulgo ni siquiera posee capacidad de com p ren
sión. En efecto, ¿cóm o podría com prender las cosas quien no ha
recibido instrucción, quien, de suyo, no ha visto nada bueno y
quien, análogam ente a un río torrencial, desbarata sin sentido las
empresas que acom ete? P o r lo tanto, que adopten un régim en de
m ocrático quienes abriguen m alquerencia para con los persas; no
sotros, en cam bio, elijam os a un grupo de personas de la m ejor va
lía y otorguém osles el poder; pues, sin lugar a dudas, entre ellos
también nos contarem os nosotros y, además, cabe suponer que de
las personas de más valía partan las más valiosas decisiones». Esta
fue, en suma, la tesis que propuso Megabizo.
En tercer lugar, fue Darío quien expuso su opinión en los si
guientes térm inos: «A mi ju icio, lo que ha dicho M egabizo con res
pecto al régim en popular responde a la realidad; pero no así lo con
cerniente a la oligarquía. Pues de los tres regím enes sujetos a deba
te. y suponiendo que cada uno de ellos fuera el m ejor en su género
(es decir, que se tratara de la m ejor dem ocracia, de la m ejor oligar
quía y del m ejor m onarca), afirm o que este últim o régim en es neta
m ente superior. En efecto, evidentem ente no habría nada m ejor
que un gobernante único, si se trata del hom bre de más valía; pues,
con semejantes dotes, sabiia regir im pecablem ente al pueblo y se
ÏLl ciii dn tl ane j/ l 67
mantendrían en el m ayor de los secretos las decisiones relativas a
los enem igos. En una oligarquía, en cam bio, al ser muchos los que
empeñan su valía al servicio de la comunidad, suelen suscitarse
profundas enemistades personales, pues, com o cada uno quiere
ser por su cuenta el jefe e im pon er sus opiniones, llegan a odiarse
sumamente unos a otros; de los odios surgen disensiones, de las di
sensiones asesinatos, y de los asesinatos se viene a parar a la m o
narquía; y en ello queda bien patente hasta qué punto es éste el m e
jo r régim en.
Por el contrario, cuando es el pueblo quien gobierna, no haym edio de evitar que brote el libertinaje; pues bien, cuando en el Es
tado brota el libertinaje, entre los malvados no surgen odios, sino
profundas amistades, pues los que lesionan los intereses del Estado
actúan en mutuo contubernio. Y este estado de cosas se mantiene
así hasta que alguien se erige en defensor del pueblo y pone fin a se
mejantes manejos. En razón de ello, ese individuo, com o es natu
ral, es adm irado por el pueblo; y en virtud de la adm iración que
despierta, suele ser proclam ado monarca; por lo que, en este pun
to, su caso también demuestra que la monarquía es lo mejor. Y, en
resumen, ¿cóm o — por decirlo todo en pocas palabras— obtuvi
mos la libertad? ¿Quién nos la dio? ¿Acaso fue un régim en dem o
crático? ¿Una oligarquía, quizá? ¿O bien fue un monarca? En defi
nitiva, com o nosotros conseguim os la libertad gracias a un solo
hom bre, soy de la opinión de que mantengamos dicho régimen e,
independientem ente de ello, que, dado su acierto, no deroguemos
las normas de nuestros antepasados; pues no redundaría en nues
tro provech o».
Trad. de Carlos Schrader, Madrid, Credos, 1979.
Concesión de ¡a ciudadanía ateniense a los saniios (405 a.C.)
Cefisofonte de Peania en funciones de secretario.
Para los samios que estuvieron al lado de Atenas.
Decisión idel Consejo y de la Asamblea Popular.
I-a tribu Ó recrópide ocupaba la pritanía, Polimnis ejercía de se
cretario, Alexias de arconte, N icofon te de Atm onia de presidente.
Propuesta de Clísofo y los demás ptitanes:
Alabar a los embajadores samios y a aquellos que llegaron los
prim eros y a los que han llegado ahora a la Asamblea, así com o a
los estrategos y a todos los demás samios, porque son valientes y es
tán dispuestos a actuar para lo m ejor. Alabar su acción porque ac
tuaron de m odo beneficioso para Atenas y para Sainos. Para pre
168/Luciano Canfora
miar el bien que han hecho a los atenienses, los atenienses los tie
nen en gran consideración y proponen lo siguiente:
Es decisión del Consejo y de la Asamblea que los samios sean
atenienses y que asuman la ciudadanía en la forma que más les
agrade, Que esta decisión sea aplicada del m odo más provechoso
para ambas partes, com o ellos dicen; cuando llegue la paz, enton
ces se podrán em prender deliberaciones comunes sobre otros
asuntos. Mientras, continúan disfrutando de sus leyes con plena au
tonom ía y todo lo demás lo siguen haciendo según los juramentos y
los acuerdos en vigor entre atenienses y samios.
[···]
Tod, Greek Histórica! Inscriptions, niim, 96.
Trad.Λ de P. Bádenas.
Plutarco, Vida de Pend es
12. Pero lo que m ayor placer dio a los atenientes y más contri
buyó al em bellecim iento de Atenas, lo que más boquiabiertos dejó
a los demás hombres, y lo único que atestigua que no son mentiras
aquel famoso poder de Grecia y su antigua prosperidad, es la ed ifi
cación de monumentos. De todas las medidas políticas de P e n d e s ,
esto es lo que sus enem igos miraban con peores ojos y lo que más
denigraban en las asambleas. En ellas gritaban que el pueblo tenía
mala reputación y era objeto de difam aciones por haber traído a
Atenas de Délos el tesoro común de los griegos, y que lo que podía
haber sido para él contra los que le acusaban el más decoroso de
los pretextos, que por m iedo a los bárbaros habían sacado de allí el
tesoro com ún para custodiarlo en lugar seguro, incluso eso Pericles se lo había quitado: « Y Grecia tiene la im presión de estar sien
do víctim a de una terrible injuria y de una tiranía manifiesta, p o r
que ve que con los tributos con los que se la fuerza a contribuir
para la guerra nosotros recubrim os de oro y em bellecem os nuestra
ciudad, com o una mujer presumida, rodeándola de piedras p recio
sas, estatuas y tem plos de mil talentos.»
Explicaba, en consecuencia, Pericles al pueblo que del dinero
no tenían que dar ninguna cuenta a los aliados, porque hacían la
guerra por ellos y tenían a raya a los bárbaros; los aliados no apor
taban ni caballos ni naves ni hoplitas, sólo contribuían con dinero,
cosa que no es de los que lo dan, sino de quienes lo reciben, con tal
de que procuren los servicios en cuyo pago lo han recibido. Era
preciso, ahora que la ciudad estaba suficientem ente provista de las
cosas necesarias para la guerra, dirigir sus abundantes recursos a
El ciudadano/169
obras que, una vez terminadas, les dieran gloria eterna y que, du
rante su ejecución, procuraran el bienestar; pues gracias a estas
obras, nacerían todo género de industrias y una infinita variedad de
em pleos, que, despertando )das las artes y poniendo en m ovi
m iento todos los brazos, procurarían salarios a casi toda la ciudad,
la cual, con sus propios recursos, se em b ellecería y al m ism o tiem
po se alimentaría.
Pues a los que tenían edad y vig o r para la guerra las ex ped icio
nes militares les procuraban abundantes recursos procedentes del
tesoro común; y para la masa jornalera que no form aba parte de los
contingentes militares, Pericles, que no quería que estuviera priva
da de ingresos, pero tam poco que los recibiera sin trabajar y o c io
sa, presentó al pueblo la propuesta de grandes proyectos de cons
trucciones y planes de trabajos que requerirían numerosos artesa
nos y cuya realización exigiría m ucho tiem po, para que, no m enos
que los que navegaban o los que estaban en guarniciones y los que
partían en las expediciones, la población que residía siem pre en
casa tuviera un m otivo para sacar provecho de los fondos públicos
y recibir una parte de ellos. Había com o materias primas piedra,
bronce, m arfil, oro, ébano, ciprés; com o oficios que trataran y ela
boraran estas materias primas, carpinteros, m odeladores, h erre
ros, canteros, batidores de oro, ablandadores de marfil, pintores,
damasquinadores, cinceladores; com o transportistas y p ro veed o
res de estos materiales, m ercaderes, m arineros y pilotos, p o r mar,
y, por tierra, carreteros, propietarios de parejas de tiro, arrieros,
cordeleros, hilanderos, talabarteros, peones cam ineros, m ineros.
Cada oficio, además, disponía, com o un general dispone de un ejér
cito propio, de una masa asalariada de peones, que constituían el
instrumento y ei cuerpo destinado a su servicio. Gracias a ello, las
m últiples ocupaciones distribuían y diseminaban el bienestar, por
decirlo en una palabra, entre todas las edades y condiciones.
Plutarco, Vidas paralelas.
Trad. de Emilio Crespo, Barcelona, Bruguera, 1983.
Pseudo-Jenofonte, Constitución de Atenas, 2, 19-20
Y o afirm o, en efecto, que el pueblo de los Atenienses con oce
.qué ciudadanos son superiores y quiénes inferiores; y, al c o n o c e r
lo, aprecian a los que son propiam ente partidarios y seguidores su
yos, aunque sean inferiores, y odian especialm ente a los superiores
pues, no creen que la virtud de éstos contribuya a su p rop io bien,
sino a su mal. Y contrario a esto es, el que algunos, que son verda-
170/Lucianb. Canfora
deram ente de! pueblo, no lo son por naturaleza. Y o com prendo la
dem ocracia del p rop io pueblo pues es totalm ente com prensible
que procure su p rop io bien; pero quien, no siendo del pueblo, es
co gió vivir en una ciudad dem ocrática más que en una oligárquica,
está dispuesto a delinquir y sabe que el que es m alo tiene más posi
bilidades de pasar inadvertido en una ciudad dem ocrática que en
una oligarquía.
Así que, respecto a la república de los Atenienses no apruebo la
form a de gobierno; pero, una vez que decidieron ser demócratas,
me parece que conservan bien la dem ocracia em pleando los m e
dios que yo he expuesto.
Pseudo-Jenofonte, Constitución de Atenas, 1, 14-15
De una sola cosa están faltos; pues si los Atenienses fueran los
dueños del m ar vivien d o en una isla, ellos podrían hacer daño, si
quisieran y en cam bio no soportarlo, mientras mandaran en el mar
y, ni sería sagrado su prop io territorio ni invadido p o r los en em i
gos; ahora bien, los agricultores y ricos Atenienses adulan a los
enem igos más, pero el pueblo, puesto que sabe bien que no incen
diarán ni devastarán nada suyo, vive sin tem or y sin adularles. A de
más, también estarían apartados de otro tem or, si vivieran en una
isla; nunca la ciudad sería traicionada p o r unos pocos, ni abiertas
sus puertas, ni invadida p o r sus enem igos. En electo ¿cóm o podría
suceder esto si vivieran en una isla? A su vez, nadie se sublevaría
contra el pueblo, si vivieran en una isla; pues, si se sublevaran se
sublevarían poniendo su esperanza en que los enem igos acudirían
p o r tierra.
Aurelia Ruiz Sola. Las constituciones griegas, Madrid, Akal, 1987.
Aristóteles, Política, 1268b-1269a
Algunos se preguntan si es perjudicial o conveniente para las
ciudades cam biar las leyes tradicionales en el caso de que haya otra
m ejor. P o r eso no es fácil asentir sin más a lo antes dicho, si no co n
viene cambiarlas. Puede ser que algunos presenten la abolición de
las leyes o del régim en c o m o un bien para la comunidad. Puesto
que hem os h ech o m ención de este tema, será m ejor detallarlo un
p o c o más. Tiene, co m o hem os dicho, dificultades, y podría parecer
que es m ejor el cam bio; es indudable al m enos que tratándose de
las otras ciencias es con ven ien te el cam bio; por ejem plo, la m ed ici
El ciudadano/1/1
na, la gimnasia y en general todas las ailes y facultades se lian aleja
do de su form a tradicional, de m odo que, si la política sc lia de con
siderar com o una de ellas, es claro que con ella tendrá que ocurrir
lo mismo. Podría decirse que los mismos hechos lo muestran, pues
las leyes antiguas son demasiado simples y bárbaras: así los griegos
iban armados y se compraban las mujeres, y todo lo que aún queda
de la legislación antigua es sobrem anera simple, com o la ley que
existe en Cime sobre el asesinato, según la cual si el acusador pre
senta cierto núm ero de testigos de entre sus propios parientes, el
acusado será reo de asesinato. Pero en general los hombres no bus
can lo tradicional sino lo bueno, y es verosím il que los primeros
hombres, ya fueran nacidos de la tierra o supervivientes de algún
cataclismo, fueran semejantes no sólo a los hombres vulgares ac
tuales, sino incluso a los necios, com o se dice efectivam ente de los
que nacieron de la tierra; de m odo que es absurdo persistir en sus
opiniones. Pero aparte de estas razones tam poco es m ejor dejar· in
variables las leyes escritas, porque lo m ism o que en las demás ar
tes, es también im posible en política escribir exactamente todo lo
referente a su ordenación, ya que forzosam ente las normas escritas
serán generales y en la práctica no sc dan más que casos singu
lares.
De estas consideraciones resulta m anifiesto que algunas leyes, y
en determinadas ocasiones, deben ser susceptibles de cambios,
pero desde otro punto de vista esto parecerá r equerir mucha pre
caución. Cuando la m ejora sea pequeña y en cam bio pueda ser fu
nesto que los hombres se acostumbren a cam biar fácilm ente las le
yes, es evidente que deberán pasarse por alto algunos fallos de los
legisladores y de los gobernantes, pues el cam bio no será tan útil
co m o dañino el introducir la costum bre de desobedecer a los g o
bernantes. La com paración con las artes es también errónea; no es
lo m ism o introducir cam bios en un arte que en una ley, ya que la
ley no tiene otra fuerza para hacerse obedecer que el uso, y éste no
se produce sino mediante el transcurso de mucho tiem po, de modo
que el cam biar fácilm ente de las leyes existentes a otras nuevas de
bilita la fuerza de la ley. Pero aun si pueden cambiarse, ¿podrán
cam biarse todas y en todos los regím enes, o no? ¿Podrá cambiarlas
cualquiera, o sólo algunos? Todas estas cuestiones tienen gran im
portancia. Dejemos, pues, esta investigación por ahora: no es de
este lugar.
Trad. de Julián Mar ías, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1951.
172/Luciano Canfora
Tucídides, 2, 37
Tenem os un régim en político que no emula las leyes de otros
pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un m odelo a se
guir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos p o
cos sino de la mayoría, es dem ocracia. En lo que çoncierne a los
asuntos privados, la igualdad, conform e a nuestras leyes, alcanza a
todo el mundo, mientras que en la elección de los cargos públicos
no anteponemos las razones de clase al m érito personal, conform e
al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tam po
co nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la
oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar
un servicio a la ciudad. En nuestras relaciones con el Estado viv i
mos com o ciudadanos libres y, del m ism o modo, en lo tocante a las
mutuas sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no senti
mos irritación contra nuestro vecin o si hace algo que le gusta y no
le dirigim os miradas de reproche, que no suponen un perjuicio,
pero resultan dolorosas. Si en nuestras relaciones privadas evita
mos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso tem or es la
principal causa de que no com etam os infracciones, porque presta
mos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y
principalm ente a las que están establecidas para ayudar a los que
sufren injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean a
quien las infringe una vergüenza por todos reconocida.
Trad. de J. J. Torres Esbarranch.
Tucídides, 6, 38-39
Pero esto, com o os he dicho, los atenienses lo saben y estoy se
guro de que se cuidan de sus intereses; es aquí donde hay unos
hom bres que inventan historias que no existen ni pueden existir. Y
yo me doy perfecta cuenta de que lo que estos hombres desean, no
ahora por prim era vez sino desde siem pre, es asustaros a vosotros,
al pueblo, con cuentos de esa clase o todavía más perversos, o con
sus acciones, a fin de hacerse ellos con el dom inio de la ciudad. Y
tem o ciertam ente que un día, a fuerza de intentarlo, lleguen a con
seguirlo; porque nosotros somos incapaces de ponernos en guar
dia antes de padecer el daño y de reaccionar contra ellos al darnos
cuenta de sus maquinaciones. P o r esto precisam ente nuestra ciu
dad está pocas veces tranquila y soporta muchas disensiones y un
m ayor núm ero de luchas en su interior que contra sus enem igos, y
a veces incluso tiranías e injustos regím enes personales. De todos
lîl ciudadano/173
esos males, si vosotros estáis dispuestos a seguirme, yo trataré de
no perm itir que sobrevenga ninguno en nuesiro tiem po; para ello
procuraré convenceros a vosotros, a la mayoría, de que castiguéis a
los que urden tales maquinaciones, no sólo al cogerlos en flagrante
delito (pues es difícil sorprenderlos), sino en los casos en que tie
nen la intención, pero no los m edios (pues fíen te al en em igo es
preciso defenderse por anticipado, no atendiendo sólo a lo que
hace sino también a sus proyectos, sobre todo si p o r no ser el pri
m ero en ponerse en guardia se va a ser el prim ero en recibir el
daño); y en cuanto a los oligarcas, mi misión consiste en descubrir
los, vigilarlos y amonestarlos, pues pienso que ésta será la m ejor
m anera de apartarlos del mal cam ino.
Y bien, he aquí una pregunta que m e he hecho muchas veces,
¿qué es lo que queréis vosotros, los jóvenes? ¿Tener ya el poder?
¡Pero si no es legal! Y la ley se estableció por el hecho de que vo so
tros no estáis capacitados para ejercer cargos, y no para despojaros
de este derecho teniendo capacidad para ello. ¿O es que no queréis
la igualdad de derechos con la mayoría? ¿Y có m o seria justo que
aquellos que son iguales no gozaran de iguales derechos?
Se dirá que la dem ocracia no es ni inteligente ni equitativa y
que aquellos que poseen el din ero son también los m ejores para
ejercer el poder con más acierto. Pero yo afirm o en prim er lugar
que se llama «p u e b lo » al conjunto de los ciudadanos, mientras que
el térm ino «oliga rqu ía» sólo designa una parte; después, que los ri
cos son los m ejores guardianes del dinero, pero que para dar los
m ejores consejos tenem os a los inteligentes, y que para decidir lo
m ejor después de haber escuchado está la mayoría; estos elem en
tos indistintamente, p o r separado o en conjunto, tienen una parte
igual en la dem ocracia. La oligarquía, en cam bio, hace participe de
los riesgos a la mayoría, pero respecto a los beneficios, no se limita
a querer llevarse la m ayor parte, sino que arram bla con todo y se lo
queda. Este es el régim en que entre vosotros desean tener los pod e
rosos y los jóvenes, pero es im posible im p on erese régim en en una
gran ciudad.
Historia de la Guerra del Pcloponeso.
Trad. de J. J. Torres Esbarranch, Madrid, Gredos, 1990-1992.
Capítulo quinto
EL HOMBRE
Y LA VIDA DOMESTICA
James Redfield
Relieve en terracota procedente de Loen. Segundo cuarto del siglo v
Fuentes: la presencia de una ausencia
El desaparecido Arnaldo M om igliano se encargó de enseñarnos
que la historia no trata de las fuentes. La historia es una interpreta
ción de aquella realidad de la que las fuentes son segni indicativi o
frammenti. Es ob vio que nuestro proced er im plica el examen de las
fuentes, pero lo que buscamos es contem plar a través de ellas no
sólo la realidad que representan sino también la que no aciertan a
representar, la que representan m alam ente e, incluso, la que o c u l
tan. Estas enseñanzas de M om igliano resultan especialm ente va lio
sas cuando nos las tenem os que haber con el asunto que nos ocupa,
ya que los griegos de la época clásica casi no nos han dejado fuen
tes respecto de su vida doméstica.
En prim er lugar, contam os con pocos testim onios extraoficia
les de este periodo, entendiendo por extraoficial cartas personales,
docum entos de negocios, material de archivos y pruebas presenta
das en procesos civiles. En vez de esto lo que tenem os son repre
sentaciones oficiales: imágenes de bullo o pintadas, narraciones li
terarias, relatos históricos, análisis filosóficos y discursos públicos
que han pasado a la posteridad co m o m odelos de retórica. N os en
contram os con los griegos, p o r d ecirlo así, vestidos con sus m ejo
res galas; no les cogem os desprevenidos, sino que les vem os tal
com o ellos eligieron representarse a sí mismos. Estas representa
ciones, además, con pocas excepciones, son representaciones de la
vida pública. La historia, tras haber alcanzado su canonización con
Tucídid es, se ocupó casi en exclusiva de la política y de la guerra.
177
178/Jaincs Redfïeld
I
La tradición filosófica, de Pitágoras en adelante (con la im portante
excepción de Aristóteles), fue en general hostil a lo dom éstico; la
unidad fam iliar es contem plada com o un mundo de em ocionalidad fluctuante, tendencias antisociales y m otivaciones triviales. La
acción pública tiene más posibilidades de ser m oral ya que, al ser
visible, está sujeta a valoración por parte del público.
La vida publica se desarrolla en un espacio público? Esta regla
tiene un curioso reflejo en el arte que se encargaba de representar
para el público ateniense la experiencia privada y las relaciones do
mésticas, es decir, el drama. Tanto en la tragedia co m o en la co m e
dia la escena se alza en el exterior; ya sea en la calle o en lo que
haga las veces de ésta. Los personajes salen de la casa o de su equi
valente (la tienda de Ayante, la cueva del C íclop e) y no es raro que
nos proporcion en algunas explicaciones com o, por ejem plo, por
qué han salido fuera para hablar de sus planes secretos o lamentar
sus más íntimas penas. La represetltación.ren otras palabras,·'se re
presenta a sí misma co m o revelación de algo norm alm ente oculto.
Esto nos ayuda a com p ren d er,p or qué las relaciones domésticas en
•el dram a son representadas en toda ocasión com o anorm ales; rotas5
ó en p lena crisis. En tanto que el drama es una representación de la
vida dom éstica es tam biéniuna especie de escándalo.*
Muchos de los personajes del drama son mujeres. En la vida real
era algo digno de una m ujer ateniense que nada pudiera saberse so
bre ella (c o m o señala el Pericles de Tucídides); las mujeres gue ve*
mos en escena están ya, en cierto m odo, deshonradas o corren el·
riesgo de estarlo epando el público.las v e -(precisam enle poi que las
puede ver). Lo que suele estar oculto, cuando se saca a la luz, ev i
dentem ente está fuera de lugar.
Los griegos de la época clásica no crearon la clase de ficción na
turalista que tan rica fuente resulta para la vida dom éstica en la
época m oderna. Ciertam ente, podem os dedu cir algunas cosas de
las representaciones que tenem os; nuestra perspectiva se parece
bastante a las obras de teatro, en las que, a veces, se abre una puer
ta y un m ensajero aparece, o bien un personaje m ira dentro y nos
cuenta lo que sucede en ese m undo cerrado e invisible. Sobre la
base de tales indicaciones y fragm entos es posible escribir descrip
ciones de «la vida dom éstica de la G recia antigua». De hecho, esto
ya se ha llevad o a cabo. El presente estudio, sin em bargo, sigue una
estrategia diferente. Será una investigación sobre la idea de lo d o
m éstico entre los griegos (especialm ente tal co m o podem os trazar
la a partir de los m itos y ritos), y más específicam ente sobre el lugar
que esta idea ocupa dentro de la id eología de la ciudad-.estado. Des
de el punto de vista de esta investigación la ausencia de testim onios
es en sí m ism a un testim onio im portante. La selección llevada a
El hombre y la vida doméslica/l 79
cabo p o r la gente en Ιο que toca a su propia representación nos
dice mucho, tanto por lo que oculta com o por lo que revela.
Là supresión d e j o doméstico
Vam os a com enzar p o r una ausencia obvia pero, a la vez, intri
gante: los griegos de la' época-clásica no nos han dejado historias de
amdr."Nuestro escenario más familiar, aquel que com ienza con un
«chico-encuentra-chica» y term ina con un «y vivieron felices v c o
m ieron perdices», no es representado en la literatura griega antes
del D íscolo de Menandro, puesto en escena el año 316 a.C., siete
años después de la m uerte de Alejandro Magno, Por supuesto, es
posible que algunas obras perdidas — la Andrómaca de Eurípides
p o r ejem plo— hayan seguido ese esquema, y hay algunas excep cio
nes entre las obras que se nos han conservado que, en su mayor
parle, tienen que ver con los dioses: p o r ejem plo, A polo cortejando
a Cirene en \zPítica novena de Píndaro y la alusión de H om ero a las
aventuras prem atrim oniales de Zeus y Hera «cuando se fueron a la
cama juntos burlando la vigilancia de sus padres» (¡liada, 15, 296).
Pero, en general, la regla es válida y lo que resulta más llam ativo es
que, a diferencia de la ficción naturalista, las historias de am or se
cuentan en todas las literaturas del ancho mundo y que, además, en
ellas, se han basado clásicos tan diferentes com o La historia de
Genjii o Sakuntala. Las historias de am or constituyen también una
parte im portante del acervo com ún de los cuentos populares in
doeuropeos, ya se trate de la historia del hijo más joven que gana en
prem io a la bella princesa o de la desventurada doncella rescatada
p o r su rutilante caballero.
Los griegos, por supuesto, también contaban historias de este
tipo; p o r ejem plo, la historia de cóm o Jasón obtuvo a Medea o Pélope a Hipodámía. Pero cuándo las narran, en época cJájsica, no loj^
hacen.exactam ente com o historias de amor. Veam os un ejem plo,
Píndaro nos cuenta las historias de estos dos personajes, Pélope y
Jasón. Pélopé, en la prim era Olímpica, es un pretendiente, pero no
le vem os cortejando a H ipodam ía sino que, más bien, ella es el pre
m io en su contienda con Enom ao, padre de ésta. Jasón, en la cuar
ta Pítica, es cierto que hechiza y seduce a Medea, pero ella no es el
p rem io que persigue, es el instrumento mediante el cual lleva a
cabo una tarea que le perm ite recobrar su patrimonio.
En otras palabras, Jasón no va buscando una novia sino que lo
que busca es su herencia. E sja herencia el aspecto de la vida fam i
lia r que p reocu p a a la ficción clásica. Por ejem plo, Hem ón y Antígona, en la Antígona, son una pareja que mantiene relaciones lor-
!80/Janics Rcdfield
males — el am or del uno p o r la otra es decisivo para la trama de la
pieza— pero el dramaturgo no los lleva a escena juntos; Antígona
más bien viene a ser para Hem ón algo por lo que discutir con su pa
dre. Clitemnestra mata a un marido y se agencia otro, pero su tra
gedia radica en sus relaciones con Orestes, quien debe matar a su
madre para recuperar sus derechos sobre el reino çie su padre. Lue
go tenemos a Edipo, cuyas desgracias comenzarori el día en que su
padre intentó matarle cuando era niño y que, por ello (de m odo ac
cidental), ha recobrado su patrim onio al matar a su padre y con ver
tirse en esposo de su madre. Los problemas se presentanTCuando
üiTpadreLTiíténtaJevitar:la jn orm alsu cesión ^de Jas .generaciones.·*
Igualmente, la disputa entre Pélope y Enóm ao se tornó sangrienta
porque Enom ao no quería perm itir el m atrim onio de su hija; por
ello, retaba a cada uno de sus pretendientes a una carrera de ca
rros. Le daba al contrincante una ventaja y luego le alcanzaba con
sus maravillosos caballos y le apuñalaba por la espalda. De esta ma
nera, llegó a matar a doce jóvenes. Pélope, que hacía el núm ero tre
ce, se las arregló (p o r diferentes m edios en las diferentes versio
nes) para matar a Enom ao y así ganó en prem io a Hipodamía.
En una versión Enom ao deseaba desposar a la propia H ipoda
mía y este m otivo incestuoso debe considerarse com o latente en to
das las demás. Casarse con la propia hija es lo'm ism o que matár.al
h ijo ;o sea.-una negativa-a dejarla marchar,· a p e rm itirq u e la gen e
ra ci ón- si guíente to m e n u e s tr o lu gar:
Los~dioses;-Comû:soniirrmôrtàlës7:;n ô-tiên ën estej problema,^Qj
^méjorTcom ó sorrinm ortales tienen este problem a al revés. La Teo
gonia de H esíodo nos cuenta con detalles cóm o los dos dioses m a
yores, Urano y Crono, cada uno en su m om ento, no consiguieron
im pedir la sucesión; finalm ente Zeus, el tercero en la línea de des
cendencia, estabiliza el cosmos. Lo consigue tragándose, más que
desposando, a su prim era esposa Métis; por ello, Atenea nació de la
cabeza de Zeus (y fue así leal por com pleto a él, en su calidad de pa
dre y m adre) , mientras que el nacim iento del hijo que debía ser
m ejor que su padre se evitó. E l'pôder-ëtërnôde Zeus,·-en otras palabras," esta~aségumdoJ^6r úha hijaétefn ám éñ te virgen y un.hijo que,
l no Jlegó~a macér.1
»
P ero; com o nosotros no somos inm ortales =-des dicen sus mitos
^ós^ griégó s“ 'd eb em os perm itir'qüé nuestras hijas se.casen y que *
nuestros líijqsJviv^nr;Quienes no hacenjcaso .de esta reglarperturbañ el universo; Un ejem plo legendario es Astiages el m edo a quien
un sueño le reveló que el hijo de su hija le reemplazaría co m o rey
(H eród olo, I, 108). En vez de alegrarse por un sueño que le p rom e
tía una generación de más en el poder (iba a ser reem plazado no
por su hijo sino por su nieto), procedió com o si pensara que iba a
El hombre y la vida doméstica/18 l
vivir por siem pre e intentó matar al niño. El resultado fue Ciro el
Grande y el Im p erio persa. Errores que a un nivel dom éstico cau
san una tragedia, a nivel de la historia del mundo obran prod i
gios_ _
_ _
... _
______
El problem a dé la herencia es un m edio de reflexionar sobre el
problem a de la cultura y lá'naturalezar-mediantela Herencia,’ noso-·
tros, que somos organism os perecederos — «criaturas de un día»,
com o nos llam a el poeta— tom amos Jâsunedidas para transmitir
un orden_cuhural duradero. Esto lo podem os conseguir sólo si logram osX vencer nuestro egoísm o; entendido asi, el óVde'nxu'líüral·
viene a ser el·reg a lo que cada generación ha.ee a. la siguiente. Los*
griegos, en tanto que concebían la fam ilia en los térm inos de este
p rob lem a" la v ie ro n desde el puntó de vista de-Ia ciudad-estado.^El·
fin dé la familia, desde el punto’dé vista político, es transmitir própiedad .y.papeles sociales de form a-que el.orden p olítico perviva
tras la m uerte de los individuos1
. EnTerníiñós de naturaleza; el pa"*
p e lx ív ic o deias m ujeresxra producir ciudadanos, es decir, h erede
ros varones; párá las unidades fam iliares que com ponen las ciuda
des; en tenfíiñós de cultura’; las .mujeres funcionaban com o pren
das en. úna transacción éntre el suegro y el yerno; una-transacción
conocida com o.lá engyé o érigvèsis?·Se trataba de un acuerdo entre
el padre de la novia o su tutor legal y su pretendiente, por el cual la
autoridad sobre aquélla se transfería de uno a otro. Los mismos tér
m inos se usaban también cuando se daba algo en prenda com o ga
rantía. La~entregaTdeda mujer, por lo tanto, fiielûmTsênâhd.e un
vín cu lo entre los dos hombres; el de más edad daba a la joven com o
prenda usando la voz activa del verbo, el más joven la recibía en la
voz media (engyómai; cfr. H eród oto V I, 130, 2), Lajriujer^pues, no
parte_de la transacción.«
La fórm ula ática era: «T e doy en prenda a mi hija para en gen
drar hijos legítim os y, con ella, una dote de (tanto y más cu anto)»
(M enandro 435 K, Díscolo, 842 ss.). Ehpadfé entregaba a su hija y>
daba también, con ella, una doteT Form alm ente, la dote nunca fue
propiedad del m arido pero era éste quien ia tenía y la administraba
para sus hijos, debiendo ser devuelta en el caso de que el m atrim o
nio fracasase; de todas maneras, con mucha frecuencia hubo de
ser, sin la m enor duda, algo especialm ente atractivo ya que el marido tenía ia adm inistración de ella en tanto que el m atrim onio dura
se. El nuevo yerno no tenía que ofrecer,nada a cam bio; en la épica
muchas veces se oye hablar de un regalo hecho a la novia, pero^xl^
intercam bio m átrim oniaj clásico fue recíp roco únicam ente dentro
del contexto de una reciprocidad generalizada; el padre debía entregar.a.suJfiija.porque, tiem po atrás, había recibido a la hija de
otro. La única condición estipulada de la transacción era «para en-’
182/Jamcs Kedfícld
¿gëndfâr hijos legítim os». La com pênsâciôn del suegro estribaba e n ’
la perspectiva de tener nietos. De nuevo tenemos aquí que el punto
de mira es la herencia. El m atrim onio es concebido co m o él medios
p o r e l cü á lu fth o m b re p u e d e je n e r descendientes m ediante su hija;
El yerno, j r cam bio, adquiere ciertos derechos sobre su.suegro.
N o puede decirse que los m atrim onios griegos fueran «c o n ce r
tados» si lo que entendem os por ello es que había un acuerdo entre
los padres de la novia y del novio. Los griegos nunca reconocieron
nada semejante a la patria potestas romana, p o r la cual los hijos
adultos estaban bajo la autoridad del padre en tanto que éste vivie
ra; p o r ello, el pretendiente, co m o varón adulto libre que era, nego-.i
ciaba p o r su novia eh.su p rop io nom bre; Casarse fue una form a de
adquisición, una parte de la «tercera fu nción»; Herm es, el patrón
del traslado de la novia desde su antigua casa a la nueva, es también
el dios del co m ercio, del robo y de los objetos encontrados. Glaucón, en la República de Platón, habla del m atrim onio com o si fuera
un tipo de co m ercio; el hom bre injusto, nos dice,
desea [...] tomar luego esposa de la casa que desee, casar a sus hijos con
quien quiera, tratar y mantener relaciones con quien se le antoje y obtener
de todo ello ventajas y provechos (362b)*.
T o d o lo dicho sitúa al m atrim onio sin la m en or ambigüedad en
un m undo m asculiño de transacciones públicas, de rivalidad p o r el
hóñór.y la ganancia'; hasta el punto de que, coñ cebidó a sííel m atriz
m o n io d e ja de ser.entendido co m o algo centrado en la relación prh
vadsuefítre üñ hom b re y.una m ujer. Otra consecuencia de esto, en
mi opinión, fu ella ausencia de historias de amor.
Las historias cuyo tem a es el cortejo — esto debe quedar claro—
en realidad son historias acerca del ideal de relación m atrim onial,
ya que el p recio que uno paga p o r casarse nos proporcion a una va
loración del estado de casado, y un relato de los pasos desde la solten a al m atrim onio es una manera de hablar sobre las diferencias
entre los dos. D igám oslo de una manera más técnica: una historia
de a m o r establece la estructura ideal del m atrim onio en térm inos
de una serie de acontecim ientos ideales. Tales historias no necesi
tan reflejar ninguna práctica de cortejo real; esto explica por qué
aquéllas son tan populares en las culturas — las del sur de Asia, por
ejem p lo— en las que, prácticam ente, todos los m atrim onios son
«c o n ce rta d o s » y la novia y el novio no se ven hasta el día de la boda.
N o obstante, la novia tiene la esperanza de que se la valorará y por
* l^a traducción que utilizamos es de M. Fernández Galiano (Madrid,
1949). (N. del T.)
fct humbic y la vida domcsûca/l83
ello se interesa profundamente p o r las historias que narran los por
m enores de hacer la corte a una mujer; el novio, por su parte, espe
ra ser adm irado y esta es la razón de que le gusten las historias en
las que el novio llega luchando hasta su novia. Si la historia es una
de aquéllas en que la novia es el prem io concedido al más valeroso,
la razón de e llo estriba en que la m ujer desea ser apreciada de fo r
ma extraordinaria y el hom bre aspira al mérito. Si en la historia la
novia es una víctim a rescatada, esto significa que las mujeres de
ben ser protegidas y los hombres lo bastante fuelles para hacerlo.
En las historias unos y otros viven felices por siempre, com o si, una
vez narrada la historia, todo lo demás cayera de su peso; las histo
rias son realm ente descripciones de la felicidad matrimonial.
La^aüsencia dé histOTiás_dé_ámór-en la literatura griega es, pol
lo tanto,un áspécto_dé la aüséñcia de cualquier.réprésenlación po¿sitivádel m atrim onio: Làs mujeres^dë lásTrágeclias, por ejem plo, o
bien ,sbfi víctim as m altra ta s, .como Ifigenia o lo, obien-fufiás ven
gadoras, co m o es el caso de Clitem nestra y Medea; no es raro que,
com o Deyanira y Antígona, se las arreglen para ser ambas cosas a la
vez. ¡El m atrim onio más satisfecho en toda la tragedia es probable
m ente (hasta el m om ento de la verdad) Edipo y su madre! En Aris
tófanes encontram os un p o co más de equilibrio. El héroe de Los
acamienses aparece con su mujer y lo m ism o hace, durante mucho
más tiem po, el héroe del Pluto\ sin em bargo, la única escena real
m ente notable entre un hom bre y su esposa es la de Lisístrata,
cuando M irrina niega sus favores a su esposo. De los autores dra -1
m áticos que nos han llegado, Eurípides parece haber sido el más i
interesado en e! m atrim onio; la Ifigenia en Aulide trata de una boda ¡
(que es ciertam ente un sacrificio humano disfrazado); la Andrómaca y el Orestes terminan con esponsales y la Helena y la A leestis con
la reunión de m arido y mujer. Pero de éstas sólo la Alcestis puede
ser considerada com o una pieza sobre el m atrim onio: lo que en
ella se deplora es la ausencia de la felicidad matrimonial.
Sin em bargo, si lle l'd ra m a rétorñam os a la épica? lo que tene
mos es dría im presión com pletam ente diferente. Ij a Odisea, des
pués de todo,, trata de la reconstrucción de un m atrim onio, y un
m atrim onio fúe también el casus belli de la Guerra de Troya; la ac
ción de la ¡Hada, además, nos cuenta la pérdida y recuperación de
una mujer por Aquiles, quien precisam ente señala el paralelismo:
¿O es que sólo de todos los humanos aman a sus esposas los Atridas? No,
cierto, que no hay hombre generoso y en su juicio, que no quiera a la suya y
delta cuide ( l i t a d a , IX, 340-342)*.
La traducción es de D. Ruiz Bueno (Madrid, 1956).
184/Janies Redfield
Con Priamo y Hécuba, H ector y Andrómaca, A lcín oo y Arete,
Odiseo y Pénélope — por no hablar de Zeus y Hera— teiiem os en*
'Homero una com pleta galería de parejas y, en general, la represen-*
tación positiva dél matrim onio. Es únicamente én la literatura pos
t e r i o r cuando este tema desaparece.>
Cuando, finalmente, llegam os al Díscolo, lo que se nos ofi*ece
en él, además, no es el prim er intento de ensayo cíe una historia de
amor; se trata ya de un ejem plo desarrollado del género con su sin
cero y apasionado joven héroe, su virginal doncella recluida, su pa
dre irascible y su historia de ordalías y malentendidos superados.
Es com o si tales historias hubiesen estado presentes de un m odo la
tente por todas partes, suposición que es confirm ada por la obser
vación de que, ya en la Odisea V I y V il, existe una historia de am or
latente. La visita de Odiseo a los feacios es presentada de form a cui
dadosa y bastante explícita a fin de que no se identifique con un es
cenario subyacente, dentro del cual el herm oso extranjero de
allende los mares se casa con la hija del rey y hereda el reino. Este
esquema alternativo de la historia está en la mente de todos los per
sonajes y, además, fue familiar, sin lugar a dudas, tanto al poeta
com o a su auditorio. ·
Esta noción'dem aTrim onib, coirño-ténTá l a t e n t e ' l o que es lo
mismo, /feprimidor— en Ja Cultura' griega, es confirmada, además;
p o ï'el hechojde 'q u ejo s autores que ofrecen la visión más naturalis
ta de la vidáTrnitrimóniál són Aristófanes (por"ejem plo, en la narra
ción de Estrepsíades de su noche de boda y el chism orreo de las
mujeres en Lisistrala) y Hé’ró'doto; en este último, a menudo, los he
chos tienen lugar en el exótico Oriente (com enzando con Candau, les de Lidia), pero también en tierras griegas. Aristófanes y_Heródoto~sOñlosldós autores del canon que, evidentemente,j>e muestran
más dispuestos a discutir asuntos suprimidos de los géneiOsJUerarios más respetables; uno y otro, por ejem plo, discuten con toda li
bertad a propósito de cosas que jamás se m encionan en H om ero,
entre otras la orina y los genitales femeninos.
Esto nos lleva a una cuestión cronológica. El périôdô7dùrânte;êl¡/>
cuál', el 'm atr i nVóni o r com o -"asuh tô literario,-; quedó ^suprimido jes
exact ámente ’ elTfhislñ^a* lo -lárg del -cual-láTciudad-estado^ funcio n ó x o mo uria!estrúcfura'aufosuficiente — o, al menos, indepen
diente— paral¿Tvida de los griegos. Antes de H om ero difícilm ente
existió; después de Alejandro sobrevivió sólo com o una unidad ad
ministrativa y social bajo el dom inio de los monarcas helenísticos y
sus sucesores. υΓοίυάΒΗ-Έείβάο,·además, es el tipo*de vida:más cafactérístico dedos griegos .clásicos y eL q u e m e jo rle s caracteriza.
P o r tanto; hablar de^ «e l ;h*ombre dom esticó eiitre lo s ■-griegos»,es
preguntarse por- là relación entre lo dom éstico y.la ciudad-estado.
El hombre y la vida doméstica/185
En la tragedia, que fue un arte ciudadano, los temas domésticos
se présentaft e ñ el con texto de Ta sociedad heroica, una sociedad en
partcfímaginada, en parte recordada de los tiem pos anteriores a la
ciudad-estado.yUna época ën la que, com o 'no?es dado ver en la épi-*
,ca, fas^ mujenTs eran .muchq7más”visibles e independientes/I-a so·*
ciedacl heroica és.regida.por monarquías y las fámiliás-en cuestión
enllas,tragedias sondas familias-de los reyes.y príncipes; algunas
piezas muy antiguas sitúan la acción en el Este, lo cual no debe ser
tom ado com o un artificio muy diferente ya que también el Este era
m onárquico..Las, tràgëdiàs-refièjan así las ansiedades dé la ciudad-"·
estado en.transform ación/Los problem as dom ésticos de las lam i
llas reales tienen una obvia im portancia política. Por ello, la narra
ción de historias .heroicas lleg o â ser (entre otras cosas) uná mane^
ra de reflejar las im plicaciones políticas de! :ám bito doméstico.
¿Un téma recu rrente en estas piezas es l a amenaza del-poder fe- i
^men in o, el riesgo de que los hom bres puedan perder el control so- 1
bre sus mujeres. Este peligro, además, tiene su contrapunto có rn i-1
co en las fantasías aristofánicas de una actuación política de las
mujeres. Sea de-forma trágica o cóm ica, el poder fem enino es trata
do siem pre co m o una.inversión de la naturaleza de las cosas, una
ipversión, además, producidàap o rJ a ;lo cu ra y l a debilidad de los
hom bres/Ya se trate de la viciosa Clitemnestra, de la apasionada
Antígona o de la juiciosa List strata, la exigencia dé poder por p a r t e a
de la-mujer'es tomada invariable menté, incluso' por, las propias mu
jeres, x om o. un Asigno de que algo ha ido terriblem ente máU'El-po·;
dér legítim o en la ciu dad-estado — esto e"s lo'que eljeatrojes^decía
ajlós"griegos— fue el poder.de los'hómbresj/y este póder.legítim o
ño estaba del,todo~segu rov
Las le'yendás griegas hablan también.de mujeres c o m p lé tâ m e s
te ' fuera ..de’- con troh-lsón riasl ménades;.: lite raím ente .las ’ «lócas>>.
Abandonan la ciudad y vagan p o r las montañas en un éxtasis lleno
de violencia; viven entre prodigios, juegan con serpientes, despe
dazan animales vivos con sus manos desnudas y pueden ven cer a
los hom bres en combate. Norm alm ente;-son seguidoras de D ionl·
so, que se divierte con ellas tal com o Artem is lo hace con sus nin
fas. Mientras las ninfas, sin em bargo, son inm ortales, las ménades
son mortales, las mujeres e hijas de la gente corriente, y el mënadis-rtio no és uήâ_form a norm al de religiosidad; por él contrario, en las
léyendas.'muy a m enudo es un castigo que cae sobre las com unida
des que se resisten al,dios.*Es típica la historia de la llegada de Dioniso a Argos, donde no se le honró y, po r ello, vo lvió locas a las mu
jeres; «éstas se llevaron a sus criaturas a las montañas y com ieron
la carne de sus propios hijos» (A p olod oro, Biblioteca, 3, 5, 2, 3).fEb
m enadism o.es la negación de ;la m aternidad y de la herencia,-: es
]86/Jarncs Reclfield
una plaga co m o el hambre, la sequía o la peste y, com o éstas, .sólo
puede curarse estableciendo'algu na· relación adecuada con el
dios. *
Argos es también el escenario de las historias sobre las hijas de
Preto, contadas en numerosas versiones, aunque, sin em bargo, en
todas ellas, las muchachas se vuelven locas. Unas veces ellas tam
bién se han resistido a Dioniso; otras es Hera la diosa a la que han
ofendido. En la versión de H esíodo (Fragmenta Hesiodea, 130-133
M -W ) se vuelven arrogantes p o r los muchos pretendientes que tie
nen y, en su arrogancia, ofenden a I-lera; ésta las convierte en seres
de lujuria incontenible y luego las castiga con la lepra y la pérdida
de su cabello. Más tarde, se curan al ser expulsadas de la Argólide.
En una versión próxim a a la anterior hacen que todas las argivas se
vuelvan locas junto con ellas y maten a sus hijos; entonces Melampo y Bias las expulsan a un reino vecin o y matan a una de las 1res
durante el viaje; a las otras dos las curan y se casan con ellas. Luego
Pí e lo se reparte la A rgólid e con sus dos yernos (A polod oro, Biblio
teca, 2, 2, 2, 2-8).
En la versión de esta historia ofrecida p o r H esíodo, ese poder fe
m enino que se sale de todo cauce es. explícitam ente, un p oder se
xual; la arrogancia de las muchachas les viene de haber sido muy
cortejadas, de su condición de casaderas. H era las castiga d oble
mente; co loca n d o su sexualidad más allá de todo control y, luego,
quitándoles todo su atractivo. En la historia de M clam po, la cura
tiene lugar m ediante la expulsión de las muchachas; el resultado
(co n el sacrificio de una de las tres) es, a la vez, un m atrim onio y un
acu erdo p olítico. En el m arco del orden dom éstico y cívico así es
tablecidos, las mujeres dejarán de matar a sus hijos y la legítim a he
rencia podrá continuar de nuevo. Todos vivirán felices en adelan
te. Consideradas en conjunto, las historias de las hijas de Preto pa
recen d ecir a los griegos que el m atrim onio,ral desviar el p o d er se
xual d e ja s m ujeres hacia la herencia;‘ restïinge este p o d er;y asegu
ra así7 · *tanto.el
orden
ciudadano co m o la adecuada relación con el·
J
... r .
.
·—
-------------dios.
La m ejor representación literaria del m enadism o son Las ba
cantes de Eurípides. En esta obra el m enadism o es de nuevo un cas
tigo p o r haberse resistido a Dioniso, cuya divinidad Penteo, el rey
de Tebas, se niega a adm itir (D ioniso es, de hecho, prim o carnal de
Pen teo ya que es hijo de Zeus y de Sém ele, herm ana de la m adre de
aqu él). El dios, p o r lo tanto, hace que las mujeres de Tebas se vayan
a las montañas y allí vivan co m o salvajes atacando poblaciones y
m atando niños. En Tubas son reemplazadas por las mujeres asiáti
cas que Dioniso ha traído consigo; es el dios quien se cuida de ellas
haciéndose pasar p o r su p rop io sacerdote. Penteo intenta arrestar
El hombre y la vida doméslica/187
a Dioniso, pero el dios, por artes mágicas, consigue escapar tras ha
ber hecho tem blar lodo el palacio; nubla luego la mente de Penteo
y le lleva a las montañas vestido con ropas de mujer; allí su propia
madre le despedaza.
Las bacantes es una pieza negra; los personajes no parecen
aprender nada excepto que dios (pese a no ser bueno) es grande.
Hay en la obra una alabanza de la em briaguez y del éxtasis, pero
esta alabanza se ve recortada por la acción dél drama, que desplie
ga ante nuestros ojos los catastróficos resultados de un éxtasis y
una em briaguez a los que no se le ponen los límites debidos. Mu
chos han pensado que el mensaje de esta obra es, pura y sim ple
mente, el terror.
Debem os tener en cuenta, sin em bargo, que Dioniso, que com o
dios transforma de form a característica sus apariciones y cuyos de
votos experim entan alteraciones de sus estados de conciencia, es
también el dios del teatro. En Las bacantes esta conexión es casi ex
plícita; el propio dios tiene un papel en la pieza y laboriosamente
viste a su víctim a. La obra, además, era semejante a todas las trage
dias representadas en un festival de Dioniso. Al ser puesta en esce
na, además, el coro de ménades fue representado por hombres,
com o lo fueron también todos los personajes; el público lue tam
bién, probablem ente, exclusivam ente masculino. La obra repre
sentaba la disolución de la ciudad, pero la representación era un
acto organizado público y, a la vez, religioso. En el festival — esta es
mi op in ión — , los atenienses alcanzaban una excelente relación
con el dios y la conseguían m ediante la exclusión de las mujeres,
que estaban presentes sólo representadas. El festival es así, dentro
de la pieza, cp m o una alternativa a la pieza, un antídoto frente al te
rror que la obra produce. Cualquiera que echara una mirada al tea
tro ve n a que, a pesar de todo, los hom bres controlaban cada de
talle.
De manera aun más general, podem os observar que el.dram a,
ateniense perm ite la representación de la vida doméstica com o
algo separado de la inmediata experiencia p o r una triple barrera.
Lo dom éstico es representado en público (p o r y para hombres); es
representado co m o si tuviese lugar en público (la escena se ubica
en la calle); es transform ado porqu e se representa com o si hubiese
ocu rrido en los tiem pos heroicos o bien, en la comedia, mediante
la caprichosa suspensión del tiempo,· el espacio, la causa y el efec
to; En virtud de estas tres separaciones podem os m edir la necesi
dad que los atenienses tenían de proteger al público de la intrusión
de lo dom éstico en la realidad, mientras que la existencia de las
piezas nos da la m edida de la necesidad correlativa de interpretar
esta realidad a la luz de las necesidades del público. La supresión
188/James Redfield
de lo dom éstico expulsándolo de la conciencia pública, que.es lo
que acarrea la ausencia de una ficción de tipo naturalista, puede
ser considerada com o una condición cultural previa.de.la ciudad-*
estadó,'aun cuando (o, incluso más, por ello ) está reálidad se reafir-_fe
me entonces a sí misma de mañera estilizada*
^ La exclusión de la m ujer
'■
Lapó/ts.o ciudad-estado .griega puede ser. definida co m o una
corporación política basada en la idea de ciudadanía; es decir,--se
,tfata dejuna 'comunidad que. coñtiené.uná pluralidad de personas*
siñuri superior jurídico. A losindividuós les ha sido conferida la au^“
tóridad ño com o algo inherente a la persona (co m o en los regím e
nes m onárquicos y feudales) sinó com o inherente ál cargo (incluso
si el cargo se ejerce de por vida). Los ciudadanos pueden dejar el
cargo sin que ello entrañe una pérdida de posición y, de hecho,
com o ejem plo típico, esto es lo que hacen: los ciudadanos — y esto
es característico— son capaces de ostentar un cargo y luego dejár
selo a otro; son capaces, sirviéndonos de la form ulación griega, de
«m andar y ser mandados». Desdeun punto de vista sociológico, la
ciudad consiste en una pluralidad de pequeñas unidades familiares^*#
relacionadas- por m edio de "úna reciprocidad ^generalizada (hos
pitalidad mutua, intercam bio m atrim onial bilateral generalizado,
etc.); desd eel puntó de vista ecoTiófnico es una sociedad basada en
lá~propiedad prívada,-en la que la riqueza está en manos de num e
rosos individuos, aunque sujeta a un impuesto sobre el capital en
m om entos de necesidad pública. Los propios griegos, en estos tres
niveles, contrapusieron su sociedad al m odelo oriental, según el
cual la autoridad pertenecía al rey (a menudo también sacerdote o
dios), los honores fueron otorgados por el trono y el excedente era
mantenido en el palacio o tem plo para su redistribución rutinaria o
bien en casos de necesidad.
Núncados 'ciudadanos griegos constituyeron el grueso dé la poiblacipn'én'general;'de hecho, muy probablem ente, no hubo ciu
dad-estado alguna en la que su núm ero llegase a la cuarta parte de
los habitantes. Los‘ciudadanos de pleñb derecho^ëran o biérTtodos*
/los. adultos vaiones libres (en cuyo caso el régim en era una dem o
cracia) p'bieñ algunos de eüos.(elegidos de entre los m iem bros de
ciertas familias o en virtud de unas ciertas características de sus
propiedades, o ambas cosas a la vez), en cuyo caso el régim en era
/'una-oligarquíá>Tanto.en-un-caso com o erTotro,-las-m üjëfës, los ñi
ños, y .lô?èsclavos~êstâban excluidos. Su lugar estaba en casa, de
puertas para dentro, a menos que tuvieran un trabajo que les hicie-
El hombre y la vida doméstica/l 89
se salir a la calle. Eran m iem bros de la unidad fam iliar pero no de
la ciudad; o al menos lo eran de la ciudad sólo indirectam ente; es
cierto que en ésta se encontraban en su propia casa, pero no lo es
m enos que ño eran m iém bros del publicó.
Uñ'púbíico, precisam ente, es lo que formaban los ciudadanos y
lá.yida;ciudadánavcoñsistía¿ muy en concreto y literalm ente ha
blando, en réüñiones^'públicas en la.asamblea, en el -teatro,-con
ocasiór^de los juegos y de los ritos. El d crécho.de los ciudadanos /■
fue precisam ente su dérecho a tom ar p arteen estos acontecim iem
tos públicos,"si no co m o actórés, al m enos’co m o público.-No tom o
en consideración aquí situaciones sociales a m edio cam ino entre
el Ubre y el esclavo, p o r ejem plo los líben os y los residentes extran
jeros; p o r muy importantes que puedan haber sido en la práctica,
no desempeñaban, sin em bargo, más que un m ínim o papel dentro
de la teoría de la ciudad-estado. Este derecho era la timé del ciuda
dano," s'udegítima pretensión a ser.«estim ado»?U ña sanción fam'iliaj.en la junspnadenciaatica.es \a‘átimía, consistente en la pérdida
de estos derechos a aparecer en la vida pública; erá-uiiá especie de
exilio interior, más o menos com o una persona proscrita en Suráfrica, y: reducía a :los ciu d a d a n o s,al nivel· de j una ; mujer, o de un
niño..
N o todos los ciudadanos' de pleno derech o eran iguales; lo eran
solo en:tañto"que_p"odían hacer aparicioneslpúblicás; Estas’ apáriciones tomaban siem pre la form a de una com petición llena de riva
lidad cuyo resultado era, más bien, establecer la desigualdad c\e los
¿ciudadanós?La com petición podía tom ar sim plem ente la form a de
un despliegue de riqueza. En el caso de un rito, la superioridad
consistía en ser elegido para desem peñar en él un papel principa!,
cuando se trataba de un ju ego, escalar o perder posiciones depen
día del resultado. En el debate público y en el teatro, la relación en
tre el ofrecerse a la vista de los demás y la posición era más co m p le
ja; los actores, por ejem plo, dejaron de ser especialm ente estima
dos tan pronto com o los poetas cesaron de representar ellos mis
mos los papeles principales. Algunos papeles políticos que tenían
un alto grado de ofrecim ien to visual a los demás, el de dem agogo
por ejem plo, no eran estimados. Sin em bargo, el espacio público
continuó ofrecien do a los hom bres oportunidades para hacerse
acreedores de estima ( ariprepées que dice H om ero); aquí la com u
nidad se reunía y, en el proceso, fue diferenciando a sus miembros.
Los griegos, en'general,' fueron de là opinión .de que sólo partici.pando en una com u nidad co m o la suya, form ada por iguales que ri
valizaban entre sí, podíáTrno llegar'a'sér úñ ser humano en él pleno
sentido dé la palabra. P o r eso, sólo los varones podían ser, eñ senti-
190/Janies Rctlfield
La com petición privilegiada fue la guerra, en la que los hom
bres se distinguían desinteresadamente p o r el bien de la com u ni
dad. En H om ero la guerra es concebida com o una especie de juego
consistente, co m o así es, en com bates singulares de los que salen
vencedores y perdedores individuales. La guerra de la época clási
ca pudo no ser — y probablem ente ninguna guerra lo ha sido nun
ca— com petitiva desde el punto de vista individual en este sentido;
la noción de com p etición se adaptó a las tácticas colectivas de la fa
lange p o r el proced im ien to de con vertir la batalla en una com p eti
ción en firm eza, com p etición en la que un hom bre ganaba al no
contarse entre los peidedores, al no ced er ni un ápice de terreno.
Quienes rom pían las filas eran m arcados de por vida y llevaban
en jeles nom bres locales: el ateniense era un «tiracscu do» y el es
partano un «tem b ló n ». El castigo oficial era la atimía. De esta ma
nera, la firm eza en el cam po de batalla fiie una especie de califica
c ió n com petitiva [m ínim a parada vida publica, del m ism o m odo
queda instrucción milit'ar.fue la iniciación oficial a la condición d e ^
h om b re adulto.'1
Dcsde.vHomero en adelante-la com unidad política griega fue
concebida co m o un grupo .de guerreros autogobernado; los gue
rreros son hombres-ÿ, p o r ello, la com unidad política consiste en
hombres. Además, la guerra,.en el sentido de com bate.activo, es
para los jóvenes; siem pre existió una tendencia a exclu ir a los v ie
jos, aunque se aceptaba que su experiencia podía ser valiosa. N és
tor debe recordar a su auditorio que también él fue un guerrero an
taño. Hay algunas indicaciones de que los viejos tendían a ser rele
gados a sus casas, co m o Laertes en la Odisea se retira a su granja a
trabajar en el jardín; es en la vejez , según nos dice el C éfalo de Pla
tón, cuando nos es dado com p ren d er cuánta verdad hay en el p ro
ve rb io que reza « el rico tien e m uchos consu elos» (Platón, Repúbli
ca, 329c). Los viejos, en otras palabras, se retiran a disfrutar de sus
propiedades, ya no pu eden .tom ar parte activa en la com petición
por los honores que es la vida en el ám bito público. Néstor, de he
cho, con un cierto ton o defensivo, nos dice que, para un viejo, es
thémis, o sea una con ven ción aceptada, p erm an ecer en casa y ente
rarse de lo que pasa p o r otros; ya no puede ir de acá para allá (O d i
sea, III, 186-188).
Del m ism o<m odo que la gu erra,d efin e ,1o que es :un .hom bre,
tam bién la hom bría es la cualidad necesaria para la guerra y la vida »
pú blica en general. «L a guerra es cosa de hom bres» dice el p ro v er
b io g rieg o y esto significa algo más que el sim ple hecho de que los
hom bres son los que llevan a cabo el com bate real. Cuando H éctor
em plea esta frase con A ndróm aca (litada, V I, 492) lo que quiere d e
cir es que, puesto que ella no es un guerrero, no está cualificada
El hombre y ia vida domésItca/191
para tener una opinion sobre la dirección de la guerra. La idea se
hace general cuando Telém aco adapta la hase ( Odisea, 1, 358); le
dice a su madre que se vuelva a las habitaciones de las mujeres ya
que «hablar en público es cosa de hom bres». La irracionalidad de
su pretensión masculina a un m onopolio de la inteligencia política
era evidente para Aristófanes, cuya Lisístrata nos cuenta con triste
za có m o la frase llega con prontitud a los labios del varón ateniense
cuando su mujer manifiesta interés en los asuntos públicos:
Nosotras, en las primeras fases de la guerra y durante un tiempo, aguan
tamos, por lo prudentes que somos, cualquier cosa que hicierais vosotros
los hombres — la verdad es que no nos dejabais ni rechistar— , y eso que
agradarnos, no nos agradabais. Pero nosotras estábamos bien informadas
de lo vuestro, y, por ejemplo, muchas veces, estando en casa, nos enterába
mos de una mala resolución vuestra sobre un asunto importante. Y des
pués, sufriendo por dentro, os preguntábamos con una sonrisa: «¿Qué cláu
sula habéis decidido, hoy, en la Asamblea, añadir en la estela en relación
con la tregua?» — «¿Y eso a tí, qué?», decía el marido de turno. «¿No te calla
rás?» — y yo me callaba [...] Pero cada vez nos enterábamos de una decisión
vuestra peor que la anterior. Y, luego, preguntábamos: «Marido, ¿cómo es
que actuáis de una manera tan disparatada?» Y él, echándome una mirada
atravesada, me decía enseguida que si no me ponía a hilar, mi cabeza iba a
gemir a gritos. «De la guerra se ocuparán los hombres» {Lisístrata, 506520)*.
La exclusión de las mujeres de la vida pública ateniense refleja*
el tipo dé circúlaridad típico dé los sistemas cultürales.t¿Por qué
las mujeres no toman parte en la vida pública? Porque ellas no ha
cen la clase de cosas que conform an la vida pública. ¿Por qué las
mujeres no hacen esas cosas? Porque estas cosas no son adecuadas
para que las mujeres las hagan. Las premisas se demuestran a sí
mismas.
Sin em bargo, parece poco probable que Lisístrata (que fue re
presentada, cóm o Las bacantes, p o r y para hom bres) estuviese tan
fuera de la realidad com o para ser sólo un objeto de curiosidad; la
pieza nos muestra que los hom bres atenienses sabían que sus espo
sas tenían opiniones políticas y sugiere que las mujeres, en ocasio
nes, incluso fueron tan lejos co m o para expresarlas. Là supresión’
griega “de las mujeres — aun en Atenas, donde, en algunos aspectos,
llegó más lejos que en ninguna otra parte— rio fu e deí todo com
pleta. N o se fom entó"la educación dé.las mujeres, pero tampoco
fue'prohibida; mientras que las mujeres fueron apartadas de aque
llas artes que requerían una actuación pública (y sus labores arte* La traducción es de E. García Novo (Madrid, 1987).
192/Jainus Redfield
sanas se limitaron á tejer), oím os hablar ciertam ente de un buen
número de mujeres que fueron poetisas líricas. También podían
hacer apariciones en público de diversos tipos; sabemos de certá
menes atléticos — no en Atenas, cierto es, pero sí en Esparta sobre
todo y no sólo aquí— y, en lo que toca a la esfera de los ritos, tenían
una cierta igualdad con los hombres. Las mujeres de Atenas no es
tuvieron tan apartadas com o para no ser representadas, p o r ejem
plo, en el friso del Partenón y, en la vida real, los ritos, muchas ve
ces, daban a los hombres la oportunidad de echar una ojeada a las
mujeres de otras familias. Si un joven encontraba a una chica atrac
tiva, podía (tras las pesquisas adecuadas) proponerse a sí mismo,
com o yerno, al padre de ella. Si las negociacionés llegaban a buen
término, la muchacha dejaba a su familia. En Atenas, el m ito eleusino de Dem éter y Perséfone hablaba de la despedida entre madre e
hija — y de la necesidad de que ambas continuasen en contacto— ,
pero la partida de la hija era una pérdida también para el padre. La
dote, ciertam ente, daba form a material a su continuado interés por
ella y a su preocupación por sus nietos.
El hecho de qué élp aren tesco griego, aunque .form alm ente pa-„
trilinóál;"fuësê’ bilateràl;dëjan rnodo latenteúndica que, para los
griegos; las mujeres eran personas..La objetivación de las mujeres
entre ellos jamás llegó à ser completa, tal com o, por ejem plo, sabe
mos que ocurría entre los zulúes. Entre éstos, se nos dice que las
mujeres eran retenidas en las casas de los reyes com o m eros ob je
tos sexuales y con vistas a la producción y cuidado de niños. Los
griegos, por el contrario, aunque no pudieron librarse de tener
mala conciencia por ello, se lim itaron a excluirlas de la vida ciuda
dana.
De hecho, es muy posible que esta mala conciencia haya sido
precisam ente su contribución a la «cuestión fem enina», tal com o
se revela en la historia de Occidente./Parece .qué la ciudad-estado,
én tamo que excluía a las mujeres, despertó desde el com ien zo la
fantasía de una ciudad alternativa de mujeres, una fantasía a la que
se le dio form a ritual en las Tesm oforias, cuando las mujeres, du
rante un tiem po, se retiraban y formaban una especie de ciudad ri
tual sólo de ellas. En la com edia esta fantasía también tiene su sitio;
la acción política de las mujeres es una inversión fantástica, pareci
da a la conquista del cielo o a la vuelta a la vida de los muertos.
Pero, ciertam ente, là fantasía en cuestión nos es conocida m ucho
m ejora partir de la tradición filosófica, especialm ente a partir de la
utopía de Sócrates en la República.
Cuando Sócrates desarrolla su utopía nota en un determ inado
pasaje que los guardianes, educados en la m oderación, p o r sí m is
mos llegarán al convencim ien to «d e que la posesión de las muje-
El hombre v ta vida domcslicfl/l 93
res, los m atrim onios y la procreación de los hijos deben, conform e
al proverbio, ser todos comunes entre amigos en el mayor grado
posible» (423e - 424a). Que «todas las cosas de los amigos son c o
m unes» fue un proverbio pitagórico; los pitagóricos intentaban
perfeccionar su com unidad haciendo comunes sus propiedades.
N o está claro si alguna vez llegaron a pensar extender esta regla a
las mujeres; de todas formas, és ciat o para Sócrates que la elim ina
ción .d e la propiedad privada no bastaría; la ciudad nunca puede
llegar a ser una comunidad perfecta en,tanto que los legisladores
tengan sus propios hijos y, por ello, un interés privado en el bienes^
tar de una personas en.particular.
Al com ien zo del libro quinto el auditorio de Sócrates le pide
que prosiga; la com unidad de mujeres, com o decim os, tiene un
«interés hum ano»: así acontece con lo relacionado con el sexo.'La
respuesta "dé Sócrates-se articula en dos partes. En prim er lugar,
defiende la idea de adm itir a las mujeres e n la vida política y tam
bién en las filas de los legisladores; luego, pasa a enfrentarse con la
cuestión,, de Ja familia, f
La utopía ha dé ser una com unidad fundada en la.naturaleza;
podría parecer que hom bres y mujeres debían tener dentro de
aquélla un tratam iento diferente ya que son claram ente diferentes
p o r naturaleza. Pero a esta objeción, que él mismo ha suscitado,
responde Sócrates diciendo que pensar así sería m alinterpretar el
significado adecuado de «naturaleza». La ütôpià'cônsiste en un es-,
tado e'h el que la autoridad pertenece a los que son capaces de te
ner una educación específica; las únicas diferencias naturales que
tienen im portancia son las que tienen que ver con aquella parcela
de nosotros qué es susceptible de educación, cuyo nom bre, para
Sócrates, es psykhé', él alma.-Que las mujeres traigan al mundo ni
ños y, en cam bio, los hom bres no, es un hecho que tiene que ver
con el cuerpo, dándose por supuesto que esta diferencia no tiene
conexión alguna con una diferencia p o r sexos en cuanto a la capa
cidad psíquica.
Tam poco es que Sócrates considere que los hom bres y las m uje
res son iguales psicológicam ente; al contrario, su argum ento de
que no existen unas habilidades privativas de las mujeres, y, por lo
tanto, tam poco habilidades propias en exclusiva de los hombres, se
funda en la pretensión de que los hom bres son m ejores que las mu
jeres en (ocio, incluso en los telares y las cocinas (455 c-d). Sin em
bargo, esto no excluye la posibilidad de que algunas mujeres pue
dan estar m ejor dotadas que algunos hom bres y tener la capacidad
adecuada para la educación más elevada; y estas mujeres deberían
ser admitidas en las filas de los mejores. Es ob vio que en éstas ha
brá menos de aquéllas que hombres.
194/Jamcs Redfield
Puesto que estas capacidades son masculinas de un m odo ca
racterístico, las mujeres que destaquen serán aquéllas que sean/lo
más parecidas a los hombres. Sócrates ha afirm ado ya que las m uje
res que sean admitidas a la educación más elevada habrán de hacer
todo lo que los hom bres hacen, incluyendo «el m anejo de las armas
y la monta de caballos» (452c). En particular (y aquí Sócrates c o
mienza a sentir m iedo de hacer el ridícu lo), tendrán ellas que ha
cer ejercicios desnudas, igual que los hombres, y no únicam ente
las jóvenes, sino tam bién las viejas. Después de todo, nos dice, todo
esto, desde un punto de vista cultural, es relativo y no hace tanto
tiem po que los griegos pensaban que era vergonzoso que los va ro
nes se desnudasen en público, tal com o los bárbaros piensan en la
actualidad; «entonces lo ridículo que veían los ojos se disipó ante
lo que la razón designaba co m o más con ven ien te» (452d) y, así,
ocurrirá también en este caso.
En esta fantasía, la diferencia entre m ujeres y hom bres se re
suelve p o r entero en una sola dirección: algunas mujeres «aptas
para ia gim nástica y la gu erra» (456a) llegan a ser, com o podríam os
decir, hom bres honorarios. Las mujeres educadas de este m odo,
además, serán «las m ejores de todas» (456c). D icho de otro m odo,
Sócrates afírm a.que lo m ejor que una m ujer puede-llegar-a ser es*·
üti.hom bre.'
Pasa luego Sócrates a trazar su program a para la elim inación de
la fam ilia. Se ha dicho ya que los guardianes no tendrán ni familias
ni propiedades privadas; ahora prosigue diciéndonos có m o deben
ser criados igual que ganado y sus hijos criados todos ellos en c o
mún. Los pasajes más escandalosos de la República están en esta
sección, especialm ente el perm iso acordado al incesto y al asesina
to de niños p o r razones de eugenesia. Sócrates, aquí, lleva a su m á
xim a expresión la antipatía filosófica hacia lo dom éstico.
Poner m ucho cúidadó-Sócrates en negarle cual q uié f .vâl ô r. â la»
fem inidad per sé. El hecho de que las m ujeres tengan niños y los
amamanten (460d) ha de ser considerado co m o una especie de
obstáculo físico al que hay que asignarle alguna im portancia aun
que, en la m edida de lo posible, debe ser superado y m inim izado.
La pareja exh ibición de los sexos en ejercicios que requieren des
nudez es crucial ya que enseñará a los guardianes a no considerar
que las diferencias sexuales son cosa de im portancia. E lárgúm en to de Sócrates no es un argum ento contra là exclusión de las m uje
res del ám bito p o lítico sino, más bien, a favor de una am pliación de
este a (algunas dé) las mujeres; su co n dición de hembras ha de s e r ’
excluida de toda consideración, no hay que perm itir que sea ütilh
zada_en su Contra y esta es lá m añera de incluirlas.
P o r m ucha ironía que se ponga al tom ar en consideración tales
El hombre y la vida doméstica/195
propuestas — ya sean hechas p o r Sócrates en el diálogo o bien sea
Platón quien las haga por m edio de aquél— , éstas nos permiten,
sin em bargo, mediante la interpretación de sus inversiones, exage
raciones y negativas, trazar un croquis de lo que fue la ciudadestado. Lo que aparece ante nuestros ojos és una vida dividida en
una esfera pública, donde los hom bres se exhiben a sí [mismos al
servició de.los valores comunes, y un espacio privado acerca del
cual, tal vez, cuanto m enos se diga m ejor es; se trata de un «espacio
de desaparición» donde se engendran los niños y tienen lugar otras
cosas que no m erecen que el estado les preste atención. La esfera
pública es masculina, es una esfera de palabras é ideas, caracteriza
da p o r una com petición abierta en busca de honores \ es decir, el
recon ocim ien to de los que son iguales a uno mismo. Aquí el cuer
po, de m anera característica, queda al desnudo; esta «desnudez he
ro ica » (que en el arte, aparte de ios ejercicios atléticos, se extendía
a los varones jóvenes en general), presenta a la persona com o una
criatura en su m ínim a expresión, u n am êfâ 'ü n id a d social.qüê se
.'afirma a sí.misma.' Enría com petición, en estas rivalidades, estas
personas consiguen ciertas diferencias; por.lo ta.ntp,;su comunidad
se basa en su inicial semejanza (en Esparta, los ciudadanos eran lla
mados hómoioi, «sem ejantes»). Las mujeres eran excluidas por el
m ism o prin cipio p o r el que Sócrates las incluía, o sea, el principio
de que Iá semejanza (en los aspectos importantes, fueran éstos los
que fuesen) es el principio del estado: En concreto, esta semejanza
fue llevada a la práctica, en la m ayor parte de las ciudades griegas,
p o r m edio de la participación en un entrenam iento y organización
m ilitar com unes cuyo núcleo era un cuerpo de soldados hopíitas,
con idéntico equipo e instrucción, eficaz no en tanto que jerarquía
organizada sino com o masa uniform e:
En el ám bito privado, por el contrario, prim ó la diferencia; la lem inidad adquirió un va lor esp ecífico aquí ya que hom bres y muje
res se relacionaban entre sí, en el m atrim onio, a través de su dife
rencia. La casa ño fue un lugar de rivalidad sino de cooperación, no
fue un lugar de ideas sino de cosas, fue un lugar de posesiones, de
adornos y dé muebles en vez de honores. El cuerpo aquí.— y esto es
característico— se adorna; es el lugar prim ario tanto de la produc
ción co m o del consum o, el lugar donde el ciudadano entra en con
tacto con su yo natural y con la tierra. La fantasía socrática va diri
gida precisam ente a cortar esta conexión con la tierra, a negarle
una personalidad al cuerpo y al yo natural.
196/Jaiiies Redfidd
{La versión, espartana y
Hasta aquí nos hemos ocupado de la desaparición de la esfera
doméstica; no de su falta de importancia en la práctica, sino de su
insignificancia teórica, com o si la ciudad-estado quitase de en m e
dio la vida privada de las familias para así seguir con su propia re
presentación de sociedad autosuficienle organizada en torno a la
rivalidad com petitiva de iguales, todos ellos capacidados en la mis
ma medida. Este m odo de ver las cosas nos sugiere un paralelism o
etnográfico con una sociedad de hombres australiana donde los va
rones se reúnen en secreto para complacer se en los poderes espe
ciales de su sexo; o, más bien, dado que en la ciudad-estado griega
no se trata de reunirse en secreto sino de dejarse ver, se podría su
gerir un paralelism o con la aldea de los B ororo, descrita por LéviStrauss. Nos encontram os aquí con un círculo de chozas en el bos
que. En el centro de este círculo se halla la casa de los hom bres
donde viven los varones adolescentes; ninguna mujer se acerca por
allí excepto el día en que busca marido. En el caso de que una joven
se extravíe por casualidad en aquella zona, es muy posible que sea
violada. Dentro de ese círculo central, además, los hom bres ce le
bran los ritos de la tribu, en particular sus funerales, que son acom
pañados p o r danzas y juegos y contem plados por las mujeres desde
fuera del círculo; no se apartan éstas de las chozas que delim itan el
área central separándola del bosque. El círculo, en otras palabras,
es un espacio cultural; está habitado sólo por hombres, quienes tie
nen el privilegio de ser el sexo dotado de cultura. Las mujeres habi
tan en el lindero entre cultura y naturaleza y dan a luz, lo cual es el
m odo natural de producir personas; los hombres, en cam bio, se en
cargan de la muerte, lo que no es sino el m odo de transform ar a
una persona en un recuerdo o, lo que es lo mismo, en el más per
fecto hecho cultural: en una idea.
La ciudad-estado griega que más se aproxim ó a este m odelo fue
Esparta (especialm ente en lo que toca a sus funerales reales y a sus
numerosos cultos dedicados a los muertos) y, precisam ente, fu'e'tñb
yéT lacreaci'ón~espartanacfe.un:m undó'dehom brescerrado~loque
h iz ó ^ e “ Esj5artaTel ^rÓtotipp^ no exento de singularidad por otra
parte, dé^iudád-^stadÓ relogigdá.porlodó^y-pór ningüñoTimitáda?
com o dijo Jenofonte. Eos-espártáñosrtrás_iunTlárgó:periodo de_ins¡tmccióri m ilitar (la rgo no porque durase más que en otras partes
sino poi que c o menzaba mucho antes),radoptabarTcle-modo permánent e'JaÁñda dcTun ¿jércitó eTTcámpaña. Comían juntos en el seno
de sus unidades militares, iban a casa sólo para dorm ir y su alim en
to y ropa eran más o m enos uniformes. Además, pasaban la vida en
una constante com petición intentando mostrarse cada uno más es-
t i hombre y la vida domcstica/197
partano que los otros. Este¿conjUñtO’ ;devvaronés,aüñidós-p'or-una
educación que fue tam bién u na-iniciación:era a_un1 ie_mpo el ejér
cito (o, al menos, las unidades de élite y los cuerpos de oficiales) yy
él"gobiëTnôTdëlEspâria: Dicho de otro m odo, los-espartarlos hi c i erdfTde.la_esfera política un mundo dé-hombres cer fado,i:exclusivo
d éJ óY Iqü eh ab ía'n 'accedid ojalacu ltu ra.i
Eos ^spartanbs;'âdëmas 7 estaviërôn al m argen dé lá.esfera-eco--*'·
nóTnica.'Se suponía que no debían acumular riqueza. N o trabaja
ban y .pasaban sus vidas, cuando no estaban en guerra, cazando y
danzando. Se les prohibía, además, adm inistrar sus propiedades.
Su tierra crátrábajádá por'"ilotas que podían_ser asesinadós sin cas
tigo ’.algüñó (una vez al año los espartanos declaraban la guerra a
sus ilotas), pero no se les podía desahuciar; lo m ism o que tam poco
podía subírseles la renta. LíOs;espartanos:y:los:ilotas se encontraban·»
trabados'en una-guerra fría, casi ritual (que, con harta frecuencia,
se convertía en violen cia generalizada). Su relación con las fuerzas
productivas les ob ligó a m antener su organización m ilitar y, al m is
m o tiem po, les aseguró la separación de la naturaleza; sus rentas fi
jas les mantenían p o r arte de magia, sin que tuviesen que preocu
parse p o r ello. Liberados de.sus necesidades m ateriales, fueron ! i- »
bres para gObernartsus_vidas por.el patriotism o y la piedad./En su
cá^lid|rd“de.ciudadanos:Vároñes'libres tuvieron él p rivilegio de la
mas'altane o n sid e rae i ó n :
Lós^propiosrespartanos dieron'pábu lo al m itoide que_suj5pcie:
da d ren cierto sentido, efà à lgôiprim itivovsû ’ guêrra’ perpéfüâ con
los ilotás-ñtuálizába él" m ito dé su llegada, en un p rin c ip io ,P o m o
un grupojde conquistadores que som etió, al m ism o tiém pó, el país'
y a sus fuerzas .productivas aborígenes.,Fuese cual fuese la base real
de este m ito (y, desde luego, no fue sólida), deberíam os llam ar la
atención también sobre el hecho de que los espartanos, igualm en
te, tuvieron un m ito acerca de su propia sociedad que se oponía al
anterior, un m ito que hacía de ésta el resultado de un proyecto pre
vio obra del legislador Licurgo. Según esta historia, hubo un tiem
po en que Esparta era la peor de las sociedades, pero llegó a in gre
sar en el grupo de las m ejores con su p rop io esfuerzo, lim itándose a
ven cer sus propias tendencias negativas; si entre las ciudadesestados no hubo ninguna que no fuera pía y patriótica, esto se de
bió a una reacción frente a su experiencia del im pío individualis
mo. Este m ito también fue ritualizado en la educación espartana; fi
jándonos en el rigor de ésta, podem os hacem os una idea de las
fuerzas a las que se pretendía vencer. Estas fuerzas, en Esparta, es
tuvieron localizadas en las unidades fam iliares privadas, en las que
cada espartano había nacido y a las que cada espartano, con su m a
trim on io, tendía a reconstruir.
198/James Rcdfield
Las sociedades tribales que, com o los B ororo, asocian explícita
mente a las mujeres con la esfera natural y encierran a los varones
dentro de un m edio cultural protegido, suelen ser m atrilocales.
Los adolescentes varones que habitan en la casa de los hom bres lo
hacen, una vez abandonada la choza de sus madres, mientras toda
vía no han ido a la de sus esposas; y puesto que el poblado de los Bororo está dividido espacialm ente en dos mitades exógamas, todos
ellos están literalm ente a m edio cam ino de su paso desde un lado
del poblado — donde habita la mitad a la que pertenecen sus m a
dres— al otro, en el que entrarán a form ar parte de la mitad a la
que pertenecen sus esposas; es a ésta a la que pertenecerán sus hi
jos. En sociedades de este tipo, las mujeres suelen encargarse de su
m inistrar el sustento básico haciendo acopio de él o cultivándolo
en sus huertos (m ientras que los alim entos «especiales», es decir,
los que se hallan arraigados en el ám bito cultural de una manera
más profunda y están asociados con cerem onias, son suministra
dos por los hom bres p o r m edio de la caza). Los lazos m atrim onia
les son relativam ente débiles; el hom bre es libre de vo lverse con su
m adre si las cosas no van bien y.los niños son criados por la fam ilia
de la m adre, especialm ente p o r su herm ano. Es verdad que, en Es-^
parta, los lazos m atrim oniales fueron relativam ente débiles; tene
m os algún m aterial a n ecdótico referente a esposas com partidas o
tomadas en préstam o, y las parejas no parecen haber creado un ho
gar en com ún antes de que los niños estuviesen en el mundo. Los fi
lósofos elogia ron todo esto (cfr. Jenofonte, La República de los lacedemonios, 1,5-9); en efecto, la popularidad de Esparta en la tradi
ción filosófica puede ser atribuida, en buena parte, a la ilusión que
daba de una vida totalm ente entregada al estado sin lazos dom ésti
cos. Sin em bargo, Esparta no fue una utopía ya que, co m o los filó
sofos adm itieron, fue solam ente una ilusión. Es precisam ente a
causa de esto.que Sócrates, en la República (548a-b), distingue a Es
parta (a la que califica de «tim o c ra c ia ») de su utopía. Lá”sociedád
espartana sédSSsaba en la propiedad privada y cuáñd’o ’la p rop ied a d ··
dé un espartano ya no bastaba para pagar lo que debía a la socied ad ·
dé hom bres, entonces su ciudadanía dejaba de existir (los noespartanos no podían co m p rar su ingreso en aquélla y el núm ero
de ciudadanos decrecía sin parar). En Esparta, cualquier necesi
dad im prevista de la ciudad era cubierta m ediante impuestos sobre
el capital, igual que en otras ciudades griegas; la gente acumulaba
riqueza y ésta traía con sigo una posición. Además, esta propiedad
estaba en m anos de las fam ilias del tipo griego norm al, es decir, patrilineales y patrilocales. .Los'espartanos, en otras palabras, no e li
m inaron el tipo com ú n de vida dom éstica; sim plem ente dieron un
pasó más que el resto de los griegos al.quitarla dé la vista:
El hombre y la vida doméstica/199
La separación de los varones espartanos de sus cásásfue carac?terisüca de ana e tapa de la vida (aunque ésta fuese larga): Hasta los
jsiete años;.antes de que la instrucción de los niños comenzasen se*
los .criaba en casa yodado que era necesario que los mayores, in
cluidos sus hermanos mayores, tuviesen que estar en otra parte,
eran criados la m ayoriá de las veces p o r mujeres. Luego se les ex
pulsaba a un mundo m asculino de ascetismo y com petición, y bien
podem os atribuir a lo abrupto de este cam bio el rígido y, a pesar de
lodo, dudoso autocontrol de los espartanos; con toda su disciplina
(a tenor de com o les vem os actuar en los relatos históricos), fueron
sin em bargo, en com paración con el resto de los griegos, los más
dados a accesos de ira y violencia.
La unidad fam iliar originaria, p o r supuesto, continuó existien
do y representando un papel — no sabemos cuán pequeño— en sus
vidas; si el padre de un espartano m ona, entonces éste pasaba a ser
el responsable de sus hermanas. Luego, a una cierta edad, se supo
nía que debía casarse; en efecto, a causa de que la población ciuda
dana iba disminuyendo, éL fn a trim on io'era ,ob liga torio. De este
m odo, se agenciaba una esposa y, luego, hijas y, entonces, tenía que
negociar m atrim onios. A falta de otras Oportunidades comerciales,
nos dice Aristóteles, eM ntercam bio m atrim onial llegó a ser.un imjpPrtáñté m edió de adquirir propiedades (Política, 1270a). Además,
las oportunidades de un espartano para casarse y dar en m atrim o
nio — esto es evidente— se adecuaban de form a notable a su éxito
en el terreno de la com petición masculina; Jenofonte habla de los
inconvenientes que el cobarde sufre; todos lo desprecian
y debe mantener a las mujeres que de él dependen en casa y soportar que le
acusen de cobarde, teniendo que ver su hogar sin esposa y sufrir el castigo
por esto también (La República de los lacedemonios, 9, 5).
N o es extraño que las m ujeres espartanas se destacasen en
im pon er a sus hom bres el có d igo del guerrero: «con tu escudo o
sobre él».
El efecto dél régim en espartano sobre las mujeres fue ambiguo.
Compartían, éstas él aislamiento de los hom bres de la esfera econ ó
m ica y no trabajaban; fueron las únicas, entre todas las mujeres
griegas de clase alta, a las que nadie imaginaba em pleando su tiem
po en tejer. Las energías liberadas parece que fueron absorbidas
por las elaboradas disposiciones rituales que sustentaban y daban
form a a cada aspecto de la vida espartana; las mujeres (allí com o en
otros lugares de G recia) consiguieron en el ritual una igualdad que-*
sé {es negaba cñ otros ámbitos, Los ritos espartanos, además, eran,
sobre todo, atléticos y las mujeres espartanas eran legendarias por
200/James Redfield
sus condiciones atléticas, desde las muchachas de la época arcaica
que, en los poemas de Alemán, «corren com o lo hacen los caballos
en los sueños», hasta la Lámpito de Aristófanes que era capaz de
ahogar a un toro. «Para caballos, Tesalia; para mujeres, Esparta»,
dice el proverbio griego.
Por otra parte, se Tes negó la participación en la esfera política;
la leyenda dice que Licurgo les pidió que participaran som etiéndo
se a las leyes, pero que ellas rehusaron (Aristóteles, Política, 1270
a). Las mujeres, por tanto, tenían la culpa y, com o se aferraron a
continuar con «la peor de las sociedades» que existía antes de la
ley, se convirtieron en el vehículo de todas las tendencias negativas
de la cultura espartana. Frente a la disciplina y ei'as_cetismo de los*
hoiúbrés se contrapuso el desorden y el lujo de las mujeres. Esparta*
fue la única ciudad de Grecia en la que lasTñüjeres podían heredar
ÿ tener própiedadesi’paradójicam ente ésta fue otra marca de su ex
clusión. Los hom bres habían abandonado las familias en sus ma
nos, asegurándose su propia superioridad (así parece) al dejarle a
las mujeres una em ocionalidad fluctuante, tendencias antisociales
y m otivaciones triviales.
Ifa"contradictoria posición d e ja mujeres t
Esparta fue el m odelo más exagerado de ciudad-estado y, por>
ello, las contradicciones de ésta aparecen en aquélla también de
m anera singular. Estas contradicciones.se centran en la «cuestión
Ifem enina». Lós ciudadanos constituían un cuerpo de hom bres cu-j
yas .relaciones· estaban definidas p o r una com petición*abierta;
eran; por tanto, una clase en rivalidad consigo misma que, sin em
bargo, tenía qué m antener las condiciones de su propia competí-··
cción. Estás condiciones se mantuvieron p ó r m edio del parentesco,
que estructuraba a una sociedad, estable en cierto m odo, dentro de
la cual podía tener,lugar la rivalidad. Por ello, la solución utópica,
(p o r mucho que, en teoría, fascinara a los griegos) no fue viab!e;Ta»
elim inación dé las familias, com o ya vio Aristóteles (Política, 1262
b), agravaría la rivalidad en Vez de.m itigarla.'íETciudadanoitenja
que adoptar una perspectiva más amplia e interesarse portel bien
com ún ya que le preocupaban las generaciones futuras. Se rep ro
ducía a sí m ism o a través de sus hijos y de sus nietos y también a tra
vés de los hijos de su hija. Cada ciudadano nacía en una fam ilia y,
en su madurez, daba origen a otra. Pára los griegos lá Herencia im
plicaba intercam bió matrimonial.
La solución utópica, co m o vim os en el proyecto de Sócrates,
elim inaría a las mujeres convirtiéndolas en hombres; la «solución
El hombre y la vida doméstica/201
zulú», que elim inaría a las mujeres eonvirtiéndolas en objetos o
animales dom ésticos, fue también inviable p o r la misma razón. Un
ciudadano libre teñía un_origen legítim o, lo que quiere d ecir que
su madre había sido uña muj-;r libre.'Los hijos de las concubinas no
eran ciudadanos o, igual que ocurría con los extranjeros, había que
concederles la ciudadanía. Una mujer libre era aquélla que había
sido transferídá a su m arido por un hom bre libre,-.que era su padre
(o tutor). P o r ello, la legitim idad del hijo fue en parte un regalo del
abuelo paterno y ej h on or y la dignidad de la fam ilia fue depositado
taníó-éiVlás hijas com o en los hijos.
La sociedad: que sostenía a da ciudad-estado^ fue una sociedad
con propiedad privada y reciprocidad generalizada; por ello, la «s o
lución B ororo», según la cual las mujeres, actuando de mediadoras
entre la cultura y la naturaleza, envían fuera a los hom bres y reci
ben otros varones a cam bio, tam poco fue viable. Esta solución ha
bría im plicado la pérdida dei control ejercido p o r los varones so
bre las unidades fam iliares o, al menos, la pérdida de la herencia a
través de los varones. El ciudádaño libre griego fue en todas partes
■e\ señor.de una unidad familiar, incluso en Esparta. En-la sociedad
griega la prim acía dé lós'varones fue om nipresente; el m atrim onio·
ftie"patriíocaí,-deí m ism o m odo que la herencia fue patrilineal y la>
autoridad pátríarcal.'Con todo, los varones nunca fueron más que
«la mitad del estado» (Aristóteles, Política, 1269b). Cuántas veces:,
sé.privó-de fë lie v e a las mujeres; otras tantas sé reafirm aron ellas a
sí mismas; n o eran herederas.(salvo en Esparta), pero su nacim ien
to libré- confería legitim idad. -Tampoco eran ciudadanas y, sin em
bargo, U ciudad era una com unidad de hom bres y mujeres libres.
N o tenían propiedades (salvo en Esparta), pero, por así decirlo, ani
maban éstas ya que una casa sin una mujer estaba vacia. En el cen
tro sim bólico de las habitaciones de la mujer se encontraba el le
cho m atrim onial; pertenecía éste al hom bre y estaba destinado a su
esposa. En la cerem onia m atrim onial el novio lom aba a la novia de
la m uñeca y la acom pañaba al interior de la casa y al lecho. En la
Odisea la patrilocalidad es sim bolizada por el lecho que Odiseo ha
fabricado con sus propias manos, y tiene una m arca secreta: está li
teralm ente enraizado en la tierra. En Alcestis (1049-1060) Adm eto
considera el problem a — según piensa él— de una cautiva que H e
racles le ha dejado; si la acom oda en las habitaciones de los h om
bres, le harán proposiciones deshonestas, pero si la lleva a las habi
taciones de las mujeres, entonces ¡tendrá que dorm ir con él! La
partida de Alcestis ha dejado un sitio libre en el lecho que Adm eto
continúa utilizando.
Los griegos no tom aron m edida alguna para agasajar a los hués
pedes fem eninos; se daba p o r sentado que las mujeres no viajaban.
202/James Rcdfïeld
Sin em bargo, en là relación m atrim onial es la mujer, n o e l hom bre,
la qïie se mUeve. Una vez en sú vida debía separarse de una unidad
fam iliar ÿ colocarse en el centro de otra donde ella, una intrusa, se
transform aba en guardián de todo lo encerrado, lo protegido y lo
que esté’eñ el interior. De este m odo,'en la m itología, séid en tifica
con Hestia, la diosa del hogar, que es la única que, en el m ito de
Platón {Fedro, 247a), no se une a Zeus cuando éste atraviesa los c ie
los, sino que'Siem pre hace su vida de puertas adentro:
¿Sin em bargo, la relación de la esposa con el hogar es ambigua;
según p arece,'el ritual que [a recibía en la casa (Jám blico, Vida de
Pitágoras, 84) no là asociaba con el hogar.sino que establecía su se
paración de él.‘ Là pureza del hogar es enem iga de la sexualidad;
H esíodo aconseja a la pareja que no tenga relaciones ante el fuego
{Trabajos y días, 7-33 ss.). En la m itología Hestia no es una novia
sino, más bien, una eterna virgen; Zeus le con cedió el p rivilegio de
perm anecer p o r siem pre en su casa «en vez del m atrim onio»
{Him no a Afrodita, 28). Héstia desem peña el papel de la h ija a la que
se Têpërirriitë perm anecer.con su padre y, de hecho, la hija virgen es
la más genuina hipóstasis de Hestia.
Es característico de los dioses el hecho de que puedan desem pe
ñar p o r siem pre Un papel que,\para los m ortales, tiene que ser tram
sitóri’o l'Los griegos daban p o r sentado que todas las mujeres se ca
sarían ¡la h ija virgen se.transform a en una novia y tom a la custodia
tém porál.del hógar-hasta qué traiga al m undo una nueva hija virgen ,
fru to ’ dtTsii‘ carne:·E n esta alteración de papeles encontram os,la
inestabilidad ésériciál d é la s mujeres^Pára los griegos la perfección
dé lá rnlijérisé-álcáñza cuándo ésta es parthénos, una joven .nubil.
PercTëstè m om ento es efím ero, no sólo porque la edad y la m uerte
(qu e alcanzan tam bién a los varones) son universales sino también
porqu é su p rop io p a p e l (a diferen cia de e] del joven guerrero, su
equ ivalente m asculino) eS üti pàpél pára otro; cuánto máslvaliosa
sea, tanto más casadera y, por.tanto, más ineludible será su pérdi
da, ÿ tâmb’iën antes.-‘El' m om en to más am biguo para una m ujer es
tam bién el m om en to de su .rca liza ción :. cuando .se. con vierte en,·
«novia. «
I-a ánibigua posición de la novia es señalada p o r el hecho de que
los griegos tenían dos tipos_de boda y, norm alm ente, sé servían de
^.los dos. De uno de ellos, la engyé, ya hem os hablado. A veces se le
llam a errón eam en te «esponsales»; pero esta traducción es equ ivo
cada en dos sentidos ya que los esponsales son una transacción en
tre los futuros novio y novia y son previos a la boda, l ^ 'ertgyé fue
una transacción entré el suegro y el yerno, y ella misma fue la boda.
N o se requ ería ninguna cerem on ia para legitim ar a los hijos o ha
c e r definitivos los acuerdos financieros. N ó quedaba otra cosa p a ra 1
(îl hombre y la vida domcsiica/203
hacer efectivo el m atrim onio que consum arlo y, para ello, la pala-,
bra griega es g
á
f
a
o
s
¡
El m om ento dé là consum ación, la noche de bodas (que podía j
tener lugar m ucho tiem po después de la engyé), era normalmente j
el pretexto para una celebración cuyo nombre era gámos también. I
Aunque esta celebración no era obligatoria, podem os pensar que
muy pocas novias griegas de buena familia se habrían pasado sin
ella. Este.acontecim iento se asemejaba mucho a.nuestra idea de
una bóda; habia una gran fiesta, la gente se emborrachaba, se brin
daba, se cantaba y el padre de la novia se gastaba lo que no tenía.
Pero nó éra lina boda, en ¿1 sentido de que los novios rio intercam
biaban prom esa alguna ni había sacralización de la pareja. La pare
ja, o la novia sola, podía visitar un tem plo el día antes para despe
dirse de sü d o n cellez y bu scarla protección de! dios para su nueva
vida, pero en el gámos en concreto los dioses no estaban más pre-.
sentes que en cualquier otra tiesta. El gámos celebraba, y ritualizaba así, la iniciación sexual de la novia, que fue también la etapa más,,
im portante de su iniciación a la vida adulta.
La m ayor parte de los festejos teníaií lugar en la casa de! padre
de la novia; el novio podía dorm ir allí la noche antes. La novia era
engalanada con todo esm ero. El moméñto-más importante de esta*
étápá. érá la celebración.de Jas anakalyptéria, es d e c ir ,çuandoln
jiyrnphêûlriô.lla.m atrpna qué dirigía la.cerem onia, levantaba el
v e lo de là ftoviá y ia presentaba al novio. El novio entonces Se la lle:yaba â su casa à pie o en tin cai ro tirado por muías; este trayecto se
hacía con el acom pañam iento de antorchas y al son de las flautas.
Lá nympheúfría iba con ellos; la m adre de la novia les había despe-*
dido. lá m adre dél n ovio les recibía.*Tras una cerem onia de.reu
nión, Aâ nÿmpheûirià acompañaba a la pareja al lecho. Al día si
guiente, podía haber otra procesión, las epaúlia, en la que los am i
gos y parientes de la novia le llevaban su ajuar a su nueva casa.
La engyé era una transacción entre hom brés y centrada en el
novio., á quien se felicitaba p o r su éxito al conseguir Una novia; ésta
ni siquiera tenía que estar presente. El gámos estaba dirigido sobre»
todo por,m ujeres y apuntaba a la novia y a sus galas, Era ella la es:
trella del m om ento ciertam ente; algunos ritos accesorios específi
cos co m o ,'p or ejem plo, el baño previo, podían aplicarse a la pareja
o solo a la novia según las diversas comunidades, pero nunca sólo
al novio. Era por causa de la novia que el novio no recibía tantas
atenciones; después de todo, el cam bio de vida era m u c h o m ayor
para aquélla. La engyé era la cerem onia del traspaso, el gámos el ri-»
tuai de la transform ación. En la engyé el m atrim onio era contem
plado desde el punto dë vista de la ciudad, com o un lazo de unión
entre lineas paternas; en el gámos se le veía desde el punto de vista
204/Janies Redfield
de la unidad familiar, com o eí establecimiento en el centro de la
casa de un nuevo principio para una familia. La mujer adquiría una 4
nueva posición con obligaciones y deberes específicos.
.Hombres y mujeres9
i
La novia por antonomasia es Pandora; su historia vale la pena
contarla aquí con cierta detención ya que sitúa el m atrim onio en el
contexto de un relato m ítico de carácter general acerca de la rela
ción con el orden natural. Sigo a Hesíodo, com binapdo sus dos ve r
siones ( Teogonia, 507-612 y Trabajos y días, 42-105).
Al principio, nos dice el poetarla vida era fácil; un hom bre p e
día vivir durante un año con el trabajo de un día y hombres y dioses
celebrában.fiestasjuntos. Uri día, en.una de las fiestas, Prom eteo
dispuso las porciones de carne engañosamente; tom ó la carne y la
piel y las m etió en el estóm ago del animal, al tiem po que apilaba los
huesos en un gran montón cubierto de grasa. Zeus se quejó de que
el reparto no era proporcional;- Prom eteo le invitó a elegir. Zeus
i (aunque sabía que le estaban engañando) cogió el m onlónuuás*
i grande y ésta es la razón de que los griegos, cuando hacen sacrifi1cios, asignen a los dioses los huesos y la grasa (que se quemaban)
mientras que se reservan para sí las partes comestibles y aprove
chables de los animales. El sacrificio,*por lo tanto, es ambiguo; p o r
un'lado, restablece una conexión entre hombres y dioses (co n ti
núa nuestra fiesta con ellos), y por otro, reconstruye el m om ento
de nuestra separación de los dioses (co'ntinúa.el sacrificio realizar
do de la:m ism a manera que hizo enfadar a Zeus).
Zeus, después, se llevó el fuego e hizo im posible que se pudiera
sacrificar causando así la separación total. Prom eteo, al robarlo, se
tom ó la revancha y restableció la conexión pero por m edio de un
acto de desafio. Zeus, al punto, recurrió a la astucia. Hizchuna her
mosa joven de barro; todos los dioses la eñgalanárón y, có m o reci-‘
bió regalos dé todos^élIos,.la llamaron,Pandora, «regalos de todas'
partes»? Lá en vió’después cóm o obsequio a Epim eteo, el herm ano
de Prom eteo.'A Epim eteo le habían advertido que no aceptase nin
gún regalo de Zeus, pet o cuando se enfrentó a los encantos de Pan
dora se olvidó de ello. La llevó a su casa y, con ella, también un re
cipiente que ésta había traído. Cuando ella ló abrió salieron volan
do todos los males: enferm edad; trabajo, disensión.
Epim eteo no sólo albergó a Pandora; también se casó con ella.
Cuanto era de e l l a — lo que trajo consigo— pasó a ser suyo. En da1
narración que Hesíodo hace de la historia el m atrim onio es parale- ►
lo al sacrificio. Los dos representan nuestra ambigua relación con>
El hombre y la vida doméstica/205
los dioses. El m atrim onio es el resultado de nuestra conexión con
ellos (Pandora fue el regalo de Zeus) y es una muestra de nuestra
separación de ellos (el regalo iba dirigido a hacer daño). Los dos
im plican engaño, aunque de form a diferente. En la historia del sa
crificio, Prom eteo,*en ben eficio nuestro, intentó engañar-a Zeus;
éste, a pesar de que no resultó engañado, nos castigó por su inten-,
tó.‘ Cuando Prom eteo hubo superado este castigo Zeus.le envió
otro, esta vez engañándonos* La historia del sacrificio im plica una
especie de prueba de fuerza con los dioses, un acto, de nuestra par-.»
te, de lo que los griegos llaman pleonexta, es decir, «p reten der te
ner más de lo que a uno le ha tocado en suerte». En'la"historia del
m atrim onio los dioses nos vencenjinosotros somos las víctimas, y
el mal nos llega com o consecuencia de nuestra flaqueza.
La historia de Pandora és una historia de la caída;.es decir, tal
com o en el Génesis, sé trata de una caída en la naturaleza y en to
ados los infortunios que com ponen la herencia de la carne: enfer-'
medàd, trabajo y m uerte' En ambas historias son las mujeres las,
que traen consigo la caída; ellás^oñ él em blem a de nuestra co n d i
ción natural ya que son ellas las creadoras de la carne. El padre,
después de todo, con nada contribuye al hijo a excepción de con
una inform ación genética; la substancia es toda de la madre.
Pandora fue la prim era mujer; «d e ella viene la raza de las fem e
niles m ujeres» {Teogonia, 590). L o m ism o que trajo la m uerte aU
mundo, así también trajo el nacim iento; N o hay explicación alguna
en H esíodo acerca de cóm o los hom bres vieron la luz antes de que
hubiera mujeres; tal vez nacieron de la tierra o, mejor, probable
mente vivieron desde siem pre. N o se necesita explicación dado
que, en este tiem po prim ordial, la edad de oro, los hom bres no te
nían ninguna relación con la naturaleza; eran seres culturales pu
ros. El mito, en otras palabras, se basa en una inversión conceptúala
no muy diferente de la que encontram os en las historias acerca de
la «con d ición natural» de la Ilustración. En ambos casos lo que,
desde el punto de vista del desarrollo, va prim ero es colocado en
segundo lugar. En Rousseau, unos individuos autónom os preexis
tentes se unen para form ar una com unidad (¿Pero en qué lengua
discutirían el «C ontrato Social»?). En H esíodo,-del m ism o modo,
los hom bres p rim ero existen, más adelante adquieren una b io lo
gía. En Rousseau la inversión se da en la relación entre el individuo
y el grupo; eri H esíodo se da entre hom bres y mujeres. La culturade los varones es colocada antes que la m ediación de la hembra en-·"
tre cultura y naturaleza.
*
H esíodo co loca la historia de Pandora en el contexto de su e x - plícita m isoginia general; «Quien confía en una mujer se confía a sí
m ism o al en gaño» {Trabajosy días, 357). Las mujeres, nos dice, son
206/James Redfield
com o los zánganos, que se sientan en la colm ena durante lodo el
día y dejan que las abejas les alimenten ( Teogonia, 594*600). Esto es
econom ía de la mala; el trabajo dom éstico y artesano de las muje
res de una granja griega ha debido haber pagado con creces su m a
nutención. Pero también es mala zoología, com o el propio Hesíodo sabe. Los zánganos (sus pronom bres en el texto así nos lo re
cuerdan) son machos, mientras que las abejas trabajadoras son
hembras; en efecto, Sim ónides de Am orgos, el otro gran m isógino
arcaico, tom ó co m o m odelo para la m ujer buena (rara) a la abeja
trabajadora. Pero, tal vez, lo que H csíodo quiere expresar exacta
m ente es esta inversión, pues entre la cultura y la naturaleza los pa
peles de los sexos se invierten. En la naturaleza los machos casi es
tán de más; en la cultura las hembras, si es que no son superfluas,
son en todo caso una prueba del fracaso de la cultura en conseguir
su independencia de la naturaleza. Vem os aquí, interpretada a un
nivel econ óm ico, la misma co n dición terrenal que antes vim os a
un nivel p olítico: después de todo, el ciudadano griego nacía en
una familia, creaba otra y, políticam ente, dependía de la posesión
de una unidad familiar.
Si ja caída es en la naturaleza, la aspiración a la redención es.
una condición puram ente cultural. En estos térm inos podem os.*
com prender, la aspiración :griéga a tratar la vida pública com o si^
fuese la vida toda; a los espartanos, con su aislam iento de la esfera
econ óm ica, se los pUede considerar co m o representando una fan
tasía de la edad de oro: sin trabajo, sin mujeres. M ediante la inclu
sión en el gobiern o de sus reyes divinos se agenciaron realm ente
un m od o de celeb rar fiestas con los dioses.
En Esparta también, dicen, él estado habría sido perfecto si no>
hubiera sido p o r las mujeres. Son las m ujeres las que hacen la ri
queza im portante allí (m ás que el h on or), ya que , com o dice Aris
tóteles,
están totalmente controlados por sus mujeres, tal como sucede en las ra
zas más militaristas y guerreras... Es evidente que no era tonto quien contó
el primero la historia y emparejó a Ares y a Afrodita (Política, 1269b).
Las m üjeres son peligrosas porqu e son atractivas (y fueron espe
cialm en te peligrosas en Esparta porqu e fueron especialm ente
atractivas para los espartanos). Pandora, igualm ente, es más que
poderosam ente atractiva; es «p u ro engaño, contra el que los seres
hum anos están in erm es» (Teogonia, 589).
El p o d er de Pandora le ha sido con ferid o p o r las prendas que la
adornan.-Atenea le con ced e el arte de tejer (un atractivo en una
mujer; véase litada, 9, 390). H erm es le da «m entiras y palabras mi-
fil hombre y la vida doméstica/207
mosas y un natural ladrón» ( Trabajos y días, 78). Zeus da instruc
ciones a Afrodita para que derram e gracia sobre su cabeza y «a la
dorada Afrodita Je mandó rodear su cabeza de gracia, irresistible
sensualidad y halagos cautivadores» ( Trabajos y días, 66). De he
cho, la orden es cumplida p o r las Horas y las Gracias y por Pito (la
persuasión personificada); todas ellas ie hacen entrega de unos
pendientes de oro y lo coronan con flores de primavera.
Los atractivos de una m ujer son, de un m odo muy característi
co, poiktloi, es decir, abigarrados; im plican esta superficie com ple
ja y m ovediza que, en la cultura griega, es característica de las co
sas engañosas y llenas de artimañas. Una joya de mujer es la repre
sentación concreta de sus modales mimosos. ¡Todo el mundo de las
mujeres, con su cestería, sus muebles, su cerám ica pintada y sus te
jidos, es un en redo para el hom bre; este aspecto sim bólico es repre
sentado en la curiosa escena en Esquilo en la que Clitemnestra in
duce a Agam enón a cam inar sobre un tejido bordado antes de que
ella misma le asesine. El m ejor sím bolo es la guirnalda de Afrodita,
un tejido bordado que contiene «am or, deseo y cortejo, seducción
que se apodera incluso de la mente de los más sensatos» (¡liada, 14.
216-217). El adorno de la novia incluía una guirnalda; de hecho, un
eufem ism o para la consum ación del m atrim onio fue «deshacer la
guirnalda». La guirnalda, co m o las joyas, es un sím bolo del podersexual. Lá novia, en otras palabras, se adorna de manera que puedasedùçir.aÜ nôvio'para que acceda al .matrimonio.
En la ¡liada Hera toma prestada la guirnalda de Afrodita a fin de
p oder seducir a su marido. El poder de Afrodita se extiende incluso
sobre Zeus «q u e es el más grande y el que participa de la mayor
tim é» ( Himno a Afrodita, 37). Zeus se desquita haciendo a Afrodita
victim a de sü propio poder, va que se enamora de Anquises. Las*
m ujeres están también sometidas al poder sexual; son a la vez se
ductoras y seducibles. En las historias lo normal es que sea el hom
b re quien lleve la iniciativa; tal com o Teseo sedujo a Ariadna y así
pudo encontrar el cam ino a través del laberinto, así también Jasón
sedujo a Medea y P élope a Hipodam ía. Lá mujer casadera es so b re.
todo el puntó débil del sistema. Se puede notar que, en ambas di
recciones,~lá sexualidad de Ja m ujer sirve para recortar, el poder
m asculillo; su condición de deseable conquista al pretendiente,,
mientras que su p rop io deseó anula su sentido del deber para con
su padre. En la versión más corriente de la historia de Hipodamía y
P élop e ambas cosas están en juego. H ipodam ía ama a Pélope y, por
ello, colabora con él contra su padre; el carro de éste se estropea
porque M irtilo, su auriga, reem plaza uno de los pernos por otro fal
so hecho de cera y M irtilo actúa así, pérfidam ente, porque o bien
P clop e le ha prom etido los favores de Hipodam ía en su noche de
208/James Rcdfield
bodas o bien ha sido esta última quien se los ha prom etido. En esta
última versión, la novia se sirve del único poder que tiene, su atrac
tivo sexual, para separarse de su padre y unirse al esposo que desea.
En el mito, por supuesto, todo está llevado a la exageración: el pa
dre quiere casarse con su hija y matar a todos los pretendientes; es
traicionado por su propio sirviente, al que su hija se entrega en se
creto, y, finalmente, muere. En la vida real el padre y el novio, por
lo general, llegarían a un acuerdo; el padre únicamente se sentiría
un poco triste al perder a su hija, los m iem bros de la unidad fam i
liar que animaban a la joven a casarse estarían motivados p o r un
afecto com pletam ente norm al hacia ella y, en fin, los favores de su
noche de boda le serían prom etidos — y con'cedidos— a su
novio.
La historia de Hipodam ía representa a la novia com o una parti
cipante activa en el contrato matrimonial. Es cierto queiéiTla“vida
diSria.lás átéñiénsés eran consultadas y consentían en su m atrim o
nio; sabemos, p o r ejem plo, que existían promnéstriái, es decir, c o
rreveidiles o-casamenteras, qúe iban de acá para allá entre la gente
joven..El Sócrates de Jenofonte nos dice:
Le oí cierta vez a Aspasia que decía que las buenas casamenteras, llevan
do noticia de los unos a los otros, mientras sea con verdad, son muy hábiles
en juntar hombres en parentesco, mas que mentir no quieren en sus alaban
zas, pues saben que los que se descubren engañados se cogen odio entre
ellos y a la par a la que les arregló la boda (Recuerdos, 2, 6, 36)*.
Es chocante que la casamentera sea una mujer y que Sócrates
oiga hablar de ella a Aspasia, que es su contacto con el mundo de
las mujeres. El m atrim onió, laengyé;■puede contratarse entre hom-"'
¿bres,"pero son los poderes de las.mûjëres los que hacen que esto
¿funcione, en especial los de la más mujer de todas las diosas, Afro-'
¿■dita.
Eñ el m atrim onio el poder de Afrodita separa a la joven de su pa
dre y la une a su esposo. Así es com o debe ser. En todas las historias
que hemos tenido en cuenta (Jasón, Teseo, Pélop e) se da p o r hecho
que el padre pierde a su hija; el joven, al seducir a la hija, persigue
un fin justo. Más larde, p o r supuesto, tanto Jasón com o Teseo aban
donan a sus novias, pero se da p o r sentado que esto no suele suce
der. Las novias abandonadas en-él m ito, griego son poderosas; figu^ras-.^ëligrosas; Ariadna y M edea consiguen casi una apoteosis.
Ariadna (en la m ayor parte de las versiones) se casa con Dioniso;
Medea (en Eurípides), tras asesinar a los hijos de Jasón se marcha
en un veloz can o.
* La traducción es de A. García Calvo (Madrid, 1967).
El hombre y la vida doméstica/209
El prototipô-de là^Tôvià abandonada és:Herá, Cuya rabia colm a
el universo m ítico (contra Troya, Heracles, lo . Lelo, contra cual
quiera que Zeus haya amado alguna vez)· En el Himno a Apolo (300355) su rabia contra Zeus p o r poner en el mundo a Atenea le lleva a
dar a luz — sexualmente tam bién— a Tifón. En H esíodo ( Teogonia,
820-868) Tifón fue el últim o monstruo que Zeus tuvo que vencer
para establecer su poder. La lucha continuó en la generación si
guiente sin em bargo; descendencia de Tifón fue la Hidra de Lerna,
vencida por H eracles con la ayuda de Atenea ( Teogonia, 313-318).
Ei'ëstcril mátrimóñiolsin'arnor de.Zeus y Hera es la clave para l a *
estabi]idad;del"cosmos;«es·^vidente-que Zeus ha_róto^el-ci'clo dé ge-*
neracionesTémel cie lo y-que'habrá de gob ern arp or.siem pré. Sin
em bargo, nosotros no somos dioses y, en la tierra, sucede justa
m ente lo contrario; nuéstra'supei'vivencia se basa sólo’ en; ir níuriendo y dañdópaso à nuestros sucesoresrque se crían en los m atri
m onios fértiles (y todavía m ejor en los m atrim onios llenos de
am or). En!el_m átrim onio el padre es reem plazado por:el marido.-y
así es com o debe ser. El ejem plo más claro es probablem ente la his
toria de Hipermestra, una de las hijas de Dánao, a las que su padre
les proh ibió casarse con sus pretendientes egipcios; finalmente,
cuando fueron forzadas a casarse, se les dijo que apuñalasen a sus
maridos en el lecho de boda. La única que desobedeció esta orden
fue Hipermestra; «la sedujo el deseo», com o Esquilo nos dice (P ro
meteo, 853). Su padre la persiguió más tarde por su ofensa contra el
patriarcado. Para conseguir su absolución, acusada de no haber
m atado a su esposo, fundó el santuario de Artem is Pito (Pausanias,
11, 21, 1).
Con toda probabilidad estos acontecim ientos se representaron
en la última pieza de la trilogía de Esquilo Las Danaicles, cuya pri
m era pieza son Las suplicantes. El único fragm ento que conserva
mos de la tercera tragedia de esta trilogía es un parlam ento de A fro
dita, recitado seguramente en defensa de Hipermestra:
El casto cielo ama penetrar el suelo;
y a la tierra el amor toma por mor del matrimonio.
La lluvia, cayendo desde el cielo que aguas mana,
hace a la tierra concebir. Y alumbra ésta, para los molíales,
pastos para corderos y el sustento de Demeter.
La estación de los árboles de perfección se llena por la boda
que a la tierra riega. De todo ello, en parte, soy yo la causa
(apud Ateneo, 600b)
Que una m ujer ame a su m arido, dice Afrodita, es muy natural.
Si las mujeres soñ ías pruebas de nuestra caída en la condición na-
210/James Rcdfield
türal^deberiamosTecordar.que'se^ratâ'deia'-rnisrna-naturaleza-.que»*
^osaltïTrëntaTl~as:niuiere5~son~el:p roble ma^.vr:a:la..ve7Jrlar5oluGÍón7T6
son-la-rnarca-de-nuestra^cOndiciÓTrale-mOrtales-y^al'tiempo^hac'en
posible~que"laJvid a~sigarliteral m ente hablando, corTsû^fêrtilidâdw
.suinstitu cionàHdâdâlrrhisTnôItiempoTrSuvoTesTel-.poder^dersenttne
inspirarlam or, que7-e^la-ciudadaestador3'iene-j^s_crrehpo‘der¿paraip
0 arnbiárserdéluñ:hogar^a-Otro-y-dáf-origeh~a~:nuevas~casas·
Afrodita dice de sí misma: «en parte soy yo la causa» (paraítios)
de las bodas del cie lo y la tierra. Esta palabra, en sentido jurídico,
significa «c ó m p lic e »; podría también traducirse com o «cataliza
d o r» o «m ed iad or». ka:diferencia:eritrc;varones’-.y:hembras:es, ha
blando desde la perspectiva social, ÍáTTnásñm portante-dedas~diferÔnTiâsria.rnediâciônqueen'ëstà^ifërénciâ^llêva'a'câbO 'ëham oroSv
^lT~furTdârnento~deda~5ociedad.
Asírla~i~é^^iÓjQiClordorñesticQ^pai;ai[os~Ri~iegosrfue~tambicn
^un re c o r y ^ iñTiéñToBc.su secrëtô.pôdêr^Si'lôsivarOnes^edian^para
sróspacio'públicoyvaloresiculturales'^lo~hacían:sabieñ’dóTque;esto>
s'olójpodía'ser lâTÏÏitâd^ëlTOëntô': CádáxhcOtómía — entre público
y privado, m acho y hembra, cultura y naturaleza— va^acómpañada
d e o n a .r r ie lii^ io n . En el ritual podem os verlo en el hecho de que la
boda es doble: la eiigyë y el gámos. En el m ito lo vem os en el eterno
com bate juguetón entre Zeus y Afrodita. EfrlâTciïïdâd-estâdô’-es el'
jü e g ó lq Uë existe en tre!la *lëÿ y'èl^âm or?'
Μ.
Capítulo sexto
EL ESPECTADOR Y EL OYENTE
Charles Segal
Solitos: Conejo de las bodas de Peleo, fragmentos de dinos
Vision, .'monumento, m em oria ,
Los griegos son uña raza de espectadores, Curiosos por natura
leza los unos acerca de los otros, y también para con las diferencias
entre ellos mismos y el O tro (el no-griego o «bárbaro»)/SOn buenos,
observadores^ buenos narradores de historias. Ambas virtudes resúltanlévidentes, aquí y allá, en lós dos grandes narradores a,co-'
m ienzos y finales de la época arcaica: H o m ero ; qüe com puso oral'm e ^ tè 'ÿ recitaba sus grandes poem as épicos a fines del siglo^viu,
a.CT, y H eródoto, que escribió su relato de las Guerras Médicas_de
los años 80 dél siglo v a.C. y, a la par que éste, sú am plio com pendio
ele das'^civilizaciones vecinas;
Los dos autores están fascinados p o r los detalles visuales que
tienen cabida en la superficie del mundo y ambos se deleitan apre
hendiendo con palabras la inmensa variedad de la conducta huma
na: trajes, hablas, ritos y cultos a los dioses, sexo, m atrim onio, la fa
milia, la guerra, la arquitectura y otras muchas cosas. Am bos tam
bién· fson conscientes del p od er·d e seducción de la curiosidad,"el
déseb^dé^ver;y saber. La Odisea com ienza con un héroe que «v io
ciudades de muchos hom bres y co n o ció su manera de pensar» (1,
2). Al principio de su Historia H eród oto narra la historia de
Candaules y Giges, un cuento que gira en torno al pod er de la vi
sión, la secreta contem plación del cuerpo de una mujer, por m edio
de la cual el rey lidio Candaules quiso m ostrar a su lugarteniente la
extraordinaria belleza que poseía en la persona de la m ujer a la que
amaba (1, 8, 2). H eród oto, de hechó, hace que Candaules com ien213
214/Char)cs Sega]
ce su historia con la siguienle generalización: «La gente confia
menos en los oídos que en los ojos» (1 ,8 ,3 ). Pero en la historia que,
de esta manera, desarrolla es la vision la que se encarga de abrir la
puerta a los desastres entrem ezclando amor, voyeurism o, abuso de
confianza, vergüenza y engaño. En H om ero, el im pacto visual de la
belleza de una m ujer es igualm ente poderoso y tiene también con
secuencias desastrosas. Cuando los viejos de Troya «vieron a H e le
na llegar a la torre» la com pararon a una diosa inmortal y, p o r un
m om ento, dudaron si pensar que valía la pena guerrear por ella
(¡liada, 3, 154-60).
Ante escenas co m o éstas nosotros, el público, nos transform a
mos, en efecto, en espectadores del p oder de la visión en sí misma.
Tanto H om ero co m o H eród oto, p o r seguir con nuestros dos ejem
plos, intensifican y amplían la visión del mundo de su público/El?
gu errero jTornérico~seyergue*añte nosotros; é r fla re c úrrervcia'de-la;y.
fórñiula“épió^^có:mo-^algó-mafávillósó-dé^ver'»^//j^iima:idés(/?í3if'
Ciertamente,fSUTconc'epGÍónre'sTvisüai?lestá rodeado por el resplan
d o r del metal brillante, llam a la atención p o r el terrible penacho y
plumas de su casco y, con frecuencia, se le ve m oviéndose rápida y
poderosam ente, lo que invita a com pararle con los im presionantes
fenóm enos visuales de la naturaleza tal co m o los grandes animales,
los pájaros de presa, el fu ego o un relám pago en el cielo.rHeFÓdotb,
de m anera sim ilar, seleeciOn~a~yrdescril5é^ló^quc-és^«3ignoTlejvcrse»xq*('of/iéefon—Su-obra~como-un"todo:es:unaT«exhibición^‘ 0 ;:«dc-;i
m ostración»7“qpódgLxt5:(l, l). A I'igual-que-Homero^se encarg a jie ródoto^tám l5iém de_preseryai;los'grandes~hechQs-de j a -humanidad
en^um g q ú i^ lé m e .v e rb á lT d e lím onu m enj-p.
H eród oto se cuenta todavía dentro de la prim era generación de
escritores que com pusieron una vasta obra en prosa y, por ello, de
jaron estas huellas conm em orativas del pasado en form a de escri
tura. Pero.ipáTá^elppeta^orál^támljiéirla'p.reseD^aciQn'deiqs^grañdes-hechosTadica-potencialm ente-en-los dominios-tanto deja^yista
^ có m o 'd el'^ íd q r H écto r, al Tetar iT los*jefes griegos en /liada, 7, prom^te^'qüe^el recu erd o de su oponen te vivirá bajo la form a de un
«h ito que se ve de lejos»: su m onum ento funerario (sema) en el Helesponto. Aquí, inspirará éste otras palabras cuando «alguna vez
quizá diga uno de los hom bres venideros, surcando con su nave, de
muchas filas de rem eros, el vinoso ponto: “ De un hom bre es este
túm ulo, m uerto hace tiem po, al que, co m o un bravo que era, mató
el escla recid o H éc to r.” Así dirá alguien alguna vez, y mi gloria nun
ca p e rece rá » (7, 88-91)*. ■
* La traducción de la que nos servimos es la de E. Crespo Güemes (Ma
drid, 1991).
El espectador y cl oyenie/215
El m onum ento solo, aunque es algo que «se ve de lejos», no pue
de hablar. R equiere el acom pañam iento de la voz de un hombre,
que el poeta aporta mediante el discurso de Héctor. La situación es
aquí la misma que encontram os en las primitivas estatuas dedica
das cuyas inscripciones prestan voz a la muda piedra al decir: «Y o
soy la tumba, m onum ento o copa de tal y tal». Un monumento al
que le falte esa voz se olvida al instante; no tiene historia alguna
que ofrecernos, no tiene kléos (fama, de klÿein, «o ír ») al que «pres
ten o íd o » los hom bres del futuro. Es meramente un objeto inerte,
com o lo es la piedra qué sirve dé lím ite en la carrera de caballos de
los juegos fúnebres celebrados en hon or de Patroclo, simplemente
«la tumba de un mortal fállecido hace tiem po» (¡Hada, 23, 331). La
frase que aquí se usa para designar el m onüm ento es la misma que
H éctor em plea en el libro 7; pero éste no tiene ninguna historia
que contar, ningún recuerdo que evocar y, así, perm anece mudo,
sim plem ente un objeto ante el que los carros pasan veloces.
L5 quetes^dignorde-recordarscy'péfdúrarar-set' «oídoñfGomo W
[¡íleos/El peor destino que puede acontecer a un hom bre en H om e
ro es m orir aklêês, sin dejar la historia que podría preservar su m e
m oria en una com unidad de hombres. Hubiera sido mejor, nos
dice T elém aco en el prim er libro de la Odisea, que Odiseo hubiera
m uerto en Troya ya que, entonces, «todos los aqueos le habrían he
cho una tumba y habría conseguido fama (kléos) para su hijo». Así
también /5el'quc ,dirán»'de;un“hombre^enl5ü^u^^püC'dc:llegat^a
ser~ei~critérió~b~áSico'para~la~ac c ió n r conto en la fatal decisión de
H éctor de enfrentarse a Aquiles en com bate (¡liada, 22, 105-108).
En’ su xalidad’de portador^p.oiiantortómasia oé.estc nuevo rásgo:de
¿! á~p51is^HéctQpes7.natural'mcnte 7 el~Keró^qúéTmás~§cY>reocupa-deT
^suTelaci'ón_cOúila-vo7,-de-la^comunidadi.
Esta función del «o íd o » com o m ecanism o de control social, sin
em bargo, es sólo una pequeña área de la experiencia acústica que
la épica toma en consideración. H om ero y-H esíodo se explayan
con evidente placer acerca de la dulzura y claridad de la voz y de la
lira. Cantar, narrar y o ír historias constituyen una parte importante
de la acción de la Odisea. En la litada, Aquiles se encuentra «d elei
tándose el áriimo con la sonora fórm inge, bella, prim orosa» en el
m om ento de la visita de la embajada (9, 186ss.); es éste un raro
ejem plo de canto en solitario. Hay em oción también en los dos pas
tores del Escudo de Aquiles, que «se deleitan con sus flautas» sin sa
b er que el destino les tiene reservada una emboscada (18, 525ss.).
Las grandes crisis son señaladas p o r m edio de poderosos sonidos:
el tronar de Zeus al final del canto 7 de la ¡liada o el grito de d olor de
Aquiles p o r la muerte de Patrocloq u eT etis ove en las profundidades
del triar (litada, 17, 35), o su grito en el foso que resuena com o una
216/Charlcs Segal
trompeta en torno a una ciudad asediada (¡Hada, 18( 207ss.)· Al na' rrar la historia de su asesinato a manos de Clitemnestra, Agam enón
añade el patético detalle de «o ír » la voz de Casandra cuando fue
asesinada a su lado en el preciso m om ento en que él mismo expira
ba ( Odisea, Π , 42lss.).
/La^supervivencia én ·l’a niem ória"dépende del bído; pero enfla
épica,'aí igual qué éñ la'trage_dia,.es el ojo el que permite éLjüegó de*
^emócioñesTnás fuerte y'com plejó/El reconocim iento entre Odiseo
y Penélope, largamente pospuesto, tiene lugar a través de un deli
cado juego de miradas cuando él, sentado frente a ella, baja la vista
(23, 91 ), mientras que ella, sentada en silencio, le .mira ora directa
mente, ora a sus ropas (94ss.) y se proteje a sí misma de la im pa
ciencia y cólera de Telém aco explicando que ni puede dirigirse a
aquél directam ente ni «m irarle abiertamente a:.·su rostro» (105107).
I-a visión domina también la escena culminante de la litada.
Príam o y Aquiles intercambian miradas sorprendidas y llenas de
adm iración (24, 629-634). Pero la visión en este pasaje muestra
igualmente lo precario de este m om ento en el que el tiem po pare
ce no correr. Príam o pregunta por el rescate de su hijo «para que
yo pueda verle con mis ojos» (24, 555). Aquiles, al igual que H om e
ro, sabe cuán abrumadoras pueden llegar a ser las reacciones ante
una visión de tal estilo y, por ello, ordena que el cuerpo de H éctor
sea lavado en un lugar retirado, «para evitar que Príam o viera a su
hijo, no fuera a ser que no refrenara la ira en el afligido pecho al ver
a su hijo, y que perturbara el corazón a Aquiles, y éste lo matara, y
de Zeus violara los mandatos» (24, 583-586).
Espectacülós'de gloria: rey; guerrero, -atleta·*
DadtTqüclla ppesía.griega está profundamente enraizada en las
funciones comunitarias de la canción, la historia y el cuento dentro
de una cultura oral;lás ocasiones de su ejecución pueden transfprai se"éllas-mismas en'espectácuíos d él orden social, hechos visi/bles7antéuna7nTultitudj:éünidáí La Teogonia de Hesíodo, p o r ejem
plo, describe al rey juzgando en la asamblea, donde «todos fijan en
él su mirada cuando interpreta las leyes divinas con rectas senten
cias» y «cuando se dirige al tribunal', com o un dios le propician con
dulce respeto»* (84-86, 9 1ss.; cfr. Odisea, 8, 171-173). H esíodo dis
tingue la dulce y persuasiva voz de su soberano con una especial
atención, pero también le muestra m oviéndose entre la mucheCitamos por la traducción de A. Pérez Jiménez (Madrid, 1978).
lïl espectador y el oyente/217
dum bre de ciudadanos. Este espectáculo del p io p io rey com o la
realización viva y personal de la ciudad perfectam ente ordenada es
algo característico de la mentalidad social de una cultura oral, don
de las normas y los ideales se encarnan en situaciones públicas
concretas que im plican un contacto cara a cara.
^.Conseguir recon ocim iento-público es llegar.a ser.un.objeto d e ,
^especial visión 7 «destacarse» entre la multitud com o ekprepêsnEste
es el fin al que todos aspiran y que los poetas e ncare ce n. El hom bre
de estado tiene ante sí el ideal del rey de H esíodo en la asamblea;
las muchachas en las danzas corales tienen el m odelo de las jó v e
nes en las Canciones de muchachas {Parthenia, 1,40-49); y, por su
puesto, los atletas en los juegos tienen sus esperanzas puestas en la
clase de celebridad que Píndaro describe cuando prom ete hacer al
ven cedor «p o r las coronas que ha logrado y aún más por obra de
mis cantos, adm irado (thaetón) entre los de su edad y los más vie
jos, y objeto de deseo (mélema) para las jóvenes muchachas» (Pilica, 10, 57-59)*. Efrta:;tragëdiaT sin ;embargo,^ co m o verem os más
adelante, s iñ g ü lá ^ ^ r s r cómcTüfi espectáculo es parte, de la ambijgüâTèlâciôn derh éroe cón la sociedad; yTá sorprendida mirada del
espectador,~lleña’ de admiración,“ se transforma e n jjn a mirada de
do ror/7pe rplej i dad y compasión.
lias'pruebás-átléticá's se cuentan entre los más im portantes es
pectáculos de la antigua G reciá.'Incluyen estas no sólo los cuatro
grand esrfesU yale^panhelénicos^^O lím picós.TPíticós'r.N em éosje
ístm icos— sino tam bieñlnum erósos ju egos locales en ciudades in
dividuales tales com o los juegos Yolaeos, en Tebas, o los Panatenaicos en Atenas. Las odas de Píndaro y Baquílides que celebran victo
rias en estos ju egos presentan al ven cedor com o la viva imagen del
héroe ideal según se refleja en los mitos paradigm áticos que narran
los poetas. L a v ic lb fiá ^ s jiñ reflejo de_qüe el atleta ha heredado excëlêliciâTrdisciplina. urr'en érgico'procedër/la com placencia en co-'
rrerriesg os ÿ la m oderación en la exuberancia del éxito. El fam oso
Auriga de Delfos, en broñceTque conm em ora una victoria a p rin ci
pios de los años 70 del siglo v a.C., es una representación escu ltóri
ca de muchas de esas cualidades. Las odas triunfales buscan crear
un «m on u m en to» en palabras, que tenga la solidez, la belleza y la
perm anencia de la escultura aludida. De ahí que sea frecuente la
com paración de la oda con un tem plo o un tesoro (p o r ejem plo,
Olímpica, 6; Pítica, 6 y 7; véase Nemea, 5).
LcTqueda;fam ilia:hâcëpoFIós_vencedórés privados e s jo que las
ciüdàdës'êstàdôsllëvârt á^cabó por sí rrfismaseri la’ gT íé fja 'erig iem
* La traducción de Píndaro que utilizamos es la de P. Bádenas-A. Ber
nabé (Madrid, 1984).
2 18/Charles Segal
do m onum entos dedicados en santuarios panhelcnicos com o
Olim pia Ó Delfos. Estos sepulcros vienen a ser casi un teatro de las
i'rivalidades y hostilidades entre las ciudades.
C om o im plica esta últim a idea, e l espectáculo más grande y que,
más afecta a la ciudad es la guerra. Ya en la /liada la guerra es un es
pectáculo no pequeño y el público de H om ero com parte la pers
pectiva de los dioses cuando, desde el O lim po, contem plan los
acontecim ientos que se suceden en la llanura de Troya.
En la guerra la"ciú"dád presenta sú’propio poder com o un espec
táculo tanto para sí m ism a co m o pára otros estados, lia partida de
ún_gran ejército, con sus armas relucientes, animales de carga y ca
rretas, los que seguían al cam pam ento, las provisiones y el equipo,
era Uñ im presionante espectáculo que proporcionaba a los ciuda
danos uda visión única de su.propio poder y recürsos.-Tucídides,
en su descripción del em barque de la expedición que m archó a Si
cilia en el año 416 a.C. (6, 2, 1-2), nos da un vigoroso relato de una
escena de este estilo y de la excitación em ocional que podía des
pertar. El más austero de todos los escritores griegos clásicos nos
perm ite, p o r un m om ento, contem plar la guerra com o un grande y
trágico desfile de la gloria ateniense, brillante pero predestinado al
fracaso.
Incluso aquí no estamos todavía dem asiado lejos del mundo de
la épica. Podem os com parar esta descripción de un acontecim ien
to contem poráneo, p o r ejem plo, con la descripción que Píndaro
nos ofrece de la partida de los m íticos argonautas desde Y o lc o (Pííica, 4, 191-198):
Y una vez que hubieron suspendido las anclas por cima del espolón, to
mando en sus manos una copa de oro, el jefe, en popa, invocaba al padre de
los uránidas, Zeus, cuya lanza es el rayo, a los embates de las olas de raudo
caminar y a los vientos, a las noches y a las sendas de la mar, así como a los
días bonancibles y a la benévola moira del regreso. Desde las nubes le repli
có el estrépito propicio del trueno y le llegaron, brillantes, los desgarrados
resplandores del relámpago.
El espectáculo de p od erío m arcial que Píndaro presenta presta
más atención, naturalmente, a los dioses y a la naturaleza que a los
barcos y al equipo.
La narración que H eród oto nos o fre ce de la partida del m agno
ejército de Jerjes p o r tierra tiene también las características pro
pias de un espectáculo (7, 187), reforzadas p o r el papel que Jerjes
desem peña, literalm en te hablando, de m ero espectador de la bata
lla. En Abidos hace levantar un trono de piedra blanca para ver des
de él sus fuerzas m arítimas y terrestres al m ism o tiem po (7 ,4 4 ). En
las Term opilas y en Salam ina se con vierte en espectador de la bata-
lîl espectador y el oyente/219
lia (7, 212; 8, 86), acompañado p o r un secretario que ha de anotar
el nom bre de los que lleven a cabo hazañas dignas de m ención (8,
88, 2). Al igual que Tucídides, H eród oto com pone su obra en la
época de la tragedia. El papel de espectador del rey, que viene a ser
igual al del pueblo ateniense contem plando a su ejército partir ha
cia Sicilia casi sesenta años después, oculta su trágica ceguera en lo
que toca al significado real de los acontecimientos.
El'fiñál dé-la guerra ës tan espectacular cóm o su córnicnzo; el
trofeo se alza en el cam po de batalla. Hay también procesiones de
guerreros victoriosos, con su botín de armaduras, equipo y prisio
neros; lo normal-es _que se aparte un diezm o com o ofrenda votiva,
para que sea visible a todos éñ un tem plo de un santuario panhelé•'nico. Andando el tiem po, a los caídos se les erigen monumentos, a
los valientes se lès conceden .recompensas y un discurso fúnebre
muy elaborado tiene lugar en honor de los m uertos.'Com o se pue
de ver en la famosa descripción del discurso fúnebre de Pericles a
finales del prim er año de la Guerra del Peloponeso que Tucídides
nos ha dejado, este acontecim iento es uno de los espectáculos pú
blicos más im presionantes de la ciudad. Dos días antes del discur
so, los huesos de los guerreros muertos eran dispuestos en una
tienda para su exhibición pública. Se celebraba luego una gran pro
cesión en la que los familiares, tanto hom bres com o mujeres, mar
chaban delante de las carretas que llevaban los ataúdes de madera
de ciprés. Se dirigían a las afueras de la ciudad, donde los huesos
recibían sepultura en una tumba com ún (Tucídides. 2, 34). Com o
una parte más de la cerem onia de enterram iento, un orador fam o
so pronunciaba el discurso fúnebre.
Lá derrota de la ciudad es un espectáculo de otro tipo, presenta
do poderosam ente com o teatro en Los persas de Esquilo y Las {ro
yanos y Hécuba de Eurípides. En la pieza de Esquilo, vem os al m o
narca vencido vo lver entre gem idos y lamentos, derrotado su ejér
cito, y sus ropas, espléndidas antaño, ahora hechas jiron es.:-La bri?
Hantez de la partida revela en este m om ento su verdadero significa
do.«Tam bién Píndaro pinta una escena análoga com o contraste
frente a la alegría y reputación que la victoria depara: a los ven ci
dos — viene á, decir— no les espera un grato retorno, «n i al regre
sar junto a su' madre, el du lce r e ír suscitó benevolencia en torno
suyo. P o r el contrario, p o r callejas, lejos de sus enem igos, andan a
hurtadillas m ordidos p o r el fracaso» (Pítica, 8, 83-87). En-vez de
disfrutar dê la famâ.(kléôs) del v e n c e d o ry de su condición de obje
to de contem plación, eri su calidad de thaetós o ekprcpés, «adm ira
d o » y «destacado», el perded or ha de sufrir ocultación y olvido.
En los em barques de aciago final de un gran ejército, Esquilo,
H eród oto y Tucídides muestran tam bién el om nipresente interés
220/Charles Segal
griego en la peligrosa seducción de las em ociones de las masas/Los
griegos, aunque la época prim itiva no tenía nada com parable a las
efusiones de sangre de las carreras circenses de la Rom a im penal o
de Bizancio, se dieron cuenta debpoderoso efecto,qu e.u n especlácúló .podía crear eri una multitud.'Cuando el trágico Frínico pre
se n tó su pieza La loma de Milelo en el 493 a.C., los atenienses le imIpusieron una multa de m il dracmas porque les había hecho recor·
idar los sufrimientos de sus compañeros los jonios. «El teatro rom
pió a llorar», escribe H eródoto (6, 21). El pasaje indica el com pro; miso em ocional del público ateniense con la representación trágica; pero muestra también el reconocim iento de que la em oción c o
lectiva pertenece a una categoría especial.
La palabra que Jos prim itivos autores griegos em plean para las
reuniones públicás'con vistas a tales espectácülos cs.agó>i,.que tic:
rie.también el significado secundario de «certam en»; éste, cierta
mente, llegará a ser el significado principal más adelante. Los grie
gos gozan con la com petición y, así, estructuran con frecuencia sus
«reuniones» com o «certám enes». H esíodo com pitió en uno de este
tipo en los juegos funerarios del rey Alcidamante con un poem a, tal
vez la Teogonia, y ganó un trípode ( Trabajos y días, 650-659). Pla
tón enumera, entre los «certám enes» que «proporcionan placer a
los espectadores», la com edia, la tragedia, la música, la gimnasia,
las carreras de caballos y el recitado rapsódico {Leyes, 2, 658a-b).
Las jóvenes que cantan la Canción de las muchachas (Parlenio) de
Alem án establecen una com petición una con otra (Alem án, frg. 1
PMG). La poesía de Safo y A lceo a finales del siglo vn a.C. indica
que hubo concursos de belleza de mujeres en su isla de Lesbos.
En un ámbito mucho más solemne, los cultos mistéricos, en es
pecial los de Eleusis, representan dramas.religiosos de m uerte y re
novación, que [revelan al iniciado un oculto saber acerca del,m ás
falla y/de este m odo, le ofrecen consuelo en lo tocante a su destino
después de la muerte.-Dado que estos ritos eran secretos, los deta
lles exactos no son claros; pero, con toda seguridad, las representa
ciones iban acompañadas de música y de poesía hímnica. Un pasaje
al final del Himno hom érico a Deméter nos ofrece al menos una in
dicación de lo que el espectador de tales ritos podía ganar:
¡Feliz aquel de entre los hombres que sobre la tierra viven que llegó a con
templarlos! Mas el no iniciado en los ritos, el que de ellos no participa, nun
ca tendrá un destino semejante, al menos una vez muerto, bajo la sombría t¡niebla*.
* La traducción de los Himnos que utilizamos es de A. Bernabé Paja
res (Madrid, 1978).
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El espectador y cl oyenlc/221
La im portancia de lás experiencias visüàlej.en tales ritos se des
prende del hecho de que el iniciado era llamado epóptes,. es decir,
« e l ‘que contem pla».''
iConocim iento auditivo y visual. "
A finales del siglo vm a.C. los griegos habían desarrollado el sila
bario s'elñítico del norte hasta conseguir una escritura alfabética
m ucho más apropiada a su propio lenguaje que lo había sido el sila
bario m icénico. Sin em bargo, a causa de los siglos de cultura oral
precedehtes_y.de la limitada tecn ología d e ja escritura,Ja palabra
hablada (y cantada) continuó ocupando un lugar privilegiado. Los
poetas pueden im aginar aun la felicidad más excelsa en términos
aurales. En la Odisea la cim a de la gloria heroica es la canción de
las musas, «con su hermosa voz», que, en el funeral de Aquiles,
m ueve al llanto a todo el ejército griego (24, 60-62). P eleo y Cadmo,
co m o paradigmas de «la más alta bienaventuranza», ya que ambos
se casaron con diosas, «oyeron a las musas [...] cantar y danzar
en la montaña y en Tebas de siete puertas» (Píndaro, Pitica, 3,
88-91).
Pesé a lo im portante que la experiencia auditiva es para la me:
m o ria y la.transmisión de la cultura, el pensam iento griego.se in cli
na por. co n sid era rla ^visión cóm o el'ám b ito p rim a rio ,d e sc o n o c i
miento. e7incluso, dé là ¿m oción, tal com o hemos visto en H o m e
ro. El ojo es el lugar del deseo, que Ios-poetas considera^ ybien
co m o una em anación d e ja mirada del ser amado o_bien situado en
e l'o jo del objeto de amor. «Quien contem pla los rayos que, entre
fulgores, salen de los ojos de Teóxeno y no se ahoga en olas de de
seo» — escribió Píndaro en su exuberante en com io dirigido a este
joven corin tio— «es que tiene su negro corazón forjado en helado
fuego, en b ron ce o a cero» (fvag. 123 Snell-M aelher).
ELsujelo cognoscenté se construye co m o alguien que ve; lo des*
con ocid o es támbiéri lo no visto,aya sea la oscuridad cubierta de
niebla tras el sol poniente ( Odisea, 10, 190; 11, 13ss.) o las profun
didades del Hades bajo la tierra (Eurípides, Hipólito, 190ss.). .Estar
vivo ës'«vër.là‘lu zd e l sol»·' La .omisión ÿ-él olvido,"léfhé, pertenecen
a'la'oscuhidad, donde la gloria o la fama se encuentra rodeada por.·
uñTesplandor.fog/am). Las dos piezas dedicadas a Edipo por S ó fo
cles están construidas en to m o a la ecuación sigu ientevconocim ientó ¿s a visión, co m o ceguera a ignorancia. Para PlatórT, cdnocer el mundo suprasensible de las form as es tener una visión del
mundo lum inoso y eterno que está p o r encim a de los fenóm enos
terrenales, cambiantes y cubiertos de nubes (véase Fedón, 109b-
222/Charles Segal
1 lOc; República, 9, 586a). «Cada alma humana» — escribe en el Re
dro— «lia contem plado el Ser» ( tethéalai ta ónta, 249e). Continúa
con su fam oso m ito del carro del alma, para com binar los dos as
pectos de la visión: visión com o fuente de deseo y com o fuente de
conocim iento. La visión que las almas tienen de lasjorm as las llena
de deseo y, a la vez., les p rop orcion a el con ocim ien to de su verdade'rá.patria (250a-252b).
Desde sus prim eros orígenes hasta el neoplatonism o el filósofo
' «levanta su vista» hacia los m isterios del cielo y; al tiem po, percibe
16 que yace oculto «en las profu n didades»,'com o dice D em ócrito
(68 13117 FVS). La parodia de Aristófanes en Las nubes se encarga
de ofrecern os juntas ambas form as de esta búsqueda visionaria de
lo rem oto y lo invisible. Mientras que los discípulos clavan la vista
en la tierra, Sócrates está colgado dentro de una cesta y, p o r ello,
m ejora la sutileza de sus pensam ientos acerca de tá metéora, las c o
sas del cie lo (227-234). Sufre además la perdida de un «profundo
pensam iento» cuando una lagartija hace sus necesidades en su
boca m ientras «investigaba el curso y los desplazamientos de la
luna, y al estar con la boca abierta m irando hacia arriba» (171173)*:
La im aginación paródica de Aristófanes oculta aquí una'éüálidad esencial de los filósofos presocráticos que se encuentran tras el
«S ócrates» de Las nubes; se trata desuna .p a s ión .p orla ,cla rid a d
VisualTdéLm úndo fenom én ico. P á ra H o s'físic o sq o n io s .d e .los si/glos’Vi y v a.C., desde Anaxim andro, pasando p o r Anaxágoras y D e
m ócrito, él m undo en sí se transforma en un espectáculo, en una
visión dé orden entendido â partir de la aplicación sistemática de la
razón. Para esté-proceso y sus resultados los presocráticos se sirven
del .verbo .tHeórein, cuya,raíz es théa, «visión ». r/îëna;im plicà la
m ism á;idéhtificación de con ocim ien to con visión que se expresa
,en el verb o «c o n o c e r », ôîdà (d e la raíz v i d - , «v e r »). Estos pensado
res em plean là palabra theóría para o b serv a rlo s cielos, «con tem
plando los efectos y esencia del n ú m ero» (F ilolao, 44 B 11 DiclsK ranz), «v ie n d o » el carácter de las vidas humanas (D em ócrito, 68
B 191 ) y «v ien d o el orden (táxis) por doqu ier en todo el universo»
(Anaxágoras, 59 A 30, citado p o r Aristóteles).
A l^ o n c e b ir ehuniverso có m o un todo visualm cnte:inlcligible
(c o m o este ú ltim o pasaje im plica), los pfésocráticos abandonan o>
boñviertéñ en metáfora-la m ítica realidad de las puertas, los muros,
las raíces o las fuentes de la cosm ología hesiódica ( Teogonia, 726757, 775-779, 807-819) y, eñ vez de ello, em piezan a contar cón re
la cio n e s espaciales abstractas basadas en la geom etría (véase Ver* La traducción es de E. García Novo (Madrid, 1987).
El espectador y cl oveiite/223
nant, 1982, pp. 102-118, 120-121). De esta manera, conform an un
«espectácu lo» (theôria) para lâ m ente m ejor que para el sentido de
lá vista. Con el fin de presentar la claridad sinóptica de su concep
ción del universo, Anaximandro, por ejem plo, dibuja su imagen del
mundo en una tablilla (pwax) o, incluso, fabrica una esfera, un m o
delo, tal vez, en tres dimensiones, del m ism o m odo que el geógrafo
m ilesio H ecateo lleva a cabo un mapa ( 12 A 1 y A 6 Diels-Kranz, lo
mado de Eratóstenes, Estrabón y Diógenes Laerciojr'Este proceso,
que es~decisivó para el desarrollo de la ciencia occidental, no sólo
reem plaza el m ythoTpbr el ló g o s sino que sustituye también la im a
ginería antropom órfica p o r una «teo ría » (theôria) más abstracta.
AunqUe la tragedia opera con el material que el.m ito le ofrece,
eStá en deuda también, de form a indirecta, con la «visión » racionalistïfd e là theôria, que deriva de la filosofía jónica, ya que presupo
ne Uña noción subyacente de descubrim iento y despliegue .visual
de Un nácíente Orden del mundo, dentro de un espacio geom étrico
neutro donde las relaciones entre fuerzas, en conflicto y energías
pueden examinarse y com prenderse. P o r supuesto, las representa
ciones corales y rituales desempeñan también un importante papel
en los orígenes y naturaleza del espectáculo dramático, com o se
mostrará más adelante; no obstante, los fines de la tragedia, com o
la form a de la ciudad-estado que la cobija, deben m uchísimo a esta
confianza en el p oder de la m ente para dar form a a la theôria y or
ganizar tanto el mundo físico com o el humano en términos de m o
delos visuales de inteligibilidad.
Aristófanes se m ofa de la distancia que existe entre la realidad y
la mirada del filósofo dirigida a los objetos remotos. Pero este en
cuentro entré lo tangible y lo distante es también un aspecto de lo
que Eric H avéïock llama ■la’ «revolu ción de là escritura». Esta transici'óij.coinichzá en el's ig lo vi y se intensifica*en el.v.j El çonocim iéhto auditivo depende del contacto directo, personal, entre ha
blante y oyente, entre lengua y oído. El conocim iento visual perm i
te, a m ayor distancia, una relación especulativa e im personal con
la in fo rm a ció n , especialm ente cuando ésta sé transmite a través
del mensajc escrito de un hablante que no está físicam ente pre
sente.*
:
Los productos orales (co m o los poem as hom éricos) dan énfasis
al «p la c e r» m ediante detalles esp ecíficos.y la elaboración orna
mental de los acontecim ientos. Lá escritura estimula una m entali
dad más en arm onía con lo abstracto, lo conceptual y lo universal
m ejor que con lo concreto y lo particular. Mientras que la palabra
hablada es invisible y desaparece con el hálito que la porta, la escri
tura fija los detalles de manera que la crítica y la com paración pue
den llevarse a cabo. La tradición oral tolera fócilm ente múltiples
224/Chailcs Segal
versiones de historias; el carácter definitivo de la escritura desarro
lla una noción más exclusiva dé la verdad com o algo unitario, difi-j
c il'y álcánzable sólo a través de un proceso de,indagación y exa-,
,men. A sílen Ta poesía griega prim itiva.la verdad, aléíheia, se asocia
con «lo qué ño sé olvida» (a:léthé) antes que con la «exactitud» o la ^
.‘venficabilidad.Para los historiadores H eród olo y Tucídides, el rumor, akoc, e s >
potencialm ente engañoso y requiere, además, una verificación por.
n iéd io'd e la visión, preferiblem ente.la de uno misino. Tucídides
abre su Historia llamándose a sí m ism o «escritor». Al com parar su
concepción acerca de cóm o ha de escribirse la historia con traba
jos anteriores, contrapone sus propios esfuerzos en pos de la «exac
titud», a través de un «p en oso» examen, a la popularidad fácil de
«lo m ítico», que se «o y e » por m ero «p lacer» en un «certam en que
sólo mira al m om ento presente» (1, 22). Aunque Tucídides es muy
distinto de Platón, sin em bargo com parte con aquél, siguiendo una
línea de pensamiento que viene desde la tradición oral, la opinión
de que el ojo es superior al oído.
Estos conflictos adoptan muchas formas en la tragedia, com o
verem os con m ayor detención más adelante.dLa tragedia no.sólo
nos ofrece juntas tanto la experiencia auditiva com o la visuaTen su
com pleja y contradictoria construcción de la verdad; también,11a/ma la atención.sobre el encuentro, intercam bio y choque de pera cep cion es sensoriales. El insulto de Edipo al ciego Tiresias, «eres
un ciego de oídos, de m ente y de ojos» ( Edipo rey, 371 ), refleja algo
de este cruce entre voz y visión en las paradojas del conocim iento y
el error que se hallan en esta pieza. Hécuba, en Las (royanos de Eu
rípides, acrecienta lo patético de sus sufrimientos diciéndonos
cóm o no sólo «o y ó » la muerte de Príam o sino que «con mis propios
ojos le vi asesinado ante el altar del palacio y vi también la ciudad
conquistada» (479-484). En la Electro de Sófocles, el relato oral de
la muerte de Orestes (aunque reforzado por el testim onio físico
que representa la urna con sus cenizas) desafia a la verdad de lo
que Crisótem is ha visto con sus propios ojos (833ss.).
Explorando tales contrastes, la tragedia nos habla de mil m ane-'’
ras acerca de la discrepancia entre lo que uno es y lo que uno, por
fuera, parece ser. En el Hipólito de Eurípides vem os ante nosotros
al joven inocente (legalm ente), condenado por un terrible delito
m erced a las tablillas escritas que Fedra ha dejado tras su suicidio.
Esta pieza es particularm ente interesante para el papel de la escri
tura com o un reflejo textual de esta inversión fem enina de la ver
dad y la apariencia. La obra pone en relación la inversión de la rea
lidad y la apariencia con el poder para acallar la voz de la verdad
que posee la mentira escrita, «silenciosa», de las tablillas de Fedra
El espectador y el oyciUe/225
(cfr. 879¿>s.). El oculta/niento y Ja revelación de Fedra en la prim era
escena se desplazan a la escritura en su última acción, pero la no
bleza inicial de su renuencia se ha transform ado ahora en engaño
crim inal. A través de esta asociación (que no es la única en esta tra
gedia) entre la escritura, el cuerpo fem enino, el secreto (sexual), la
m aquinación y la revelación de lo que está oculto «d en tro», la tra
gedia de Eurípides afirma su capacidad para exponer asuntos su
m am ente privados y los más ocultos secretos del alma en el ám bito
público, teatral.
La'cú ndición de;engañosas de las apariencias externas .en latragedia sé asienta'sobre .una larga tradición en el pensamiento
j griego. «A qu él m e resulta igual de odioso que las puertas de Hades»
— dice Aquiles en la litada dirigiéndose a Odiseo·— «e l que oculta
en sus mientes una cosa y dice otra» (9, 312ss.). Los disfraces de
este segundo héroe en la Odisea suscitan también la cuestión de la
relación entre un cam bio de form a externa y la form a persistente
(si es que existe alguna) de lo que «som os». ¿Qué marca puede fijar
nuestra identidad si buena parte de ella cam bia o perm anece ocu l
ta? Odiseo se disfraza con éxito ante su m ujer pero no puede o c u l
tar a su vieja niñera la antigua marca que dala de su adolescencia.
P o r supuesto, H om ero no enlaza conscientem ente tales cuestio
nes, pero lo cierto es que éstas se hallan im plícitas en la presenta
ción de su héroe de m il facetas y disfraces, Heno de métis, y en la
consiguiente astucia de su esposa, siem pre tejiendo y destejiendo.
Mucho más tarde, Platón especuló con las feas señales que el mal
deja en el alm a de un tirano corrupto ( Gorgias, 524c ss.; véase R e
pública, 588c ss.). Invisibles durante su vida, son puestas al descu
bierto ante los jueces del Infierno. Esta misma preocupación por
recon ocer el ser intim o oculto m ediante la apariencia externa ca
racteriza la discusión de Sócrates con un fam oso artista (recogida
por Jenofonte) sobre có m o pintar el carácter o éthos de un hom bre
(.Recuerdos, 3, 19).
tCa magia del placer: representación y emoción
En la cultura griega prim itiva, los espectáculos' cuya importan:,
cia es m ayor ni son objetos de la naturaleza ni tam poco son el alma
humana individual: lo más im portante son las reuniones comunitariás’ pará festivales,m úsica, certám enes’ atléticos y ritos religiosos.
Incluso en la Edad del B ronce los frescos de los palacios m inoicos
en Creta y en Tera describen reuniones públicas en los palios de los
grandes palacios y sus áreas colindantes. H o m ero conserva el re
cuerdo de tales festivales en un sím il que com para una danza coral
226/Charles Segal
en el Escudo de Aquiles con las danzas en el palacio de Ariadna en
Cnosos (¡liada, 18, 590-592). En la Odisea existe una escena similar
de jóvenes danzando en el palacio de A lcin oo (8, 256-265).
La reunión de los jonios en Délos descrita en el him no h om éri
co a A p olo es el festival perfecto y, p o r extensión, la representación
perfecta; crea un espectáculo lleno de encanto, térpsis, no sólo
para el dios sino también para los m ortales que participan en él
(146-155). Parece identificar el poeta la térpsis que su canción p ro
duce con el efecto acum ulativo del festival com o un todo. Además
del «b oxeo , la danza y la ca n ción » (149), existe también el placer
que los ojos sienten cuando «u no ve la gracia que adorna todo»
(153) y «llen a de p lacer su corazón al co n tem p la ra los hom bres y a
las mujeres de herm osos cintos, sus veloces navios y todas sus pose
siones» (153-155). El pasaje es un precioso testim onio de época ar
caica acerca del efecto com binado del placer visual y acústico en
los grandes festivales y también sobre la especial adm iración que a
los griegos m erecieron los poderes m im cticos de la voz. El autor
del him no distingue la habilidad vocal de las muchachas delias
co m o un espectáculo en sí m ism o, «una gran m aravilla cuya fama
nunca se extingu irá»; consiste aquélla no sólo en el «h ech izo» de su
canción sino tam bién en su habilidad para im itar «las voces de to
dos los hom bres y el sonido de las castañuelas» (156-164).
La actuación oral condu ce a su público a una respuesta totab fí
sica ÿ em ocion a l’así co m o intelectual. La poesía recitaday/o canta
b a en tales circunstancias im plica una relación intensamente per
sonal entre poeta y público. Cuando Aquiles le habla a Tetis de su
disputa con Agam enón, en el prim er libro de la ¡liada, repite lo que
ya hem os oído; pero, contándole sus sufrim ientos a su m adre en un
relato en prim era persona, se da la satisfacción de com unicarse
con este oyente que le es p róxim o y está llen o de com pasión por él.
El resumen que O diseo hace de sus aventuras a Pen élope tras su
reunión en Odisea 23 es un episodio del m ism o tipo. Tales escenas,
que im plican narración y audición de ésta, tal vez puedan conside
rarse idealm ente co m o análogas o co m o m odelos de la relación
que el bardo espera crear entre él m ism o y su público. C om o lón
señala de m anera harto grosera en el pequeño diálogo platónico
que lleva su nom bre, «si les hago llorar yo m e reiré puesto que ga
naré dinero; pero si hago que se rían, entonces seré yo quien llore
ya que p erderé d in ero » (lón, 535e).
Platón considera peligrosa esta liberación de la em oción y, por
eso, excluye a los poetas de su república ideal; pero el ¡ón nos da
una idea de có m o podría ser una actuación de este tenor. V em os al
rapsoda llevan d o a cabo un casi hipnótico ensalm o sobre su públi
co al presentarles las escenas épicas de su narración (535c). Platón
lil espectador y el oyente/227
com para cl efecto a una piedra imán que atrae anillos de hierro.-rLa *
fuerza rhágnéticá’ fluye del propio poeta hasta el rapsoda ÿ continúa’
hasta él público (533d, 535e). El'"mismo recitador,·'"cuando está to-'*
talmente inm erso en sú arte, sé «halla fuera de sí» (535b). «Cuando
recito algo que m ueve a compasión los ojos se me llenan de lágri
mas; y cuando lo que recito asusta o es terrible, del m iedo se me p o
nen los pelos de punta y mi corazón da saltos» (535c).
El sofista Gorgias, a finales del siglo v, considera estas respues
tas afectivas com o el resultado especial del poder aurai de la poe
sía. En su elo gio del poder del lenguaje, en su Helena, escribe que
«en aquellos que la escuchan [la poesía] infunde un escalofrío de
tem or, com pasión entre lágrimas y un anhelo que busca eJ d o lor»
(9). Estas respuestas fisiológicas al lenguaje confirm an lo que pode
mos iñférir, tanto de opiniones tardías com o de los trágicos mis
mos, acerca dé las resppestas em ocionales que la tragedia suscita.
Las crisis que se suceden en las piezas producen reacciones violen
tas de escálOfños. tem blores, efizam iento del cabelló, afasia, vérti
go, m artilleó y vuelcos del corazón, helados estremecim ientos.en
el vientre y uña tensión general en el.cu erpo.'
E! auténtico p oder dé la poesía para m over las em ociones la
transforma tanto én un peligro com o en una bendición. Com o «e n
canto» o «h ech izo» lleva a cabo una especie de magia y Gorgias la
describe asi en la Helena (10, )4).'Thélxis;c 1térm ino para este «h e
ch izó», sirve para describir lo m ism o el canto de las sirenas que la
seductora magia de C irce en la Odisea. Píndaro nos cuenta cóm o
las figuras mágicas en form a de sirenas que se hallaban en los fron
tones del tem plo de A polo en Delfos cantaban tan dulcem ente que
los hom bres olvidaban sus familias y se consumían, cautivados por
la canción, dé m odo que los dioses tuvieron que destruir el templo
(Pean, 8, frag. 52 i, Sncll-Maehler).
Cuando los griegos buscan representar el engaño y ja seducción
también en form a de.visiófies, im ágenes y fantasmas, la magia de la
palabra hablada puede producir u nabelléza de cautivador exterior
que, de hecho, esconde mentiras.-Al igual que la Pandora de Hesíodo, las historias pueden estar «em bellecidas con mentiras varia
das» que «rebasan a veces la verdad» (Píndaro, Olímpica. 1 ,28ss.).
Odiseo goza de una reputación m ejor que la de Ayante a causa de la
habilidad de H om ero; Píndaro, en Nemea, 7, nos dice «pues por
encim a de ficciones y artificios de altos vuelos hay algo solemne,
mas la poesía engaña con historias seductoras. C iego tiene el co
razón la más nutrida asamblea de varones. Pues si le hubiera
sido dado saber la verdad, no se habría atravesado el pecho con
la bruñida espada, irritado por causa de las armas, el valeroso
Ayante».
228/Charlcs Segal
,La imagen de la poesía prim itiva que m ejor nos muestra lospeli-.
,gros de la magia aurai de la canción es la de las sirenas. Al permitir*1105 que olvidem os nuestras penas, com o Hesíodo reclam a para su
poesía ( Teogonia, 54ss.), la canción.puede.borrar tam bién,la m e
m oria que nos une al pasado y nos confiere nuestra identidad hu
mana. La paradoja de un poder de recordar que trae consigo olvido
es ya un rasgo de la poesía dé Hesíodo.1,Pero en el caso de las sire
nas, la paradoja nos lleva a un conjunto de rasgos contradictorios
que niegan el propósito de la canción. Las sirenas conocen todo lo
que ha sucedido en Troya y, ciertamente, «cuanto sucede sobre la
tierra fecunda» ( Odisea, 12, 188-191); a pesar de esto, su isla está
rodeada por las putrefactas pieles y huesos de hombres y se ubica
lejos de las comunidades humanas cuya m em oria tiene su significa
do y función (12, 45-47).
Semejantes a los «encantadores» de oro de Pindaro, a cuyo son
los hom bres «se consumían lejos de sus esposas e h ijos»; lâs.sirênas
hom éricas son musas pervertidas. Pretenden poseer una m em oria
que lo abarca todo, pero su poder de m em oria coexiste de form a
anómala con los más horribles signos de decadencia mortal, la an
títesis de la divina inm ortalidad de la fama que es «im perecedera»
(kléos áphthiion).' R econ ociendo que los efectos de su magia son
mayormente físicos, hay que decir que su «h ech izo» o thélxis es
solo m om entáneo; resuena en el oído, pero no m ora en los labios
del hombre. ;Es puram ente acústico .y, así, Odiseo puede neutrali
zarlo p o r el simple expediente físico de coloca r cera en las orejas
de sus com pañeros y atar su propio cuerpo al barco.
Lo'qu e, para los poetas prim itivos, fue un hechizo.m ágico,se
transforma en una habilidad técnica en cuanto las artes del lengua-,
je se profesionalizan y racionalizan a finales del siglo vi y principio,,
del v. Profesores de retórica tales com o Protágoras, Gorgias y P r e
dico enseñaron tales habilidades por dinero; y Gorgias, en su Hele
na, tímidamente, dio más explicaciones acerca de las afinidades
entre este arte y los hechizos m ágicos y las drogas. Los que estaban
dispuestos a pagar los precios podían·, así, adquirir este.arte de p er
suadir a una masa de oyéntes, jugando con sus sentimientos. Según
Tucídides, Pericles consiguió parte al menos de su poder político
gracias a su habilidad para influir sobre la multitud (2, 65, 9). H isto
riadores y autores dramáticos de este periodo muestran una nueva
sensibilidad hacia la masa y sus em ociones: pánico, histeria, im pul
sos repentinos de generosidad o de compasión.
El teatro, más aun que la asamblea o los tribunales de justicia,
es el lugar donde las em ociones de.las masas encuentran su más
cqm pletá'liberación. Frinico, com o hemos visto, excitó las em o
ciones equivocadas y fue multado en vez de obtener la corona de la
El espectador y el oyente/229
victoria. En el lugar del poder de la poesía para excitar em ocion al
mente, Platón podría haber colocado — y así lo da a entender— el
diálogo filosófico, que vendría a ser la «p oesía» apropiada para el
estado ideal diseñado de acuerdo con presupuestos filosóficos. En
las Leyes establece que «la más noble musa es aquella que prop or
ciona placer a los m ejores hom bres y a los que tienen una adecua
da educación». La elección de los jueces de las tragedias por sorteo
es el signo de una «infam e teatrocracia en vez de una aristocracia»
(Leyes, 3, 701a). Los filósofos-legisladores son «los poetas de la más
noble y m ejor tragedia», pues su estado ideal es la «im itación (m i
mesis) de la vida más noble y m ejor», encarnando así «la tragedia
más verdadera de todas (Leyes, 7, 817b).
Dejando a un lado la im portancia que tienen’en lo que toca a la
concepción de Platón de su propio papel educativo, estas observa
ciones pueden leerse históricam ente com o-una indicación, de ma
nera retrospectiva, del papel rcënfraL del -teatro ;e n .lá Lcomunida’d
ateniense y de la im porlancia-de la respuesta del público. El espe
cial orgu llo que Atenas sentía p o r sus espectáculos es confirm ado
igualm ente p o r las observaciones atribuidas a Pericles en el discur
so fúnebre de Tucídides. En él, Pericles alaba a Atenas por su abun
dancia de solaz para las fatigas diarias, consistente en «certám enes
(agones) y festivales a lo largo de todo el añ o», cuyo «disfrute» (lérpsis) aleja las penas (2, 38, 1). Prosigue com parando Atenas con Es
parta en lo que se refiere a la apertura, que no im pide «ningún c o
nocim iento o visión» (espectáculo, théama) en tanto que no sirva
directam ente de ayuda al en em igo (2, 39, 1). La lengua de Tu cídi
des es general y un tanto vaga, pero los espectáculos cívicos con re
presentaciones dramáticas bien podían ser incluidos en ese ihéama del que Pericles habla; igualm ente, pudo estar pensando en
ellos cuando, en su más famosa frase, con toda brevedad sentenció:
«R esum iendo, afirm o que la ciudad toda es escuela de G recia» (2,
41, 1)*.
Espectáculo dramático: orígenes y carácterPèse à que H om ero quiere que «vea m o s» los grandes hechos del
m u n do'épico con ojos de «a som b ro » (thaúma, thámbos), no alber
ga la m enor duda de que la palabra hablada (y cantada) es el verda- >
dero vehícu lo de la com unicación y el recuerdo. Gom o la escritura
llega a ser cada vez más im portante en G recia desde finales del si
glo vin a'.C. en adelante, esta relación entre el ojo y el oíd o cambia.
La traducción es de A. Guzmán Guerra (Madrid, 1989).
230/Charles Segal
A Finés del siglo vi y principios del v, poetas com o Sim ónides, Píndaro y Baquílides, áunqüe todavía reconocían'abiertam ente (y, a
veces, de hecho las tenían) conexiones personales corrsüs patro
nos, se rñovían-sin em bargo hacia una con cepción más profesional
,'clé su a rte'É scn b ir.p or encargo y a sueldo.de gente de .muchas par-;,
tés dël miïrido g r ie g o je s hizo que se separaran de la inm ediatez in
herente a là actuación cafa a cara más que el poeta oral de tipo ho/m éríco. Esta relación m ucho más libre con la actuación oral apare
ce también en las m etáforas visuales que Píndaro y Baquílides in
ventan para su canción. Frente a la im aginería vocal de H om ero y
1-lesiodo, estas figuras, a menudo, tienen poco o nada que ve r con
la situación en que la actuación tiene lugar o incluso con la voz o la
música. La oda es una estatua, una guirnalda, un tapiz bordado, un
tem plo, una rica libación de vino, un fresco manantial de agua, llo
res, fuego, alas. El poeta m ism o puede ser un águila que vuela alto
en m edio del cielo, un arquero o un lanzador de jabalina que dispa
ra el proyectil de una canción, un viajero en un ancho cam ino o un
pasajero en un navio que surca los mares.
Cuando Sim ónides afirm ó que la «pintura es poesía callada, la
poesía, pintura que habla» (Plutarco, Sobre si los atenienses fueron
más ilustres en guerra o en sabiduría, 3, 346 F), puso la poesía en re
lación no con la actuación oral sino con la experiencia visual en un
terreno bastante diferente. Estamos tentados de relacionar la con e
xión analógica entre lo visual y lo acústico de Sim ónides con la in
teracción de sonido y espectáculo que la tragedia estaba em pezan
do a desarrollar p o r la misma época, sobre lod o habida cuenta de
que Sim ónides, en muchos sentidos, es un precursor del sofista via
je ro y de su libeilad de especulación racional.
ErTla tragedia,-la organización del material narrativo de los m i
rtos m ediante un texto escrito hace posible una narrativa visual, do
tada de una nueva fuerza, y entrelaza voz y visión en nuevas y com
p leja s relaciones.'CÍon éste cam bió.dé énfasis, metáforas del espec-J
táculó ó del teatro describen la experiencia humana en general.
Platón sugiere en el Filebo que la vida no es sino tragedia o com edia
(50b), tal vez la prim era form ulación en la literatura occidental de
la analogía entre el mundo y la escena hecha famosa por el m elan
c ó lic o Jacques en Shakespeare ( C om o gustéis, 11, vii). Epicuro seña
ló «pues bastante gran teatro somos el uno para el o tro » (citado por
Séneca, Carta, 7, 11). En su form ulación más amplia, «L o n gin o »,
en el tratado De lo sublime, tal vez a finales del siglo i a.C., co m
para el universo entero a un gran espectáculo al que el hom bre lle
ga co m o un espectador privilegiad o y en el que recon oce la grande
za a la que está destinado p o r el infinito alcance de su pensam iento
(c. 35).
El espectador y el oycntc/231
Este pasaje, muy influido por el estoicism o platonizante, asigna
efectivam ente a la humanidad lo que, e“ñ el'p.eñsámjenl_ogriego arcaic-o-y clásico, es prerrogativa de los diosesfser. el lejano especta
dor de los sufrimientos ÿ conflictos de la vida humana. Sim ilar es
también la perspectiva de la sabiduría divina del filósolo en el epi
cureism o (véase Lucrecio, Sobre la naturaleza de las cosas, 2,
1-13). Tanto el público de la épica com o el de là tragedia poseen"
algo de ésta privilegiada perspectiva; figuradamente en la épica, en
•tanto qUé elom n iscien te narrador en terceia persona nos hace par
tícipes en secreto de lo que los dioses ven y conocen,;íuás literal
m ente,'sin em bargo, en la tragedia, puesto que estamos sentados,
én un lugar por.encim a de la acción y miramos hacia ella desden
una distancia casi olím pica, por no decir con un olím pico distanciam iento. Enrrla^épica'y.en da tragedia este_espectáculo del sufri
m iento Jm m ano?sólo¡ intensificada conciencia: de. los limites que
i circundan la vida de los moríales. La visión filosófica, sin embargo,
lo qué^pretende^precisamente, es trascender, ¿sos.lí mi tes.
Aunque los orígenes de la tragedia perm anecen en la oscuridad,
llenos de controversias, la conexión que Aristóteles estableció en
tre tragedia y ditiram bo es am pliam ente aceptada ( Poética, 4, 1449
a). Al principio, una'representación‘ co ra l;llena de excitaciónren*'
K onor'doD ioniso, el ditiram bo, a finales del siglo vi, parece haber
se transform ado en álgo.rhás tranquilo, más lírico, que narraba mi/tosTsobre los dioses y,"más tarde, sobre los héroes. I-as conexiones
entre la tragedia y Dioniso fueron un problem a incluso para los an
tiguos; de ahí que el proverbio «Esto nada tiene que ver con Dioni
so» se interpretase com o una critica que señalaba la grandísima
distancia que,hay entre la tragedia y el culto directo del dios en su
principal festival, las Grandes Dionisias, la más importante de las
ocasiones para las representaciones dramáticas. Aunque laTragefdia tiene sus prim eros com ienzos bajo la tiranía de Pisístrato (534
a.C. es la fecha tradicional), eTilira en fuñciónam iéñto y se perfec
c i o n a bajó la nueva dem ocracia de principios del^siglo v. LaasóciaciÓTVde Dioniso con el culto popular ínás bien que con las tradicionés aristocráticas puede haber estim ulado su crecim iento.
4 Dioniso eS un dios de la vegetación, especialm ente del vino y de
jsu ferm entado producto; está también asociado con la locura y .el.
/éxtasis religioso. Aparece frecuentem ente en los vasos con una co r
te de sátiros, criaturas con patas de cabra, m ediohom bres, mediobestias, que dan rienda suelta a su naturaleza animal en la em bria
guez, los gestos obscenos y un apetito sexual indiscriminado. Las
danzas de sátiros, según Aristóteles, contribuyeron también al de
sarrollo de la tragedia (Poética, 4, 1449a) y, en las Dionisias, una
pieza ligera, con un coro de sátiros, era presentada junto con las
232/Charlcs Segal
tres tragedias de cada uno de fos dramaturgos que participaban en
el concurso. Acom pañando también à Dioniso, y en una estrecha
(aunque no necesariamente arm oniosa) relación con los sátiros,
están las ménades (literalm ente «locas»); ellas personifican tam
bién, en total sümisión al dios y a su culto, una liberación, singla
m enor inhibición, de la energía em ocional y física.
Las asociaciones de Dioniso con lo irracional, con la locura,
con las mujeres, con la danza llena de excitación y la música y c o n ..
la inestabilidad de la línea divisoria entre bestia, hom bre y dios son :
importantes para la tragedia. La asociación de Dioniso con la más
cara es un ne’xó aún más inmediato/Dioniso, de hecho, recibe cul
to a menudo bajo la form a de una máscara, colgada unas veces de
un árbol o de un pilar, y otras adornada con hiedra, la planta sagra
da del dios. Là máscara hace posible la representación m im ética de
los mitos en form a dramática. El actor enmascarado puede tam
bién explorar la fusión entre diferentes identidades, estados de ser,
categorías de experiencia:,m asculino y fem enino, humano y bes
tial, divino y humano, extraño y am igo, foráneo y del lugar/La más
cara es, así, algo central én la experiencia dramática, com o un sig
no del deseo del público de som eterse a la ilusión, ju ego y ficción y
de coloca r energía em ocional en lo que lleva la marca de ficticio y,,
á la vez, de Otro. La miráda frontal de la máscara, según una suge
rencia de Vernant, es también la manera de representar la presen
cia de la divinidad entre los hombres.
P o r todas estas razones, Dioniso es el dios bajo cuya advoca
ción, de la manera más natural, la tragedia encontró.su lugar y,
pudo tom ar su form a característica: la’ atmósfera preñada de em o
ción de un espectáculo m im ético;i!á identificación intensa con el
mundo de ilusión creado y puesto en escena por.actores enmascaradosTia capacidad de enfrentarse con la alteridad de lo bestial y lo
divino en la vida humana y de recon ocer la irracionalidad y emocionalidad asociada con la hembra en una sociedad dominada por
el macho; y, finalmente, la apertura a las mas vastas cuestiones de
im poríanciá, hecha posible por la presencia de los dioses en los
asuntos humanos com o agentes visibles. El hechizo de la máscara
dionisíaca, en dosis controladas, libera de los miedos, la ansiedad y
lá irracionalidad que hay bajo la brillante superficie de la Atenas-de.
:Pericles._
^La tragedia define de nuevo el papel del espectador. En vez del
deleite o térpsis del recitado ép ico o de la actuación coral, la trage
dia im plica a su público en una tensión entre el esperado placer de
asistir a un espectáculo trabajado en sus más m ínim os detalles y el
dolor que sus contenidos nos producen. Aquí y allá los propios trá
gicos llaman la atención sobre esta contradicción, la «paradoja trá-
E) espectador y cl oyente/233
gica», que consiste en encontrar placer en el sufrim iento (véase
Eurípides, Medea, 190-203 y Los bacantes, 815).
La tragedia no sólo con fiere a los viejos mitos una sorprendente
representación corpórea, ta=: hién los enfoca de nuevo en situacio
nes de crisis. En contraste con la relajada y expansiva narración de
la épica oral, la tragedia selecciona episodios individuales de crisis
y concentra la suerte de una casa o ciudad en una acción unificada
con todo rigor, que se extiende dentro de un espacio y tiem po limilodos. f
Todos los com ponentes de la tragedia se encuentran con fa cili
dad en la poesía del pasado: los recitados poéticos de los discursos
del mensajero; las canciones corales de alegría, lamento o de ejem
plos m íticos que sirven de adm onición; y, hasta cierto punto, inclu
so el diálogo.*P éro estos elem entos alcanzan una nueva fuerza
cuando actúan todos unidos en el nuevo conjunto que es la trage-*
<dia. Esquilo em plea la sim etría del reirán coral o responsorio para
sugerir el terror de una m uchedum bre asustada, com o ocurre en
Los siete contra Tebas (150-180). En Los persas, com bina el res
ponsorio lírico del lamento con el espectáculo visual del rey ven ci
do, mostrándonos sus ropas hechas harapos para retratar el im pac
to de la derrota en la com unidad toda (Los persas, 906-1077). La
identificación del público del teatro con la amenazada ciudad m e
diante la representación m im ética del peligro da a tales escenas
una intesidad superior a cualquier otra de la lírica coral.
La antigua Vida de Esquilo acentúa su poder de ákpléxis, de
«g o lp ea r» al público con poderosos efectos visuales. Cuando las fu
rias hacían su aparición en Las euménides — cuenta la Vida— los
niños se desmayaban y las mujeres abortaban. La exactitud de la
anécdota es dudosa, pero, probablem ente, refleja el espíritu de su
arte. Sus efectos acústicos son igualm ente poderosos: están las danaides, que gritan de m iedo en Las suplicantes; tenem os los m iste
riosos otototoloí pó p o i dâ / ôpollon ópollon, mitad terror, mitad
profecía, de Casandra (Agamenón, 1072ss.); los gem idos y gruñidos
de las furias cuando el fantasma de Clitemnestra las despierta ai
prin cipio de Las euménides (119ss.), sin olvidarnos, además, del so
nido que el grito d d e e de lo representa, cualquiera que éste sea,
cuando ella, empujada por los aguijones de los tábanos, entra en es
cena (Prometeo encadenado, 566).
Sófocles y Eurípides son más sosos, pero también tienen su es
finge silbadora (Eurípides, Edipo, frg. II Austin), sus vociferantes
hjéroes (Sófocles, Las traquinias, 805, 983-1017; Eurípides, Hera
cles, 869ss.), sus enferm os que se lamentan y gritan (Sófocles
Electra, 826-830, 840-845; Filóctetes, 730-757). En el otro extrem o,
ambos trágicos pueden también usar el silencio com o un efecto
234/Cliarlcs Segal
igualmente poderoso. Aristófanes se ríe de los largos silencios de
los protagonistas de Esquilo en sus escenas iniciales (Las ranas,
911-920). Los mutis silenciosos de Yocasta, Deÿanira y Eurídice (en
Edipo rey, Las traquinias y Antígona respectivam ente) son la calma
om inosa antes de que la tormenta del desastre estalle. En Edipo en
Colono, Sófocles, de una form a que m antiene en suspenso, deja al
viejo Edipo sin hablar durante un centenar de versos, hasta que, ca
lentada a fu ego lento, su cólera estalla contra su hijo Polinices en
terribles insultos y m aldiciones (1254-1354). Sirviéndose de la en
tonces todavía reciente innovación del tercer actor, Esquilo debe
haber asom brado a su público en el Agamenón cuando Casandra,
silenciosa durante la larga escena entre Agam enón y Clitemnestra,
lanza de repente sus terribles gritos de desesperación y profecía.
En la siguiente pieza de la trilogía, Pílades es m antenido en silencio
del m ism o m odo hasta el m om ento culm inante en que p rop orcio
na a Orestes, en la terrible crisis de su decisión, el estím ulo crucial
para matar a su madre; son los tres únicos versos que recita en la
pieza (Las coéforos, 900-902).
LéñgUa_y_espectáculo-irágicÓ^
Ebjjo d ë f sign ifican te'dërreHgÜaje jë s unó'déllosTáspectos'que*
tnás-interesa-a~la^ragé d i ^ Tjrm iñ ós"éficós cruEiáles.como jüsticiaf
Rondad, nobleza o p"ureza son coñ sta ntem e ñ te_t raid o s~a~co lac i ó n -y.
predefinidos: La paradoja de una «piedad im pía» es el m eollo de An
tígona. El significado de «ju icio prudente» (sophrosy ne) y «sabidu
ría » (sophía) está en el centro de Hipólito y Las bacantes de Eurípi
des respectivam ente. Obras co m o el Agamenón de Esquilo y Edipo
rey, Las traquinias y Filoctetes de Sófocles deben mucha de su fuerza al hecho de que son ulTa~fnHagacióri sobré~lo?fá 11ós"d é ;líTcomun ic a c ió rin o sóló_entré h om b!rcs~sinoJámbié rLeñtre^Hombres y dioy»
^ses.fLas'am big ïiê d a d e s ^ e l.lenguaje en profecías y oráculdsTdctef^ ^ in a n ^ osva con tecim ien tós de éstas y de otras muchas piezas. A
este respecto, la tra g e d ia m o s ó lo rc a c c io n a an te;ehexameñ~pro fun
do-de Henguaj<^de^lá^ilustriünóTrTsofísfit ^ 3iño^qD lLtm ticÍpTtam bién el iiúeTés^é^Pláton^pór^esta^
lo s lv a ló f^ lé t ic ó s enrél
^niundó~dé~1as palá b r á ^ iñestable" y~jpogó~jigno de-c onfianza.:»
Que los problem as del lenguaje y de la significación son im por
tantes se deriva del hecho de que nos topam os con ellos en la esce
na trágica no m enos que en la cóm ica. Las nubes de Aristófanes ex
trae gran parte de su hum or de la iniciación de Estrepsíades a las
sutilezas de los estudios sofísticos de gram ática, género y m o rfo lo
gía. Los placeres auditivos que la com edia prod u ce no se limitan a
la voz humana. El c o ro de Las aves debió ser una notable evoca
El espectador y cl oycnle/235
ción del canto de los pájaros (ya el poeta arcaico Alemán preten
día ser capaz de im itarlo [frags. 39 y 40 PM G] ), aunque sólo el sim
ple torotorotorotorotix / kikkabaú kikkabaú en nuestros manuscri
tos es testigo del alegre experim ento (cfr. 223ss., 260ss., 3!0ss.).
Chistes, palabras de doble sentido, innumerables juegos de pala
bras llenan las piezas de Aristófanes. Los nombres ofrecen num ero
sas ocasiones para chistes, muchos de ellos obscenos, com o, por
ejem plo, aquél que hace de un dem o ático una comunidad de masturbadores (Anaflistios y anaphlán, Las ranas, 427).
Pâlâbrà^mùsica^vimoyimiento muy-probablcmeffte erán Ios-res"
portsâblêsTdêlTëfëctojfun’dâmÎjntâlxdellâTtrâêëdiâ^y éste está de
acuerdo con el papel de segunda fila que Aristóteles asigna a la ópsis, al espectáculo, en su Poética. Los autores dramáticos cuentan
con cierta maquinaria escénica. La grúa podía transportar carros o
héroes voladores, Pcrseo por ejemplo. El ckkÿklcin a podía traer
ante la vista los resultados de la acción (norm alm ente una acción
llena de violencia) en el escondido interior de la casa. Esquilo,
com o ya hemos señalado, fue el más audaz de los autores dramáti
cos que hemos conservado en inventar efectos deslum brantes para
el espectáculo. E n geh erál, sin e m b a rg o ja e s c c n o g rá fía d e la s p ie zas~(tJe~nrás1éonvghtional~que'reajistaTy se-sin 'ió'de'un~ñúñTeTo~ieIátiVam^Tfté'escaso dé accesoriosasi ¿óñvode~decolados sim ples.L jractu á cioh ;rea lizadâ p o f figuras en mascaradasTcon prim orosos
vesiidosrdebe^habef"sido"bastante_estilizada'y da" voz,'pronuncia1
ción y gestualidad fiacTóñ^éjjjlotaclas de form a_qué_álcanzásen; su/
m áxim o v a ló T ^ e ’ expFésióii. l^lusoéeñtrFlÓsm m ?icós;6ran;apre^
CiS^Órtl m ovim ieî^cry'lôs gèstôs. Pausanias, por ejem plo, a propósitcTcle’ un flautista de renom bre llam ado Pronom o, nos dice que
«p o r la form a de su expresión facial y p o r el m ovim iento de todo su
cu eip o hacía disfrutar al público del teatro» (9, 12, 6).
Los efectos visuales de Sófocles y Eurípides, en cierto, sentido,
parece que se relacionan con los temas básicos de las piezas de una
manera mucho más cabal que los de Esquilo y, además, expresan
m ejor el rnodo de ser de los personajes y las situaciones de los pro
tagonistas: la ceguera de Edipo en las dos tragedias que tratan de
este personaje, la ropa de Penteo vestido com o una ménade en Las
bacantes, la miseria y enferm edad de Filóctetes. Eurípides, fre
cuentem ente, lleva la acción al m áxim o de sufrim iento y horror y,
entonces, da fin a la pieza abruptamente m ediante la aparición de
una divinidad (el llam ado deas ex machina). Sófocles utiliza este
recurso sólo una vez y de una manera muy diferente: en el Filoctetes, H eracles baja del Olim po; se trata de la viva voz y la encarna
ción personal del heroísm o y la generosidad que han estado laten
tes en el héroe enferm o y amargado que es Filóctetes.
236/Chai les Segal
Las frecuentes parodias de los efectos visuales de la tragedia
que Aristófanes lleva a cabo nos indican lo mucho que el público
ateniense se acordaba de aquéllos. Paralelamente, en cierto senti
do, Sófocles y Eurípides se hacen eco de escenas de Esquilo, espe
cialm ente de la Orestíada, en sus versiones del mito. En Las iraquínías, la entrada del cortejo de Heracles con Yole, la cautiva que
permanece en silencio, es un eco visual de la entrada de Agam enón
con Casandra en el Agamenón, un recurso que proyecta la sombra
de la asesina Clitemnestra sobre la leal y paciente Deyanira, en
todo similar a Penélope.
Electro de Eurípides es tal vez la pieza más rica en ecos visuales
de las escenas de Esquilo. En esta pieza, Electra atrae a Clitem nes
tra al interior de su casa para matarla, con el pretexto de que ella,
casada con un modesto granjero, ha dado a luz y.vnecesita que le
ayuden en los ritos de purificación. Con su llegada en un carro, e le
gantemente vestida y acompañada por las esclavas capturadas en
Troya com o sus criadas, Clitemnestra representa aquí el papel del
Agamenón lleno de hybris de la pieza de Esquilo, mientras que
Electra, atrayendo con engaños a la poderosa figura al interior de
su casa con vistas a ejecutar una horrible e impura venganza, no
hace otra cosa que desempeñar el papel que su madre tenía en Aga
menón. En ambas~Electras'¡ la de Sófocles y la de Eurípides^los ecos
/escénicos jSüéden sugerir el cum plim iento de la justicia retributiva; pero tam bién im plican la continuación de la mancha impura en
la fam ilia y el perpetuarse de la crim inal violencia./
'Espectáculo y narración f
LaTragediarinclusó cuando su form a com o espectáculcrse d esa ^ ^
¿rroHa del todo,= no llega a rom per.por.com plétó con la tradición ^ ,
^ oral. Los largos parlamentos del mensajero que, co n fia ría frecuen
cia, narran los acontecim ientos culminantes de la tragedia serían
fam iliares a un público acostumbrado a la ininterrumpida narrati
va en verso propia de la poesía épica. El espíritu de tales narracio
nes en la tragedia, sin em bargo, es bastante diferente del de la épi
ca. La batalla entre Eteocles y Polinices en Las fenicias de Eurípi
des ( 1359-1424), por ejem plo, se basa muy de cerca en los heroicos
encuentros de la ¡Hada, pero en vez de la clara y precisa distinción
de am igo y enem igo, el relato trágico nos habla de la m aldición, la
mancha y la fusión/confusión de dos hermanos que ni pueden es
tar juntos en paz ni tam poco separarse de form a tajante con una
guerra. P o r ello, la fórm ula hom érica de «m ord er el p o lvo con los
dientes» al m orir se com bina aquí con el m otivo trágico del asesi
nato en la familia y no se diferencia claram ente (1243ss.).
El espectador y el oyentc/237
Los acontecim iéntós’ más violentos y dolorosos del drama g rie
go se narran en los discursos hechos por.los mensajeros, a los que
*ya se ha aludido, en vez de mostrarse en escena: el asesinato a ma
nos de Clitemnestra de su m arido y la m uerte que a ésta le infligen
sus propios hijos; el descuartizam iento de Penteo; la com ida en que
Ticstes devora a sus hijos; el envenenam iento de sus víctimas por
M edea y, más tarde, la matanza de sus propios hijos con ía espada,
etc. En latrágedia, sin em bargo, estos acontecim ientos no pertene
cen únicam ente.al reino dcl:lenguaje y esto por.tres.razones. En
^primer lúgar,~el público ve pronto los resultados de las acciones
violentas qué acaba de oír: Jos cuerpos de Agam enón y Casandra
sacados del interior del palacio mediante el ekkvkletim; la entrada
del ciego Edipo o de Polim estor (en la Hécuba de Eurípides), o
cuando Agave exhibe la cabeza cortada de Penteo en Las bacantes.
En segundó lugar, la narración se desdobla á m enudo en la presen
cia de dos o más figuras que reaccionan de manera exactamente
opuesta; En la Electra de Sófocles, p o r ejem plo, Electra y Clitem*
’nestra responden de form a antitética a las (falsas) noticias acerca
de la m uerte de Orestes. En Las traquinias, com o en el Edipo rey,
un discurso del mensajero tiene un significado para un protagonis
ta varón (H ilo y Edipo respectivam ente), pero otro muy distinto
para una figura fem enina, que, entonces, hace mutis llena de silen
ciosa pena y se encam ina al suicidio (Deyanira y Yocasta).
^ E ín jltim ó lugar, y lo que es más im portante, lá náfrác'ión de la
violen cia que tiene lugar entre bastidores llama la atención sobre
lo que no se ve/Así,'se.le:concede una posición privilegiada a este
espectáculo, invisible m ediante el procedim iento de quitarlo de la vista: Se puede decir que un espectáculo negativo de esta índole
crea una contraposición entre los acontecim ientos que se ven a la
clara luz del día que reina en la orquesta y aquéllos otros que se
ocultan entre bastidores. Estos últim os adquieren ;de éste :m od o.
una dim ensión.añadida de misterio, h orror y fascinacióm por el
sim ple hecho de tener lugar fuera de la escena. Este espació erítre
bastidores,'que a m enudo representa el in terior de la casa o palacio,~funciona com o el espacio de lo irracional o lo dem oniaco, las
áreas de experiencia o los aspectos de la personalidad ocultos, oscu rosy terri bles,’'Así, p o r ejem plo, es el palacio al que Clitemnestra
atrae con engaños a Agam enón para asesinarle, o la casa en la que
Deyanira guarda y em plea la venenosa sangre del Centauro, la tien
da en la que Hécuba y sus mujeres matan a los hijos de Polim estor y
ciegan al padre o, finalm ente, la prisión subterránea en donde la
aparición de Dioniso, en figura de toro, com ienza a minar la autori
dad racional de Penteo.
El discurso del mensajero deí Edipo rey, la más famosa de tales
,23R/Chai'les Segal
narraciones en Ja tragedia griega, explota abundantemente este
contraste entre lo que se «oc u lta » y lo que se «hace visible». La reti
cencia o incapacidad para relatar «las cosas más dolorosas» (12281231) en vuelve la escena en una sugestiva semioscuridad. La «m e
m oria» del mensajero nos perm ite seguir a Yocasta al interior de su
habitación, que ella, en otra ocasión, nos im pidió ve r al cerrar sus
puertas (1246). La barrera — literalm ente hablando— que consti
tuyen las puertas cerradas y la barrera figurada que viene a ser el ti
tubeante recuerdo y relato del mensajero mantienen invisibles los
últim os m om entos de su agonía, pero la oím os «lla m ar» al difunto
Layo y evocar, con su propia «m em oria », los m om entos de la con
cepción y del nacim iento cuyos horrores ahora le rodean en ese es
pacio cerrado.
El clím ax de la p aite narrativa asignada al mensajero se encuen
tra en una m isteriosa e inexplicada revelación cuando «alguna divi
nidad muestra (a E dipo) el cam in o» (1258). Con gritos terribles
destroza éste las puertas cerradas de la habitación de Yocasta, per
m itiéndonos ver el horrendo espectáculo del cuerpo de ella balan
ceándose colgado de sus lazos. La oculta «visión del d o lo r» se reve
la finalm ente (1253ss., 1263ss.), pero sólo a los ojos de los que es
tán dentro del palacio (y dentro de la narración), no a los del públi
co que está en el teatro. «T errib les fueron las cosas que hubo que
ver tras esto», continúa diciendo el mensajero (1267) volvien do a
Edipo quien, ahora, p o r fin «la v e », grita y se hiere los ojos con las
fíbulas de sus ropas (1266ss.).
El expediente, utilizado repetidas veces, que consiste en im pe
dir del todo o parcialm ente la contem plación de algo es apropiado
para un espectáculo dem asiado terrible de narrar o de ser mostra
do al público. Pero la tensión entre una narración de Ib que es visi- "
ble y de lo que está oculto, de lo que se oye y de lo que se ve, se re
suelve en el com p leto espectáculo visual de Edipo que, ahora, ha
pedido que se abran las puertas «para m ostrar al pueblo entero de
Tebas» la im pura m ancha que es él (1287-1289). El narrador suple
las indicaciones escénicas: «Esas puertas se están abriendo y pron
to veréis un espectáculo tal (théama) que incluso quien le odie sen
tirá piedad» ( 1295ss.). La aparición de Edipo, conscientem ente tea
tral, perm ite que las em ociones reprim idas hasta entonces encuen
tren su público y su expresión com ún en los gritos del co ro cuando
éste, al igual que el público, ve finalm ente con sus propios ojos lo
que se ha venido dejando a un lado, hasta ahora, co m o u n a pura ex
perien cia oral/aural. «¡Oh desgracia terrible de ver para los hom
bres! ¡Oh lo más terrible que he encontrado nunca!»
El espectador y el oyentc/239
¿La tragedia, espectáculo de la ciudad„
Aunque la tragedia se ocupa más o menos directamente de lo
marginal, lo desconocido, ío irracional, cada parte de la represen
tación teatral es un reflejo de la sólida posición que aquélla ocupa
en la ciudad y en las instituciones dem ocráticas de ésta. Era uno de
los principales magistrados quien seleccionaba a los tres trágicos
cuyas obras habían de representarse en los festivales ciudadanos
de las Dionisias y las Leneas. A diferencia de lo que ocurre en el tea
tro rom ano, los actores y los m iem bros del cot o eran ciudadanos y,
a principios del siglo v, los propios autores actuaban en sus piezas.
Los jueces eran ciudadanos elegidos por sorteo de cada una de las
diez tribus. El prop io teatro era un ed ificio público y e n él; al día si
guiente de term inar las Dionisias, la asamblea se reunía para deci
dir si el festival había tenido una dirección adecuada. Junto con las
representaciones dramáticas de las Dionisias, además, se exhibía el
tributo pagado p o r los aliados, se proclam aban los benefactores de
la ciudad y, a ios huérfanos de los ciudadanos muertos en combate,
se les hacía desfilar vestidos con su equipo m ilitar facilitado por el
estado. Com o sugieren Tucídides en el discurso fúnebre de P e n
d e s y Aristófanes en Los acarnienses (496-507),-las Dionisias eran
una ocasión para que la ciudad se exhibiese a sí misma ante sus
aliados y ciudades vecinas, ofreciéndose com o un espectáculo.
Sin em bargo, la tragedia no es una parte más de este espectácu
lo ciudadano ya que, con su extraordinaria apertura, perm ite a la
ciudad reflejar lo que está en con flicto con sus ideales, lo que tiene
que ser reprim ido o excluido y lo que teme o juzga com o ajeno,
desconocido^ lo Otro.en suma. Es así com o podem os com prender
la dram atización, muchas veces repetida por los trágicos, del poder
y la cólera de las mujeres dentro de la fam ilia (Orestiada de Esqui
lo, Las traqúinias de Sófocles, Medea, Hipólito y Las bacantes de
Eurípides), con sus inversiones de los papeles sexuales y la trans
form ación de poderosos gobernantes en parias vencidos, agobia
dos p o r los sufrim ientos (Edipo, Jasón, Heracles, Creonte, Ponteo,
etc.). Eurípides pudo idealizar Atenas com o la justa y piadosa de
fensora d e l'd é b il (Los heráclidas, Suplicantes). Sófocles hizo lo
m ism o en su Edipo en Colono. Pero Eurípides pudo también escri
b ir obras co m o Hécuba y Las troyanas, criticando im plícitamente
la brutalidad de la política bélica de la ciudad. Los persas de Esqui
lo pudieron presentar a los invasores vencidos bajo una óptica de
com prensión. La com edia pudo expresar sin ambages el ansia de
paz en obras com o Los acarnienses, La pazo Lisístrata, satirizar.ins
tituciones tales com o los tribunales de justicia o la asamblea (Las
240/Chai les Segal
'avispas, Las asambleístas) o bien parodiar a figuras públicas com o
Cleón (Los caballeros).
La tragedia pudo llevar a escena, de manera simbólica, debates
contem poráneos acerca de la moral en general y cuestiones políti
cas tales com o las restricciones sobre el Areópago en Las euménides de Esquilo. Pero su significado cívico y político podía ser tam
bién más difuso e indirecto. El papel de Odiseo en ¡el Avante de Só
focles, por ejem plo, valora el com prom iso dem ocrático por en ci
ma del autoritarismo aristocrático y la intransigencia. La tragedia
suscita también preguntas sobre los peligros inherentes al ejercicio
del poder (Los persas, Oresliada, Antigona), pone de manifiesto las
desastrosas consecuencias de la división o de la discordia dentro
de la ciudad (Los siete contra Tebas, Las fenicias) o demuestra la
existencia de una estructura moral básica que subyace a los aconte
cim ientos humanos cuando vem os la lenta, dificultosa y a menudo
dolorosa actuación de la justicia a lo largo de muchas gen eracio
nes, com o ocurre en las trilogías de Esquilo.
Mientras la actuación de la lírica coral tiende a reforzar las tra
diciones y los valores de las familias aristocráticas, la relativam en
te nueva form a del espectáculo dramático es la form a distintiva de
la polis dem ocrática. En efecto, con su m arco ciudadano, su es
tructura de debate dialéctico y las relaciones constantemente cam
biantes entre el héroe individual y la comunidad representada por
el coro, la tragedia es la form a artística adecuada para que la d em o
cracia la haya prom ovido tras sus orígenes en la época de Pisístrato. El carácter aristocrático del individualismo, el honor personal y
la excelencia com petitiva expresada en la poesía épica están aún
muy presentes en el siglo v a.C.. Com o resulta claro a partir de
obras com o Los siete de Esquilo, el Ayante y el Filóctetes de Sóiocles o el Heracles de Eurípides, una de las funciones de la tragedia
«es volver a exam inar tales actitudes a la luz de la necesidad que una
sociedad dem ocrática tiene de com prom iso y cooperación.
Los mitos presentados p o r la tragedia ya no reflejan los valores
tradicionales de una rem ota e idealizada época. En vez de esto, se
transforman en el cam po de batalla de los conflictos contem porá
neos dentro de la ciudad: concepciones más antiguas de una ven
ganza de sangre se enfrentan al nuevo legalism o cívico ( Orestíada);
las obligaciones de la fam ilia se contraponen a las de la ciudad (An
tigona); aparte de eso, tenemos los conflictos entre sexos y entre ge
neraciones (A/ceshs, jVíedea y Las bacantes de Eurípides) y las dife
rencias entre autoritarismo y orden dem ocrático (Las suplicantes
de Esquilo, el Ayante y el Edipo en Colono de Sófocles).‘ P ó r estas
razones, también las representaciones trágicas son concebidas no
com o un entretenim iento del que se puede disfrutar en cualquier
El espectador y el oyentc/241
m om ento (co m o es el teatro m oderno), sino que'se limitan a'los
dos festivales ciudadanos de Dioniso y tienen lugar dentro del am
biente carnavalesco asociado con este dios.
La tragedia, sobre todo, crea un sentimiento de com unidad den
tro del teatro y dentro de la ciudad. Aquí los espectadoresciudadanos, pese a sus diferencias, se tornan conscientes de su soli
daridad dentro del m arco ciudadano y dentro de la construcción,
cívica también, que los ha reunido. Sus espectadores se hacen es
pectadores unos de otros en tanto que ciudadanos, así com o espec
tadores de la propia representación. La com unidad del teatro foija
lazos de em oción com partida y com pasión universal. Al final del
Hipólito de Eurípides, p o r ejem plo, la pena sentida p o r la muerte
del hijo de Teseo es «una pena com ú n» que se extiende sobre «to
dos los ciudadanos» (1462-1466), pese al hecho de que H ipólito ha
renunciado a las obligaciones políticas y elegido a cam bio pasa
tiem pos privados corno la caza y los deportes. Esta conm em ora
ción cívica, además, es el consuelo que una comunidad humana es
capaz de ofrecer, en contraste con el ritual privado y cultual con el
que su diosa, Artemis, honrará su m em oria (1423-1430).
La tragedia no sólo aplica el espejo distanciador del m ito a los
problem as contem poráneos, también refleja alguna de las más im
portantes instituciones de la ciudad. De éstas, las que más tienen
que ver con la tragedia son los tribunales de justicia. Diez de los es
pectadores, elegidos p o r sorteo, son ciertam ente los jueces de la
pieza. Los veloces intercam bios verbales entre antagonistas en la
tragedia se parecen a la argum entación e interrogatorios de los tri
bunales. Las tragedias, en efecto, hacen que sus públicos, en cierto
sentido, sean jueces de com plejas cuestiones m orales en las que.
ambas partes invocan la justicia, y lo bueno y lo m alo resultan difí
ciles de distinguir. El debate entre Hécuba y P o lim eslor en XaHécnba, p o r ejem plo, es, de hecho, una situación ju rídica ( 1129ss.). P o
dem os pensar también en la escena del proceso de Las euménides
de Esquilo y en la parodia de un tribunal que hay en Las avispas de
Aristófanes. Incluso los autores posteriores alaban las tragedias
por su viva aproxim ación al debate legal (véase, p o r ejem plo, Quintiliano 10, 1, 67ss.).
La tragedia, aún más claram ente que p o r asignar culpas y castigos.'se interesa por el problem a de la decisión. Casi todas las piezas
que nos han llegado nos muestran a su protagonista atorm entado
p o r una difícil elección entre alternativas en co n flicto o bien co m
prom etid o en una decisión entre la seguridad y una acción p e lig ro
sa o de incierto resultado. «¿Qué voy a hacer?» (tí drásó); es un grito
que se repite una y otra vez en m om entos de crisis. Figuras com o
Mcdea, Fedra u Orestes dudan, vacilan, cambian sus decisiones. La
242/Charles Segal
intransigencia puede ser tan desastrosa com o la vacilación o los
cam bios continuos, según nos muestra el Filóctctes de Sófocles. Ca
sos com o el cam bio de situación de Creonte en la Antígona o la ve
hemente cólera mostrada p o r Edipo frente a Tiresias en Edipo
rey ponen en escena ante la audiencia no sólo la capacidad destruc
tiva de las disputas fam iliares sino también las consecuencias de las
decisiones imprudentes, irascibles o equivocadas. Tales dramatizacionés de la decisión, cam bios, rigidez y cosas semejantes podrían
ser un atractivo para la experiencia que el público tenía tanto de las’
asambleas com o de los tribunales. El relato que Tucídides hace de
có m o los atenienses cam biaron de form a de pensar tras la condena
de los m itilenos muestra lo m ucho que, en la vida real, podía
depender de tales deliberaciones y cam bios de actitud (Tu cíd i
des 3, 36).
Tragedia y escrituraj
Es posible que los trágicos hayan com puesto graneles porciones
de sus obras dentro de su cabeza, tal co m o hacían los poetas orales,
y que, luego, oralm ente, las hayan hecho aprender a los actores y al
coro. Sin em bargo, la' m entalidad propia de quienes saben leer y es
crib ir y la’ producción de textos parecen ser requisitos casi indis
pensables para la estructura de la tragedia, que no es sino la co n
centración, siguiendo un plan previo, de una acción com pleja den
tro dé liña com p leja estructura form al que se despliega en un espa
cio geom étrico , convencion al y sim bólico./
Las ranas de Aristófanes, representada en el año 405 a.C., esce
nifica el choqu e entre las con cepcion es nuevas y viejás acerca de la
poesía y de lá representación. Esquilo acusa a su rival más joven
que él, Eurípides, de dar al traste con la vieja m oralidad m ediante
sus sutilezas intelectuales, paradojas y exhibiciones de mujeres in
m orales (véase 1078-1088). El poeta más viejo, más próxim o a la
cultura oral del pasado, está tam bién más cerca de una correspon
dencia m ucho más directa entre la palabra y la cosa y, a la vez, más
p róx im o al papel del poeta co m o portavoz de los valores de la c o
m unidad (1053-1056). El arte de Eurípides se asocia con el m ovi
m iento sofístico, con libros, ligereza aérea y con la facilidad para
reto rce r argum entos que la lengua posee. Se presenta com o si se
parase el lenguaje y la realidad («la vida no es la vid a»). El lenguaje
de Esquilo, en cam bio, posee la terrosa consistencia física que la
voz tiene en la cultura oral y sus m anifestaciones proceden de los
«intestin os», el «d iafragm a» y la «resp ira ción » (844, 1006, 1016).
En la llam ada «B atalla de los p rólo go s», en la que los versos se pesan
El espectador y el oycnto/243
en las balanzas, las «aladas» sutilezas euripídeas de Persuasión
pierden frente al peso de los carros de Esquilo, la Muerte y los ca
dáveres {1381-1410). Es un supremo rasgo de ironía el hecho de
que Dioniso elija a Esquilo sirviéndose de un verso de Eurípides a
propósito de la separación entre «len gu a» y «pensam iento» {Las ra
nas, 1471; cfr. Hipólito, 612).
Puede parecer paradójico asociar la tragedia, que tan poderosa
m ente com bina el espectáculo visual, la música y la poesía para
ofrecérselo a una excitada y, a menudo, ruidosa multitud de miles
de personas, con la com unicación austera y m onocrom a que se
suele asociar con las silenciosas cartas. Con todo; el poder de la es
critura, que late tras la escena, posibilita la organización de la vista,
'la voz.y el oíd o dentro de una representación multi-media. El fre
cuente uso de las imágenes sinestésicas y su explícita orquestación
de ia experiencia visual y acústica en m om entos del m áximo dra
matismo llam a la atención sobre esta interconexión de los diferen
tes sentidos.
Tanto el espacio gráfico de la escritura com o el espacio teatral
del drama dependen de la creación de un cam po de actividad sim
bólica en el que las más ínfimas señales pueden tener una gran im
portancia. Aquí,.la atención se concentra sobre un cam po limitado /
y voluntariam ente reducido. Esté m icrocosm os es el m odelo de un
ám bito.m ucho más amplio,^ya sea el de la sociedad, ya el del uni
verso entero^La escritura y la tragedia necesitan una actividad in
terpretativa enfocada sobre una determinada área. Ambas depen
den de la habilidad para operar dentro de un sistema de convencio
nes para rec o n o c er e interpretar signos y para ponerlos juntos en el
éorden adecuado, «eligien d o lo nuevo mediante lo viejo», según
afirm a Yocastá a propósito de Edipo en Rdipo rey, 916 (la frase se
refiere también a la habilidad de Edipo para resolver acertijos). En
griego «le e r » £s «re c o n o c e r», anagignóskein, que es también la pa
labra que em plea Aristóteles para el m om ento crucial de la trage
dia, el «rec o n o c im ien to » o anagnórisis.
La única fuerza dé lá tragédia puede deberse tal vez a su apari
ción en esc ino/nento de transición de la cultura griega en el que el
poder de los mitos no está aún erosionado por la mentalidad critica
-que aparece con la escritura, el pensam iento abstracto y las filoso
fías éticas sistemáticas. La com edia siguió siendo una form a artísti
ca vital e innovadora ya bien entrado el siglo iv, en parte porque
M enandro y sus seguidores fueron capaces de cam biar el enfoque
de la com edia antigua y dirigirlo sobre asuntos más privados y do
m ésticos, fueron capaces de inspirarse en la em ocionalidad de los
argum entos de reconocim iento del últim o Eurípides y capaces
tam bién de desarrollar un estilo al tiem po coloquial y elegante.
244/Charles Segal
Una transformación de esta índole, sin em bargo, no infundió nue
va vida a la tragedia, al menos por lo que podem os co legir de lo que
ha quedado de ellas. Las tragedias compuestas después del si
glo v a.C. no parecieron dignas de ser conservadas y ninguna ha so
brevivido.
La tragedia del siglo v a.C. fue capaz de com binar la seriedad
m oral y religiosa y la im aginación mítica de la épica oral con la ex
ploración intelectual de una época de extensión de la alfabetiza
ción que ensayaba atrevidas conceptualizaciones en torno al hom
bre y la naturaleza en el terreno de la ciencia, la medicina, la filoso
fía, la historia, la geografía y otros campos. En tragedia, lo mismo
que en filosofía, pensamiento y visión alcanzan el reino de lo des
conocido. Esquilo compara el «profundo pensam iento» con la
zambullida de un buceador «en las profundidades» o intenta co m
prender la mente de Zeus, que es «una visión insondable», algo que
escapa a la com prensión humana (Las suplicantes, 407ss.'y 1057;
véase Los siete, 593ss.; Agamenón, 160ss.).
La maravillosa representación visual que la tragedia nos ofrece
de los antiguos mitos parece otorgar un papel especial a las apa
riencias externas de la percepción sensorial; no obstante, explora
constantemente la separación que existe entre lo externo y lo inter
no, entre la palabra y el hecho, entre la apariencia y la realidad. Su
inmensa capacidad de poder para representar, com binando pala
bras, música, danza y gestos mim éticos, pone de relieve realm ente
la dificultad de encontrar la verdad última y los inconvenientes, en
realidad los dolores, con que nos topamos en nuestro intento de
com prender la com pleja naturaleza de la conducta del hom bre, los
caminos de los dioses, los térm inos y lím ites de nuestra condición
mortal.
Pese a que su ambiente sea diferente, los poetas trágicos son
hermanos de espíritu de aquellos filósofos que, com o H eráclito,
D em ócrito y Platón, sabían que hay en la superficie del mundo más
engaño que verdad y se esforzaban por com prender por qué la vida
es com o es, por qué existe el sufrimiento, cóm o la justicia y la ac
ción moral pueden realizarse dentro de la sociedad y qué orden su
perior, si es que hay alguno, hace inteligible nuestra existencia.'Las >
^tragedias siguieron escribiéndose y representándose después del
siglo v, pero la energía creativa, la preocupación ética y la explora
ción teológica que produjeron las grandes obras se encaminaban,,
ya hacia la filosofía y la historia. Los espectadores de Esquilo y Só
focles son ahora también lectores de Platón y Aristóteles.
El espectador
y el oycnte/245
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Stanfo rd ,
S vf.n b r o ,
Capítulo séptimo
EL HOMBRE Y LAS FORMAS
DE SOCIABILIDAD'
Oswyn Murray 1
1 Las notas, con toda intención, son breves y están dir igidas exclusiva
mente a remitir al lector al tratamiento más autorizado o reciente de las di
versas cuestiones. Una bibliografía detallada para cada uno de sus aspectos
se puede encontrar en Detienne-Vcrnant (1979) (a cargo de Svenbro), en
Schmitt-Pantel (1987) y en Murray (1989a).
Atribuido a un seguidor de Eufronio, probablemente el joven Eutímides
Muchachos saltando al son de la flauta, peliké, técnica ática de figuras rojas
Finales del siglo vi
El hom bre es un anim al social; el hom bre griego es una criatura
de la pólis:resto es io que significa la famosa definición de Aristóte
les de su hom bre com o «un animal de polis p o r naturaleza» {Políti
ca, 1253a). Pero la definición de Aristóteles estaba embutida den
tro de una teoría ético-biológica en la que, p a r a fe r totalm ente hu
manó,r urio debía ejercitar árm áxim o todas las posibilidades inhe
rentes a la. naturaleza humana, y en la que una jerarquía ética otor
gaba prim acía al pensam iento frente a las emociones.' P o r lo tanto,
su p ercep ción de la polis c o m o la form a de organización social en
la que las posibilidades del hom bre podían desarrollarse de m ane
ra más com pleta, hizo que las pretensiones de la re lig ió n ,ia ja m ilia
y el reinó de lo em ocion al a ocupar un lugar dentro del ordensupe·^.
rior de la política quedaran en un segundo plano.
La historia del estudio de la organización social griega ha sido la
de una lucha más o menos consciente para huir de esta concepción
aristotélica de la sociedad griega y encontrar una im agen que haga
menos hincapié en el fen óm en o único de la polis e intente «d esp o
litizar» al hom bre griego, es decir, ver las form as griegas de organ i
zación social com o emparentadas con las que solem os encontrar
en otras sociedades primitivas. En muy pocas palabras, ésta viene a
ser la historia del estudio de la ciudad griega desde Fustel de Cou
langes (1864) hasta hoy d ía 2.
La relación entre el hom bre y la sociedad es dinám ica en todas
las sociedades: cada época concreta del hom bre tiene un pasado y
2 Fustel de Coulanges (1864),
249
250/Oswyn Murray
un tu turo; y no existe un hom bre griego sino una sucesión de hom
bres griegos, tal co m o Jacob Burckhardt los retrató en el cuarto v o
lumen de su Griechische Kulturgeschichte3. Siguiendo su ejem plo,
distinguiré cuatro tipos ideales, o cuatro edades del hom bre grie
go: «h o m b re h e ro ico », «h om b re agonal», «h om b re p o lític o » y
«h o m b re cosm opolita». P o r supuesto que tales distinciones cron o
lógicas p o co precisas carecen de validez absoluta; pero son necesa
rias ya que sólo m ediante algún tipo de análisis diacrón ico pod e
m os com p ren d er las relaciones sincrónicas que dan origen a las
form as de trato social. Trazar desarrollos a lo largo de siglos es fal
sificar la historia cultural dando prim acía a la causalidad por en ci
ma de la función, e insistir en las continuidades es ignorar los cam
bios fundam entales que tienen lugar tras la pantalla del lenguaje y
de las instituciones.
Formas de trato social v cotuensalíar
El fen óm en o que supone el trato social puede ser tenido en
cuenta desde diversas perspectivas; pero tal vez sea útil presentar
lo, en prim er lugar, en su relación con la econom ía. Tfá'sTa fachada
d e ia s form as sociales laten relaciones económ icas expresadas por
J a distribución desigual de bienes. Un análisis marxista considerará
las estructuras sociales (y, p o r tanto, las relaciones sociales) com o
una consecu encia de la lucha para ob ten er un reparto desigual de
los ben eficios cuando hay escasez de ellos. Más recientem ente,
otros han hecho hincapié en la abundancia de recursos naturales
dentro de las sociedades prim itivas y en la consiguiente im portan
cia de actividades sociales co m o el don, la fiesta, el consum o hecho
para llam ar la atención y la exhibición de riqueza ante otros y ante
los dioses4. De una form a u otra, el excedente, pequeño o grande,
se usa para crear una estructura social que dé apoyo a las activida
des culturales, políticas y religiosas: son las form as de redistribu
ción de un excedente, a través de despliegues de altruismo o poder,
las que estructuran la sociedad.^
Dada la prim acía de la tierra y sus productos en la historia pri
m itiva, es el excedente a grícola el que con m ayor frecuencia se usa
para construir la sociedad y su correspondiente cultura. Es típico
3 Jacob Burckhardt (1898-1902); los párrafos pertinentes en la sección
9 (volumen 4) siguen siendo la mejor exposición del trato social entre los
griegos (fiestas y formas de comensalía) que yo conoz.co. Para el simposio
véase también Von der Miihll (1957).
4 Véase, por ejemplo, Engels (1891); Vebfen (1899); Sablins (1972).
El hombre y las formas de socinbiliilad/251
que la redistribución de este excedente, mediante banquetes o fies
tas religiosas, cree con su uso ritualizado un patrón de trato social
que im pregne las otras relaciones dentro de la sociedad. En par
ticular, algunos productos relativam ente escasos se transforman en
sím bolos privilegiados de posición social; el banquete se ritualiza
entonces y sirve para d efin irla com unidad com o un todo o una cla
se dentro de ésta. En Grecia, los productos más importantes son la
carne y el vino, que se reservan para ocasiones especiales y se con
sumen en rituales especiales también.
La carne es un alim ento sagrado, reservado a los dioses y a una
época más antigua de héroes; com o es normal en un producto que
se encuentra en las colinas y montañas de Grecia aunque no es
abundante, se consum e sobre todo en celebraciones religiosas y
está vinculada al sacrificio de la ofrenda que se quema: los dioses
reciben el arom a de las entrañas, mientras que los humanos disfru
tan del banquete en común de las partes com estibles del animal,
recién sacrificado y cocid o para que, así, esté más tierno. Estas ce
lebraciones son bastante corrientes; se estructuran de acuerdo con
un com p lejo calendario de fiestas y sirven para expresar el sentido
de com unidad que anima al grupo de fieles en una experiencia
com partida de placer y dé festividad, que incluye tanto a dioses
co m o a hombres. El tu llo a los dioses es ocasión para el disfrute.y
la liberación de todo trabajo,'que, com o es de esperar, incluye a la
com unidad por entero o bien a un subgrupo natural incluido a su
vez en ella (p o r ejem plo, los adolescentes o las mujeres) y, a veces,
incluso abre sus puertas al forastero y al esclavo5.
El alcohol es, en gran medida, una droga social, cuyo uso ritual
tiene que ver bien con la cohesión de un grupo cerrado, bien con la
liberación catártica de las tensiones sociales en un carnaval de per
misividad. El p oder del vino y la necesidad de un control social de
jáu uso están claram ente señalados en la cultura griega. Los bárba
ros se pennitén beber de form a desordenada (y excesiva); el griego,
en cam bio, se distingue p o r su consum o ritualizado del vino, m ez
clado con agua y bebido en un contexto específicam ente social.
P o r razones de Jas que se hablará más adelante, el'viño' viene a ser
,un mecanism'p para la creación de pequeños grupos especializados
en una función que se relaciona con la guerra, la política o el pla
cer. El em p leo del vino co m o un m ecanism o de liberación es m e
nos obvio, pero, ciertam ente, se da en diversos rituales que tienen
que ver con Dioniso. Las mujeres, excluidas del uso social del vino
y, por tanto, caracterizadas com o inclinadas a beber secreta y de
sordenadam ente, adoran a Díoñiso en ritos en los que todas las re5 Detienne-Vernant (1979).
252/Oswyn Murray
glas quedan sin valor: ,1a víctim a sacrificial es despedazada en vez
de ser sacrificada con un cuchillo, luego se la com e cruda en vez de
asarla o cocerla y, finalmente, el vino se bebe sin mezcla y desorde
nadamente. N o hay aquí, sin embargo, expresión de un trato social
sino, más bien, la liberación de aquellas tensiones creadas por los
propios ritos que acompañan al trato social.
La im portancia de la comensalía y de los ritqs en torno al ali
m ento y la bebida en la cultura griega se refleja en los testim onios
con que contamos para su estudio. Desde H om ero en adelante la
poesía griega se mantiene en el ámbito del banquete y especial
m ente en su desarrollo arcaico, el symposion: tanto en lo que toca a
su acom pañam iento musical, com o a su metro y ásunto a tratar, la ,
poesía griega prim itiva debe ser considerada en relación con su lu
gar de representación, ya sea la fiesta religiosa (debem os incluir
aquí la lírica coral, que era danzada y cantada por grupos de jó v e
nes de ambos sexos), ya sea el grupo aristocrático.de bebedores (la
elegía y la lírica m onódica). El arte de la cerám ica griega y de la
pintura de vasçs iba dirigido, en prim er lugar, a las necesidades de
tales grupos; formas y decoración reflejan los mismos intereses so
ciales que la poesía arcaica. La regulación de la com ensalía pública
y privada en los periodos arcaico y clásico, mediante series de re
glas y privilegios escritos en form a de leyes o decretos, revela cuán
importante era la com ensalía dentro de las actividades de tales aso
ciaciones. Posteriorm ente, el desarrolló de una literatura filosófica
de la com ensalía en el mundo clásico y postclásico creó una visión
idealizada de una institución social, tal vez ya no tan central com o
había sido en otro tiempo, pero que aún conservaba el carácter de
característica de la cultura griega con tanto vig o r com o para atraer
la atención de los escritores anticuarios de los periodos helenístico
y rom ano. El banquete de los sofistas de Ateneo, una en ciclopedia
de la comensalía griega de finales del siglo n d.C., refleja su argu
m ento estructurándose com o si fuera una conversación en un
deipnon, en el que el contenido se ordena de acuerdo con las activi
dades de los imaginarios participantes6.
6
Para la historia del estudio de la comensalía griega véase mi introduc
ción a Murray (1989a).
El hombre y las formas de sociabilidad/253
E l hombre heroico
El mundo que los poem as hom éricos dibujan se estructura en
torno a ritos de comensalía. Las características esenciales de la
casa de un basileús heroico son el mégaron o sala de banquetes y el
alm acén,.donde se guarda el excedente de esta sociedad para ser
em pleado en banquetes o en el ofrecim ien to de regalos a huéspe
des de la misma clase. Odiseo, disfrazado de m endigo, cree rec o n o
c e r su propia casa basándose en el em pleo que de ella se hace para
la actividad de la comensalía: «M e parece que muchos hom bres se
están banqueteando dentro, pues se levanta un o lo r a grasa y resue
na la lira, a la que los dioses han hecho com pañera del banquete.»
(iOdisea, 17. 269-71)*. El basileús agasaja a los m iem bros de su cía-se «c o n banquetes prestigiosos»; quiere esto decir, en un mundo de
h on or com petitivo, que así adquiere autoridad y prestigio. El grupo
distinguido de esta manera es un grupo de guerreros, cuya posi
ción social se expresa, y cuya cohesión se mantiene, m ediante la
actividad de celebrar banquetes. En un sentido sigue siendo un rito
social, que tiene que ver con los procesos de autodefinición y fo r
m ación de grupos por parte de una élite aristocrática; pero esta é li
te es también una clase de guerreros cuya función es proteger la so
ciedad.
Tal com o ocurre con los símiles de Hornero, las mentiras de
Odiseo tal vez sean m ucho más verdaderas que la narración ficticia
en la que están incrustadas, ya que (co m o si se tratase de un segun
do nivel en la ficción ) van dirigidas a recordar al público sus p ro
pias experiencias vitales. La interacción entre banquetes y activi
dad m ilitar, tanto pública com o privada, está ilustrada a la p erfec
ción p o r el relato que Odiseo lleva a cabo de su vida co m o hijo ile
gitim o de un noble cretense, que fue despojado de su herencia,
pero que, m ediante su arrojo, consiguió un puesto entre los aristó
cratas co m o guerrero profesional: acabó haciéndose rico con las
ganancias de las expediciones a ultramar, Se trata aquí de aventu
ras privadas; pero, cuando la Guerra de Troya tuvo lugar, fue el
pueblo quien le aclam ó com o su líder, «n o había m edio de negarse,
nos lo im pedían las duras habladurías del pu eblo». Después de la
guerra vo lvió a sus empresas privadas: «E qu ipé nueve naves y en
seguida se con gregó la dotación. Durante seis días com ieron en
mí casa mis leales com pañeros; les ofrecí numerosas víctimas
para que las sacrificaran en honor de los dioses y prepararan c o
mida para si» antes de que zarparan hacia Egipto ( Odisea, 14,
199-258).
* La traducción es de J. L. Calvo Martínez (Madrid, 1976).
254/Oswyn Murray
En tales relatos, sê presentan dos tipos de aventuras: en prim er
lugar, las correrías privadas de una élite de guerreros, compuesta
de líderes aristocráticos y «com p a ñ eros» de la misma clase, cuyos
lazos de lealtad se foijan en la actividad del banquete en com ún y
com petitivo; de otro lado, el derech o del «p u eb lo» a invitar a esta
clase de guerreros a que asuma el liderazgo en una guerra más se
ria. La expedición contra Troya es un ejem plo de expedición públi
ca, con banquetes ofrecid os a los participantes a expensas públicas
y con multas tam bién públicas para aquellos que rehúsen ir. Den
tro de la com unidad,.la posición se determ ina p o r el alim ento; en
el fam oso discurso que Saipedón dirige a Glauco, afirm a aquél que
dos cam peones, honrados «c o n asientos de honor [...] y más copas
en L icia » y un témenos, tienen la obligación de luchar p o r su com u
nidad; si así lo hacen, dirá el pueblo: «A le que no sin gloria son cau
dillos en Licia nuestros reyes, y com en pingüe ganado y beben se
lecto vino, dulce c o m o m iel. Tam bién su fuerza es valiosa, porque
luchan entre los prim eros licio s.» {¡Hada, 12, 310-329)**7.
La /liada tiene co m o m otivo principal la có lera de Aquiles, que
se expresa m ediante su abandono y su negativa a participar en los
ritos de com ensalía; la Odisea contrapone dos m odelos de comcnsalía, uno el del m undo ideal de los feacios, y otro el de los preten
dientes, en Itaca, donde el colapso de los valores sociales se expre
sa p o r m ed io de la infracción de aquellas normas de com ensalía
que im plican recip rocid ad y com petición : «salid de mi palacio y
preparaos otros banquetes com ien do vuestras posesiones e invi
tándoos en vuestras casas recíprocam en te», dice T elém a co a los
pretendientes (2, 139ss.). De hecho, la falta de los pretendientes ra
dica en que usurpan las prerrogativas de una clase de guerreros en
ausencia del jefe.
La com p leja relación de este retrato poético con cualquier rea
lidad histórica no nos interesa. L^s-poém ásnHóriiéricos presentanuna im agen de una sociedad del pasado que, a la vez, establece una
im agen m ental «co n tem p o rá n ea » e influye sobre el futuro desarro
llo de la com ensalía griega. Es verdad, sin em bargo, que está im a
gen, muy probablem en te, es parcial, ya que ignora los tipos de tra
to social que él pu eblo practicaba, en especial en relación con la
/fiesta religiosa.^
Sin em bargo, las características de esta im agen mental son im
portantes para el desarrollo del trato social griego. EÁ'cieípnon o
dais es p re ced id o p o r un sacrificio en el que a las víctim as animales
* La traducción es de E. Crespo Güeincs (Madrid, 1991).
7
Sobre el banquete homérico y su función social véase Finsler ( 1906),
Jcanmaire (1939), cap. 1, y Murray (1983).
El hombre y las formas de sociabilidad/255
se les da m uerte com o ofrenda hecha a dioses concretos, a menudo
en alguna ocasión especial, com o un cuito festivo o alguna celebra
ción de im portancia familiar. I-a carne es asada en asadores y la c o
m ida se celebra en una sala (mégaron) eh !á que los varones partici
pantes se alinean sentados a lo largo de los muros, con rtiesitas ante
ellos, una para cada dos comensales; a veces, se hace m ención de
porciones o sitios de honor, pero, en general,r se subraya la igual
dad tanto en un aspecto com o en otro. El convidado que no ha sido
invitado, sea un com pañero de la aristocracia o un m endigo, recibe
^también su parte. El vino se mezclsTcoh agua y se sirve áe\ kratér o
crátera.
Nos ofrece el poeta una im agen de felicidad humana, expresada
en un ritual de trato social; en el centro de este ritual se coloca a sí
mismo: «N o creo yo que haya un cum plim iento más delicioso que
cuando el bienestar perdura en todo el pueblo y los convidados es
cuchan a lo largo del palacio al aedo sentados en orden, y junto a
ellos hay mesas cargadas de pan y carne y un escanciador trae y lle
va vino que ha sacado de las cráteras y lo escancia en las copas.
Esto m e parece lo más b e llo » (Odisea, 9, 5-10). Es una imagen que
pretende ser, al m ism o tiem po, imagen del banquete e imagen ex
presada dentro del banquete; en efecto, el bardo hom érico es, él
m ism o, el cantor con su lira que, desde dentro de la narración, lle
va a cabo la propia narración. Podem os encontrar cierta dificultad
ante la noción de ejecución poética épica dentro del banquete,
pero está claro que H om ero pretende que creamos que su poesía
es el acom pañam iento de la euphrosÿnë.
Si la ¡Hada expresa la función social externa del banquete en la
organización de la actividad m ilitar, la Odisea es una épica interna,
construida com o un entretenim iento para la fiesta. Cada episodio
de los viajes de T elém aco se sella con la experiencia de la com ensa
lía·. toda acción lleva hacia (o lejos de) el banquete. La narración
central de los viajes de Odiseo se presenta com o una actuación en
el banquete, que incluye form as opuestas de comensalía, com o las
que se dan entre los com edores de loto, los Cíclopes, Circe y el otro
mundo. En Itaca, el m odesto banquete del porquerizo se opone al
perverso festíi) de los pretendientes, que despojan la casa del héroe
ausente. El núcleo de la acción final en esta épica de comensalía es
destrucción de los pretendientes sentados a la mesa, mientras se
dedican a banquetear. Cuando el poeta canta en el banquete, evoca
el h orror im aginado de otro banquete, y los propios oyentes que
dan im plicados en la acción; es su sala la que se llena de la oscuri
dad de la noche y su com ida la que gotea sangre cuando estallan los
gem idos y los lamentos, y los m uros y las vigas del techo se llenan
con salpicaduras de sangre ( Odisea, 20, 345ss.).
256/Os\vyn Murray
La Odisea crea desde su propio lugar de ejecución una estructu
ra narrativa, im plicando a su público en la propia acción de la épi
ca; se trata de una ejecución poética destinada al banquete, que ex
trae su narración del banquete; así, el público participa dentro de
la propia narración: tanto el poeta com o el público son parte de un
acontecim iento doble, narrado y objeto de experiencia a la vez. El
papel de esta poesía dentro del mundo de la comensalía es expre
sar, de cara a los participantes, el significado del ritual social en
que se hallan implicados.
De esta manera, eTbànqïïëtë heroico presenta ya la m ayor parte,
de' los rasgos básicos que distinguen a los ritos griegos de c om ensalía posteriores. Porfúñ lado, está.conectado externam ente con ..la
función social de la guerra; por’ otró.'su finalidad intrínseca es el
✓ placer (eitphrosyné). En la poesía heroica posee.una form a de dis
curso adaptada a la ejecución dentro de un contexto de com ensalía
y capaz de autorreflexión acerca de las actividades que tienen lugar
en el propio banquete. Todavía, sin em bargo, la imagen que se nos
presenta está sólo parcialm ente relacionada con las necesidades
de la comunidad, y muchas de las características específicas de los
rituales griegos posteriores de socialización se encuentran au
sentes.
E l hombre·'arcaico,
* ------- —
-------
/
Dos son los rasgos que, de una manera convencional, se c'onsi¿deran características distintivas dé la com ensalía griega en la épocajiistórica ; se trata de lá práctica de recostarse, en vez d e^ sta r
sentados, y de la separación éntre celebrar un banquete y beber..
Los dosYasgos forman parte de desarrollos más amplios dentro de*
la com ensalía griega de la época arcaica.
El que los comensales estén recostados com o parte de un co n
junto de costumbres sociales está atestiguado pór vez prim era en
Samaría, por el profeta Amos, en el siglo vm a.C. (Am os, 6, 3-7); y
puede muy bien ser una costum bre adoptada por los griegos a par
tir de sus contactos con la cultura fenicia. El más antiguo testim o
nio explícito de que los com ensales se reclinaban no lo tenem os en
Grecia hasta finales del siglo vit y lo vem os en el arte corin tio y en la
poesía de Alemán; pero la práctica se puede retrotraer más de un
siglo antes8. Representa un cam bio fundamental en la com ensalía
8
Véase Dentzer (1971) sobre los orígenes; aboga este autor por una fe
cha dentro del siglo vu para la introducción de la costumbre en Grecia,
El hombre y las formas de sociabilidad/257
griega porque condiciona la organización misma del grupo ciertas
restricciones. Los participantes, recostados, uno o dos en cada lecho
a lo largo de las paredes de la sala, establecían una disposición del
«espacio sim posíaco» que determinaba el tamaño del guipo*. /El >
w'íégardíí-s'e'transíormÓTen-el andrón, una :habitación_específica¿
mente diseñada para contener un núm ero determ inado de lechos,y*
V m en u d o co n la puerta desplazada hacia la izquierda de la habitación
para, así, dejar espacio a las diferencias entre el largo de los lechos
y su pie; y m ucho más im portante, el tamaño del grupo está lim ita
do p o r la facilidad con que se pueda ir de un lado a otro del salón:
las dim ensiones norm ales perm iten que haya siete, once o quince te
chos; el grupo, por lo lanío, es un grupo resiringido tle entre caij>r·.
ce y'treinta participantes varones.
Esta disposición del espacio puede ser rastreada de manera más clara
en el desarrollo de la arquitectura pública y religiosa del periodo
clásico y a través de su em pleo en la arquitectura de las tumbas
etruscas, donde es uno de los más claros indicadores a rqu eológi
cos de la existencia de influencias griegas sobre las costumbres de
com ensalía en otras culturas antiguas. Pero su m ayor interés radi
ca, ciertam ente, en que son parte de un desarrollo más am plio que
lleva a la form ación de pequeños grupos y a la elaboración de ritua
les especializados.
Uno de estos rituales tiene que ver con la separación del alim en
to y la bebida. La comehsálíáTgriegá de la época histórica tiene dos
¿partes;’ la'prim era es el deípnon, en el que se consum en alim entos y
bebidas,'la segunda y p o sterio res el symposion; en èl'que_;lo_que,
prim a es la ingestión de vino, con acom pañam iento de pasteles li^geros.-Prácticam ente no hay discusión en lo que toca al deípnon
antes del periodo helenístico: parece haber sido algo sin com p lica
ción y haber carecido de ritualización fuera de la esfera de los ta
búes específicos de ciertas celebraciones religiosas. La ejabóración ’ del desarrollo y del ritual social pertenece al sympósion.
E ifto m o al sympósion se desarrolló un com p lejo m obiliario. El
andrón podía estar provisto de m uebles fijos, algo para cubrir el
suelo, y desagües; la klinê y las mesitas laterales, con frecuencia, es
taban hechas con m ucho arte y decoradas con incrustaciones; ha
bía cojines de elaborada factura y también ropa para taparse. Una
elevada p rop orción de los tipos de cerám ica de calidad de los pe
riodos arcaico y clásico prim itivo son, en concreto, tipos destina
dos al sympósion. P o r ejem plo, la crátera para m ezclar agua y vino,
pero daré argumentos en apoyo de una fecha en el siglo vin en un artículo,
en preparación, sobre la Copa de Néstor.
9 Para el concepto de espacio simposíaco véase Bergquist (1989).
258/Oswyn Murray
la psictera (psyktér) para enfriar la m ezcla, los coladores y jarros
para distribuirla y una inmensa variedad de tazas para la bebida en
sí, cada una con sus diferentes nom bres y funciones especializadas.
Las im ágenes de estos vasos nos ofrecen un com entario visual acer
ca de las p ercep cion es y actividades de la clase social que tomaba
parte en el sim posio. Escenas heroicas, escenas de guerra y escenas
tomadas del rep ertorio p o ético son comunes, com o también lo son
escenas de la vida aristocrática que nos muestran deportes, caza,
hípica y cortejo hom osexual. Frente a esto, escenas de trabajo o las
actividades de las m ujeres de los ciudadanos son raras, com o lo son
tam bién las escenas de ritos religiosos. Se da un énfasis particular,
p o r supuesto, a las representaciones divinas, heroicas y con tem p o
ráneas de la actividad simposíaca: la'im áginería refleja casi toda la
gam a dé actividades asociadas con el sim posio, desde la más d eco
rosa hasta escenas de abierta sexualidad y excesos propios de b o
rrachos. Este c o m e n t a r io m etasim posíaco sobre el sim posio refleja
'a través de la im aginería la autoabsorción que se encuentra tam
bién en la poesía sim posíaca; la iconografía que desarrolló es, cie r
tamente, com p leja y sofisticada'0.
La poesía, cantada con acom pañam iento musical, fue un e le
m ento clave en el sim posio. Se desarrollaron dos tipos principales
que corresponden más o m enos a los dos tipos de acom pañam ien
to musical. La flauta d oble (aulós),:í\xt el instrumento p rop io del
cam po de batalla y tam bién de la poesía elegiaca en particular; en
tre los instrum entos de cuerda, la kithára hom érica cedió su lugar
al búrbitos, de sonido más profundo: según la tradición este instru
m ento fue inventado p o r Terpandro y es el favorito para el canto de
la poesía lírica; además, es la divisa de todo poeta sim posíaco p ro
fesional com o, p o r ejem plo, A nacreon te.'Las form as poéticás refle
jaban la co m p etición espontánea y la creación que se esperaba de
poetas aficionados: el dístico eleg ia co es especialm ente apropiado
para la ronda, es decir, un tem a que es recog id o y desarrollado p o r
cada participante sucesivam ente; el skólion es un desarrollo más
cuidado. Los poem as líricos breves con repetición de versos, canta
dos siguiendo una m elod ía séncilla, sugieren una m anera sim ilar
de actuación. Los poetas líricos más antiguos, co m o A rq u íloco, AIce o y Safo, com pusieron y cantaron sus propios poem as en un pri
m er m om ento; y la elegía parece que, p o r lo general, perm aneció
dentro de la esfera de los aficionados. P orta les razones, la em oción
personal, la experiencia personal discutida in propria persona y la
exhortación directa al pú blico son com unes: el poeta, a menudo,
em plea la prim era o segunda persona. En el siglo vi se desarrolló
io Lissairague (1987).
El hombre y las formas de sociabilidad/259
una clase de poetas profesionales, M im nerm o y Anacreonle entre
otros, que suministraron un nivel de dicción poética más sofistica
do y sutil sirviéndose de la misma técnica, pero dotando al poema
personal de referencias g en érica s".
líos temas de ésta poesía reflejan los intereses del grupo social y
dé su estilo de vida aristocrático. De acuerdo con el testimonio vi
sual de la cerám ica, los com ensales se interesan por las hazañas he
roicas, la guerra y el am or homosexual. Son comunes los himnos a
dioses concretos apropiados para e! simposio, lo mismo en serio
que paródicos, pero, con todo, no hay apenas referencias al ritual
religioso existente; la fam ilia y las mujeres libres de la ciudad están
ausentes; la expresión del deseo sexual es franca y está dirigida ha
cia las esclavas y el personal encargado de entretener a los asisten
tes. La p olém ica política y las instigaciones a la acción política se
extienden desde la defensa de la nave del estado hasta las invitacio
nes a la guerra civil.
Tem as co m o éstos se basan en la creación de un grupo ético, un
m undo en el que los participantes se encuentran unidos por la leal
tad (pístis) y los valores comunes. La actividad es consciente de sí
misma y aparece un vocabulario de com pañerism o en el beber,
sim bolizado p o r la misína palabra sym-pósion. Este lenguaje en
cuentra su más rica expresión en la poesía de Alceo, compuesta
para su ejecución en las reuniones de grupos de compañeros (hetatroi), entre la aristocracia de M itilene, en torno al 600 a.C.-El am
biente es aún «h o m é ric o » en muchos aspectos, la gran casa res
plandece con las armaduras de bronce; pero-un nuevo estilo de
èuphrosÿnê se deja ver en el énfasis que se pone en el «vino, las mu
jeres y la ca n ción »j(u n idos aquí p o r vez prim era). LírfüñciÓn d el·
grupo no es ya la de una guerra externa en un entorno estable, sino
la de una unidad para la acción, dentro de la polis; en defensa de los
’privilegióscle clase: la guerra en perspectiva es una guerra civil, la
invitación va dirigida a la unidad interna de un grupo que actúa
contra el tirano. A lceo no intenta persuadir a un público más am
plio, su llamada se dirige a los que ya están dentro del grupo, a los
que com parten sus valores y sus fines. Una actividad así es caracte
rística de la historia prim itiva de la polis y demuestra, dentro de la
esfera aristocrática, la com pleta fusión del trato social con las for
mas de acción política; el liderazgo de la comunidad pertenece por
derech o p rop io a A lc e o y a sus aristocráticos compañeros, pero les
ha sido arrebatado: debe ser recobrado p o r m edio de la guerra civil
e, incluso, con la ayuda del dinero de los bárbaros. Una fusión tan
íntima de com ensalía y política se cifra en la concepción aristocrá-1
11 Reitzcnstein (1893); Gentiii (1984).
260/Oswyn Murray
tica del simposio com o una organización exclusiva dedicada a
mantener el dom inio de una clase social sobre el mundo más am
plio de la p o lis 12.A lo largo de los siglos vu y vi, este mundo aristocrático se vio
amenazado, al quedar marginado por nuevos desarrollos políticos,
económ icos y militares. La comensalía arcaica respondió a la deca
dencia de la aristocracia y a la creciente im portancia de la polis de
dos maneras, haciendo hincapié en los dos aspedtos opuestos de la
com ensalía griega.
La'com ensalía m ilitar de tipo hom érico pudo combinarse con
las instituciones comunales masculinas com o las que se encuen
tran en la sociedad tradicional de Creta, donde la continuidad y
^adaptación resultan especialm ente claras. Aquí la comunidad mas
culina se organizó en grupos, con una «cabaña, de hom bres» (andreiôn) para la com ida en común; el alim ento era proporcionado
por la ciudad, lom ándolo ésta de la tierra común, así com o m e
diante contribuciones individuales. La continuidad de tales cos
tumbres se ve ilustrada por el hecho de que el^iéjcThabilo de estar?
^sentados en vez d e ,recostados-sêTmanYüvôysu im portancia para la
definición de la comunidad viene dada p o r la cuidadosa separación
que se hace de los visitantes en una «m esa de forasteros» especial,
¡dedicada a Zeus Xenios. Tras la com ida, se discutían asuntos públi
cos, «se narraban hazañas de guerra y se alababa a los valientes
para que fuesen un ejem plo de valor para los jóven es». La pederas
tía fue ritualizada com o un rito de iniciación y el amante le regala
ba al amado tres regalos propios de la edad viril: un manto, un buey
y una copa para beber, todo lo cual era un sím bolo de su admisión
dentro de la comunidad adulta13.
Probablem ente,¡la función social más antigua de la poesía ele
giaca fue la de reforzar los valores del guerrero m ediante la exhor
tación, en vez de hacerlo a través del procedim iento indirecto de,la
descripción, em pleado en la poesía heroica; ya este cam bio de
muestra una tensión y un intento de reforzar los valores tradiciona
les y la conducta que es característica de una sociedad en transi
ción: «¿Hasta cuando perm aneceréis sin obrar? ¿Cuándo, oh jó v e
nes, llegaréis a ten eru n corazón valeroso? ¿No tenéis vergüenza de
vuestros vecinos por esa falta de án im o?»**, dice Calino de Efeso. La
elegía de guerra recrea la imagen heroica para un grupo m ilitar
más amplio, ahora al servicio de la polis.
El m ejor ejem plo de esta «institucionalización» del banquete es
'2 Rosier (1980).
13 Ateneo 4, 143; 11, 782; Jeanmaire (1939), cap. 6.
* La traducción es de I7. Rodríguez Adrados (Madrid, 1956).
El hombre
y Jas formas
de sociab)Jidad/261
el que se creó en Esparta en el periodo arcaico, aproxim adam ente
en la misma época en que se adoptaron las nuevas tácticas hoplitas
de una form ación m ilitar en masa. La com ensalía espartana puede
haber derivado de prácticas dorias, com o las que encontram os en
Creta; pero fueron radicalm ente transformadas en las instituciones
sociales y militares de Licurgo. Tras pasar por el riguroso sistema
de clases según su edad llam ado agógé, el joven ciudadano adulto
era elegido para form ar parte de un syssítion, un grupo de guerre
ros que se ocupaba básicam ente de la práctica del diario banquete
en com ún en el phidíticm; a cada m iem bro se le pedía que aportara
una cantidad determinada de alim ento y vino procedente de sus
tierras; en caso de no poder hacerlo, esto suponía la pérdida de su
condición de m iem bro y, p o r lo tanto, la pérdida de todos sus dere
chos de ciudadano. La relación entre com ensalía y organización
m ilitar es descrita por H eródoto: Licurgo creó las leyes de Esparta,
«posteriorm ente [...] instituyó los reglam entos m ilitares (las enomotias, tñécadas y syssitias) y, además, los éforos y los géron íes»
(H eród oto, 1, 65). Con estas agrupaciones, que tenían com o base
las quincenas y las treintenas de hombres, luchó el ejército esparta
no a lo largo de la época arcaica y clásica.
Estos núm eros reflejan la organización arcaica del espacio sim
posíaco, basado en siete o quince lechos: el testim onio literario ex
plícito más prim itivo del simposio, el que encontram os en Alemán,
se refiere al contexto espartano y atestigua la disposión de aquél,
que contaba con siete lechos. La com ida espartana sigue la división
griega clásica en dos partes, llamadas aquí atklon y epatklon. A m
bas incluyen contribuciones obligatorias y son, por lo tanto, e le
mentos originales en el ritual. En el sistema de valores espartano,
sin em bargo, el aíklon era portador de una serie de referencias sim
bólicas a su continuidad en relación con formas más primitivas, y
también de pretensiones a la igualdad y a una austeridad inaltera
ble: los com ponentes de la com ida estaban fijados y consistían en
pasteles de cebada, cerdo cocid o y el fam oso caldo negro esparta
no. Frente a esto, el epaiklon presentaba una serie de diferencias en
lo que toca a riqueza, posición y habilidad, m ediante una gama de
contribuciones posibles; por tanto, acabó produciendo una form a
de sim posio más elaborada que la norm al, que hacía uso de una se
rie de alim entos adicionales, en especial carne no procedente de
los sacrificios sino de la caza. A pesar de los intentos atenienses del
siglo iv p o r sugerir una abstinencia espartana o, al menos, una m o
deración en la bebida, está claro que el vino desem peñó un papel
im portante en el ritu al14.
14 Ateneo 4, 138-142; Bielschowsky (1869); Nilsson (1912).
262/Oswyn Murrny
J£sTernT^ëloTclF!coitien^riaTêstalë5trecharriente~'asO~ciado~avla·
créaciïïrrgicla~p<5~//s^jrop 1’ ta~com o-una «cotra dia~de;guerrcrqgjo (Max
W eber); se diferencia del m od elo hom érico en que hace universal
una prerrogativa aristocrática; del m odelo dorio, en que aísla y fa
vorece la función m ilitar. N o es sorprendente, p o r tanto, que el
poeta espartano Tirteo fuese a la vez uno de los más fieles im itado
res de H om ero y el p erfeccion ad or de un nuevo género de elegía
m ilita r15.
fEl"desarrQllq^opuesto d é la com.ensalía griega_pon¿15réñf5sis~spbft^sLr^pecfd:iñterño"cie:encarnáción-d el ^pnnói p i o~He 1-p1ac^'Æ oiî·
tàn~tô?-pôdriâsert/irtcomo-veH’ic û lo p a ra ,que-unaaristc>cracia:mar^
gi'n^a^séTrelirasejaÎunfmtri^ôIdelët^/irôiyuéiespecial^rprivâd©’
Los sím bolos de una clase privilegiada y acom odada increm enta
ron su im portancia en el p e iio d o arcaico; cuando ia guerra y el
control p o lítico dejaron de ser un derecho propio de los m iem bros
de esa clase, el deporte y el sim posio fueron elaborados de form a
que sustituyesen a aquéllos. Esto se ve muy bien, sobre todo, en el
m undo colonial del oeste griego, donde una nueva aristocracia de
colonos prim itivos se esforzó p o r definirse a sí m ism os en el trans
curso del siglo vn: las costum bres simposíacas tuvieron allí una im
portancia especial y fueron sucesivam ente aceptadas por las na
cientes noblezas italiana y ctrusca co m o ios sím bolos necesarios de
la vida a ristocrática16.
El p lacer proven ía en especial de la elaboración de los rituales,
el desarrollo del lujo y del confort, la sofisticación crecien te en los
entretenim ientos, poéticos y de otro tipo, y la liberación de la se
xualidad desús restricciones sociales. P o r otro lado, el consum o de
alim entos y vin o no parece haber sido alterado: frente al mundo
del Im perio persa, las form as griegas de com ensalía perm anecie
ron simples, la tryphé se expresó p o r m edio de la elegancia y el refi
nam iento y no m ediante el exotism o de los manjares o un consum o
excesivo de éstos. El ritual sim posíaco y la poesía han sido ya discu
tidos de una manera general; nos queda ahora la cuestión de los en
tretenim ientos que nada tenían que ver con la poesía.
■La^a?tg5Tdirtgidas-a"entf:etenerTq ue-se7desarr-ol.laron ^ n-el-c-ontexto^Íñípósíácó-érab-S'Ím enudo“b“astante sim p l e incluían ani
m adores profesionales co m o mujeres flautistas, bailarinas, acróba
tas, artistas de m im o y com ediantes; en ia época clásica había em
presarios con equipos de animadores, y un adiestram iento en las
artes simposíacas estaba al alcance de cu alquier esclavo joven y
atractivo de uno u otro sexo. l^figirra^déLbÎrfôn-O alé/c/&Trcl~convi''5 Bowie (1989).
i* Λιηροίο (1970-1971); D’Agostino (1977).
El hombre y las formas ele sm:inbilidad/263
dà3o"hôl‘iïïvit^ô_qüe.se-gânaJo[quexom ercntrëtBniên'do^lôs:âsiSp
tentesr e s-corriente-enda-litcraturajàimposiac-a^ Algunos juegos se
conocen desde el periodo arcaico; el más tamo.sQ_es.el _kótlabos,
que consistía en arrojar las últimas gotas de vino de la copa a un
blanco; se decía que había sido inventado en Sicilia. El brindis de
los com pañeros que participaban fue también un rasgo común al
que se debe la existencia en muchas copas de una inscripción con
el nom bre de un hom bre y el adjetivo kalós. La próposis, o reto que
entrañaba una com petición, fue un rasgo que, corriendo el tiempo,
m ereció la opinión desfavorable de los moralistas, que contrapu
sieron la indulgencia ateniense a propósito de tales estímulos para
beber largo y tendido, con su ausencia en Esparta. El elem ento
com petitivo es característico de tales actividades en la época del
hom bre agonal.
E s ^ 3 ^ ^ T ^ â ^ e la.séxualidâ'd~dO"nd'cVl5TT)n_lgTTsâiia~p;ncga:resit|ltgTflasÎ.HQ.canffe. Por supuesto, la homosexualidad fue natural en el
mundo masculino del grupo de guerreros y, a menudo, lúe institu
cionalizada com o parte de los ritos de iniciación que estaba previs
to que el joven adulto soportase. Hay una elevada dosis de idealiza
ción y de sublim ación en el vínculo creado en los rituales de corte
jo entre el joven eraste* y el adolescente crómenos, que (com o ocu
rría en los rilos cretenses) podía conseguir su acceso oficial al
mundo adulto de la com ensalía mediante este episodio amoroso.
Hasta que no alcanzaban la plena condición militar adulta no se les
perm itía a los chicos recostarse en el simposio, sino que debían
perm anecer sentados junto a su padre o su amante. I-a expresión
del am or homosexual dentro del contexto simposíaco resulta así,
muy a menucio, idealizada y tiene que ver más con la búsqueda o la
com petición que con la conquista; perm anece dentro del marco de
una «educación sentim ental» y está directam ente conectada con
otras áreas de la vida del joven adulto tales co m o el mundo de! de
porte. En la term inología de M ichel Foucault, está «problematizada», obligada a estar al servicio de las necesidades más amplias de
la com u nidad1*.
E l^em e^tqTdé^èxü âlidâçld ibrerderíva-de-la-presencjaietrej ;shnp o sjcfarcai^ B é,sei^ Íd ores^ scla vo s v'áñimadores’. El m ito de Zeus
y Ganímedcs expresa la relación tradicional entre los participan
tes, varones todos, y el muchacho que perm anece junto a la crátera
y escancia el vino. P o r supuesto, la presencia de dos tipos distintos
de a m o r homosexual, en relación con el muchacho libre y con el
esclavo, com plica nuestra percep ción del fenóm eno; las caracte-*1
8
rt Ribbeck (1883); Fchi (1989); Pellizer (1989).
18 Foucault (1984).
264/Oswyn Murray
rísticas de la sexualidad dirigida hacía los esclavos pueden enten
derse mucho mejor, por lo tanto, cuando ésta toma com o objeto a
las mujeres.
Lâ^^tnujeresllibT^'s~dEllârciûdâd~j"anYàs7estuviërôTiIprês'êhtes~en
los-sym/^staigriegosi incluso carecem os de testimonios que pue
dan sugerirnos que colaboraban en los banquetes de esponsales y
en los fúnebres, dos áreas con las que, tradicionalmente, las m uje
res se relacionan directamente. Sú~s'propias~reuniónes~tenian~que
y e r x o n~lasrijestas rituales; de las que los hombres, norm alm ente,
estaban excluidos, o~bié7i~con.el~adiestramiento dedos-coros reli-^
giosos; en la única ocasión en que podem os vislumbrar una espe
cie de comunidad fem enina — se trata de la poesía de Safo— , todo
nos resulta altamente problem ático y parece sugerirnos una de
pendencia de las formas masculinas de com ensalía'9. Con todo,
A froclif^~D 'ióhiso^ohTás^iviñidádcsr(^e31^véz/-^^Ü élen-invércár_eñ_l^p óésía T im p osíá oá ^esd exl:té ^ im ó n ió rn á s ^ ñ tÍg ü {v l¿ llá '
m'ada~Co]5aTcle~Né^torremel~5Íglo'vni.~-bas~ünicas;rnujeres-queestabanTpreserités-ën tales'celebraciones:eranTjóvenes_esclava§) a m e
nudo recibían una form ación com o animadoras, bailarinas, a cró
batas y músicas; lo m ism o que los chicos que desempeñaban tam
bién estas ocupaciones, eran elegidas por su juventud y belleza y
parece que, con frecuencia, actuaban casi desnudas;·al igual que
íes ocurría a los jóvenes, las chicas solían acabar en los lechos de
los invitados. En el caso de las mujeres (no en el de los mucha
chos), algunas-de-éstas-pQdian-adqutrinuna'po'siciónrespeciaiial-jier
la^compajñeraxonstanterdezanoó-málLiíTVitadosiyrenrestercasorRecib íanTëlînombTelflëTfiëterâ:n'ireîai rat).·;se trata de una referencia
irónica a los heiairoi, que no eran otros que los m iem bros de pleno
derecho del grupo de hombres que celebraba el simposio. Las hete
ras, con frecuencia, dominaban una gran variedad de técnicas para
entretener y parece que no era raro que sus dueños fuesen, a la vez,
dos o más hom bres1
20.
9
Estas ;pTàëficas:socislesjsqiy;las^ueld.an"’ ajla-;p_oesia am orosa
griëgaTd'erla^époçaTarcai'cà-süs .característicasTPm'ticulares. De un'
là^ôTrhra^renieltelaromârfficâÎintènsiclâdiié'uh^âmor.hômosexual
quëëstâ~pëi'sdnaliz5do;y~dirigido-norm alm ente‘:hacia'un~miembro^
jQy;enTde;laTmi^m~acla5'e;50cialrëstÇa_m o r serrepresenta-coTmyiTb
qojTsuñiá'do, relacionado más con la búsqueda de un puro ideal de
belleza que con la satisfacción sexual, capaz de despertar las em o
ciones más profundas de am or y de celos.fPorO tro lado, nos eñcoiT19 Caíame (1977).
20 La mejor exposición de la vida de una hetaira es el discurso de Dcmóstenes Contra Neera, 59; véase también Ateneo, libro 13.
El hombre y las formas de sociabilidad/265
tFaniosrcôn"Lina-pQesiâ~afTiorQsa;que:va-dingida~aTrnuieresiiôvenes1·
e rTsu c ó ^ ic ió ttn dglpbigtps'Sexualesi poesía que nada tiene que ver
con las pautas sociales vistas, despreocupada, líbre de com plica- /
ciones, fugaz y satisfecha sin mayores problemas,^enMa^que^sóJo»
lat’ë TuriTlamento:Iquë->Îàdüvehtud^selpasa^mIëstrS!condición-;de I
m ortal es^S^'hace7evidentei,
f
De esta manera,^eljmundo'del“SÍmppsibIcrel!)Arrfbi;den separado
yf,ajeno~a'rlas7reglas de~la'com unidadmfàs^lTÎplia/con-sTisïpTop;iQS5i»#
yalores^aÍt€rnativps:?LaTliberacÍónTritual^deTlaSíinh)teiciones>med i ^ t ^ lconsum ô^dëâlcôKôlrtecësitaba~SuspropiasTeglas~destined^ym antengrjIñ ^equ iTrbno entre ordeh-ÿ.d e s o r d e n m e n u d o se
elegía un symposiárkhos o basileûs para controlar la m ezxla del
vino; la costum bre está regulada estrictamente y los participantes
cantan o hablan por turno; a cada crátera m ezclada se le asigna un
carácter diferente; com o señala el poeta cóm ico Eubulo:
Yo sólo mezclo tres cráteras para quienes son moderados; la primera es
para la salud, y es la que primero se beben. La segunda es para el amor y el
placer y la tercera para e! sueño; cuando se han bebido ésia, quienes pasan
por juiciosos se van a su casa. La cuarta crátera ya no es nuestra sino de la
hÿbris, ía quinta del alboroto, la sexta de la procesión de los borrachos y la
séptima del ojo a la funerala. La octava es la de los tribunales, la novena la
de la bilis y la décima la de la locura y la de tirar todo el mobiliario» (Eubulo
apuá Ateneo 2, 36).
EhpDeta^arcaico^s3eirl^igládóirsiñfpüsíác~óT.büe.ñáp'a'iIte deJS*
p ó e s íá x s r por.táhY(Dr m e tasim pbsíaca^eláEibnadáJcolt'lá^costuflÍbre~adecu ád ácT iH adecü ^a ^en elsim jrósiÓ ^d len ád e^ p rescrip cie’nég~so"b7F^^.echos_y deheres^]¿a m era descripción de un sim posio
en Alem án es también prescriptiva con respecto al orden del ritual;
Jenófanes, igualm ente, describe y aboga por un m odelo de ritual
sim posíaco del cual se excluyen tanto la poesía heroica co m o la
conversación acerca de la guerra civil, cediendo éstas el turno al
elo gio del valor. El corpus teognideo contiene multitud de pasajes
que tienen que ver con la conducta adecuada en el simposio y las
relaciones apropiadas entre los participantes; en estos pasajes se da
un énfasis especial a los lazos de am or y. de confianza Æ àTpoesiay
m'oñóllitaygriega—p o r;lo-tanto-es-un-procluctoidelJ5tmpgT¿Qryl_pFfe·
séntâ .unalcôm plëiOe_riê7dè[fêflèxiônê^soHjrgdas-diversas-fornias
qa'én^ ój3 ta ^ el~trato'Socj^iJéñlláTepocáTá fcá icá y
Parte~importa n te de-lariransiciôn~dcsde~las~actividgdë's~mternâ^
dgl'sim pgsio~aiarqug_ti.éjTeb~lügâr.fuera d^él^oH'lâo^6nfiânza~y.lc?S
juramentos? Los problem as de en quién hay que confiar y de la ve r
dad que se revela al b eber son temas im portantes en la poesía de
Teognis; los grupos de hetaîroi de A lceo se juram entan para llevar a
266/Oswyn Murray
cabo una em presa panícula»·. IÆ unigâcI~del:grupo:seitiene"p o »v u n ^
im pera^iyo'moral"ab:solutor în c luso~en;ei-siglg-vrtraiçionar.La_-.coiT^■nzaTciepositada.cn u no_eqm ^l<Ta^am ciclio? según lo que Andócides nos d ic e 21. jjna-m aneia de-refQi-zar7talesdazQSie_s;acudir a.uma
a^^viHâd_àntisociâro-inclusc> delictiva.que recibe él nom brecld p»5/f5 ;e sdecrr7,'!ûn'cômprôm'iso^ë~sôlidâriclâ(i? Estas actitudes reflejan
las tensiones entre el grupo y la com unidad más amplia.
La7côridiIctà3ësô?dêna3âT^^t r ô ^ e llgnjpô'lTs'Xëâl m ente' u fía’ ’
p reparaciónTpara4a-exhibiciblTTigT3n'~cOmpoTtamiento propio~den
büfraühüs, qile/ya^dirígido coñtr^lá~comTfñidadTm~ás am plia-en^el
r ' i ~ t C u a n d o el sim posio terminaba, los pai-ticipantes,
adornados con guirnaldas, solían desfilar en procesión p o r las ca
lles, bastante bebidos, bailando en un violen to desorden, insultan
do deliberadam ente a cuantos encontraban a su paso y atacando y
dañando las propiedades de los demás en una dem ostración de p o
der social y de desafío a la com u nidad22.
Talgs~áctitücles pudieran'llevai^ajuñ'adegislación^epresiva ^ o r y
pSrtjTbë~la £>ó7¿5_ai'-caica.^En M itilene, por ejem plo, el legislador de
cretó una multa del doble para los delitos com etidos bajo los efec
tos del alcohol; en Atenas, Solón atacó la conducta de los Ticos y
dentro de la ley de hybris creó un delito público que englobaba los
actos encam inados a deshonra»· a la víctim a, lo cual es un i'eflejo
del mundo sim posíaco en lo que toca a la atención que éste presta
ba a los derechos de las mujeres e incluso de los esclavos. Otras ciu
dades regulai'on la edad para b e b e r23.
EñJestosLn't^lánstcrcráticosTdeúrato-socialTlos^dióses.'po.rsLl·^
püéStOTtienen~un pap el . La celeb ración puede ser parte de un de
term inado acontecim iento religioso, pues el deípnon suele ir piecedid o p o r un sacrificio y term ina con una libación, hecha con
vino no m ezclado, en h on or del Agatfws D aím ón. El sim posio p ro
piam ente dicho com ienza con la distribución de guirnaldas a los
invitados, libaciones en hon or de Zeus O lím pico, los héi'oes y Zeus
Soter; además, se canta un peán d irigido a los dioses. Duran te Γ?1
actO"rDióñiSó~y~Atro^itá~soñ1üs^iós^'inv:o.cadóscohjTlás~frecuecicia-pOrjlps^l5cHëHqrcs^AI final tenía lugar una libación en honor de
Zeus Télelos. Sin em bargo, pese ·^Γ^ta^TCsencia^rituaj7*tos~diôse,s:,
p ên n an eçgn ~enTun'rsegu n d oJplano;"se-trata^de^un'racontee im iento
fprofano-fundam en tal mente, tanto en su fúrTcióp co ín o en su^jisbu^
21 Andócidcs. 1, 51: 2, 7; véase más adelante n. 36.
22 Lissarrague (1989).
23 Murray (1989),
El hombre y las formas de sociabilidad/267
/frir*Las fiestas específicam ente religiosas deben estudiarse en otro
lugar24.
En efecto, j i âcomensal ï àtr e i v e T C c ô n , !a*eoiiiuni¿lád como-un.todoT las fiestas se relacionan con los dioses en tanto
que protectores y garantes de la comunidad y también con la regu
lación del orden de las estaciones de las que aquélla depende.¿ka*
cbTn_en^al'iá7^eñ~lá~esfet a religiosa· es-una á^tiyj^Sd~publica~y su qrdenácipnlcorresponde al orden^vigente enj la*sociéda<^ en el que
los sacerdotes reciben porciones especiales com o prerrogativa del
cargo, mientras que lóTrniem bros d F la ^ omúñÍdád'.soKltj^lildgra2
dos todos"jguales. Süxreciénté^Tnterés- por-Ío^anjo.T'ádica-en 'la y
{p olis.y
C ^ a T il^ lle^ lâ ^ o m en T â liâ religiosa se difergneia con todo~cui-?
dado~decmanera\que_coiTespoñd_5~alTignifícado dehculttren eues*
tibní Dos ejem plos espartanos bastarán para mostrarlo. En la fiesta
doria más importante, las Carneias, celebradas en Esparta, se alza
ban nueve «som brajos» o refugios en los que celebraban un ban
quete nueve hombres, con tres «herm andades» o fratrías represen
tadas en cada uno de los sombrajos; esta disposición es un reflejo
de la organización social originaria en tres tribus y fratrías subordi
nadas; es una renovación sim bólica de una form a espartana de comensaíía anterior a la polis, que trae a la m em oria la fundación de
la comunidad. Además, ciertas fiestas en el antiguo centro preespartano de A m id as y en otros lugares incluían una com ida espe
cial para extranjeros llamada kópis\ construían junto al tem plo de
A polo refugios con lechos hechos de maleza, en los cuales cual
quier forastero podía recostarse; a todos los que llegaban, fuesen
espartanos o de fuera, se les servía carne de cabra, pasteles redon
dos y otros alim entos igual de sencillos. Lo exclusivo d"élTíluáf“Óívi(ccfcl g7Espartád&scánsaxn~unco ti texto-religioso es pee i d .M últiples
variaciones del fenóm eno de la com ensalía religiosa más o menos
similares podrían ser traídas a colación tomándolas de cada ciu
dad; tanto el traer a la m em oria ritos prim itivos reales o imagina
rios com o el problem a que plantea la hospitalidad de los forasteros
son temas recurrentes; algunos de estos ritos tienen que ver con un
periodo de retiro de la ciudad a un santuario cercano; los que se de
sarrollan dentro de la ciudad pueden dividirse en celebraciones en
que la carne sacrifica^ debe ser consumida dentro del recinto del
tem plo y aquellas otras en las que esta carne se consume en un lu
gar diferen te25.
2* Véase Nilsson (1932) paja el simposio; para las fiestas religiosas, Gernet (1928); Goldstein (1978).
?.s Ateneo 4, 138*139; Bruit (1989).
268/Oswyn Murray
ΐώ -scpa ració n,|ëntrelsim posiola ri stôcràt i coTy ?fi est a:pú b'li caTn©*
fu eT ompleta*. I¿bsrtiranüs_ai'i^ocráticos^é^la"época'árcáicá, en su
propio estilo de vida simposíaco, bTTscâl5aTrespecialme"nte~inten_si·
HcaI^ l^ le m e n tû '(i^ lû j o^7^K itJicfôn ,t"5'la"veziqÎîê^ciesarfQllâi\nue·
vasTm mas'dé~fiestas públicas g ue-tuvieseri"cbm oim odêlâsüjcorP"
¿cepcióñldej.un m undoJieroico^À si, Clístenes de Sición creó una
mezcla única de simposio y agón aristocrático con juegos y ban
quetes públicos, en un certam en, cuyo prem io era;la mano de su
hija, que term inó, tras durar un año, con el sacrificio de cien bue
yes y un banquete para los pretendientes y para rodos los sicionios
(H eró d o to, 6, 126ss.)·' el banquete de los pretendientes, al menos,
adoptó la form a de un abundante simposio. Una iriterrelación de
este tipo parece haber sido com ún en época de Píndaro, quien
compuso sus odas de victoria para atletas aristocráticos en rela
ción con celebraciones que parecen haber com binado tanto la fies
ta pública com o el banquete privado celebrado con m otivo de la
victoria262
.
7
Incl_üsoaquellos-que.dês^ban:proclârnar-Sirrepudio~alrnTundo?
norm al 'deda-pófis-l o^hjcieToFrfórman d ^-grupos,’ clefirfici osrtam bi én?
versos ritos^He-comensalíÍ l*A si , los pitagóricos;*;a principios
del siglo v, desarrollaron una form a de vida basada en la separa
ción de la comunidad mediante una serie de complejas p roh ibicio
nes en lo tocante a los alimentos, y una vida común que com enzaba #
con una regla de silencio, vigente p o r un periodo de cin co años: su
insensata concepción de la pureza ritual «puede interpretarse
com o un m ovim iento de protesta contra la polis establecida. Sus
tabúes dietéticos ponen en entredicho la form a más elem ental de
comunidad, la com u nidad de la mesa; r«]iazá'rt-elifitüal-que está
e T ^ T é ñ tr Q ^d^la.religión-tradicionalT-la'comiBá^sacnficial»^7. Sin
embargo, .suscrito?, especialm ente sus casas de reunión,/soit, en
esencia, inversiones ' clfTÍasJ^m aslcle comensalía-aceptadas? Du
rante algún tiem po, los pitagóricos controlaron Crotona; pero, al
final, sus conciudadanos se vengaron prendiendo fuego a sus casas
de reunión y asesinando a los m iem bros de la secta.
La experiencia religiosa concentrada en la polis es también
com partida por los griegos en general y transferida a los grandes
festivales en los que, en la época arcaica, participaban diversas ciu
dades, encontrándose ellos mismos en conexión bien con juegos
(Olím picos, Istmicos, Ñ em eos) o bien con oráculos (D elfos); pu
dieron éstos tender a unir pretendidos grupos naturales com o los
jonios (el Panionion en Priene, o Délos). Pero toflSSTmfc'di'Sfftyftesy
26 Van Groningen (1960).
27 Burkert (1985), p. 385.
El hombre
y las formas
de sociabilidad/269
l ^ ’^ s â c r ific iô ^ m ^ jfe s t ^ o n ju r r ^ '^ d e n T ia ^ u ^ ïiV e r g e jje n ^ j.a
creaci~6iT^5~OTr^fTticÍQ^^^ÍfJL^5^^^ó~Hg//em 'feo«JIcqñlójájjo^->
sesiô rrd c «urÿaisaygre~comùnruna-lengua-com unrcentros corntTnes'p'àTalorciiôses y'sà'cnficios y c o s t um brescom unes^ H e r o d o to ,
â r i'4 4 ).
.................. ..
[ E l hombre poîJJÎcoJF
Lâs~forrnâs~cië~trato~soc i a 1~qüé~distinguen â lp e n ^ ô ^ c la s ic o son
desarrôllos y adaptaciones de fo rmas anteriores; fundam entalm en
te e'sTl contexto soeiâl^r.que c a m F iâ ^ taffÎbie'rrlâ'felaciôn entre eP
tfato'sociâ l~ la p o UT. Para e r fíombTe clásico, en palabras de Aristó
teles, «to das^las^form ^ d ^ V so ciá ciórvrffc^ m ón / fll.p ar^ ^ jfQ rrn a r
parte~de ja~asocia~c;ióTi;po"ljtiüa¿^(£rf'cfl a N icóm a co, 8, I 160a 7). Sin
em bargo, incluso esta politización de las formas sociales no es en
teram ente nueva; y la diferencia estriba más en la com plejidad de
las interrelaciones entre tipos diferentes de asociación que en la
subordinación de un tipo a cualquier otro.
0~ cárn b iode'énfasis£olpca"eñ~prirfreradineaaspectosde-lá-aGtjvidádqPrñunquesQ ñm enos~visiblH .en^l'periodo:arCaicQ aunque,
sin em bargo, son importantes. Los orígenes del trato social p olítico
se han colocado a m enudo en la concepción de un «hogar com ún».
El culto de Hestia y la existencia de un «h ogar com ú n» para la polis
son fenóm enos extendidos por toda Grecia (si es que no son univer
sales) 28/E O îogâr!d^la^ucl^^X m cu lâ^ia7existençiaidëûTffT\Îëgo
eterno,~y. am bos'ófrecen^unarímagen'-simbólicadedá^cQfnünidád'' r
políticS c o m o ^ jt grupolde^fáTmlTa; tal com o la novia toma fuego
lüel hogar paterno para llevarlo a su nueva unidad familiar, así los
colonizadores tomaban fuego de la ciudad madre para su nueva
fundación. EStelfimt5phsrno_puede sermmy_bië~n uno dèdos'gigTiôs
más antiguos de una nàc~i^te~(Ô1 ïTa^de_concienciá.com ó~polis:¿fonto el fuego com o el hogar se custodian en un santuario o ed ificio
público y se encuentran bajo el control directo de los magistrados
de la prim itiva ciudad aristocrática, en contraste con otras formas
de culto de la ciudad que son administradas p o r colegios sacerdo
tales que pertenecen a grupos hereditariosfErTAtena??y, a menudo,
en otros lugares, e,l~hogar'<:om ú n»^estuvo~l5ca]izado~en~el^pritaneó^ elT'e^ifig i ô p 'èciâlirdëlTprinc ip a 1, magist rado ~ elrtrarconle^g p Ó3 Í
U/nrfuñción delT^ntáneo reíacion a d jrc oTrla anteriôTTfuería~de
ser-el^ gar-p rin rip al^ëcôm en sâlla^p u b licffn ios otros arcontes te28 Gem et (1952); Malkin (1987), cap. II.
270/Oswyn Murray
nían también lugares de! m ism o estilo para com er, pero eran de
m enor im portancia. Aquí los arcontes, en su calidad de gobernado
res de la ciudad, agasajaban a los invitados de ésta; esta práctica
pretende derivarse ininterrum pidam ente desde el más antiguo es
tilo heroico de com ensalía, que se vio afectado cuando la labor de
agrupación llevada a cabo p o r Teseo tuvo com o consecuencia la
abolición de los pritaneos locales y el establecim iento de uno cen
tral en Atenas. La hns ti'ttrtriofL es aristocrática" el ritual no im plica
com ida com ún o representativa alguna sino una com ida honorífica
de una élite. GbTmér erTel'pritaneo-es; realm ente?.el más^lto~h5ñOT
qu^lSTiïïdâÜ ^ é m o cratié^-pïïede otorgar y es un-hónór.al_que-ñiny
gú πχπτigm b ro ó rd iHarto d eVdémos puede-aspirar^ Esta es la fuerza
que late tras la petición irónica e insultante de Sócrates, basada en
su con vicción de que, en vez de un castigo, se le debía ofre ce r cornér gratis de p o r vida en el pritaneo (Apología, 3 6 )29.
De hecho, el derech o a co m e r perm anentem ente en este lugar
está en manos de una élite de corte aristocrático, definida por ley;
una ley ateniense de m ediados del siglo v, conservada fragm enta
riam ente, lista co m o gente con este derecho a los que llevan el títu
lo de sacerdotes de los m isterios eleusinos, a los dos descendientes
más próxim os de los tiranicidas H arm odio y Aristogitón, a los «e le
gidos por A p o lo », a los que han ganado una de las pruebas más imj portantes de los cuatro grandes juegos internacionales y (probable! m ente) a los generales (IG , 1 3 , 131); los arcontes habrán estado
• también en esa lista. Aparte de esto, una invitación a co m er en el
¡ pritaneo fue una especie de xenía ofrecida a los em bajadores extranjeros, a las embajadas que retornaban a Atenas y a aquéllos a
' quienes la ciudad deseaba honrar de form a especial. Estos privile■ gios se am pliaron y usaron con m ayor frecuencia en el siglo iv, y
entraron a form ar parte de los honores norm ales votados por la
asamblea para los benefactores de la ciudad; p o r ejem plo, aquéllos
a los que se les con cedía la ciudadanía eran invitados a c o m e r al
pritaneo y, a fines del siglo iv, se podía otorgar a alguien un dere
cho de sítésis perm anente e, incluso, en ocasiones, hereditario.
Las leyes religiosas de la Atenas de época clásica contienen tam
bién un núm ero de referencias a otras personas con derecho de sitesis en el pritaneo o en otro lugar; se les llam a con el nom bre téc
nico de parásitos (parásitoi) y, a menudo, parecen ser ayudantes
oficiales de los arcontes, de los sacerdotes o de un culto religioso
particular; los parásitos del arconte basileo se elegían de entre los
dem os oficiales del Atica; eran responsables de la adm inistración
de los diezm os de cebada y tenían un ed ificio propio. El uso dcspcc29 Miller (1978); Henry (1983).
ni homln'C
y las formas
de sociab‘didad/27 I
livo del térm ino «parásitos» deriva de este uso oficial y es una res
puesta popular a la tradicional práctica aristocrática de que los que
ocupaban cargos públicos com iesen también a expensas del erario
público-30. Hl carácteraristocrático de tal forma de comensalía está
bien subrayado en una cita poética:
Cuando la ciudad honra a Heracles con brillantez y celebra sacrificios
en todos los demos, nunca convoca para estos sacrificios, echándolos a
suerte, a los parásitos del dios ni tampocoelige gente al azar, sino que selec
ciona con cuidado, de entre los ciudadanos nacidos a su vez de padres ciu
dadanos, a doce hombres que posean propiedades y hayan llevado una vida
intachable (Diodoro de Sinope apud Ateneo, 6. 239d).
Layprá c t i c a~~de~corncr/enel-príla n e o e s un a i nst itu ci ó mp rim i l iva
dejjestadQTaristocrátiépflconservada y desarrollada en el periodo
clásico com o parte de un sistema de honores. Pero ~trUTrea~lùg7nπ'a
fofm ârdë^O Tn^nsaliaÎünlpâftîdâlîor^là C0'munidad:políti^ ; c o iup
u rrto d o 'y a fuese directa o sim bólicam ente por m edio de la selec
ción de los representantes del pueblo. El único ejem plo en contra
de esto que conocem os, la com ida en el pritanco llevada a cabo por
el pueblo de Náucratis en ciertas fiestas (Ateneo, 4, I49ss.), se re
fiere a una polis excepcional, creada a partir de com unidades que
ya existían separadamente. Estent i pTTtiSIcómen sal í a^po i],l l a n t o ?
^ p ^ ÿ e n ta T O T T fà H à p tâ c iô n ^ ^ la s tc o s tu m b re s ^ n s tQ y fa tic a s f^ l'
itfuñd c ^ e TgTpó7isi1Encuentra además su expresión arquitectónica
en los hesdatória oficiales y públicos, hileras de habitaciones para
com idas simposíacas que se hallan en centros ciudadanos y en
santuarios de im portancia com o Braurón, desde mediados del si
glo vi en adelante: estaban reservados seguramente para las com i
das oficiales de una élite de magistrados, invitados importantes y
sacerdotes31.
El'estad g~âtënjënse poseía otro"centró -dè.comidâs públicas que
eyaiyeñdáclerameriteTdémocrático^En su calidad de institución de
un consejo anual elegido por sorteo para preparar los asuntos de la
asamblea, había cincuenta prit an es que se encontraban a la vez de
servicio y, por;lo tanto, se les asignaba una cocina y un com edor en
la Tolos. Este ed ificio circular tiene una configuración inadecuada
para un banquete en el que los participantes se reclinen y no puede
haber albergado el núm ero de lechos que se debía haber requeri
do; su arquitectura nos recuerda Jas skiáso refugios para uso popu
lar fuera de los muros de los santuarios y sugiere un tipo de distin
go Véase la erudita discusión acerca del parásitos en Ateneo ó, 234ss,.
3t Bórker (1983).
272/Oswyn Murray
ción entre comensalia sentada y recostada. A los m iem bros del
consejo se les proveía de carne sacrificial, pero también de unas
dietas en metálico. Es característico que no poseamos ninguna in
form ación detallada sobre esta form a de comensalia práctica no
hon orífica32.
^Le^ ^ ^ g * ^ ^ á t i có~átériiéffsé'ñüñca desarrolló ritos u niver
sales TlsycOrnensália tal com o los de Esparta. Sin em bargo, «los le
gisladores [...] dictaron reglas para las comidas de las tribus y de
mos y tíasos y fratrías y orgeones» (Ateneo, 5, 186a): los detalles
para la regulación de las fiestas estatales muestran con qué am pli
tud legisló el pueblo ateniense hasta crear una com pleja red de cos
tumbres de comensalia que expresaba el sentir de una comunidad
política unida por un ritual religioso. Se pueden distinguir cinco
grandes etapas en este proceso, aunque es casi im posible determ i
nar cuándo se introdujeron determinadas prácticas. La leyes de So
lón, a principios del siglo vi, establecían reglas para el pritaneo y tal
vez el consejo, lo m ism o que para ios banquetes privados aristocrá
ticos y los religiosos; se reconocía ya una amplia gama de asocia
ciones:
Si un demo o phráiores u orgeones o gennétai o grupo de bebedores o
asociaciones funerarias o cofradías religiosas o piratas o comerciantes esta
blecen una reglamentación entre sus miembros, ésta será de obligado cum
plimiento a menos que entre en conflicto con las leyes públicas (citado en
Digesto, 47, 22, 4).
Las actividades de los tiranos al organizar algunos de los gran
des cultos atenienses, los misterios de Eleusis, las Panateneas y las
Dionisias habrán tenido algún efecto sobre el sacrificio com unita
rio y el banquete. Más importante fue la organización por Clístenes
(508-507 a.C.) de una red de instituciones oficiales locales, demos
y fratrías, que regulaban el acceso al cuerpo ciudadano poniéndolo
bajo la supen/isión general de la ciudad; todas ellas tuvieron (o ad
quirieron pronto) ritos de comensalia. A finales del siglo v, las leyes
religiosas de Atenas fueron codificadas por vez prim era p o r Nicómaco; a este periodo deben pertenecer la m ayor parte de las citas
que conservam os de leyes referidas a asociaciones religiosas33. Fi
nalmente, la restauración de las costumbres religiosas tradiciona
les asociada con el p olítico dem ócrata conservador Licurgo (338322 a.C.) trajo consigo una reorganización financiera y religiosa y
32 Schmiu Pantel (1980); Cooper y M onis (1989).
33 Vcasc el discurso de Lisias Contra Nicótnaco, 30.
El hombre y las formas de sociabilidad/273
la am pliación de los rituales más importantes del banquete34.
Com o resultado de este largo proceso, la fusión entre las institucio
nes ciudadanas y el trato social que se expresa en los banquetes re
ligiosos es casi com pleta y todos los grupos sociales, privados y pú
blicos, com o los m encionados en la ley de Solón, incluso dirigen
sus asuntos siguiendo el m odelo de la asamblea de Atenas, con o fi
ciales, propuestas y decretos sobre organización interna o en ho
nor de «benefactores» y procedim ientos oficiales de contabilidad,
a m enudo inscritos en piedra; todo funciona com o si estos grupos
fueran ciudades en miniatura dentro de la ciudad.
Las grandes fiestas comunes de Atenas ilustran la complejidad
de estas relaciones. Uïï3“d'e lasJiturgias importan testes dëoir^cTias»
obligaciones per-iódicás^que tenían los ricosde-Atenas;^ fue Ja Jííü f ?
g i á ^ é ^ ^ ^ ^ 'sf orséá^la.provisióñ^He-un-banquete patu'los mienvbfbs~de suJribÛ dûfântë'ÎoTfêstivàles dlTlasOi oriis i as iy las. P á ná t e neas? Parece que el sacrificio de ia ciudad proveía de carne para
una gran distribución ya que, por ejem plo, en las Dionisias del año
334-333 a.C., llegaron a sacrificarse un total de 240 vacas. La distri
bución se organizó por dem os en el Cerám ico, tal vez junto al Pow peion, a las puertas de la ciudad, donde las grandes procesiones te
nían su lugar de salida: en este sitio se han descubierto tanto habita
ciones para com idas oficiales com o huellas de banquetes popula
res35. La liturgia, que consistía en ofrecer comidas a la tribu, fue
probablem ente parte de esta celebración y, mientras la ciudad
aportaba la carne, el rico de turno se ocupaba de organizar el resto
de la cerem onia, igualm ente, en el festival de mujeres de las Tesm oforias, se elegían co m o presidentas dos viudas de hombres r i
cos, las cuales tenían que proporcionar el alim ento para las fiestas
organizadas en los demos. De esta manera, ehpueblü7e>ügía~aios-ricos; como-parté"de"süs^3ib è res cívicos^que^proporcióTTa'f^nrcomi!d5slitü^l^^l~s.éctor7de!lá.ciüJladañ~iáál que áqiTélio^p_ert_enec£aiT?
Dêbmismo-estilcTéra ê l dèbêf-quë^teni^rrn hombreTrico de agasaj<^Jïj0s!m ëm brosdesu :dF m ocu an d o’celêbfaBà'ün~bàTrqueteld,e >
esportéales? Pero, fandgm ëntalTfrente?losTitoSTlelpaso del'ciudadano^ate niense se centraron eñ lá'frátríayclcn ii'o de una serie de ban
quetes relacionados con la vieja fiesta jonia de las Apaturias. Había
funcionarios públicos que vigilaban el banquete y tenían la obliga
ción de prop orcion ar parte del alim ento; pero la carne debe haber
venido de los sacrificios ofrecidos por los padres en nom bre de sus
34 Sobre las reformas de Licurgo véase Schwenk (1985); Humphreys
(1985).
35 Sobre el Pompeiou como «Fesiplatz», véase Hocpfner (1976),
pp. 16-23.
274/Oswyn Murray
hijos. Tres.cerenTonias sacrificiales en las:Apaturias'marcâri:las:eta‘-~
,pas~dg~lgrtï^ s i cion_^ël^ve^atefliens~ë âl~ëstâ85 adulto-compîè'to:
eVmëTon, cuando tiene lugar su prim era introducción en el grupo;
eljTcoiirë/ôii, en la pu b e ri a d ,/yJasgïTm ê Ifai ; en el m atrim onio; cada
una de estas ocasiones se caracteriza por una fiesta ofrecida a los
com pañeros m iem bros de la fratría y es este acontecim iento públi
co el que sirve co m o prueba de la legitim idad del acto. Puede verse
aquí có m o ritos y.actos qüé7^Íginaiiám eñte7-pertenecéñál^griipo
familigr^së~l'ban'rtran5forTnado^p_otJTlaracciôn'dêTlaTciudad'ren-runa ,
práütica tfnivgrsal y aKm'a~sii^en''c~ófrn5TriteriÓ¥lléJegÍtimacióñJv^
ciudadanía?
To~das'estas~manipulaciones-de;Ía'comensalíaidentr.o d e ja Ate
rí as'dem ocrática soiMestimonio-rdeTunJargo proceso-deHpolitiza-^
c,l bTTde 1â s~cos tu mtmfl~basadas ~en-ë1 alim ento incluidas en el trato
social ^ tg T m 'cTlugar. dentro'de la ;;ó/í5ya_désarrol ladS; pueden ser
consideradas, en parie, com o la continuación de costumbres más
antiguas y, en parie también, co m o la disem inación ciudadana de
costum bres antes confinadas a clases determinadas o a unas deter
minadas ocasiones.
P o r supuesto,^ â ^ m e n s a ria prix^â^su fe i^ Îô^centrâcla en lâinsti tu c itm 3'T jj o~s^del* sim posio, AnsstéT continuo-siendo -considerado
ç^ m ô pOTirrdé.ün cgilo^déTvida-aristocráticorAristófanes hace un
retrato de su héroe populachero F ilocleón en Las avispas en el que
lo pinta co m o alguien que desconoce la manera correcta de com
portarse en el sim posio, al que hay que enseñarle cóm o recostarse
y m antener una conversación educada; retrata finalm ente su parti
cipación exageradam ente entusiasta en la reunión y có m o se llevó
a la flautista y hubo de regresar a casa perseguido p o r airados ciu
dadanos cuya propiedad había dañado durante su kómos de borra
cho (Las avispas, 1131-1264, 1292-1449).
______
E S tos:gm p osaristü crá ticóscómbiñábán7cóstumbres-simpostacas'com actividadesTioliticas en el seno de asociaciones-políticas ó
lieteriasY/i^faïrëÎàij^organizadas para «in terven ir en los procesos y
en las eleccion es de magistrados» (Tucídides, 8, 54); un p o lítico de
m ocrático co m o Pericles o co m o Cleón, cuyo p oder descansaba en
la asamblea, aparece retratado co m o alguien que evitaba los
sympósia, ya que éstos tenían connotaciones políticas aristocráti
cas. Platón describe a los verdaderos filósofos com o aquellos
que
desde su juventud no conocen el camino de la plaza ni dónde se encuentra
el tribunal ni la asamblea del pueblo ni ningún otro edificio público de la
ciudad en el que se.celebren reuniones. En lo que se refiere a las leyes y de
cretos, sean éstos leídos o escritos, ni los ven ni los oyen, y los esfuerzos que
El hombre y las formas de sociabilidatl/275
llevan a cabo las heiaireiai para conseguir magistraturas, sus reuniones,
banquetes y fcómoí çon acompañamiento de flautistas no se ponen a tiro de
aquéllos ni siquiera en sueños { Teeteto, 173d).
A Îiïïalg^ëlsiglov-tales-jTetei'iasllegarOriiâ.sejvlabase.pai'a'.una'
t^olüciotT^^igàrqujcayaj^org^)izàr*àsesi'nntos-ca!lejëTosTdejsus>
dppnen tes~y~prop orci onar los cu adrosllirecnvos -para-iuT_~gojpe^ée
igstado~en~er~añO'4 ~H a.G. EÍ desarrollo de la actividad política elitis
ta dentro de la ley hasta llegar a la stásis se vio ayudado por el papel
que desem peño la pisiis o com prom iso de solidaridad (véase su
pra). ErTëVano^Âl La.C.Tlós asesinatos de ÔponenteVpolíticos fuei;5Trdescritos com o-una íorma-de-pi'sf»5, j^va en el 415 a.C. la siste
m ática m utilación de los Herm es itifalíeos, situados a las puertas
de los hogares atenienses, se consideró com o la obra de Meterías
que planeaban la revolución; las investigaciones subsiguientes re
velaron la existencia de varios grupos aristocráticos que cometían
deliberado sacrilegio al representar ios misterios eleusinos en los
simposios. fyadQ iene, d ê ^ r o ^ u e - la ?~estauradajdeffîQcraCia~del sj;
gló~iv"gfoKibTesefórmálm eñteiásheiefiasj:ctnstituidas'p~ara'dert;op a r ia'dcm ocraçîa (Dem óstenes, 46, 26); los juram entos de los ciu
dadanos de otras ciudades contienen una promesa explícita: «N o
tom aré parte en una conspiración (synómosía). En Atenas, sin em
bargo, ésta fue una cláusula excepcional: norm alm ente, los ata
ques bajo los efectos de la borrachera y los sacrilegios menores
(co m o orinarse en cualquier lugar sagrado a la vera del cam ino o
robar y com erse la porción de carne del sacrificio asignada a los
dioses) fueron los lím ites del sacrilegio; algunos grupos se dedica
ron también a parodiar los tíasos hom éricos, dándose a sí mismos
nom bres obscenos y celebrando sus reuniones en días de mal agüe
r o 30.
ES‘tàTàctividad"artormalresTtn:reflejo:de.Tla_acti\fi'dâcl:norm‘al*îic
1qS'tiptsqs-yyorgepnesi a sóc iac iOTTeg i vadSsIo. serñ ipü b 1i c as;p arêve l
c a lto~g~dioses concretos, que, p o r supuesto, habían existido desde
siem pre y ya habían sido reconocidas en la ley de Solón; gmla jp g ^ j
c a'T rásic|Tprólifé ráiünTjuñTóTo rTe 1Tultóde^lós^HeroesmenóreS^/'
laTdëidàdesi2Xt,fanjéràs? La actividad básica de todos los grupos de
este estilo era lá com ida com ún que, tras un sacrificio, se ordenaba
de acuerdo con prácticas concretas según cada culto, aunque, ñ or-.
malm ente, incluía deîpnon y symposion. Aristóteles describe los fi
nes de tales sacrificios y reuniones com o «honrar a los dioses y con
seguir relajación y placer para sí m ism os», y pasa luego luego a cía-3
6
36
Sobre las asociaciones atenienses y su pape] político véase especial
mente Calhoun (1913); Murray (1989b).
276/Oswyn Murray
sificarlos com o realizados con vistas al place»· ( Etica a N icóm aco, 8,
1160a). Otros grupos admiten una clasificación atendiendo a su
función: el éranos fue en un principio un banquete organizado so
bre la base de contribuciones compartidas y se transformó, con el
tiempo, en una importante institución para la ayuda mutua m e
diante el préstamo de dinero sin interés a sus miembros; a menudo
se centraba en un culto e incluía banquetes comuñas. Igualmente,
grupos Itinerarios aseguraban una sepultura digna a sus m iem bros
después de su muerte pero, durante su vida, llevaban a cabo una
función social entre ellos.
>
De hecho, la ;m uert^ fü e^ u n 'área'ntro b lérnáUcar Emgen'eraíala**
Gomensahamodlega~m¿s~allá~deila'turTiba>pero fueron tan im por
tantes estos ritos en vida que a|gunosi:ültq's:intentaron:foijar,’,'CQn
vistas â~süs~adeptü^l^-creenciâ^nTuh.simp5si5rêtéfnc? Platón des
cribe las doctrinas órficas en estos términos:
los transportan con la imaginación al Hades y allí los sientan a la mesa y or
ganizan un simposio de justos, en el que les hacen pasar la vida entera coro
nados y beodos, cual si hubiera mejor recompensa de la virtud que la em
briaguez sempiterna (República, 2, 363c-d)*.
El m otivo fundamental para hacerse iniciar en los misterios de
Eleusis lite, ciertamente, que éstos proporcionaban una garantía
de vida simposíaca tras la muerte. Pero tales creencias sirven úni
cam ente para hacer hincapié en la separación general que existe
entre los placeres sociales de la vida y su ausencia una vez muertos.
Sólo los héroes podían escapar de su hado mortal, y en la época he
lenística fue éste un factor importante en la difusión del culto de la
muerte heroizada37.
^ T ^ t mtô"litër5riôJâü"tôcgTÎsc iente',de~la~c om ensal i a~cn^ehpe riQyd g t lá sicü^t'ieñ géX h a cer.ca so o m jso"dëJà!3imensioïï’ rël igi.osa"yrse
jiTTtgfcsa fuñdamentalmente-ponel^ignificadó^sóciál'délT itg » El pri
m er intento de escribir biografías, llevado a cabo por Ión de Quíos,
asigna un lugar importante a los diversos hom bres ilustres con que
se ha encontrado en los simposios y juzga su carácter de acuerdo
con ello. Un aspecto favorito fue, ya en esa época, lo tocante a las
costumbres extranjeras com o m edio de m ostrar la «alteridad» de
los bárbaros (H eród oto y E l cíclop e de Eurípides), que no co m
prenden las reglas de la com ensalía civilizada. Las costumbres de
las diversas comunidades griegas son analizadas por Critias com o
37
Sobre el pretendido motivo artístico del Toieiwiahl, es fundamental la
critica de Dcntzcr (1982).
*.l.a traducción es de M. Fernández Galiano (Madrid, 1969).
Ei hombre
y Jas formas
de sóciabilidad/277
una prueba de su carácter moral. Estos autores, junto con los retra
tos de simposios que la poesía arcaica nos ofrece, son los precurso
res del genero filosófico del Symposium, establecido por Platón y
Jenofonte en sus retratos de Sócrates. En estas obras, los rituales
que animan el discurrir del sim posio y su conducta determinan
tanto la estructura com o los temas de la discusión. PuesTrine-lu s o j»
entfë~lüs~fi’10Tôfâs.~cirarnor-:(el-amor-h'omoSexûansâbre-tod Ô)“ ësPe !
ùm cojtem a^^ecLiâdÔ'ip^râTlâ ^ iscüsrôrr~en3m^ impüsio^v Platón,
gracias a su habilidad para evocar una visión mística del poder del
amor, muestra al menos su com prensión de la atmósfera del sim
posio. Más tarde, en Las leyes, nos ofrece una com prensión igual
mente profunda del poder del vino y de la com ensalía para influen
ciar las almas de los hom bres y llevarlas hacia fines sociales3*.
Resulta~a5Í7quedas-relacioneS7pérsóJñ^'€S'ds~arnor.'vide'amistad**
¿ouTTpafa'lÓsygri^gos^fénom enos ‘ sociales? ATÎstóte i esTd éfi ñ e ¿fe
amista'd^nTenpinôsMe~grupb-sôcïâl [p u estead jrio rm a ^dearoistâcl P
¿implica asoci5cioTñ>5bnurnera la amistad de los parientes y de los
camaradas, la que existe entre los ciudadanos, entre los m iem bros
de la tribu, com pañeros de viaje y la que se expresa mediante lazos
de hospitalidad. Cada uña deís t a s ifnplica.asociación_f/cmFró7ü'gJ7^'
\iTpo1ises dgfirridg7 ^ ^ 1 üsTñrsmostcrmiñosr.c.omo_una./cd'hróníg^en
slTíTismaTquera'suTyezrsexomporre-dé-una-red dolcoi ñóñíat^E lie a
a N icóm a co, 8, 1261b). La^vida^debhom bre'Seyencuentra^c.eñida/:
5 **
/siernpye p o r lazos dé cprnpañérismo~que se'expresampOr'rnedid*Hé
ritqs^ sociales, .a^m enudo^m anifestâdôTrm ediant^ialcorhëiTsâlia?
/pero.Que*incluyen tam biéñ'Tareligión. cl'clepone7lâ~ëclücaciôn y la-^
/'guerra^Qué significa una clase de vida com o la descrita, en térm i
nos prácticos, es una cuestión que se encuentra adm irablem ente
expuesta en una famosa alocución que tuvo lugar e] año 404 a.C.,
durante )a guerra civil:
Ciudadanos, ¿por qué nos expulsáis? ¿por qué queréis matarnos? Si no
sotros nunca os hicimos ningún mal, al contrario, participamos con voso
tros de los ritos más sagrados, de los sacrificios y de las fiestas más hermo
sas. fuimos compañeros de coros, condiscípulos y compañeros de a/nias y
muchas veces con vosotros corrimos peligros por tierra y por mar en defen
sa de la salvación común y de nuestra libertad, la de ambos partidos. Por los
dioses de nuestros padres y de nuestras madres, por nuestro parentesco por
sangre o afinidad y por nuestra amistad — pues muchos participamos de
todo ello mutuamente— respetad a los dioses y hombres y cesad de ofender
a la patria» (Jenofonte, Helénicas, 2, 4, 20-22)*,
38
Para el género literario de! simposio en filosofía y literatura véase
Martin (1931); para Platón véase Tecusan (1989).
* La traducción eá de O. Guntiñas Tuñón (Madrid, 1977).
278/Oswyn Murray
Eñr¿ná~sóci¿ciad ~côrnô" ésta :la lib e ria ^ d e .è x p re s iô n 'del Jndivl·
duo, en el sentid^actüalTñoexiste ya que éste es considerado sieirr
pre-conrcrun àn1mal~so~cial;;nunca está a solas con su propia alma.
Sin em bargo, existe una diferen cia én treia s~so<nedades préadas en?
to rn o a uña co n cepciôn_unificâdâPdê la c o m ensal ί57ρσΓη o es Espaty
ta—y -e b e o m p le jo m u ndo*dqAtenas; así piensa Aristóteles cuando,
criticando las simplezas del ideal platónico de la com unidad consi
derada com o una fam ilia universal, nos dice lo siguiente:
¿Cuál es la mejor manera de usar la palabra «mío»? ¿Que cada uno de un
grupo de doscientos o trescientos deba emplearla con el mismo significado,
o bien, lal como hacemos en las ciudades en la actualidad, que a la misma
persona uno la llame «mi hijo», otro «mi hermano», otro «mi sobrino», y lo
mismo se pueda hacer con respecto a otras relaciones de sangre, afinidad o
matrimonio, según sea quien hable, c incluso le pueda llamar alguien tam
bién «mi compañero de tribu»? (Política, 2, 1262a 8-13).
Es-elTorTceptri^édnd'ÍvÍduo el qûêÎàltâTfrAtenâs.'iTolErdëTùdib'ertad. Existe,“píre S’, una libertad personal, Lma^capacitiad pafáiqlie
c ^ ^ u ^ i v á c o m o quiéra » ,vqu e es parte del ideal ateniense>ci5nsiste en ja lib ertad-de e leg ir entre la multiplicidad de lazorsociâlës
que^coiñeiden'en~parte,o>' en contrar así un puesto individual para
uno m ism o m ediante una especie de libertad que se lim ita a llenar
los espacios que quedan vacíos en la com plicada estructura/una»
« lib ërf adliniérsticial »7"éñ 'suma* SI gué! s i end oTésta^LsinTénTbango,
ιί n a l ibërtâd'socializada, u ña"I i tíetiad q u e f ësül fa~clê~lâ ségu ri dad -dp*
estar~coñectadoÍc ό η ,m u clips ' lugares^9·
É l "hombreh etetus tico*
D S s:form ^ ctmtrapuestas:de:prgamzación^pcial-han-dominado'
emel'irtuíTdo~helemstico?v han dejado sentir sus efectos en los ritua
les del trato social; fueron éstas la^çprtaTxd'daTderlosTrsiïiOs'de.rlos
Bià’docos.ysûsToficiâlësisubordinadosr-pot-iüniador.yrde^trâ-parte?
la transfonîïaciôm dë^lôFrifuâlés'cIvicosvantenores^en Iporganiza^
c i ón_colpnial "ex Clusiva“de:1arpólisi que se extendió a lo largo y a an
cho del antiguo Im p erio persa desde Afganistán y el norte de la In
dia hasta Egipto y el norte de Africa.
Líaxojnerísalíá real macëddm â/ém là^ucsirbnsaisTderlos.reinas
dédos~D»àdoéüs7;reflëjâbPTa9icicrires:griegas rnuchtrmás-antiguas:
en muchos aspectos, recu erd a al?mimÎlo~homérico,-y, aunque.adop-3
9
39
La discusión sobre la libertad del individuo en la antigua Grecia co
mienza con Constant (1819).
El hombre y las formas de sociabilidnci/z/y
tÜ7mvch2S..costum'toí*55':grie'gSs,táí'3iás5(com o, por ejemplo, el co- i
m er recostado), se~cdn ci b i ó ;si cmpre:eñ-t íñ â escala müch<rmayoi> |
E lré^'stB xóm p añ er’ós^Vañ-úlñ^élitéáTist^ráticaquC-CljrfríSj'iíiT·
(á^a^m enüdóToñim Qcliós iñvifadospel alim ento previsto era mu
cho más abundante y, además, los m acedonios fueron célebres por
su m ucho beber. Algunas praclicasTlraclicíónales revefámlá'fdrrWa
emque-adaptaronrias c ostumbres griegas; p o r ejem plo, la regla de
que un hom bre debe haber dado muerte a su prim er jabalí en una
cacería antes de que le sea perm itido recostarse en vez de sentarse
(lo que refleja la distinción griega común entre adultos y chicos jó
venes), o bien el em pleo de la trom peta para señalar el final del
deîpnon y el principio del sim posio404
. La disposición del com edor
1
.para tan grandes celebraciones es poco clara; muchos de los gran
des edificios que hemos encontrado en el periodo helenístico tie
nen rasgos que sugieren un conjunto casi independiente de grupos
recostados dentro de una sala. Los problem as de reconciliar la tra
dición griega de la igualdad entre los participantes con las realida
des de una corte real se ejem plifican mediante dos tipos de anécdo
tas opuestos: el p rim ero de ellos hace hincapié en la tradición del
«lenguaje lib re» (parrhésía) p o r parle de los cortesanos en el sim po
sio y en la aceptación de una igualdad dentro del banquete por par
te del buen rey; el segundo describe pendencias, peleas de borra
chos e incluso asesinatos perpetrados por el rey inflam ado de real
cólera, la corrupción del poder y también la imposibilidad de que
exista verdadero com pañerism o entre quienes no son iguales.
Es^steléirestir6~dë.entrëtem rni£ntg'qüj5 “Caracteriza ~a:la~corte
helenistiüarsiTrdudaalguna-con-una-mezcla-de.costumbr.espersás?
H ’ reyry.sus oficialm en te llarnados;jramigos»-constHuian-un-grupo^
queT’conTfrecuenciáT^comian^iuntos Yrdaban-'también-abundantesT
exhib ic io nes públlcas~deduio~real,-tal lu jo {ttyphé),se:conyiriió;s3'
gïîiên^ô^lTTredélôpërsà,'_ën urm auténticavirtud-reaM -as celebra
ciones de fiestas fueron verdaderam ente espectaculares; se ha con
servado una larga descripción de una de ellas, ofrecida por Tolom eo Filadelfo en Alejandría (Ateneo, 5, 196ss.)4'; incluida la fiesta
una extraordinaria procesión y un sim posio rea! celebrado en un
pabellón levantado al efecto, que es descrito com o capaz de alber
gar 130 lechos dispuestos en círculo. El ed ificio estaba decorado
con pinturas, colgaduras, obras de arte y armas ornamentales ca
racterísticas de las habitaciones en que se celebraban simposios;
doscientos invitados fueron colocados en un centenar de lechos de
40 Para los svmpósia macedonios véase Tomlinson (1970), Borza
(1983).
41 Sludniczka (1914).
280/Oswyn Murray
oro, con doscientas mesitas de tres patas también de oro. Las copas
de oro con piedras preciosas incrustadas que se usaron se expusie
ron en un lecho especial y el valor total de estos objetos se cifró en
diez mil talentos de plata (en torno a 300,000 kg.). Por desgracia, el
banquete en cuestión no es descrito ni tam poco lo es la form a exac
ta en que se distribuyó la enorm e cantidad de vino y de animales
para el sacrificio que se exhibió en la procesión; sin em bargo, pese
a todo este elem ento maravilloso, la cerem onia se estructuró de
acuerdo con los ritos tradicionales de la comensalía griega. Otros
soberanos no podían rivalizar tal vez con la riqueza de los Tolomeos, pero su propia vida cortesana tomaba com o m odelo el m is
m o estilo sim posíaco y ofrecieron igualmente una ostentación pa
recida en sus fiestas.
En la esfera privada, Ateneo describe también la fiesta de espon
sales de un noble m acedonio de gran fortuna (4, 128ss.), también
de estilo griego, pero con entretenim ientos y regalos de utensilios
de oro y plata tan abundantes que «los invitados están buscando
ahora casas, tierras o esclavos para com prarlos». Con frecuencia se
afirma que los utensilios de mesa de oro y plata fueron raros en la
época clásica y se hicieron comunes sólo en el periodo helenístico;
y, ciertam ente, el acceso más fácil a los.metales preciosos que tu
vieron los m acedonios tiene que haber sido la causa de estas cos
tumbres diferentes, especialm ente después que las conquistas de
Alejandro hubiesen abierto las puertas de las reservas de oro y plata
del Im perio persa. Incluso se ha sugerido que la decadencia de los
patrones artísticos de la cerám ica pintada griega podría estar rela
cionada con tal cambio. Pero si bien es verdad que, en la época clá
sica, el metal precioso estuvo reservado, sobre todo, para usos reli
giosos, y que el lujo se extendió más y más mucho tiem po después,
tam poco habría que exagerar el alcance del cam bio en la época he
lenística: en el siglo i a.C., Juba de Mauritania afirm ó que «hasta el
periodo m acedonio (inclusive) la gente se servía en las com idas de
objetos de cerám ica» (Ateneo, 6, 229c) y que el uso de plata y oro
era una reciente innovación rom ana42.
Las nuevas ciudades griegas de la época helenística fueron
asentamientos coloniales en un paisaje nativo indiferente y, en oca
siones, hostil; sus instituciones reflejaban un deseo de m antener y
reforzar su identidad colectiva y cultural: mientras que en el p erio
do griego clásico el hom bre había encontrado su verdadera expre
sión en la acción política y, por lo tanto, tendía a subordinar otras
42
Estas breves notas no hacen justicia a la contraversia de gran alcance
que hoy día existe en torno a la relación entre plata y cerámica, comenzada
por Vickers (1985).
El hombre
y las formas
de soeiabihdad/281
formas de trato social a este aspecto de la pâlis, ser.-ufi-çiudadano
efrtârèpocâ"hëlënisticS7sirTë“mbargo7erapcrtenecer:àJDna.éiitecal?7’
tüTïLheiéniea? en'to’rno-a7está"ñntva‘o5ncepóióñ'clé la’cTudadañta
sé ties<nTollarqnmuevas formas-de trato social;y_el ban;que^eiuda-.j*
d à n ô Iïu fn o 'Îm â ^ F e m ô d éla ciô Î^ c ^ i^ ëx p en im ^ iiÎcn ltn râ b 3.
En este proceso la educación tuvo gran im portancia. Ya-g m la1;
Atënas',de-finales~del~siglo iv rel acceso aí-cucrpo'de c iudadanos ha- ;
b m /sido~ofgâ^iz^'ô~,TtrediaTYteTun~p eriodo~otic i alideiiniciació_n,^l_a ;
efëb'iaY^/fêbT/Qjrdürânte-cÎxm âl-lddosld^ciiïd "darvosvaronesem ;
trêd'8'ÿ'2G^n0sT5ëdntëgfâban én uña iñstñJCcióñ^a’iia véz educad vaí
y7milÍtaxíb;ajo;ÍáTSü^éfvHibñ'de_fuñcióñários déllé^tadó? estos efe·.1
bos~constitufaTtTclases segÚBisu^edadrjlas-rCualesvténdijanTauperpg1·>
tua rse ^eñ} ñ fù à 1esTdeicom ëri sa lía. En las ciudades helenísticas se '
im partía una educación oficial en el gim nasio bajo un funcionario
estatal, el gim nasiarco; el derecho a participar en esta instrucción
estaba profundam ente vinculado a la ciudadanía, de m odo que,
p o r ejem plo, muchas de las disputas que tienen que ver con las pre
tensiones de las com unidades judías a obtener una ciudadanía de
pleno derech o dentro de una ciudad griega se expresan en térm i
nos de un derecho de acceso al gim nasio y locan los consiguientes
problem as de tener que estudiar textos literarios no judíos y hacer
ejercicios desnudos. La institución del gim nasio fue común en am
plias áreas y a lo largo de largos periodos de tiem po: la misma c o
lección de 140 preceptos de origen deífico se ha encontrado en el
gim nasio de Ai Khanum en Afganistán, en la isla de Tera en el mar
Egeo, en Asia M en or y en Egipto. Grupos de ephéboi varones y néui,
por tanto, proliíeraron dentro de una naciente estructura de clases
basadas en la edad dedicándose especialm ente a actividades p ro
pias de la juventud co m o el deporte y la caza.
ElfisTem a litúrgico dé^IáéplTcaXlásica^fnbiéñ se"desarrol 1Ó.ën
cuanto1a~rica~n~oblezadxje animada-por,-los h on ores públicos a co m
p etir) en"cargos~públicpiry;religiososy-mediantepaetos-de «evergetis-j»
m o«TerrfgvgfrdelTp u eb lo;χβ1 testim onio más com ún de formas de
trato social en esta época consiste en un decreto que establezca
una fiesta religiosa de la que ha de encargarse un rico euergètès o
bien en una votación para con ceder honores en pago de unos actos
de beneficencia ya realizados. Estos actos de beneficencia pública,
con frecuencia, son similares a la obligación de sitésis que se le
exigía ai rico en Atenas, al estar unidos al desem peño de cargos
particulares o la celebración de fiestas, particulares igualmente;
pero estos actos también se desarrollaron y fueron m ucho más le-4
*
4i Para esta sección véase especialmente Schmitt Pantel (1987), parte
tercera.
282/Oswyn Murray
jos cuando los ricos buscaron conm em orarse a sí mismos m edian
te una ben eficen cia funeraria o de otro tipo com o, p o r ejem plo, la
distribución periódica al pueblo de aceite o alimento, o bien un
banquete en m em oria de ello s44. Gran parte de esta actividad tenía
lugar en relación con el gim nasio así com o con otros espacios pú
blicos y santuarios. Este^feñomeno dë^evevgetisin'o no im plica una
caída en una especie de ciientelism o, en la que los pobres depen
den de los ricos, sino que, más bien, es ona^xpresióTi^é iÍña comQnidád"deValore5 Que^és.esperadaJ^ÍaTl^vé2>(al menos en términos
id eológ ico s), fes~ofrStid ^ d ^ b ü ü n 'gra d p;cprn o .un^ri ten to^d e^suavizar¿1ajlínea^liyisqria3conóTnica~que, cada vez más, separaba a los
nobles adinerados del com ún de los ciudadanos; el espíritu públi
co, cuyo lugar en la política había sido negado, se expresó ahora
m ediante un gasto elevado, con carácter ritual, en ben eficio de la
com unidad. Los beneficiados por estas donaciones podían ser un
grupo exclusivo, funcionarios, cancilleres o sacerdotes; también
podían ser m iem bros de una subclase del cuerpo ciudadano com o,
p o r ejem plo, la tribu del benefactor. Pero, muy-a-mentrdoTlqs regalos;ori^QTyitaciônés.a-lâs dem oteniâ^(^étn^/m im gt)^çrie b:âélan;a
la~com u nidad com o-unjodp? Las restricciones puestas a esta gene
rosidad varían; a veces son todos los que toman parte en una fiesta
religiosa, otras veces son únicam ente los ciudadanos varones de la
polis. Los esclavos nunca se incluyen explícitam ente y las mujeres
reciben solam ente regalos, nunca invitaciones a com er. Sin em
bargo, lo norm al es que la invitación en globe a las siguientes perso
nas: «to d o s» los ciudadanos varones, los residentes extranjeros y
los visitantes y, en ocasiones, form ando una categoría especial, los
«rom a n os» (es decir, los italianos). EstasTinyitacion’esiexprésan
inuy>bíeTiios~esluerzos.deia:pó/ri'por.integrarse'en u ñ 2'cón íliñ idady
cuitaTálirña^áñVpltá^e'gnegosyva que, ciertam ente, la invitación
no se dirige más que a los griegos aunque, co m o en una categoría
especial, se incluyen en ella los rom anos; si bien, co m o es claro, los
ciudadanos de otras ciudades griegas eran bienvenidos, no pasaba
lo m ism o con la población cam pesina nativa, que estaba excluida
de tales invitaciones. De^es(e;m odo 7 ~en~sumar;lasInueyas-ciudades
deljrrVQñdó^rié^o j pretendíanTcrear^m ecliánleiformas'i cul turáleS?
44
La importancia del evergetismo es el asunto estudiado por Veyne
(1976): véase especialmente la segunda paite. Sobre el evergetismo y el cul
to funerario, véase Schrnitt Paute! (1982). El caso más extremo de esta for
ma de cumcnsalla es el culto real instituido por el rey AntJoco de Comagcne
a finales del siglo i a,C., quien estableció una serie de banquetes en cimas de
montañas deshabitadas en honor de sí mismo y de sus antepasados; a todos
sus súbditos se les ordenó que asistieran.
El hombre y las formas Oc sociabilitlad/283
un'séTT.ticlo 3£go.mùnîflâfl.que7en épocas^interiores?había existido
deTnanera~natûral; considerar tales prácticas m eramente en térm i
nos de continuidad es ignorarla novedad expresada en su universa
lización y en su función.
Asociaciones^basadas-enT-l a7 actividad7económica~existi€rün.:en
iá^pofi? 7griegajen~todas~lasjépecas,-Rero, frente al mundo rom ano y
a la ciudad bajom edieval, no parece que hayan tenido demasiada
im portancia en la estructura social: tal vez sea esto un reflejo del
bajo nivel asignado a las actividades com erciales y de la subordina
ción de la econom ía a la política. A veces, se m encionan las activi
dades culturales de ciertos grupos com o broncistas y ceramistas:
pero estas asociaciones no ingresarán en la esfera pública hasta el
periodo rom ano. En una época anterior, la im portancia de las aso
ciaciones que tienen que ve r con la técnica se limita en buena par
te a aquellas actividades profesionales que se hallan fuera de la es
tructura ciudadana; precisam ente p o r el hecho de que eran itine
rantes, los m édicos tuvieron un culto a Asclepio, centros de form a
ción (especialm ente Cos), un concepto de sí mismos com o una
profesión y el «juram ento hipocrático» que, por lo menos, es de fe
cha tan tem prana com o el siglo v. La época helenística vio el naci
m iento de «los tekhnxtai de D ioniso», asociaciones de actores p rofe
sionales cuyas actividades se encuentran diseminadas por las ciu
dades griegas. Este fenóm eno, co m o ocurre con la existencia de
grupos organizados de residentes extranjeros de áreas concretas en
Atenas y en otros lugares, es expresión no de la est ructura de ía p o
lis sino de la necesidad de form as sociales que la trasciendan.
Igualm ente, grupos de origen m ilitar, a menudo con un carácter
nacional específicq. fueron una consecuencia natural de! em pleo
de m ercenarios provenientes de Campania y de otras regiones, que
podían ob tener la ciudadanía com o prem io o bien im ponerse a la
pd/Í545.
.La^orgSnizacib'Trd ed alen se'ñañzaTi'gîitoe 1"pairomtfàcl i c i ón ál x ie
una-orgamzaeTÔn~cu,UualTgîTpTOpïëdâdüs~CgffrüTles_v.companérisl
m o x o n seg uido;por;fflédi_Q;dë~d à çorn en salia?El viejo cuadro de la fi
losofía en la época de Sócrates pintado por Platón, con conferen
cias públicas y reuniones privadas en las casas de la aristocracia o
en las calles de Atenas, ced ió el paso a establecim ientos más per
manentes asociados con gim nasios (la Academ ia de Platón), edifi
cios públicos (la Estoa) o santuarios (el Liceo de Aristóteles); el nú
cleo de cada escuela fue un grupo de am igos que compartían el uso
de un ed ificio para reuniones y la enseñanza y que poseían libros
45
Para asociaciones profesionales véase Zicbarlh ( i 896), Poland
(1909).
284/Oswyn Murray
dedicados a un uso común, aunque el titular de la propiedad en
. cuestión era el director de la escuela; dirigían sacrificios comunes
y, normalmente, com ían juntos. Igualmente, la organización de en
señanza fundada por T o lom eo Filadelfo en Alejandría, el Museo,
; ¡fue un grupo de estudiosos definido por su condición de m iem bros
i jde una organización cultual y por su vida en común, todos juntos,
i jen las dependencias del palacio y en la mesa real; fue ésta la época
¡¡del simposio erudito, en que se trataban cuestiones de im portancia
¡Iliteraria o filosófica, hasta el año 145 a.C. en que'Tolom eo, tras un
enfado, expulsó a los intelectuales de su corte. El Jardín de Epicuro
i nos proporciona el ejem plo más interesante de este tipo de vida en
' común; sus discípulos vivían juntos en la casa del Maestro, «v iv ie n
do de tal manera que pasasen inadvertidos” y celebrando un bantquete mensual en el día del nacim iento de aquél; las mujeres casa
it das y las heterías eran m iem bros del grupo, lo m ism o que los esclar vos de ambos sexos. Estaban organizados jerárquicam ente, com o
una secta mística, en tres niveles: profesores, ayudantes y alumnos.
De esta manera, aunqiie~^lrgl 3 ian7 retirado debn iu n d o ;d e ia~pó/Í5;
lo s d isc ip u lo sd e ^ p ic u r o nopudieronjeseapár dësûrsforrn a ssociales fde’ banquete-en^c-omún-ry-rdel-, culto del^Maestro; como···un•■•hé*?
r o e 46r~
Esta huida fue conseguida sólo por los Cínicos, cuyo retiro su
ponía un rechazo total de todas las restricciones sociales; su con
cepción de la vida simple, sin em bargo, no consiguió un nuevo
m arco para la libertad del individuo puesto que se lim itó a ser una
mera imagen negativa de las formas de trato social de las que bus
caban escapar. La obra filosófica más interesante de los prim eros
años del helenismo, la República, escrita en su fase «c ín ica » p o r el
fundador de la escuela estoica Zenón de Citio, expone un estado
j ideal que se opone al de la República de Platón; en la obra de Zej nón, el sabio recházalos lazos de la ciudad porque él no pertenece
! a comunidad existe alguna sino a la cosm ópolis ideal del sabio. Ta| les respuestas son un reflejo de la dificultad de escapar de los lazos
j del trato social que, a lo largo de todas las épocas, han definido al
j hom bre griego.
46
La amistad epicúrea, en la práctica y en la teoría, es discutida por Rist
(1972), caps. 1 y 7.
El hombre y las formas ele sociabilidad/285
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Capítulo octavo
HOMBRE Y LOS DIOSES
Mario Vegetti
Ateneo lamentándose, relieve de mármol de la Acrópolis.
Segundo cuarto del siglo v
Cuenta Aristóteles que el viejo sabio H eráclito «dirigiéndose a
aquellos huéspedes que deseaban hacerle una visita, pero que, una
vez que entraban, se'quedaban viendo que se calentaba pronto la
estufa de la cocina, les invitó a entrar sin dudarlo: "Tam bién aquí,
dijo, hay dioses” » (De partibiis anm ialium , 1,5).
La anécdota aristotélica es, por diversos motivos, significativa y
útil para com p ren d er la actitud religiosa del hom bre griego. Ilum i
na en prim er lugar el carácter difuso de la experiencia de lo «sagra
do», su proxim idad a los tiem pos y a los lugares dé la vida cotidia
na. ElthogarrdoméstiGO/ernbrnQ al^mabla-famiiia-serreúne-para^ociTíarJiy:coñsumir:láXomida'_está 7 .por ejem plo, oon sagrad’cramna^d i\dnidad?rH'estiárque:protege-la-r)rost?etqdad^VTla-continuidad.dey]a
viÜSTfamiliarrîCada nuevo nacido es llevado alrededor del hogar,
para sancionar también religiosam ente su introducción en el espa
cio dom éstico.
En la agudeza'de H eráclito esta difusión de lo sagrado se prolon
ga en una relación de fam iliaridad con los dioses que caracteriza
am pliam ente la experiencia religiosa griega:<l^di^inidad'no^estád.o·
josTTi'^ y in a c c esibl'e?^lT e^ü rrir_a_ella^podna,dccirse-que:caracteriz ^ cada-morn rm ^ ig ñ ifl^ tíyQ ^ e jla ^ e x isteñ cia ^ n ^ tl.a :y ;so cia h Se
le puede encontrar tan a menudo, en sus imágenes, en las prácticas
culturales que se le dedican, en las narraciones fam iliares y públi
cas en las que se dibujan las tupidas tramas de una sim bolización
significativa de la existencia, que la pregunta sobre por qué los
griegos creían en sus dioses parece mal hecha. Habríamos de pre
guntarnos, más bien, có m o habría sido posible que no creyeran en
291
292/Maho Vegetti
los dioses, ya que esto habría im plicado la negación de una amplia
pane de la experiencia vital cotidiana.
Al sentido de difusión de lo sagrado y de fa nú fian dad con los
dioses se suma, en el contexto aristotélico de la anécdota, una ter
cera característica, que tiene que ver directam ente con la actitud
intelectual de los filósofos para con la esfera de lo divino. to:divino>
sie ridentifica~cadaT.v.ez~másiCQn-.el princ.ipjo:y..la garantía de~ordenL
de regularidadrde sentido-d e lrmundo~naturai>(Aristóteles cita de
hecho la agudeza de H eráciito para legitim izar el éstudio teórico de
la naturaleza viva, en ámbito ciertam ente menos noble que el del
cielo y los astros, más cercano a la divinidad, pero gobernado siem
pre por leyes de orden y de valor, y p o r tanto tanlbién él «lle n o de
dioses»). Esta actitud filosófica no contrasta, al menos en el signifi
cado de fondo, con las características de la experiencia religiosa
común, aunque los prolonga en una nueva cojicfepción que trans
form a la proxim idad y la familiaridad de lo divino en su inm anen
cia al orden del mundo.
Todas estas características de la experiencia religiosa griega
se analizarán más adelante. Sin em bargo, para com prender el as
pecto fundamental y aparentem ente contradictorio, el ser una ex
periencia difundida y om nipresente de la existencia, pero al m ism o
tiem po «lig era », por decirlo así, no opresiva psicológica y social
mente, en prim er lugar habrá que proced er a alguna delim itación
negativa. En definitiva, habrá que aclarar lo que la religión griega
no fue.
Utia' religión 'sin'.dogmas-y sin^iglesia^
En prim er lugar, l^religió^ñ^ieg~a^~o~se'b'asa;enñiñguna rele va ^
c io n ;«p o s itiv a »*c o n c e d id a directam ente por la divinidad a los
hombres, y p o r tanto líollen eiñ iñ g úñ prôtët^fïm dador, de las gran
des religiones monoteístas del M editerráneo, y [fo:posee:ningún~li|/ b ro '^ g ia d o ’ que enuncie las verdades reveladas y constituya el
principio de un sistema teológico. lca~ausencia^del-L;ibrQ c o m porta
la'^aralelaTausëriciâ d5‘ urpgriipó d ë iñtérpretes"elpecializados: no
ha habido nunca en Grecia una casta sacerdotal perm anente y profesiónal (el acceso a las funciones sacerdotales en principio estaba
abierto a cualquier ciudadano y por lo general era transitorio) y
tanto m enos una iglesia unificada, entendida com o aparato jerá r
quico y separado, legitim ado para interpretar las verdades relig io
sas y administrar las prácticas del culto. /N5 ~haJfiábidómunca d o g ^
ípas~de~fe'fcuya observancia fuera impuesta y vigilada, y cuya trans
gresión diera lugar a las figuras de la herejía y la impiedad.
El hombre y los dioses/293
Este sistema de ausencias se prolonga en un silencio particular,
pero bastante significativo. En el conjunto de las creencias y los re
latos en torno a la divinidad, no tienen ningún papel central — y de
hecho no existen, si no en corrientes marginales y sectarias, com o
verem os— los que se refieren a la creación del mundo y de los
hombres; en la experiencia común, por tanto, siem predia habido
una'çjpn^vivenciaemfërlà estirpe.de los d i oses ;ÿdâ'd e l o s hom bres.
De la misma form a po~existg nada sim ilar a laúdea de-un; «pecado
priginal»~>(con las excepciones ya apuntadas), del cual los hom bres
tengan que ser purificados y salvados: à .menos q u e se-manche-con>
^îma~cülp"â~ôXon;üna côntâtfiiriàciôfiTéspëcifica,:el'ho m bre g riego ,.
es n.^ffl~al^.gBtG~ipüro^y/cgmo'tal puede librémeñ'té a cced erá las
funciones sagradás.jTan m arginal es, al m enos en el nivel de la reli
gión pública, la cuestión de la supervivencia del alma y de su salva
ción ultraterrena, aunque tiende a em erger, co m o verem os, en el
ám bito de los cultos m istéricos e iniciáticos.
Este conjunto de consideraciones negativas hace difícil hablar
positivam ente de una «re lig ió n » griega, al menos en el sentido en
que el térm ino es usado en el ám bito de las tradiciones m onoteís
tas. Incluso rfáltaTen^griego-una-palabra-cuyo -cam po.sem ántico
? ílíÍ^ lS ^ .p rPP*aínerite.ál térm in o-«religióñ »^Eaqïte.máss.eaproxjm^Teusébeia7_es_definidá^por e 1sacerdote Eutifrón, el protagonista
del hom ónim o diálogo platónico, ct>mO~r«el-cuidadc^ herapeía-)?
Queiqs^hpTñbr^Ftieñ^ri.párárconlosrdioseí (Platón, EuTifronT 12e).
EstaTeligiósidad consiste en-lá-punfual observancia d e ló s n tos cuj-"
tUâles e n io s q iie.sëjexprës^él-fespet.o de los:hornbres;hacia la djviri.i’dá'dTdbnde se le rinden lós debidos signos.de^bseqüio-y-defereTf^
:Çja >'_Çpfisistentës cñ.prim ér[lugárpñ las .ofrendas’ sacrifiÔialerÿj/otiyas.-jUn valor paralelam ente débil tiene el equivalente griego del
térm ino «fe ». En la lengua común, IS ^ xp resión ^ creérF fí'losT lio-T
$esr>-(nomízein toiis thepús) no^signifi'cá tanto (c o m o ocurrirá en el
posterior y m aduro lenguaje filo só fic o ) una con vicción racional re
lativa a su existencia, com o «Yëspët"ar»,^h"ônrar a la divinidad en las
prácTicas^eculto: T»omízein equivaldrá en definitiva a therapeúein,
ded icaiia la divinidad-ios oportunos, cuidados rituales.
ElYtúcle o d ej^rglácjón~eñYfé~lTombres-V-divinidadrde~la-?.rebg ió n »~ y d e~la gfe»-de-los-griegos-parece-cp.nsistirrerr'la~observancm
de l^TO ltqs3^éJos.ritds.prescritbs” p ó r la tradicioïï?Sin em bargo,
esto no debe hacer pensar en una ritualización obsesiva e invasora
de la existencia. ËÏ sarcástico retrato de la superstición (disidaim onía) que el filósofo Teofrasto traza en sus Caracteres (16) a fines del
siglo tv a.C., está probablem ente inspirado en una actitud difundi
da: el supersticioso es aquel que vive en la aflicción de un perpetuo
tem or a la potencia divina y dedica de form a ridicula gran parte de
29*4/Mario Vegetti
su existencia al esfuerzo de hacérsela grata a través de los ritos, al
intento m aniático de évitai* la im piedad y de purificarse de cual
qu ier culpa posible. Pero se trata, precisam ente, de un «carácter»
de com edia: la sátira teofrastea no deja ninguna duda sobre el he
cho de que la obsesión del ritual no fue ni difundida ni apreciada
en el contexto de la religiosidad griega. Esto no significa, natural
m ente, que no existiese un profundo y radical tem or a la divinidad
y a su capacidad de castigar las culpas de los hom bres golpeándoles
a lo largo de su existencia c incluso de su descendencia. Este tem or
está bien atestiguado en toda la experiencia cultural griega del si
g lo v y, todavía en el siguiente, Epicuro, un filósofo casi con tem po
ráneo de Teofrasto, pensaba que uno de los deberes fundamentales
de la filosofía, si se quería restituir la serenidad a la vida de los hom
bres, debía consistir precisam ente en liberarle de este m iedo del
castigo divino.
El conjunto de estas actitudes, en su com plejidad, puede estar
bien representado p o r una anécdota ingenua narrada por el histo
riad or H eród oto, que escribe en el siglo v pero se refiere a la histo
ria del tirano ateniense Pisístrato (m itad del siglo vi), H eródoto
cuenta una estratagema de Pisístrato para reconquistar el poder
perdido en Atenas: en vió una muchacha con el aspecto y la arm a
dura de la diosa Atenea, hacia la acrópolis montada en un carro,
hizo que la precedieran heraldos que instasen al pueblo a acoger de
nuevo al tirano, recondu cido a la ciudad por la propia diosa p rotec
tora de la polis. La astucia tuvo éxito y H eród oto se sorprende de la
ingenuidad de los atenienses, que «eran considerados» — com o
otros griegos o más— «astutos y exentos de la ingenua candidez de
los bárbaros» (1, 60).
I-a anécdota puede ser leída según dos perspectivas distintas.
P o r un lado, la fam iliaridad de los griegos con sus dioses y el hábito
del contacto cotidiano con sus im ágenes, explican cóm o los ate
nienses pueden haber «c re íd o », co m o evidencia inm ediata que no
tenía sentido p o n er en duda, en la comparsa de Atenea a la cabeza
del cortejo de Pisístrato, o al m enos có m o han podido sensatamen
te m ostrarse unos a otros que creían en esto. Pero hay otro aspecto
que subraya él carácter «lig e r o » de esta creencia y, por tanto, no
desm iente, sino que con firm a la habitual incredulidad atribuida
p o r H eród oto a los griegos. La misma fam iliaridad que induce a
«c r e e r » perm ite tam bién a Pisístrato y a los suyos urdir el em b rollo
rep rodu cien do la sem blanza de la diosa, sin excesivo tem or a c o
m eter un sacrilegio y a exponerse a la ira divina. La divinidad está
dem asiado cercana a los hom bres, dem asiado disponible a la rela
ció n con ellos, para no acabar alguna vez transform ada en objeto
de ju ego, de engaño, de tramas astutas/C H dínidad^iñcredglitiacf,
El hombre y los dioses/295
ternor-à-lô^ivirio ÿJdêsen.voIturâxespëÇtcTa^lIo qued5n7^pm:;târftS,
êstrecliam en jjTè.fi trelacados en J a ;~actTtûd"rël i gi'5sâ~dë*1o s griego s;
cada acentuación excesiva de uno u otro aspecto conduciría radi
calm ente a una mala interpretación.
Esta peculiaridad sólo puede ser explicada remontándose a la
génesis y a la articulación de las figuras de lo sagrado y de lo divino
en la tradición cultural griega, que en ciertos aspectos no tiene pa
ralelos en otros universos religiosos.
( L
o 's q
c r g
f
Hieros, «sacro», es una palabra griega quizá conexa con una raíz
indoeuropea que iien e el valor de «fu erte». liaTexpériüñ^iSTgri^f^
dé^lo.saci'Oien-generál (n o distinta, en este caso, de otras culturas)
naciô-probable mente~cûrrlà~a'prêciaci'ôlvrclëüla-presenciâIcl5^ÿgtgTtoias'sobrefi^atOTSlesiéñllusares»arcanosT(bosques. fuentes, grutas,
montañas), L
é TtrfCT^men_os_ÍnaturalésllñisténososxyJtemibles (el
rayo, la torm enta), énTnOTnentosxn jc iales~de'laiexistencia (la vida,
la m uerte). Estajexr>eriencia-primaria'5^ha.venid5^1Itigulânclo~dê?ipués_en_dôst3ireccion es-divër gentes,*aunquc!,no"opuestasrrP_or,‘;un»
lad o r í o~« saCTo». seTtë m Ton a l iza? l,igándose~a~losríugares-« fuertes»»,
m arcados p o r confines precisos, de;la:nTarTifësfâbibmcleno sóbrena»
tflrál? estosllugares. de ahora en adelante dedicados a un culto de
las potencias que residen en ellos, ^trañsfprmarrpriqgresivaméBTe
efi santuáriórí/e»?cno¡)5que pueden alojar templos consagrados a
las divinidades verdaderas y p rop ia s.^ b iën puedërrdëlim itâ T ^ t r ^
espâëiôsTlêTlbvocibngfpor ejem plo las ninfas de las fuentes, o bien
las tumbas de los;«héroes», con frecuencia sepulturas de origen micén ico convertidas en talismanes que garantizan la prosperidad de
fam ilias y comunidades, com o la legendaria «tum ba de Edipo» en
el suburbio ateniense de C olono). Esta^eliñTita_;ciónJde;los'espactos
sagrados'coir ip ortaJüfTa*S"erie'de'proh~ibigi5n~es~einterdicëioiTesq ue
garantizan seguridad de todo lo que com prenden ffëm éTaTla^rof^
naciónry7el,r'ábD5t>>yen prim er lugar ei receptáculo de la eventual
im agen divina, pero también de las ofertas votivas que se le dedi
can y de sus ministros. Pg?rextenSi0ΤΤ?Γ«sarrn»»será^cnns iderado>
tpTjôTl~que~està~ôo m prendïdo"en-losTecintos;deli:ùitgj'Qrëstà:dedi?
gado-a^él^jcomo las víctim as sacrificiales, las formas tradicionales
del rito y sus oficiantes. Esta^territoi:ializaciÔnidê^lô-Sâgradb~siny
elrîbargoT n o asumeJπunca■en_Greci^ΓlzΓfoΓmg,■ conocida en otros
lugares,jdePtabuñjlas prohibiciones no excluyen nunca la relación
con los hom bres, ni la visita, aunque esté regulada, sino que la
com portan estructuralm enle, puesto que rfcTfTáy’sacralidad-sin-cul^y
296/Mario Vegetli
to.co.lëçfîW. El respeto constituido por lo sagrado no se transforma
nunca en el terror sin palabras y sin aparición que les acom paña en
otras culturas.
Poro_tf 8 r|gd0 7 «sacro»^==ahora~en"sejitid 5 "21τφ_1Ιo , no intensivo
sino extensivo— és .párá los-griegos-todo aqu ello que surge-dtTlás
potencms.sobrenaturaïes^y^en’u nodo.especTfico^ê^asvolûntadëîf*
âivinasfSàcro_es :también,lpôrJtatTtQ7'el“Oxdenidéia:naturaleza, la
sucesión de las estaciones, de las cosechas, del día y la n och e;'-y»
/otrô~tantorocürre co;n7el~orden'inrnütable~de~la~vidâ~sôciàl? la suce
sión regular de las generaciones garantizada por los m atrim onios,
de los nacimientos, de los ritos de sepultura y de veneración de los
difuntos, la perm anencia de las comunidades políticas y del siste
ma de poderes.
Efí^mbas:acepcion.es^la:experi'en’cia7d'e:lo':sa'gfádo-y-sobfé'todt)
da^eTuha potencia, o u n xon iunto^de'potencias 7 que- int^rviéneñ e~n
lo s p rocFsiTrdedâTiattrrâlëza vid êrlâ^idâTcû yain tervenciôn'puedey
ser~inexcmtâbÎênxenté,"tânto .Bëhe^oPo (p rin cipio de orden y de ar
monía natural y social), c o m o -perturbador (violento, destructivo,
en la tempestad, en la enferm edad y en la m uerte). La lengua griega
seguirá llam ando «sacra» a la más incom prensible y perturbadora
enferm edad: la epilepsia, l^a-actitud-hacia-esta-esfera-deipotene-ia
spbrenaturabesta'rá-orientada~a'propiciar:ellcarác^türrben’évolóÁ pa
conjura r„lâ!viôl eñciíO fegat i va , y hay que verla, com o en las pala
bras del sacerdote Eutifrón en Platón, com o «el cuidado de los sier
vos para con los señores» (E utifrón, 13d). ElTifo.propicm toPÍpa— un
acto individual y co lectivo que puede, y debe, ser eficaz si se hace
correctam ente según el procedim iento establecido p o r la tradi
ción que se supone que es grata a la voluntad a la que se d irig e—
c5nsistë"_sot5rëTtodo“e7nlâ“ ôfrêncla votiva,- acom pañada p o fja 'iñ vó*1
p'a^i'ómydá^oració’n? Para los griegos, incluye la donación de riqu e
zas, de libaciones, de prestigiosos edificios de culto, pero en su nú
cleo está la ofrenda alimentaria, el sacrificio animal. Según las divi
nidades y los ambientes sociales,^él-sacrificio^com o veremos,*pue?
de-asum i rjdive rs'aTformasT e n"toclSslos-casos expresad a:re n un c i a,
P oTTparte-de bg rup;o:htrrrmTi"0 7 'ágana~pa rte'desii sτ e cu r sqsla’lim'enta ri^ ^ n á S 'p reciososTrv sú~con'cesión'aiaspoten^ciás^iivin"as7 ~quegracias^leste^cu idado»Tten drian .qu e,resultaT75plaüad a s'v"be n é v o la ¿mente^dispuestasiháciálIoslhonibrS^.
rrtTportancia~decisiva-t.iene^para-la-eficacia~deljitó7hay._qúejfep elirlo, q üë s ç d ^ a rro ll ë ^ ( R e form a _y.en Jos,m om entos.sancioH^
dos. _po rte Luso Itrad i c i o na 1L p o r consiguiente, el calendario griego
está en el origen del conjunto de las reglas rituales, sobre todo, y
los nom bres de los meses quedarán para siem pre conectados a las
cerem onias de culto que deben ser desarrolladas en él ese periodo
El. hombre y los tlioses/297
del año. ElTâcontecimiêrüo^itualTlFn el que se celebra y se asegur a
la buena relación entre hom bre y potencias divinas, es'tambi'éñínaturaím enle, un momcnLû cu ^ id frd ^ là ^ o n v iv e n 'c ia im irc rio s^lTom?
bres.rd^lâ^utôcëlêbrSciÔIT^le.sus com unidad cstacom pañan siem
pre a! rito los acontecim ientos más significativos de la civilización
griega, del banquete en com ún a los juegos deporiivos, de las dan
zas a las procesiones o a las representaciones teatrales.
Si el rito — y en prim er lugar el rito sacrificial— garantiza la
buena marcha de la relación entre los hom bres y lo sagradoyestS’
re1â“ci01T!püede7^OrrelTCOntfâno,~_serrâÎterâdâIy--turbâda?
P u ^ e ^ o gürrirrqu ^lôs~hôm bfes:invâdan-*ërespacio-deTlci~sag^· (
d o rrio ieñ ^ u ^pr.ivilegioso-mfrinian-las-normas divinas que-reguían j
el~ürden social TTEsto sucede, p o r ejem plo, en la ¡liada cuando los*
griegos reducen a la esclavitud a la hija de un sacerdote de A polo,
Criseida, que está consagrada al dios p o r nacim iento y es parte de
sus propiedades; esto sucede cuando Edipo lleva a cabo su gesto
parricida, m anchándose con la sangre de Layo; también sucede
cuando, en tiem pos históricos, la fam ilia de los Alcm eónidas mata
a Cilón y sus secuaces que se habían refugiado en el tem plo de A te
nea (H eród oto, 5, 71). En todos estos casos 4iay «contáTniñ^iórr»·^
(ñnasmap, y^óñtám irTaciÓnTháyicadatvezíquennífingen^lósqO ra'5
niënt'o~s"lirgch'os.en.noml5rë^ë’]os dioses,'r^'LÏë~setlerrama-Sàngreihm ;
m an ar^u e'no"se'respetaTrlas-reglas’del:ritü?I^a'cüñtamma’ció_n"es· i
u n axu lpa q uerva-más allá-de-los-limites 'de orden jïïn d icd ly-ffîoral :
reôlâÎTTaTla.venganza.diviïïâ~sol5rë~êl~culDàble-V.sà_difüTîcle^en~el-espacio^iñvólu cfáncÍo á 'laTcofmImdád~qúerio"acoge:>(son el ejército
griego y la ciudad de Tebas, con la «p este» enviada por los dioses,
quienes pagan las culpas de A gam enón y de Edipo), y~tárñbiéTTerre l i
tiem ptaTTcomo en el caso de las fam ilias trágicas de los Labdácidas y
de los Alridas. IS ’- idèâ^ehmiasmâ-Tiëhêùri"p 0 sibie:origen:mater-ial,
denotando la suciedad, el enfangam iento. 1a'Únañchá'dé-quien_vive?
bâjô^y'füe ráxl e l ôs^ëstaKHar^7Îrnpuêstos-p^Isü7cô rñü ñidad ;s o"ci a-l ;
se hace visible, crudam ente, en las manos del hom icida manchadas
de sangre, en las llagas de que se cubre el que puede imaginarse
com o afligido p o r un castigo divino. I^ ^ c ie d a tl:m a ‘t‘e riál7(ffigrna-(
n a r t ie ^ e ‘a‘ m o raljza rsep asan d ó-a seru n a m eta fo ra ~ d ela ^ cú lp á f y \
de.la_«maldicióñTdivina». Ej^afectado n o puede acercarse a lo sagra- \
dÔ~errlas'pTàçticas"ritùale'S7^dëbë~sér éxpúlsado^de su com unidad
que,.en caso con trariorsë arriesgâa 1ccTritagi67 UfTeco"dólTTt a s iïïïâ^,
,ciórTlS“tenernosTén é l a n tiq u ísim o3 t ualylei^/ídnna_fcós que presen- i
ta indudables derivaciones orientales: ca d s ^ ñ ‘o7rla-comunidadrelis:j
J
g e a u n o déTsus-miembros margirialósyyafligido-por-deformaciones |
ffsicas o-psiquTcas,-y ló'e>^ulsa!lacompañ'áñclólo>én1p.roGesib"rra'lbs ¡
p.úejiasdelaciudad;pá raque sea expulsadojunto al asco n ta mi nació- ‘
¿ y n / iv ia n o vugc-ui
I
ne s g u e'p'ü ëdê ñ e stàr presen tés-; rTë 1 grupo' social (un eco literario
dë este riiual sin duda hay que verlo en la expulsion de Edipo, rey
parricida e incestuoso, de la ciudad de Tebas, con el que se con clu
ye el E dipo rey so focleo).
Del m isino m odo que la idea de la contam inación tiene o ríg e
nes m ateriales,;sig^e'siëpdq7üâtëriàl/_en^.su form a ritual, el proéed in tiégn o^e püritvcaCÍórr^d7/;'ñr5i5j^Se~trata üseTrcialmentc de una
ablu ción efectuâdSJTon agua (rara vez de una fu m igación )yirTtenta
d e v o lv e r a ld n iliv id t^ su cio s in ip u ro , a la lim pieza, y p o r tanto^a la'
I pureza-exigida p or s U c ívÍlÍ 2 ^ ió n F k a ablución-purificadora:se~re~a| fizará en todosrlos-casos en-los-que-nos-encontrernos, incluso sin
: culpa, con~fenóm e nos-potenc ial m ente-contam inan te s e orno el nac im iëfftôTlâlTiUertê. e 1sêxcTôla enfermeclacl. Platón prescribe, en
el noven o libro de las Leyes, este ritual incluso en los casos de hom i
cid io involuntario o legítim o. Habrá que purificarse después de
una relación sexual, antes de acercarse a actos de culto, y también
se pu rificará la casa en la que produzca un nacim iento o una defun
ción . En los casos más graves de miasma, el rito se realizará según
los preceptos de un dictam en, solicitado a los sacerdotes de Apolo,
que es el dios pu rificad or (kathartés) p o r excelencia.
Ejídá CO'lTCiéñciá religiosa y m oral "de las sectas? prolongada lue
go en el pensam iento filosófico, del que hablarem os más abajo,,la^
idea de la jm rific a c ió ii.s c“desarrolla paralelâm èntë a la'con cepcién
fde7arculpa c °ntam jñañté\cofnó;algo iñhérente à la-condición,hu
m ana: toda la vida se com p ren d erá entonces co m o un ejercicio de
p u rificación de la corp oreid ad y de los vicios ligados a ella, hasta la
preparación de la disolu ción salvadora del elem en to espiritual, el
alm a, de sus lazos terrenales. P e ro este desarrollo extrem o de la
co n cep ció n del m iasma y de la kátharsis tendrá que ve r siem pre
con m inorías religiosas e intelectuales m arginales, aunque influ
yentes, respecto a la vida religiosa de la sociedad griega,
L as dioses, tos'poetas.-y. ¡a .ciudad
Los elem en tos trazados hasta aquí no son específicos de la cu l
tura griega, porque en formas bastante similares se encuentran en la ex
p erien cia religiosa de otros pueblos de cultura tradicional, y ni si
qu iera pueden constitu ir el perfil y el cuadro unitario de un autén
tic o u niverso religioso. Bsta-espem fidady estajtm ificacióñféligi'ósá
son 'm á s'b ieñ ün protlu cto de dos factoTesxúlturaies peculiarm ente g r ié g ó s n á poesía"épica en prim er.lü ga p (d o n d e juegan un papel
d e cis ivo la ¡liad a de H o m e ro y la Teogonia de H esíod o ) y, en segun
d o lugar, J a fig u ra ció n artística, que desde este punto de vista c onsfituye^eLsu pjerñ eñ to^corid gráficó de la poesía^.
Ll hombre
y los dioses/299
La_épicam a c e del fondo de reiatos m iticos tradicionales sobre \
las divinidades y.las potCTciasrsobrenâtüfâlês que habhan_d rnuni
do v i o dom in an. Anónim os, difundidos, repetidos y aprendidos de
generación en generación, estos relatos — una especie de am plio
catálogo del im aginario religioso— form an el conjunto del saber
social sobre los dioses, inm ediatam ente creíble y persuasivo, no
cuestionable, precisam ente por ser anónim os, por su difusión en el
tiem po y en espacio y por la antigüedad inm em orial de sus o ríg e
nes. Pero p o r estas mismas características, el politeísm o que em er
ge de la masa enredada de los relatos m íticos es caótico, confuso,
carente de una form a com prensible y controlable «a prim era vis
ta». L^im en v^n riórn tiela ^oésíiF ép icá — la ¡liada en prim er lugar,
aunque no faltaran posiblem ente precedentes m icénicos— sobre
este'm aterial es sobre todo una operación de selección y de, ord e
nación; es la im presión de una form a orgánica y visible para la esfe
ra de lo divino, que desde ese m om ento queda marcada de form a
indeleble. Está a q u í u e s , e ñ ^ l politeísm ó antropom órfico y ordenádOTsegún precisas relaciones funcionales y de p oder de la lita
da— ebsigno de una extraordinaria revolu ción in tel'eetü alfqiie fórj a~1a>religión-griega .en ila.qüe acabaría p ó r sér sufórm aiHistoríca.
La poesía épica, sin em bargo, m antiene, y refuerza con la eficacia
de la gran literatura, el carácter fundamental de los relatos míticos.
LaTépica es un relato que narra los hechos y las gestas de los dioses,
nom brando-jos lugares en-los que sucederyrdefiniendo.a sus prota-#
goni^tas-oom oundividuos dotados d e ' nombre? personalidad y.ca-^
iáófei^espec;ífíco: sO nlpersonajesinarrativos*y no abstracciones
conceptuales o metafísicas ni figuras totémicas. Cuando Hestodo
intente posteriorm ente p on er orden en el universo religioso hom é
rico, co m p on ien do con la Teogonia lo que es el prim er, y en el fon
do el único, «m an u al» religioso griego, no podrá hacer otra cosa
que partir de esta:experiencia de base: las relaciones entre los d io
ses-personajes no estarán ordenadas según la trama de los con cep
tos y de las construcciones teológicas, sino según el orden genealó
g ico de las generaciones y de las reciprocidades del poder, que es
p rop io de nexos entre individualidades singulares, vivas y activas. I
El gcsto'füñdáclór de là ép¡ca,"su mi facía con fi g una'dÔfa~d ê1TTñP*
v e rs o xie1a^iyiñ idgd~énTfm ^a^dé~relató antropom órfico,'hay que
ponerlo-en-conexjón con la c ú ltu fá d e J a aristocracia empeñada en5
í^ em p resa jd e la-colonizá^iÓh'de Asiá M'eñór^Esta aristocracia se
cel£t^^s1iñTi5fna-eTUla:épica?sus propios orígenes y sus propios
héroes, y_al nusmef-tiempo da fo rm a a sus propias divinidadesï'por^
m édio'Tdem náípTóyecciáñíysusidiosesPno derivan, co m o escribe
Snell, del culto o de la enseñanza de los sacerdotes, sino que «son»
oreados con "eL ca n to,1jüritó co m lo s d ioses»?
300/Mario Vegetti
La dimension de proyección de la form ación de un universo di
vino en la poesía épica, y en el mismo contexto los héroes aristo
cráticos, define de form a duradera sus caracteres simbólicos.^Los?
dipses7comodos^heroesrsonrep resen tâHosTe'fTël I í m i te“máx i m o rd e r
sil^excéleñciaTárgTejrpo'rybelíezaT'inteligenciarfuerza y norria per
petua flo r de estas dotes; Ia 'iñ rñortgÍjdad^Estarcomporta--también^
inmediatamente, com o es natural, unaitrascenderïciandedaicondición-humanarun-umbral-insupe rabie queisepara-ados-dioses'delos»
héToesnodavíamás^deriOlque p o oü T ëxëêléh ciaestos están separa1
dos^dedos~ho robres^
Este umbral está impuesto por el carácter de proyección que
gobierna el mundo im aginario poético productivo de las divinida
des homéricas, que tiende, sin em bargo, a ser franqueado con ti
nuamente por el mismo gesto intelectual que lo ha determinado.
El acto que configura el universo divino perm anece «artístico», y
por consiguiente en alguna medida «artificial»; su origen estetizante y tranquilizador establece una relación especular entre la natu
raleza mortal del héroe aristocrático y la inmortal de sus dioses, En
prim er lugar, ebumbral-se-atraviesa en la-genealogía·. que garantizan
a4ô^hero_es urïa^esc“en d en ciaiÿlïn ‘ parentëscc> divino'gracias:arla
unión~repetida~de^dioses,yrdiosas con-m ôrtalës’, de~do~nde'se genef^ lâ s'fâ l^ iira s d é~ lâ~ari5toCraciâ"griêga>Luegorhav.vin"cûlO~s~constántes entre-dioses y-hombres, que aquéllos frecuentan, estando li
gados por vínculos de parentesco, de afecto o de aversión, y sólo
por la necesidad de exigir continuam ente los honores que se les de
ben en tanto en cuanto son señores de la exorbitante potencia./Se*
1 produce-ese^entrelazam iento'virsarim bricación-continua-entrejel
muñdo~deios'~dio s e s y eLmundo de los hombres-que es una caracte
rística sobresaliente de la /liada y después del mundo im aginario
religioso de los griegos. Surge de aquí también la costum bre de un
com ercio con los dioses, una fam iliaridad con su presencia, una
atribución a ellos de r e la jo n e s peculiarm ente humanas; los dioses
pueden herir a los dioses y ser golpeados en el cam po de batalla,
conocen el amor, los celos, la envidia y cualquier otra pasión p ro
pia de los hombres. Tod o esto hace que los dioses, aunque sean te
midos por su excelente potencia, puedan ser vistos también con
ironía y a veces con el sarcasmo que se atribuye a las debilidades de
los hombres; de este m odo la litada, que es el poem a fundador de
un universo religioso, se ha podido definir también, paradójica
mente pero no sin m otivo, com o «e l más antirreligioso de todos los
poem as» (P. Mazon).
Lo sabía bien Platón, cuando deploraba en el tercer libro de la
República que a los dioses de la litada se les representara atrapados
por la risa y el llanto o p o r el deseo erótico: «H ay que acabar con se-
lîl hombre y los dioses/3i)l
mejantes fábulas, no sea que engendren en los jóvenes una gran fa
cilidad para el m al» (391 e ss.). El Platón educador proponía enrnedar las páginas religiosas de la épica, o m ejor, echar a H om ero y sus
secuaces de la nueva polis, con todos sus peligrosos poemas
(República, libro 10). Pero el program a de Platón no tendría éxi
to, y la experiencia religiosa de los griegos seguiría siendo m o
delada por los textos de la poesía épica, que inauguraron su cu l
tura.
EPpOliteismo antropom órfico (donde se ve a la divinidad sobre
todo com o el personaje con creto de un relato, y después se le hace
visible m ediante la representación que lo ilustra) com portaruna^^
rierdé^consecuenGiá^importantes. P o r una parte, excluye la om nis /
potenci a r en cierto sentido también laO'íírn'iSC'iencicPtanto de cada
divinidad com o de su rey, Zeus. Donde hay om nipotencia no hay
relato, cia to está puesto que éste exige una pluralidad de sujetos
agentes, cuya fuerza y cuyas intenciones se lim itan y se co n d icio
nan recíprocam ente, produciendo la trama narrativa: Zeus no p o
día decid ir inm ediatamente y p o r sí solo el fin de la guerra de
Troya, sin superar enfrentamientos, recurrir a com prom isos,
urdir planes com plejos, p o r m ucho que fuera el más fuerte de los
dioses.
P o r otra parte, lo^queiseparajajdiqses y-hombres-es'sobre todo.s.u
fuerza: aquéllos son, con mucho, «los más fuertes». Esto se deduce
tanto p o r la experiencia prim aria de la existencia de potencias so
brenaturales que obran en el mundo, com o por el hecho poético
de las representaciones de la divinidad a través de una proyección
al lím ite de las cualidades heróicas. IrósrliOsesíse distinguen por el
d om in io específico en el que se ejercita su poder, aunque p o r lo g e
neral, no tratándose de abstracciones conceptuales sino de perso
najes concretos, son"figuras-plurifunciOTTa1ës^<,cuyos-podefes~sêTxtiëïTdèm G on-ffecU eftctaTaïunaim ultipU cidad'deisectôféî^èntrëlâi*
z á ñ ^ o s e _y ^ p ‘e rponiéndose:entre e] Ios> En este mundo im aginario
religioso, co m o ha escrito Dumézil, «conceptos, imágenes y a ccio
nes se articulan y forman con sus nexos una especie de redes en las
que, en principio, cada materia de la experiencia humana debe es
tar tomada y distribuida».
^tá^lü ralidad-de-fu n ciones-je^expresa enTla^multiplicidad^dey
ap’é lativos-especificosTcpnTlosrcualesrseTaóom pañareliñom brede^
cada-divinidad^, a través de los que se le invoca en relación con los
distintos cam pos en los que ejercitan su poder y su tutela. Así, hay
un Zeus de los juram entos, un Zeus de los confines, un Zeus p rotec
tor de los suplicantes y de los huéspedes, un Zeus de la lluvia y del
rayo. fiêTôZtras esta plïïrâlidàd-dëTuncionës?læfjgûra del^idsTrïan?*
tiene su unidád'fp.Cáirsüindividualidad'que no-cienváTje su colÓca-
302/Mario Vegetti
ción;en un-sisíema teológico, sino de ja trama narrativa que le iden^.
tiljCSLCxjrrííyífreTsonaje» (hay excepciones, sin em bargo, cuando el
nom bre de uno de los dioses del Olimpjfe h om érico se superpone a
figuras culturales preexistentes que oponen resistencia a la identi
ficación: es el caso de Artemis, virgen y cazadora en el universo
p o ético pero ligada a un culto de la diosa m adre de origen oriental,
p o r ejem plo en Efeso).
Esta unidad focal puede verse sumariamente en las doce gran
des divinidades del O lim po, Zeus es el principio de la soberanía le
gal, que une en sí la fuerza y la justicia y actúa co m o garante univer
sal del orden del m undo y de la sociedad gracias a su potencia supe
rior. Por otra parte, es ésta la razón del poder de Zeus, que no es
prim igen io sino conquistado gracias a una serie de gestas heroicas.
Según la genealogía de H esíodo (siglos vtn-vii a.C.), Zeus habría
puesto a una dinastía divina de orígenes nocturnos y caóticos, cul
m inada p o r su padre, Crono, que acostumbraba a devorar a sus hi
jos. Sustraído a la furia paterna gracias a la astucia de su madre
Rea, Zeus depuso a Crono, convirtiéndose en el rey de los dioses.
La nueva dinastía, celeste y olím pica afirm ó defitinivam ente su po
d er gracias a la guerra victoriosa sostenida por Zeus contra divini
dades clónicas y prim itivas co m o los Titanes, ligados al mundo
ca ótico de Crono. Con la llegada de Zeus a la realeza, se obtiene fi
nalm ente una separación entre el cie lo y la tierra, la luz y las tinie
blas, y se garantiza la arm oniosa sucesión de las generaciones. Su
esposa, Hera, en tanto que garante del m atrim onio regular, de la
unión capaz de generar una descendencia legítim a en el ámbito de
la fam ilia, está ligada'a la existencia misma de la sociedad humana
y de la civilización, a la que ella im pide caer de nuevo en la fiereza
carente de reglas del estado natural.
El herm ano de Zeus, Posjfón, es una divinidad antigua y potente
de claro origen m icén ico. En el m undo h om érico está, en cierto
sentido, m arginado: si a Zeus le corresponde el señorío sobre el
c ie lo y la tierra, a Posidón le queda el p o d er sobre los abismos m a
rinos y el subsuelo, lo cual le hace el señor de la tempestad y del te
rrem oto. D ivinidad tem ible, Posidón, co m o protector de los m ari
nos, siem pre estará muy cerca de esta dim ensión fundamental de
Ja experiencia griega.
Entre los tipos de Zeus, la predilecta es Atenea, la muchacha
que él ha generado directam en te sin intervención fem enina y que
representa, p o r eso m ism o, en el ám bito de su sexo el principio pa
triarcal, el va lor m asculino en la m edida en que puede ser com p ar
tido con la mujer. En este sentido, Atenea es depositaría de la inteli
gen cia práctica que preside tanto el trabajo de los artesanos com o
el típicam ente fem en in o del tejido. Representada por lo general
El hombre y los dioses/303
con armadura hoplítica, Atenas es además la prónakhos, guía y pro
tectora armada. Con esa doble atribución, Atenea está asociada al
papel de divinidad políade de la polis ateniense, es decir, de diosa
específicam ente ligada al destino de la ciudad, y objeto de una par
ticular veneración por ella (hay muchas divinidades políades fem e
ninas, com o Mera en Sanios y Artemis en Efeso: esto se puede expli
car p o r su valor de nodrizas, garantes de la fecundidad y de la pros
peridad de la población, al que se puede sumar el de protectoras ar
madas).
De entre los otros hijos de Zeus, A p olo desempeña un papel ex
traordinario. Gran divinidad solar, también con origen guerrero,
A p olo asumió siem pre más el carácter de dios de la luz, purificador
y sanador. Dotado del don principal de la sabiduría, Apolo conoce
el futuro y por tanto preside los grandes santuarios oraculares,
com o el de Delfos. Ligado a la música y a la poesía, y por tanto a la
dim ensión cultural esencial en la civilización griega, y galante de
la arm onía, de la belleza, del orden del mundo definido estética
mente. A p olo perm aneció com o la divinidad «filosófica » por exce
lencia. Por todas estas razones, en época histórica su prestigio os
cu reció algunas veces al de Zeus.
Con A p olo form a pareja, en el p o lo opuesto, otra gran divinidad
antigua griega (pero a la que los griegos atribuían origen oriental),
D ioniso. Dios del vino, Dioniso está ligado a la experiencia de la
em briaguez, del delirio, de la locura, domina la zona oscura que
precede al orden de la existencia civilizada, donde se establecen
vínculos muy próxim os entre hombres, animales y naturaleza. Su
culto, que p refiere la montaña y el bosque y atrae hacia él a muje
res y bárbaros, es con frecuencia apreciado com o subversor del or
den constituido por la polis. Dioniso está m arginado en la poesía
épica, donde prevalece la imagen heroica de la divinidad, pero se
convierte en la divinidad protectora de la poesía trágica. Con fre
cuencia se le ve opuesto al orden y la arm onía propias de Apolo,
con la figura del O tro — el otro aspecto de lo sagrado, no estable y
regular sino sorprendente e inasible. Sin em bargo la experiencia
religiosa trabajó asiduamente para una integración de estos dos as
pectos sin conflictos. En su santuario de Delfos, Dioniso fue vene
rado junto a Apolo; com o herm ano; en la religión de la ciudad, se
tendió a dejar a Diqniso en su lugar y su papel específico en la fies
ta, en los m om entds carnavalescos donde dom ina el vino, y sobre
todo en los festivales teatrales, llam ados a hacer com prensible y
aceptable en el orden social la alteridad dionisiaca y las dim ensio
nes de la experiencia que representa.
Tres divinidades femeninas y tres masculinas com pletan el pan
teón griego. Artem is. hermana gem ela de A polo, es una diosa vir-
304/Mario Vcgetii
gen y muchacha ligada a los espacios externos de la ciudad, com o
el bosque en el que se com place cazando con arco y flechas: lo con
trario que Atenea, instalada en el centro de la ciudad con su arm a
dura hoplítica. Artemis está ligada al culto fem enino, preside los ri
tos de las jóvenes y su paso de la condición de vírgenes a la de muje
res casadas, protegiendo además los partos y los nacimientos.
Muy distinta es la naturaleza de Afrodita, diosa del sexo y de la
generación probablem ente emparentada con las grandes diosas
orientales de la fecundidad. En conexión con la experiencia del de
seo erótico (de hecho es m adre de Eros), Afrodita es ajena a la esfe
ra fam iliar y conyugal: ligada a las dimensiones incontrolable y pri
m ordial de la sensualidad, está definida en ciertos aspectos por
oposición, a la reproducción matrimonial regular que Hera rep re
senta.
Ligada a la fertilidad de la tierra y a los ciclos de la naturaleza,
Dem éter puede por este m otivo ser asociada a Dioniso. Sin em bar
go, su dom inio está conectado, por oposición al vino, en el cultivo
de los cereales, y tiene su origen en la civilización agrícola. En la
historia de Perséfone, la hija de Dem éter raptada por Hades en el
mundo subterráneo, en el reino de la muerte y de las tinieblas, y
después, p o r intervención de su madre, reintegrada a la luz del sol
cada prim avera, se celebra la sucesión de las estaciones, de la siem
bra a la recolección, pero también, genéricam ente, el cic lo de los
nacim ientos y muertes. Estos aspectos hacen de D em éter una divi
nidad particularm ente ligada a los cultos femeninos. La historia de
Dem éter y Perséfone les asigna además, com o verem os, un papel
central en los misterios eleusinos.
La terna masculina, cuenta con una divinidad de carácter muy
particular, com o es Hermes. que personifica la figura del m ensaje
ro y del viajero; divinidad m óvil, ligada a los caminos y a los espa
cios abiertos, Herm es indica además el tránsito entre el mundo de
los vivos y el de los muertos, ya que tiene el deber de condu cir al
más allá a las almas de los difuntos. Su capacidad para los cam bios
y contactos, su m ovilidad de viajero, hacen de él un dios fundador
tanto de los com ercios com o de la cultura en cuanto arte de com u
nicación y de com prensión entre los hombres.
En el p olo opuesto está H efesto, divinidad artesanal ligada a los
espacios cerrados del taller y de la fragua del herrero, expresión de
la potencia transformadora y creadora de la técnica. En el culto de
los artesanos, Hefesto-está asociado con frecuencia a Atenea. Sin
em bargo, su esposa es Afrodita, una unión que aproxim a la crea
ción sexual de la naturaleza a la productividad artificial de la técn i
ca. Pero Afrodita no hace caso de este vínculo m atrim onial y prefie
re, en lugar del laborioso Hefesto, la fuerza prim ordial y guerrera
El h°n»bre y los dioses/305
de Ares. Dios de la guerra, tem ible divinidad de los campos de bata
lla, Ares está ligado especialm ente al valor heroico de los com ba
tientes hom éricos, en su dim ensión de furor y de impulso hom icida
incontrolado.
Además de los d oce grandes dioses, el panteón griego natural
mente cuenta con otras divinidades, Algunas de estas divinidades
m enores son bastante antiguas, com o el ya citado Hades, dios dé
los infiernos y de los muertos, Hestia, Eros y Pcrséfone. Otras se su
man, en época clásica, siguiendo un proceso de conceptualización
m oralizante del universo religioso propio de la época arcaica, p ro
ceso que tiene un trasfondo ju ríd ico y político. C onform e va pare
ciendo inadecuado, en su personificación narrativa e iconográfica,
para expresar la creciente com plejidad de la experiencia social, se
integran figuras que no derivan de la form ación poética originaria
del mundo de los relatos m íticos, sino directam ente desde la abs
tracción, desde la sublim ación de valores y problem as de la nueva
realidad colectiva. Asi aparecen divinidades com o Díké, la Justicia,
imaginada com o hija de Zeus para representar la directa im plica
ción de la garantía de los valores ético-políticos de la coexistencia
social; o también Eiréné, la Paz, una divinidad que expresa la n ece
sidad de arm onía dentro y fuera de la polis; o más tarde Tÿkhè, la
Fortuna, cuyo culto será bastante im portante en época helenística
com o respuesta a la difundida experiencia de inseguridad personal
y colectiva.
Tam bién e'ríTépocaih'elenística'^'losXó'tTtáctsstón'Cülturas réligiosas distintas-de;la-griega.7 en especial la egipcia, i itîpliCâTàn~la~in^
corporación-de;divinidades^extraτtieras-alτpanteón'RriegoJ-las~cua>,
5535graTTasi mi íadas, sin em bargo, a las tradicionalm ente fam ilia
res p_ór?laTvíá*deTsincretism oVasi, Am ón se unificará con Zeus, y a
veces será venerado con nom bre doble, Isis se unirá a D em éter y
Osiris a Dioniso.
Pero antes de-todo estonias viejas^ivihidádésTlélO Tim pbhom é*
rjC0^éx^ériméñTaron^tr^tránsfoñTtaci'ón .decisiva:-fueiOn integradas~en~elhori zome^ded arpó lisz con vi rtjéíid óseTóí a l'mè nte’ ë h ,'rép rë-i;'
se b ta n fës ld è jlriï
civicàÿ-^ôlitizada^Ea aparición de un o r
ganism o social y p olítico que lo com prende todo en el horizonte de
la G recia clásica, un organism o capaz de reestructurar la experien
cia colectiva y las m odalidades de vida pública y privada, com o fue
la polis, no podía dejar de afectar también a las formas de relación
entre hom bres y dioses, y al papel de estos últim os respecto de la
existencia humana. I ^ sTdmñidáfles-Ólímpicas~serán integradas en ·
lo ïe sp a cio s sociales de la vída^public^, llamadas á'pr^ ^ ár sOsrservi-^·
ciqs a laypc57/Tdé_lós KdmbTes^fcomo un ciudadano en activo más.
Esteíservicio·*— que será recom pensado con prácticas cultuales,
306/Maiio Vcgctti
qtTÆa p á H irfléa h o ra estarán r^gùlàdàs^tëgiMadasy-financiadas por! a c ó münida chpülÍ( iç a - - consistirá ante todo en asegurar la protec
ción y la prosperidad para la polis (tarea asignada en prim er lugar a
fas divinidades políades) y además en aconsejar, asistir y garantizar
las actividades. N o hay guerra y fundación de colonias, prom u lga
ción de leyes o tratados, estipulación de m atrim onios o contratos,
que no venga som etida a la protección de una divinidad, cuya aten
ción es reclam ada con los oportunos gestos de culto y las necesa
rias prácticas sacrificiales. Sobre todo, no-exisreiartcrde-con viyenü'ia e m rpciu d ad anos, de la fiesta a la asamblea, queTnOzesté7consatifâdô^ârl'gTdn7iTîiclacl'!clëTia'qu elsë!csperaÎgraciâ^bencvolencia··
La-conciudadanta-rderhombres-y^dio5&s»gjneue πtram ml ugar'se-
1¿ ó i¿ c jiJ a ^ ? id é m:ia~que:Íamiudadl^gha.a_su§ldivrnidades-a-tfar
v é r d e su"iepresg ntaciôn estatuaria:-colocado en cl centro de la ciu
dad, en el corazón de su espacio público y bien visible desde cual
q u ier lugar de la polis, el tem plo está abierto al público ÿ constituye
tina propiedad común de los ciudadanos, La com unidad cultural
que acude al tem plo y a las prácticas rituales que allí se desarrolfan
se identifica con el cuerpo cívico y constituye un m om ento rele
vante de su contacto, puesto que la unidad de ios ciudadanos está
cim entada en ella y garantizada p o r su relación común con la divi
nidad. Así, Hestia, la divinidad que preside el hogar común de polis,
puede ser identificada con la «legalidad m ism a» de la ciudad (Jeno
fonte, H elénicos, 2, 3, 52).
Precisam ente por este m otivo, las funciones sacerdotales, los
c o le g ios de sacerdotes.(hiereis)^qoe administran los tem plos y g o
biernan el culto no pueden ser considerados com o funciones pro
fesionales perm anentes y c o m o estructuras separadas del cuerpo
cív ico . LosTcargos^sacer-dótáléSVcotñoilas^rn^istraturasTrsoníCon
lfecuenciáTpüK!5Íecciómo~por;sorteo .y,-po r_otra:parte ¿soíitIos:pro ]7 j;os magistrâdds"dê“la^ÿ/t5, co m o los arcontes atenienses o los ¿fo
ros espartanos, qüienes-désafróllaTñdiTeótam'enteifunciqnes sagra.-»
ídasTtPero'dnclusoTcuaTTdóThayisacerdótes^lTeTeditarios? com o los
que corresponden a las fam ilias atenienses de los Buzigi y los Prax i á lgid a s, están som etldôs-dëItüdas:formas-àlTcontrol'pùbliçcrdedaî
ptrtij? dado que son tesoreros del culto y de la propiedad divina, y
p o r tanto com ún, tienen que rendir cuentas de su conducta a la
ciudad al final de su mandato, que de todas formas es tem poral y re( vo ca b le. N i siquiera se puede ped ir al sacerdote — dado el carácter
de la religión griega— ninguna cu alifícación especial de tipo te o ló
gico, aparte del patrim on io mítico-ritua! con ocid o por todos los
ciudadanos. Desde el punto de vista m oral, será suficiente que eslén exentos de contam inación y que cum plan las necesarias prácticas
de pu rificación antes de acercarse a los ritos y a los sacrificios.
El hombre y los dioses/307
E ls j^ ifió ió ^ ia id iy in jd a d o!impiça:çonstituye;en:Yerdad:e.kmOmeHtú_fócat~de lo que Platón llama «la:am istad^ntr^iG sès-ylîoïTi/6_res» (Sim posio, 188c) y, por tanto, también de la amistad política
entre los hom bres que aquélla tiene que garanti7.ar. Detrás de la
praxis sacrificial está naturalmente, com o se ha dicho, el aclo de
ofrenda votiva a las potencias divinas. Pero en la elaboración m ito
lógica de los griegos, en su rilualización del sacrificio, hay algo que
es más específico. S ê ^ 7 T ^ l“rhito,/en.^r5Tigentdëllsâ'crificiodo q y e
hay.es unTerrgaño urdi do-por:Prom eteo? quien había asignado a los
hom bres la carne com estible del animal, dejando a los dioses sólo
partes no comestibles, destinadas a ser quemadas y transformadas
en humo. Este engaño-pusodin-al-priginario-compartirla-roesa-entrehorñbresyydipsesryiasignó'alcrs.dosgruposunrégiinen.aliinen-^ticT<5*distíntoT;humo y aromas para los dioses inmortales, y para los
hom bres alim entación cárnica, ligada a la mortalidad. ÉlTcórie
marcacjo por-P-rorocteo no-se-elim ina-en-el-acto sacrificial — no se
puede vo lv e r a com partir la mesa com o se hacía en origen— /sino
ejue-serrecompone-rarmoniosamente.· LosTliO^és^prcsenciáñ’éltsacr.ificio y se complacen_en él y,-por,su;parte7 los~hombjes están-autorizados~ada'alimentació"n~ü"áTñiCárpGrquesé-alimentáirde:ánima-^
l¿syt3yaTñlIéne:se:legitiiTTáén^ilíud:de la^óñságra^ión al culto di-^
vino/y n o contamina? P q r eso~ajTÍtO‘Sacrificial-lesucede-el banque^
teruna/çgmida-en común-donde-el -reparto'dé'la carne sanciüñiPy
fe g ítim a la-sucesiôn~deias1ër^qüla^rsoCi'ales,'!v.donde;a lo s niagistrádos/ados sacerdotes y a lósyiudádán0sTtYá5_eminentes ¡estocan
la £ m e jô T ^ 'p a rte s jE lfrity s a c ri fi ci ahy.el banqu e tejquerl e- si gue :se
de^gfro jjanTenyün/m arcoifestivó:‘ las Panateneas atenienses, por
ejem plo, que están representadas en los frisos del Parlenón, repre
sentan uno de los más extraordinarios ejem plos de autocelebración del cuerpo social, de espectacularización de la concordia y de
la arm onía que reinan tanto entre sus m iem bros com o entre ellos y
sus dioses. «Los dioses com padecidos del género humano, que re
sulta tan sujeto a miseria — escribe Platón— , han dispuesto para
ellos unos relevos de las penalidades, que son los periodos de sus
fiestas, y les han dado co m o com pañeros en la celebración de ellas
a las Musas, a A p olo Musagueta y a D ioniso» (Leyes, 2, 653d). Una
tregua no pequeña, ciertam ente, si se piensa que en la Atenas del si
g lo v se dedicaban a las diversas fiestas que acompañaban a los ri
tos sacrificiales casi cien días al año.
E r^arácter;pú bIico 7 festivo y solandehsácrifició ofrécidó-á-lós
dioses olím picos ésta tÓdávíamás subráyadó por.cOntraste con-los
aspèc.tpTclë*lôs ritos sacrificiáTes déd icád osa lasIpótenejas inferio
res,'ctó m c^ ;félá ü ip ñ á d á *r
rrïiindcTdè los muertos,-■que persistert'tffrnbiéfí e n la pó/tsylásica/aünq'uéseá una posición rhárgi'-
308/Mano Vegeiti
f^l^Box'lOJgeneralrs^'^ësârrôl laneñTíoscuridád-noclurná^no con
un altar elevado y bien visible para todos, sino directam ente sobre
la tierra desnuda. NoTmalrneme’ sepractica'el'hoIocausto, es decir,
la combustion de todo el cuerpo de la víctima sacrificial, de m odo
que no quedan partes disponibles para el banquete en común. Así
pues, s^tratT;en“xo7rjnTrt^,^êTm^ntnâ,lTâpôtropaico7rdë-'cOnjiJrô^
de".ëversiorï mas-qiië^de contacto y de pacificación arm oniosaérítré
eljgrïipo :h ú m a n o s la s divinidades quedo protegen5!
Esteladoroscura dël-fit ? ^ r i ficial-ensom^3Fa:·é"ιIñâ:clifñënsión^,
de'la experiêrïciâTrêligidsa griegâ, un nudo de problem as existenciales)en.relaciófr.con~el:m iedoala-m uet!ter a lt e m o rin sp ir a d o poi·
Ιο 'ΐη νΪΒΐΙρΙο^ΐΓϊόο^ΐΓδ pai a.el^ú'e~la~feligiá7ralírtipica — tanto en
su prim itivo lado «h e ro ico » com o en su posterior metamorfosis
política — no pueciëTclar^su X espuestádt^qu ilizadorayniyofrecer·
foTmas de com prensión v contrôl?En éStë:tërreno'— el difícil terre
no del destino individual y de la angustia asociada a su precarie
dad— se encue"ñtrandos-limites-de-unarehgiosidadiigada'por~enterp^'adaproyección"de_una"ditTTetTstónpub1ica,"social,'comunitanav1
Estará, entonces, integrada con las formas distintas de relación con
lo sagrado, que constituyen un lado subterráneo, pero por muchos
motivos no menos importante, de la religiosidad del hom bre
griego.
L os misíerios_yyas'sectas^
El'dios-de-los-infiernosyidelosTnuertosrH ades raspara ip sgriegos^naTdivinidád^ih templÓ^ysiñ'cult©. Precisam ente•esïe'ciëp’la1
zâmiento dëdàosfërâ yisible olimpica·; junto con el terror suscitado
por el mundo de lo invisible, de lo indecible, de lo que contamina,
susóitCl^néc^idad7tle:una:experjen'cia_religiosaydjstinta77aiejada
d é~lós^spa~ciosTv_deio s m odos~del~culto~público y-diurno7?A/partir·
dë^ésia exi'gerfcia~hâcë lâ rfôrma'dè,religiosidadlTÎistencâC(ëlrtërfni:·
n^l>iys/ërid^ënv^^e!my5Fê?·*iniciado, y expresa el secreto que ro
dea a estos cultos, la obligación que se hace a sus participantes, los
iniciados, de guardar silencio sobre lo que se hace y se ve en los
cultos). Hay que aclarar, de todos modos, un equ ívoco que fácil
mente se puede asociar al carácter iniciático y secreto de los cultos
mistéricos. Estos no están reservados a una m inoría exclusiva y
sectaria: to^Q^iudada_npipuede:seriniciado-yrpóf.'ló'general7:loTes;
incluso son admitidos sujetos que por lo general está excluidos en
los cultos olím picos de la polis com o los extranjeros y los esclavos
y, naturalmente, también las mujeres.
L^sTcultos Amistencós'Tñó^gfiTnTás^Tgdncid'ffs^queTlosTcivicos.
El hombre y lus dii>scs/30y
sino,Ten principio y de hecho, rñas àmpliôstque ellos’ ya que la esfe
ra de los iniciados potenciales y efectivos supera ampliam ente los
límites de una participación en la ciudadanía. Esto significa que sea
dirigen-ai-hombreen:.tanro queifíóTnbré más qOeTa\poi í tés ; y_que in
vierten en una esfera de experiencias más profundas, más radica
les, más difundidas que aquella que concierne a la autorrepresenlación y la garantía del cuerpo cívico de la polis.
La necesidad de un procedim iento com plejo de iniciación y el
secreto que rodea los cultos m istéricos no im plican una selección
entre los posibles participantes, sino que más bien se dirigen al ca
rácter profundo, no expresable, terrorífico de la dim ensión de ex
periencia a la que se dirigen. Es posible que la raíz más rem ota de
la religiosidad mistérica resida en los festivales, prehistóricos de
exorcism o de la muerte, en las inefables experiencias de salida de
la corporeidad y de inm ortalidad que quizá se verificaban en ellos
m ediante el uso de drogas alucinógenas. Por lo que respecta a los
griegos, tenemos raras noticias (porqu e el secreto iniciático ha
sido, por lo general, m antenido sorprendentem ente) sobre los mis
terios de Eleusis, celebrados en el ám bito de la polis ateniense
(aunque existíán otros im portantes cultos mistéricos, com o los de
Sam otracia). CéTTtrorde:las-çelebraciones;eleusinâs"érâ’:lâ'Kistôriaf
d^Dënré'têr.'vrPërs’é fo nèï^referen c i a clara al hecho de la muerte y
del renacim iento propio del cic lo vegetal; pero también, además
de esto, a la dim ensión de la generación sexual y de la esperanza de
una salvación y de un rescate de la m uerte que se encuentra en el
lím ite de toda experiencia individual.
«Lô^istô7^icH o-ylH eÎho« efTlos*mistëriôs — según la expresión 1
canónica que define el ritual— sexulminaráTenlunaTvisión? q^eny
untrsenè^ëlvisi&ïJës •capacësHë’·- e v o c a r á reclam en t e ô -sim bólica*,
mettte~el~sexo—la-muei^é7 ^ 1 renacef,^éTprovocar-úriá^expériéñciá*l?
d ^ te jr ^ ^ n m o r d iá l'^ ñ T ló s presenté? (el núcleo del ritual se desa-j
t rolla de noche en una cavidad cavernosa iluminada por el fuego!
de las antorchas), y ldespúés capaz:de sanair-laipropia-experienc'ia
ccm^la'epifámartranquilizadora^deTlaTsalvaclórtT-V-idéLñuevomaóimic~nto,incapaz d ë T ^ u rific a r»"^ 1osespectadores-ac tories,
En tanto que profunda y radical, p o r estar dirigida al hom bre en
cuanto tal y no al ciudadano, la expert érréiade los'cultós mistéricos"
integra 1l a ^ r lâjrêligm n^lim pica.'-peroinb^lâ1niëgà_fîiIëxçlùyèT<,La>
;;Ó/tTatenienS"é~tutela,‘ p ró te g e v adrhiñistrárós-mistérió^elcúsinó's·
que no producen un tipo de hom bre ni una form a de vida extraños
a los de la com unidad política, ya que la iniciación en los misterios
no conduce ni exige una existencia distinta de la de sus conciuda
danos (tam bién iniciados, p o r lo gen eral). bos~mtsterios~alcânzan>
de este"m odo_una.esfera-de experiencia y de-problem as psicblogi-
ο ιυ/ινιηπο vcgein
obs y! r e lig io s o s a jo s que los cultos públicos de la polis no propojv
cibnárr.voz ni respuestas*? pero, precisam ente por. este m otivo,,re‘
preserifáñ u n lü p lém eñ to necesario y fácil.de integrar.armoniosaiñ erife/ yñ ó instituyen co n flicto alguno, privado o püblico7entré el
cm daTiâno:y:eH njciado. ψ
Es_ distinto --el .casq.de Jas sectas sapiencialesireligiosas.ren las
que se expresa el aspecto m ístico o, com o Ha"sido dicho quizá m e
jor, «puritano» de la religiosidad de los griegos.
ElrmbvimiehtO 'órfico — de O rfeo, legendario cantor, poeta y
teó lo g o al que se atribuía un descenso a los infiernos— nacc:de:laj
G recia dehsiglo vra.C.^eñjos.m ism osam bientes; culturales y socia=
les e tilo s que se habían désárrollád blos cultos dióñísiácos.·Aquí se
acogieron , probablem ente, los ecos de la tradición chamánica que
se origin ó en el mundo escita, co m o las creencias indoiranias so
bre la inm ortalidad. Desde el punto de vista socia l, estos m ovim ien
tos religiosos de protesta parece que se refieren a las áreas de ex
clusión y de desagrado producidas p o r la form ación del universo
politizado de las ciudades: mujeres, extranjeros, comunidades p eri
féricas, figuras de intelectuales marginados. Desde el punto de vis
ta psicológico, los m ovim ientos sectarios recogen las mismas exi
gencias procedentes de los estratos más individuales y profundos
de la experiencia religiosa, que actúan tam bién en el rito m istérico,
dando, sin em bargo, respuestas más explícitas, más articuladas tan
to en el plano religioso co m o en el intelectual, proponiéndose en
definitiva co m o una integración, pero también c o m o u n a-alternativa^radicál 'a 'la .form a dé~Í5 religiosid ad'olím p icálV ,ciudadana?
Esta alternatjva sé configu ra en prim er lugar com oda propuesta
de~un m otió~de vida contrapuesto al del ciudadano: Se articula en
una serie com pleja de obligaciones y prohibiciones, la prim era la
de no co m er carne, de la que verem os el sentido religioso; pero
más im portante todavía que el contenido de estas obligaciones y
proh ibicion es es su capacidad de establecer una regla m inuciosa y
de indu cir en los iniciados un ansioso celo de observancia y de dis
ciplina. L a T e^ la y la disciplina en sí mismas garantizan la purezarde
lps m iem bros de la secta? confirm an su diferen cia con los demás,
con los profanos, con su m undo im puro y contam inado. El m odo
de vida escrupulosam ente construido y observado por las sectas
constituye el prin cip io de exclusión que separa los pocos que han
em p ren d id o la vía de la pu rificación y de la salvación partiendo de
la irredu ctible m ultitud de los im píos, el mundo de la ciudad triun
fante que cree ser capaz de segregar a los débiles y los m arginados
y que en cam bio es rechazado y excluido, gracias a la elección sec
taria.
P ero, ¿cóm o se form a el rechazo de la ciudad y de su religión a
El hombre y los dioses/311
estas m inorías sectarias, ligadas a grupos sociales y experiencias
culturales extrañas a la polis? en prim er lugar/Sífi^tíaza.ercáfáiCP
.ter vio len torel aspecto cruen toy-hom icida q u e se^ecdnbce.cóm b
centraí enda-polítización de la vida) La ciudad se muestra estrucluralm ente ligada a la exclusión y a la opresión de grupos sociales
com pletos, a la guerra entre diversas comunidades, a la stásis y al
pólem os, ligada al asesinato (phónos) que inevitablem ente acom pa
ña a estos fenóm enos. En una palabra, la ciudad está indisoluble
mente ligada a la m em oria de la violencia heroica de la litada, y
está marcada incluso en su práctica religiosa. Posición central ocu
pa aquí el sacrificio cruento, la muerte del animal, el derram am ien
to de su sangre: se trata de un con ocim ien to difundide en estas fo r
mas de religiosidad puritana, destinada, com o verem os, a asumir
tam bién las form as de la teoría, que la posibilidad latente en todo
sacrificio es el asesinato, que la violencia, una vez desatada, no
puede ser reglam entada y con ten id o en su sim bolism o sacrificial.
J^^vidaTSOTislTFstáTIpóT:tañtó“ coñtámiñádá-pór_üñáTctrlpa'dc
sangre.•'que-prolonga-y-perpetúa.o.tra doble. culpa-niás-antigua~que
m arcaiapropia existencia de ja'humanidadrpor.una.parteryla de
¿eàdîTHo m b rëT i^ ividuglffiëntg^pgr.otraDeHecHó es uñlisésinálo~6riginafióf según el mito órfico, los T i
tanes habían atraído al dios muchacho, Dioniso, por m edio de una
añagaza, lo habían asesinado, cocinado y com ido. De las cenizas de
los Titanes, golpeados p o r el rayo de Zeus que les castigaba por esta
prim igenia teofagia, nacieron los prim eros hombres, manchados
desde el com ien zo p o r esta contam inación atroz. Pero la culpa o ri
ginal se m ultiplica en cada existencia individual: según Empédocles, un sabio de com ienzos del siglo v ligado tanto a la religiosidad
órfica co m o a la filosofía pitagórica, cada vida está ligada a la pre
sencia en un cuerpo m ortal de un alm a-démon inm ortal, de origen
divino pero expulsada de su sede celeste p o r causa de un asesinato
o de un perjurio (B 115 Diels-Kranz), y obligada a pagar su culpa a
través de la in ferio r existencia terrena. -La vicla de lo s~hombres esta »
aplasfáda b á jó 'e í peió^de^esta tn plé^u lp a’ que marca lá ^ fo p ia exlsteñe ia d é la humanidad,*lá”d ^ á .s b c ied a d p o lítica y' lajde cada iriclividuorEl'Castigo de la culpá consiste éri la Violencia que contamina
cada acción-de la.yida._en el dolor, e n la O p re s ió n y en la angustia
qu eia'acom pañanj en.la funesta espërâ de l l m lîeftê. Pero-hay una'*
Vla haciá^lá"salvación? hacia una felicidad inm ortal capaz de saltar
los m ism ísim os lím ites de la condición humana. C<Jñsiste“eri'una'
d o b le estrategia. En primer.lugar,'se_trata de co n tra p o n era la corpóTeidadCOTtámiñádá y m ortal el elcffiéñlü diviñóe-inm ortal·que
hay en-nosotros, ¿rá lm á '(la fuerte con cep ción del alma nace de la
cultura griega, precisam ente dentro de este contexto religioso y sa-
312/Mario Vcgetti
píente). H ây^ue liberar el alma; desatarla de los vínculos de.la co r
poreidad; Al"m ism o tiempo,-hay.que purificar.ej alma de-la culpa*·
q ü e le lra\h.ecKô_cSër“ dësde su cóñdicióñ.dé.démóh-di'vinó hastaëntrar.en ü~n cuerpo; la atadura a la corporeidad se utiliza com o un
instrumento necesario para pagar la culpa, respecto a la cual re
presenta el castigo. Para- ambas'objetivos:.— puríficiación'dé lá co r
poreidad y pU íificacióri-déralm a^- lá vida"ténHrá qúe versé com o
ü~n ejercicio de sacríficÍo.'de'reñuncia/dé ascetisfilo: agesto Van di
rigidas todas las reglas qiié definen élTñódo de vidia sectario. Laprim era y fuñdamental renuntla, desde .el.punto.de .vista:simbólico;es*
'ía-de ia alimeñtációnJcarmca_yTcoh ella la dél slcrificio.qu ë de fo r
ma indisoluble le acompáña en la fé lig ió n de la ciudad^esta doble
renuncia significa el rechazo de la violencia, del asesinato, del de
rramamiento de sangre que contaminan la existencia humana. Le
acompaña toda una serie de reglas de asistencia, a partir del con
trol de la sexualidad, que significan el rechazo de la m ezcla del
alma con el cuerpo. En el diálogo platónico que más representa la
tradición órfica y pitagórica, el Fedón, la vida queda claram ente ca
racterizada com o ejercicio de preparación a la m uelle;
«Purificación (kátharsis) ¿no es, por ventura, lo que en la tradi
ción se viene diciendo desde antiguo, la separación del alma lo más
posible del cuerpo y el acostumbrarla a concentrarse y a recogerse
en sí misma, retirándose de todas las partes del cuerpo, y viviendo
en lo posible tanto ahora com o después sola en sí misma, desligada
del cuerpo com o de una atadura? [...] ¿Y no se da el nom bre de
muerte a eso precisam ente, al desligam iento y separación del alma
con el cuerpo?» (967c-d),
Lá^^álváción in'diyidual es p a r îë l ôrfism oësen ciâlñíenfis salvâcioñ del alm a?m erecidálTtravés.détá práctica'de una_purificación^
gue~no~sc agota e ïïu n gesto .ritual sino que identifica 'toda .laexis*tenciar e l d ios,del orfism o es en.primerJugar'Ápdl5^/a2f/mrF¿s,~él
«p u rificadora* Libéradadel cuerpo,rel alma purificada puederegre*'
sarada beátitud^dé su ón g in a riacon d ición divinadlos adeptos de la
secta solían llevarse a la tumba tablillas áureas o de cuerno (co m o
las encontradas en Locris, en Magna Grecia y en Olbia, en las cos
tas del M ar N egro), que atestiguan la purificación producida e in
vocan a los dioses de ultratumba para que el alma del difunto sea
acogida junto a ellos.
Los órficos fundaron esta fundamental concepción del alma y
de su salvación sobre una teogonia que se opone a la de H esíodo,
del m ism o m odo que el rechazo del sacrificio cruento se oponía a
las prácticas religiosas de la polis. Conocem os esta teogonia órfica
de m odo fragm entario (entre otras cosas gracias a un papiro en
contrado recientem ente en Derveni). Si H esíodo presentaba la or-
El hombre y los dioses/313
ganización del mundo divino com o un paso del'caos originario al
orden realizado en el reinado de Zeus (donde podía reconocerse la
sociedad de los héroes y luego la sociedad política), para los ó ifico s
hay una decadencia desde el orden inicial, sim bolizado por la uni
dad del Prin cipio prim ordial — la plenitud del huevo cosm ogón i
co, la indistinción de la noche— al desorden de la m ultiplicidad y
de la diferencia, con el con flicto y la violencia que conllevan. Hay,
sin em bargo, un nuevo orden, que se expresa con el advenim iento
de Dioniso, su «pasión» — en la acción teófaga de los titanes— y su
definitiva recom posición. En el hom bre, el equivalente a la historia
de Dioniso se expresa a través de la contam inación originaria, la 1
purificación y la salvación del alma.
1
E n 'e lïh o fiz o n tc jreligioso d el oHismo, D ionisojuega;un¡.papel
táñ im portante com o el de A polo, si noimayor.'La relación que exis
te entre el puritanismo ascético y vegetariano del oríism o y la de
senfrenada liberación de los ritos báquicos propios del dionisismo
constituye un serio problem a de interpretación. Sin duda, tienen
en com ún referencia a estratos sociales m arginales y la form a de
cultura y de religiosidad de protesta, alternativas a las «oficia les»
de la sociedad de la polis. Pero además de esto, éLorfism ó ha visto
próbablem eñuTerTDioniso.al diÓs~cléTa iñocéñcia.óngiñária y per-didá“ dé” l_3 pacificación entre hom bres y éntre ho_mbres y naturalezá.Tque las violentas sociedad de la guerra y de la política habían
puesto en crisis. Ciertam ente, la:inocënciaTdehdionisisrnôTUeva
consigo uña purificación- de~la condición historicárdé lôiThômbrës
háciá^abajóí, en dirección a un regreso a la inocencia natural de la
animalidad, m ie n t ^ O lu é ]la 'd é ·los'oTficbs está dín gld a más-blefT
haciajlô altq? hacia la recuperación por parte del alma de una con
dición divina: p gro losados-aspectos han podido ^r~gxperifnent¿dos co m o~e x presj ón e~s~;de un rechazo común, d é_úña c ó rh ú n"aspi r ac ión a'Tiii ót^érPy ürïâ pàz qïïe îa religión de l a política no podía ga-y
t;ántizár:
La referencia a A p olo — dios de la sabiduría además de dios de
la pureza— dom ina en cam bio en la tradición filosófica que, desde
los pitagóricos hasta Platón, retom a y elabora teóricam ente el
mensaje religioso del orfism o.
Entre los. siglos ly^y v ; los pitagóricos désarrollanda^concepción
ó rficaTdeTla! salvación 'enlu nâTelàbc)râdârdôctnna^deL'ciclol!dèTras1>
reencarnaciones;dëlâIm âTEsta, co m o dém on inm ortal, pasa a tra
vés de una serie de encarnaciones en diversos cuerpos mortales, de
condición superior o in ferior según el nivel de purificación conse
guido en la vida precedente. Al fin, el alm a podrá separarse definiti
vam ente del cic lo de los nacim ientos para regresar a lo divino de
donde p roced e (según una versión de la doctrina), o bien, podrá
314/Mario Vcgetti
|
reencarnarse en las form as de vida más altas concedidas al hombre, las del rey justo y sobre todo la del sabio, que ya asume — com o
ocu rre definitivam ente en la reelaboración platónica de esta tradi
ció n — el aspecto del filó so fo . Po r otra paite,.va_enirrs:pitagÓricos
lá^punficación-ascética^éxigidá^poriá^vidaf^Órfica^se-va-configutfiTTdp-de-una m aner á"distTntáf a las abstinencias y a las renuncias
rituales se'suma-ladorma-más"ájt5~de^laTMrnficaciÓTr_«ápólínea»,’da>t
j
qT^~com poná~l^eáicációna_laVábiBünateórica^al-estudiÍo^ é rl5sy
¡
temas'mas p u ros^ el'^ ó n ócim iéñ to'· Matemática, geom etría, arm o
nía, astronomía, cosm ología, filosofía — el cam po de la pura teo
ría— integran en parte, y en cierto sentido relegan a un segundo
plano, los aspectos propiam ente rituales y religiosos de las prácti
cas de purificación del alma; y por otro adquieren ellas mismas un
va lo r religioso, una consagración apolínea, que harán de la form a
de vida del sabio y del teórico la más alta y más grata a los dioses.
Esta tradición alcanzará incluso a un pensador «la ic o » com o Aris
tóteles, quien en las últimas páginas de su Etica de N icóm a co (10,
7-9) desgranará un verdadero him no a la perfección , a la beatitud,
a la proxim idad a lo divino que corresponden a la form a de vida fi
losófica.
En el curso de este cam ino, la relación entre la actitud de los sa
bios, de los filósofos, de los intelectuales y las creencias religiosas
no siem pre será, sin em bargo, de integración y de desplazamiento
progresivos, co m o sucede con la co rrien te m inoritaria y sectaria
que va desde el orfism o al pitagorism o y a Platón. Esta relación es
taba destinada a co n o c e r frecuentem ente m om entos de co n flicto y
de crisis.
!
¡
¿ja^critïcâTd ^ l dljxiiïïiôKiyTla^ivisiôTïTdëXlasZcrêënciSs*
.PgcâTlüsigriëgos.llàTexperiencia -religiosa-esiempre-serdesplazô
ba^cia^dos^plano s ^distmtosTpero Lé'sirechàinente^ihterconectàdos-ry
P oriTiv la d o^el ritô^cp.tidianôN'poT ^ t f ô l co m o su nivel de sentido y
de inteligibilidad, e HcOnj üfTtôîd e il Os^rëlSt ostm i t i'cos^rrrâs'ôTm e η o s
d ifectâm ëK tlTh gatiôs'aëxigeiïcias prôfu m lâsTdegarantiâllëlordën
dél'.rnundoTrde'sentido^yivalôrrdë^làexperiéncià-social^imiivicltrSl.
l^â'!Ôbsc_ryançia-:deWrito--exigeiên’ralguna~medidariaTcreencia:en?el
u ni v e rsó^de 1m ito ,-yé <Tta sol ó e s posible a suvêz-— en un panoram a
intelectu al que se con vierte cada vez más com p lejo, más rico en
problem as, en instrumentos y en retos— rhcdiarTteTUn^desplazainigntorívacia~un~espacib_v.unrtiem po-distm tosrespectQ;ajos-histónicos^y'SOcialesTRequiere, p o r tanto, la inscripción en un registro
a u tón om o de verdad, no com u n icad or y no vincu lado con los rela-
j
1
Kl hombre y los dioses/315
tivos a la dim ension histórica, política e intelectualm ente goberna
ble de la vida. En cierto sentido, Aristóteles podía todavía conside
rar en la Poética los hechos del m ito com o acontecim iento (gertóm ena) realm ente ocu rrido (1451b pp. 15ss.), pero sólo en cuanto
que pertenecientes a una dimensión espacio-temporal no hom ogé
nea y ajena respecto a aquélla en la que se desarrolla la experiencia
histórica y sobre la que han tom ado sus instrumentos intelectuales.
ba"Cri si ίΠϋ<Πa-creenc i a!rñíti Cï?e bcorñ ienzo-de^sutensiórrcóriíl S
raciorTálidacl3óIitico: Filosólica: qüc^reiña^en4áTvicla3ótial-derlos
ho‘m bregrsc y e rif:ican?>por el contrario, cuando;la:segundaMjende a
iny^dir;el·espacio^e‘ la'primèri^O-bienxuandÓ^Ia'plΌpiàcree^nciâsë,
dispone^nuna-dim ensiôTOî‘spa“cio^tenTp’üfâlm oalejacfa-respectora
/laTlíisíoTica?
Laîprim erajd ëxstas-col isiórre‘s7se:p rtfduc e“cu an d.p j a^form ard e
rá c iÓ ñ á lid ^ sápieñciaÍ^ruégo:íllosÓficá?for¿adá por su creciente
capacidad de abstracción, ti e nd ε Ί Π nvad i r x l tro»les pac i aTñplcp?»
tidianO'del'mitû-: En este enfrentam iento impar, la imagen religiosa
antropom órfica del m ito revela inm ediatamente su falta de ade
cuación intelectual, su naturaleza poética e ingenuamente proyec
tada. Ya en el siglo vi Jenófancs señalaba de form a impía este as
pecto: «L o s m ortales opinan que los dioses han sido generados y
que tienen un m odo de vestir, voz y aspecto» (B 14-Diels-Kranz);
«p o r otra parte, si tuvieran manos los bueyes, los caballos y los leo
nes, o fueran capaces de pintar y de hacer con sus manos obras de
arte co m o los hombres, los caballos representarían imágenes de
dioses y plasmarían estatuas similares a caballos y los bueyes a bue
yes» (B 15 Diels-Kranz); «los etíopes afirman que sus dioses son
chatos y negros, los tractos que son de ojos azules y de cabello roji
z o » (B 16 Diels:Kranz).
Esta'XritrcaTdeyastadoraidel-antroponyorfismo'rníticórdejáTél'és-!
.pâ‘çiStlibfé^y-diSpômble:para':la“invasiôirdë-la:abstrâ‘cciôn:filosôfivi
¿ca>Ahí instalará Parménides, justo después de Jenófanes, su ser
uno, inm óvil, necesario (el estado opuesto de la variopinta capaci
dad narrativa propia del mundo m ítico); después de él, «o tro » nivel
superior del m undo será ocupado p o co a poco p o r otras configura
ciones teóricas, hasta la teología cosm ológica de Aristóteles, que
aceptará en la Metafísica echar un vistazo retrospectivo sobre sus
precursores. «L^os originarios y hom bres más antiguos han com
prendido estas tosas en la form a del m ito, y de esta form a las han
transm itido a la posteridad, diciendo que estos cuerpos celestes
son divinidades y que la divinidad circunda toda la naturaleza.»
Hasta aquí Aristóteles es com prensivo c indulgente. Pero inm edia
tam ente después agrega: «L o demás [los nom bres y los relatos de
los dioses] se inclu yó después, tahibién de form a mítica, para per-
3 16/Mario Vegciti
suadir a la mayoría y para im poner obediencia a la ley y por m oti
vos de utilidad. De hecho, dicen que los seres divinos son parecidos
a los hombres o a otros animales, y añaden otras cosas, que derivan
de aquéllas.y son muy similares a ellas» (12, 8). Aristóteles separa,
por tanto, netamente un núcleo de verdades, un «p e c io » de la sabi
duría antiquísima — la fe en la divinidad de los astros— de la con fi
guración mítico-poética, del antropom orfism o narrativo en torno
al cual se había articulado la religión de los griegos.; Una~vezique-ha%
invâ3id<5Têl7ëspâciô^lIp€ÏÏsârniên"to^filôsofico no"puëdë-por m'ás
quB^arrüñá^ x p jic aciónTinstm mentalrde'todoTéste-bagáié-mítico^
tradicional'1La-primera es dOipqIp_plítico: 1ós~dios~es~de~la~creencia
comúrriTá~sidÓ.inventados — en su versión moralizante de garantes
de la justicia— paffin c u lc a F ë L rcspetô'ârla'lev y alos^valoressocjale j^ fT la s méñ t e r d e 7 l'as2 si'mples,cque hubieran transgredido unà y
los otros no hubieran sentido el tem or al castigo divino. En esto,
Aristóteles había sido precedido, hacia fines del siglo v, por el sofis
ta del partido oligárquico Critias, quien había escrito: «C reo que un
hom bre astuto y sabio de mente inventó para los hombres el terror
a los dioses, para que los malvados temieran también por aquello
que hacían, decían o pensaban de m odo oculto [...] Así, pienso, al
guien persuadió al principio a los hom bres de que los dioses exis
ten» (B 25 Diels-Kranz). Y después de Critias y Aristóteles, una lar
ga tradición filosófica, de Epicuro a Lucrecio, se esforzó en con
ven cer a los hombres de que tem er al castigo de los dioses era un
absurdo.
La'segunda^explicaciÓñriñstrumentaLdeLm ito^está-en-su-rintei?
prefagióΎΠΓ1egori ca. que tiene también una amplia tradición, desde
los sabios presocráticos hasta los filósofos estoicos y ñeoplátónieos. S^un~está~tracljCjóñ.,rel'mito~expré~saría~de form a poética, para
uso de mentes simples y com o adorno, uñ núclé'Q"de,v.erdades filosóficas q ue se puedendeer detrás de-él-^así, el carro de Apolo repre
sentaría el m ovim iento del Sol, la justicia de Zeus la existencia de
razón providencial que constituye la legalidad de la naturaleza, las
generaciones de dioses el orden se constitución del cosmos, etcé
tera.
Si la prim era form a de colisión entre creencias míticoreligiosas y racionalidad filosófico-política se produce cuando la
segunda invade, en virtud de su potencia de abstracción, el rem oto
espacio de las primeras, la segTJnda-colisiónitienejlugar, en cam bio,
cuando son,lás.cre.encias7 ~con~su-capacidad-de;condicionarda'-vida
histonca~dé~los"hornbres a~través dé la educaciónrlas que violan-las*
fronteras-deLespacio-ético-político? Com o hemos visto, Platón te
mía los efectos deform antes de la poesía «teo ló gic a » de H om ero y
de sus seguidores, y proponía al legislador de la nueva ciudad en-
E l hombre y los dioses/317
m endar los viejos textos de m odo edificante, y expulsar después de
la polis a los poetas para siempre. Mientras se piense que «H om ero
ha sido el educador de C recía y que, p o r lo que atañe a la conducta
y cultura de la vida humana, es digno de que lo estudiemos, hasta el
punto de ordenar toda la existencia de acuerdo con la norma de
vida que encontram os en tal poeta». Platón piensa que no habrá ni
una buena form a de vida ni una ciudad justa, ya que, añade, «si das
entrada a la musa voluptuosa, en la lírica o en la épica, reinarán en
tu ciudad el placer y el d o lor en lugar de la ley y de la norm a que en
cada caso reconozca la com unidad co m o la m ejor» (República, 10,
pp. 606a ss.).
bam uevatciudad"debe:rechazar;lam egativaireligiÓirrñitólógicb
dedosTpoetas? por sus efectos perversos sobre la educación de los
ciudadanos, además:deb‘e7fuñcláf sus propiàTiïîstitÛciônesy-sü-prôpiæeducaciôTTën'una nueva tèolôgiâ^:que'respOTi'dà“a"dictâdôs7ië'la
razóm fiiosófica: y/s'e'trata’rá’ según las Leyes platónicas, de;unarteológíadundada sobre la creencia en la divinidad de los astros, y en la
existencia de una providencia divina que garantice el orden del
cosm os y, por lo tanto, sea norm ativa para^la1existencia-hurnanaf
Esta^nïTeya~tëplogíáTfilosó fi ca, bastante más pobre en contenidos
narrativos e imaginados respecto de la «p oética », pero mucho más
exigente en térm inos de obligaciones normativas y educativas y
m ucho más rica en temas dogm áticos, senfirá^la-téntación’ r e c u ^
rreñtérd'e:dotarse~dëU n apamfôTde-control'^ e êôffStn c ciô n *'a n'iëd io c a rnino-entre-el-Estaclojyla:Iglesia/cápaz:d'e~imponerla~ortüdoxia^y^5^cátrgatTl~a~transgresi6ñ?Así, Platón pensará en dotar la teo
logía form ulada en el décim o libro de las Leyes de un órgano de
control, el Consejo nocturno, que estuviera en condiciones de cas
tigar con la m uerte al culpable de im piedad (Leyes, 10, 12); y aún el
historiador Cleantes, en el siglo m a.C., propondrá procesar p o r im
piedad ante un tribunal panhelénico al astrónom o Aristarco, que
había puesto en duda la posición central de la Tierra (y con ella la
de los hom bres y sus dioses) en el sistema de los astros y de los pla
netas.
Fffe n te ^ l oOüstimôs"itrrpulsos^.disgrëgâdÔrcs — sectarios y filo
sóficos— la^nb/tjTé^ciona~de~diversas. maneras_éñrd5fensá~de^]a
religión-y dehPanteôn-que-la-instttuye~yiâ“fu n d y Se adoptan, com o
seKá^istoi'form as elásticá^de integración del dionisism o en el ám
bito de la religión cívica, que consienten al m ism o tiem po un con
trol de su potencial destructivo y un abundante uso de su relación
con «o tra » dim ensión de lo sacro (al contrario de lo ocu rrido en
Roma, la polis griega no se lanzará nunca a la prohibición de los ri
tos báquicos, puesta en escena p o r Eurípides en Las bacantes por
obra del rey Penteo, atrozm ente castigado p o r el dios a causa de su
318/Mano Vegetti
im piedad). Los órficos fueron rechazados y mantenidos en una
condición m arginal y sin clase social de magos purificadores, misticos en o lo r de charlatanería, itinerantes de ciudad en ciudad, de
casa en casa, que proponen sus libros y sus ritos extraños, y com o
m ucho instalados en com unidades extrem adam ente periféricas
respecto ai universo de las grandes póleis. El caso de los pitagórieos es distinto: en la medida en que intentaron transform ar en la
Magna Grecia su anom alía religiosa en un régim en p olítico orien
tado al puritanismo de la secta, fueron expulsados — com o ocurrió
en Crotona quizá hacia mediados del siglo v a.C.— en un pogrom
sangriento. Acto seguido, la diáspora pitagórica en Grecia decayó a
un rango no distinto del que m arginó al orfism o, aunque intlcctualinente fuera m ucho más influyente.
La actitud de la polis y de su religión respecto al reto filosófico
presenta caracteres com p lejos y de no fácil interpretación. Privado
co m o estaba de una ortodoxia de difícil interpretación, la'jjolis ign ô r ï p p r j o general Jas provocaciones y 1asiránsgrésidnes filósófic a s 'p o r lo demás restringidas a una exigua m inoría de intelectua
les sin incidencia política efectiva. Sin-em bárgó7éxisteñ eñ época
clásica al menos-dos vistosas excepciones a esta áctitudy los proeé-.
sos, por J im piedad i ntentados en Atenas contra Anaxágoras, hacia*
! 4Í)O à.Ç7r3Tc5ïïtfâ Sócrates,- en-399;a.C/»El prim ero fue acusado de
i haber negado la divinidad de los astros y en particular del Sol, figuj ra apolínea p o r excelencia, interpretándolos com o agregaciones
I de m ateria incandescente, y fue castigado con el exilio. Sócrates,
I c o m o es sabido, fue inculpado de deform ar a la juventud ateniense,
i negando además las divinidades de la polis e im portando nuevos
! dioses, de naturaleza quizá órfica (el «d é m o n ») y co sm ológica (las
I «n u b es» de las que hablaba Aristófanes en su sátira). P o r estas acui saciones, Sócrates fue condenado a la pena de muerte, que él re
chazó con vertir en un exilio, co m o hubiera estado en su derecho
hacer.
Al contrario de lo que podrían hacer pensar, estos dos procesos
— que introdujeron en los filósofos una cierta actitud de prudencia
respecto a la polis, tanto que Platón, co m o alum no de Sócrates,
p re firió un ex ilio tem poral, y que Aristóteles pudo tener para sí una
rep etición del proceso de Sócrates— no significan la existencia de
una intolerancia religiosa en la ciudad, lanzada hasta la persecu
c ió n de las herejías. Tanto el proceso a Anaxágoras co m o el de Só
crates hay que verlos c o m o episodios de la lucha política que se de
sarrollaba en la ciudad: con Anaxágoras, que quería golpear en el
am biente político-intelectu al cercan o a Pericles, y con Sócrates un
m iem b ro em inente de ese grupo oligá rq u ico que tenía a Critias a
su cabeza y que con el golp e de estado de 404 había puesto en peli-
¡
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(
Π.1 hombre y los dioses/319
gro la dem ocracia ateniense. Esto significa, en sustancia, que la ob
servancia de la religión olím pica y de su ritual estaba muy preveni
da en solidaridad con la existencia de la polis y de su orden político;
«c re e r en los dioses» significaba en prim er lugar no tanto un acto
espiritual de fe o un obsequio teológico, sino un sentimiento inm e
diato de pertenencia a la com unidad política, y al fin era equivalen
te a ser un buen ciudadano ateniense, o espartano o de otros lu
gares.
Precisam ente por esto la polis se reseivó siem pre el derecho de
legislar sobre el culto de los dioses y sobre la com posición del pan
teón: la adm isión de nuevos dioses, com o ocurrió con el ingreso de
Asclepio en Atenas en 420 a.C., y masivamente en época helenística
con el recon ocim ien to de divinidades de origen oriental o ligadas
al culto de los nuevos monarcas, no violaba el orden y la estabili
dad de la ciudad si se sancionaba com unitaria y públicamente. De
form a semejante la polis regulaba y ponía bajo su garantía los m o
mentos de integración religiosa interciudadana y panhelénica,
com o las ligas religiosas (anfictionías), los juegos olím picos, la
aceptación de la autoridad del sacerdocio délfico sobre toda una
serie de acontecim ientos públicos. Estos m om entos de religiosi
dad panhelénica, aunque estuvieran siem pre regulados por la p o
lis, hacían que la aceptación de la religión olím pica, de su panteón
y de sus ritos significase, además de que uno era ciudadano de su
polis, que uno era griego; es decir, en el fondo, que se era hombre
en sentido total. Se com prende entonces que el rechazo de esta c o
munidad religiosa pudiera com portar, para la conciencia común,
una autoexclusión del cuerpo cívico, de la civilización helena, del
m ism o con sorcio humano que se identificaba con ella, al margen
de las degeneraciones bárbaras. Pero, puesto que esta aceptación ,
era pública y sé acababa en la esfera pública no com portando ni
una fe a nivel de-conciencia ni una ortodoxia teológica en el pensa
m iento, era posible una división de los niveles de creencia que de
hecho se produjo progresivam ente. «Cíiee_r^enia~religión"oIímpicáTÍ
c^ntimTó significando, pára tódos;aquelltTobsérvancia-de Ios-ritos
com u nes y aquella participacjónien el·sabe r .narrativo de los;mitos
que eran la m arca dE perteheñciá à unaxom unidad; a una-culturar
a una civilización, junto con el uso de la lengua griega, el conocí-\
m iento de H om ero y de los usos que constituían la vida social/En»!
o tfb nivel;'ésta creencia pudojcoexistir.perfectamente,- com o ocu
rrió c ada vez más "ampliamente a partir al menos-del siglo iv arC^
coñ 'el m óñC téísm oy el m m anentism o propios de la teología filósó-fica que p o co a*poco. p en etfó 'éh los^tratosTcú ltos dé' lâlsôciedatd
(tendiendo a identificar cada vez más los dioses con el prim er dios,
y éste, co m o ocurre con los estoicos, con el principio racional de
320/Mario Vegetti
orden y sentido inmanente a la naturaleza del mundo), o com o
ocurrió con el escepticism o religioso muy presente entre los inte
lectuales.
El politeísm o tolerante de los mitos y los ritos, excepto en las
exigencias políticas y sociales a las que estaba indisolublemente li
gado, convivió mucho tiem po, en la conciencia de los griegos, con
las más intrépidas experiencias intelectuales en cam po teológico,
ético y científico. Al menos hasta la aparición de nuevas formas re
ligiosas, dotadas de una fuerte carga de ortodoxia teológica y de
una institución eclesiástica con poderes coercitivos, que atacó di
rectamente tanto al prim ero com o a las segundas. Pero, con todo
esto, estamos ya fuera de la experiencia com o a las segundas. Pero,
con todo esto, estamos ya fuera de la experiencia religiosa de los
griegos, aunque los nuevos m onoteísm os, del judaico y cristiano al
islám ico, acudieran en distinta medida a sus elaboraciones teo ló g i
cas y a su pensamiento salvífico del alma.
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(
I
Capítulo noveno
EL RUSTICO
Philippe Borgeaud
Cegantienio de Pulifemo, fragmento de una crátera argiva de Argos.
Mediados del siglo vu a.C.
El rústico, el prim itivo, el mal educado, el destripaterrones, el
salvaje, el bestial, tantas figuras que abundan y fascinan en la im agi
nación de los griegos. Figuras im portantes en la medida en que de
sempeñan, en este plano de lo im aginario, una función escénica a
partir de la cual los inventores de la paideía se entregan al placer
de reflexion ar sobre las condiciones en que em erge un equ ilibrio
civilizador. El'7rú'sTiF(>iñteresa” a^IaTiüclacl^e'n-la'medida-enila'qu'e,
de entrada, éstèlsëThâlla en el-ceñtro' dë^là-rcflëxiônrgriegaTsôbTê'e'l''
oTigènTde'liT cultura'.T
Tod o com ienza con los relatos más antiguos, con la epopeya.
Odiseo, dejado p o r los feacios en una playa de haca, aparece en
vuelto en una niebla que le im pide recon ocer su patria. Es enton
ces cuando aparece un pastorcillo, parecido al hijo de un rey apa
centando sus rebaños. En realidad se trata de Atenea, ella es la cau
sante de la bruma y quien le indica el cam ino de la realidad. El ca
mino transcurre por las tierras de Eumeo, el «p orqu ero d ivin o», el
cual realizará por su huésped un prim er sacrificio en honor de las
ninfas y de H ernies cerca de un fam oso antro. Encontram os pues
una obertura pastoral en estos encuentros graduales con el univer
so humano. Rústico fiel y piadoso, muy civilizado (es un esclavo,
desde luego, pero de origen n ob le), Eum eo acoge a su am o (aun
que no lo recon oce) con una actitud favorable que no tuvieron los
anteriores protagonistas con los que se encontró Odiseo a lo largo
de su v ia je 1.
1
Con excepción de los feacios, por supuesto, que actúan com o media
dores entre el otro mundo, el del periplo de lo inhumano, y el mundo de Ita325
326/Pltilippe Horgcaud
En la Odisea el m onstruo surge com o una figura anunciadora
de aqu ello que la ciudad, recién constituida, se esforzará por elim i
nar con el ñn de lograr una m ejor imagen y, también, de diferen
ciarse mejor. Hay por tanto que seguir, con el escolar griego que
aprende de m em oria el relato épico, el pcriplo de Odiseo, su re c o
rrid o «e x te rio r». H ace falta el encuentro con P o life m o *2. En el mun
do de los cíclopes, no se da la oposición entre el cam po y la ciudad,
eso llegará más tarde. Se trata, prim ero, de una oposición entre la
pequeña isla y la tierra de los Cíclopes. La isla donde desembarcan
O diseo y sus com pañeros, los prim eros seres humanos en pisar su
suelo: «una isla [...] boscosa y en ella se crian las cabras salvajes in
contables*, únicos habitantes, además de las ninfas, absolutamente
fuera del alcance de los cazadores. N o hay evidentem ente campos
labrados ni sembrados. Es un m edio no humano. Enfrente, a una
distancia que alcanza la voz, se halla la isla donde habitan los c íc lo
pes. Aunque son hijos de Posidón, ignoran el arte de la navegación.
C erca de los dioses, sin nada p o r que preocuparse, viven sin necesi
dad de plantíos ni labranza, dedicados sólo a la cría de ganado m e
nor. N o encontram os ya una naturaleza totalm ente virgen en esa
pequeña isla, pero tam poco estamos ante un universo realm ente
com p atib le con el del hom bre. El \'ino, por ejem plo, se extrae de v i
des silvestres. Los cíclopes son «unos seres sin ley. Confiando en
los dioses eternos, nada siem bran ni plantan, no labran los campos
[...] Los cíclopes no tratan en juntas ni saben de normas de justicia
[...] cada cual da ley a su esposa y sus hijos sin más y no piensa en
los otros.» N os hallam os en lo que más tarde, a partir del siglo v
a.C., acabará p o r considerarse co m o un estado pre-polílico, carac
terizado p o r la dispersión de pequeños hábitats3. I-a ausencia de re
glas sociales y de religión (p o r tanto ausencia también de hospitali
dad) es la norm a en este m undo reducido, cercano a la edad de oro
y de sus ambigüedades.
ca: cfr. Pierre Vidal-Naquet, «Valeurs religieuses et mythiques de la terre et
du sacrifice dans l’Odyssée, Annales ESC 5 (1970) 1278-1297,
2 Odisea 9, pp. 105 ss.
3 Cfr. Platon Leyes, 680b cuando cita el pasaje de la Odisea relativo a las
costumbres de los cíclopes, Para el desarrollo de las ideas griegas sobre los
orígenes de la civilización véase especialmente Thomas Colé, Democritus
and the Sources of Creek Anthropology, publicado por la American Philological Association, Press o f Western Reserve University, 1967; y también Sue
Blundell, The Origins of Civilizatiou in Greek and Roman Thought, Croom
Helin, Londres-Sidncy, 1968 (con bibliografía).
* La versión citada de la Odisea corresponde a la de J. M. Pabón, Ma
drid, 1982.
lîl rúsfico/327
Sin em bargo, Odiseo desembarca en el ámbito de un ser prim i
genio. Polifem o, lejos de sus congéneres, es un salvaje entre salva
jes, una especie de díscolo avant la lettre*. «Pacta sus ganados apar
te, sin trato con otros c íc lo p e s »4. Es lod o lo contrario de un huma
no, de uno que vive de pan. Pero en su antro los zarzos están reple
tos de quesos, los rediles llenos de corderillos y cabritos, la leche
recién ordeñada rebosa en vasijas de metal. Λ1 igual que sus congé
neres sabe hacer fuego. Un fuego que no sirve para el sacrificio y
que sólo parece arder para indicar que en ese mundo extraño apa
recen ciertos rasgos em blem áticos de la humanidad. Falsa aparien
cia que se pone de manifiesto con el com portam iento de Polifem o:
se com e crudos a los com pañeros de Odiseo al tiempo que liega
con leche tan canibalesco festín. Acabará siendo vencido por tres'
argucias que rem iten, cada una a su manera, a im perativos de la ci
vilización: vin o puro, de procedencia divina, que le es ofrecid o por
Odiseo y con el que el cíclop e se em borracha mientras devora su
com ida propia de una fiera (conjunción de aspectos no por más ci
vilizados m enos humanos): una estaca de olivo (el árbol de Ate
nea), desbastada, endurecida al fuego y manejada por el jefe del pe
queño grupo de m arineros de Itaca, estaca con la que el cíclope
será cegado: p o r últim o, la trampa verbal (sustitución del nombre
de Odiseo por el de «N a d ie ») que im pide al cíclope cualquier co
m unicación social. Polifem o, privado de la vista, del lenguaje («N a
d ie» le ha h erid o), después de su encuentro con Odiseo, de rústico
se convierte en un ser brutal y violento, cuyo lamento sólo es escu
chado p o r un dios, su padre Posidón, señor del turbulento mun
do marino, que lom a el relevo de su hijo y arrebata al astuto
Odiseo.
P o lifem o no.desaparece de la escena literaria, y con razón. Ade-i
más de en Eurípides5, lo volvem os a encontrar en la poesía alejan
drina, bajo los rasgos del pastor enam orado de Galatea, torpe, con-1
m ovedor, con una monstruosidad que se ha convertido en una acti
tud digna de lástima. Por m edio de un juego de palabras se hace re
lacionar el nom bre de Galatea con los gálatas, con lo que se atribu
ye a P o lifem o la paternidad de los galos, m ecanism o por el que la
angustia griega se las ingenia para ridiculizar a estos invasores bár
baros, a los que un pánico irracional llegará a expulsarlos de Delfos
y alejarlos a Asja M enor. Es interesante observar cóm o la fuerza
4 Odisea 9. p. 188.
5 En cuyo drama satírico titulado El Cíclope saca a escena, en torno al
monstruo, un coro encabezado por Sileno.
* Se refiere al personaje de la comedia homónima de Menandro.
328/Philippe Borgcaud
bruta (y negativa además de divina) de Polifem o estaba avocada a
transponerse en un registro bu cólico ambiguo. Lejos de constituir
una traición, una hum illación, esta reinterpretación responde por
el contrario a una expectativa: los griegos del siglo tu no hicieron
otra cosa que recon ocer algunos valores del espacio pastoril, rea
firmados constantemente en su propia tradición. El monstruo ho
m érico era ya un rústico.
-,
Los gálatas (descendientes, com o se ha señalado, de P olifem o),
cuando resultaron vencidos por un dios cabrero (Pan, el responsa
ble del pánico), son interpretados de una form a pastoril; mientras
que su derrota en Asia Menor, cuando fueron rechazados p o r los
soberanos de Pérgam o, tendió a ser interpretada, con una visión
cosm ogónica, com o una repetición de la Giganlomaquia. Esta con
currencia de los temas pastoriles y cosm ogónicos, p o r así decir una
violencia entre rústicos, requiere una explicación. Idilio y recuer
do épico se alternan, son dos visiones de una misma cosa. Es la am
bivalencia del monstruo, risible e inquietante a la vez.
La consideración de otro tipo de tradición, épica también en
origen, pero que arranca de un punto de vista cosm ogónico, invita
a ciertas observaciones comparables. Tod o em pieza así con la Teo
gonia de H esiodo que nos lleva a exam inar otro personaje más ines
perado en ese contexto: Tifón. El proceso que describe H esiodo se
inserta en un nivel cósm ico y divino simultáneamente, en cl que, a
través del tamiz genealógico y de los conflictos de sucesión, se pasa
de unas form idables entidades prim igenias (la Tierra, el Caos,
Eros, el Tártaro) a la instauración definitiva de una soberanía (la de
Zeus) conquistada en una reñida lucha. Esta soberanía, definida
com o garantía de un equilibrado reparto entre potencias rivales,
pero en lo sucesivo limitadas, se confirm a también, en el relato hesíodico, com o una victoria sobre una potencia del desorden, un
enem igo surgido en el m om ento en que podía creerse en el equ ili
brio recién alcanzado. Zeus tiene entonces que librarse de Tifón,
surgido de la Tierra prim igenia com o una amenaza recurrente tras
la victoria sobre los titanes. I-a Tierra, instancia prim ordial, alum
bra este m onstruo de Tifón sin perder su fecundidad cosm ogónica.
Pueden asi surgir de ella alternativas al orden olím pico aunque sea
en calidad de hipótesis inquietantes. Sin em bargo lo que sale de
aquí no basta en lo sucesivo. Zeus, ven cedor de Tifón, devora a M é
tis con lo que desde ese m om ento se asegura el no ser ya derroca
do. Su poder reposa en la asim ilación de una potencia que consti
tuye, para toda la tradición griega, el m ejor antídoto contra los im
pulsos de violencia.
Desde este punto de vista nos interesa el destino literario de T i
fón. Es un monstruo, cuya derrota en un tipo de com bate que abar-
El rúslico/329
ca al universo presentado en la Teogonia, que en época helenística
se convierte en un personaje casi co n m ovedor aunque mantenga
su papel de adversario de Zeus, una figura a la que su ingenuidad lo
conduce a la ruina en un contexto casi pastoril. Después de neutra
lizar a Zeus en un prim er combate, se encuentra efectivam ente
confrontado con sus adversarios m enores (Pan, Cadmo o Herm es y
Egipán) que consiguen engañarlo con argucias elementales. Con
v e n id o así en una especie de rústico, el monstruo cosm ogónico
distrae, por ejem plo su atención, en m edio de un paisaje bucólico,
por un apetitoso aroma de pescado, o por la música del caram illo.
P o r un instante se olvida la gravedad de la amenaza que pesa sobre
el orden universal en ben eficio de una pugna pastoril en la que el
monstruo, al igual que un salvaje, se deja atrapar en la trampa de
los deseos. Zeus se aprovecha de ello y recupera la ventaja6. ¿Nos
hallamos ante una edulcoración del m ito o ante un puro juego esté
tico? Eso sería demasiado sencillo. Lo que de hecho ocurre es que
se traslada lo pastoril, la «rusticidad», al concepto de amenaza cós
mica. E_hrústico:noise"TidéñtificarcohTél-'m onstruoí cosm ogó‘ñico
pero sé convieite,'-arfiñaI"dé7Un'proceso’ que‘n'o_es'sóló‘lliterario7 ert*
su he r e d e r5~lÓg ico. Bajo apariencias anodinas, encontram os el re
con ocim ien to de una nueva íúnción añadida a la imagen pastoril.
El rústico, con su inevitable e indispensable presencia, cum ple, en
tre otras, la tarea de asegurar la dinám ica del equilibrio: una resis
tencia, una amenaza, un devenir que no cesa de obligar al humano,
al animal político, a una redefinición en su diferencia respecto de
los dioses y los animales.
Sabemos que la situación es análoga en el plano heroico y hu
mano: el espacio no se abre de repente a la empresa reservada a los
mortales; la khóra queda p o r dejar de ser salvaje, por «pacificarse».
De ahí los trabajos y padecim ientos del héroe, com o los de H era
cles y Teseo. El peligro desde luego nunca llegará a estar totalm en
te conjurado: el extranjero, el bárbaro, el «o tr o » son los que ocu
pan las fronteras y, a veces, sim plem ente zonas todavía incultas de
un territorio p o r lo demás delim itado. En el seno de lo político,
algo cercano a Zeus, Atene(o)o Apolo, la salvaje Madre de los dioses7
se sienta en su trono flanqueada por leones junto al Consejo de los
6 Cfr. Marcel Détienne y Jean-Pierre Vernant. Les ruses de /'intelligence.
La métis des Grecs, Paris, Flammarion, 1974, pp. 115-1 2 1. [Hay ed. cast.; Las
artimañas de ¡a inteligencia, Madrid, 1988]; Philippe Borgeaud, Recherches
sur le dieu Pan, Ginebra. Bibliotheca Helvética Romana XVII, 1979, pp.
171-173.
7 El autor de estas líneas tiene en curso un libro sobre la Madre de los
dioses.
330/Ph¡ti|jpe Borgeaud
Quinientos; mientras que Dioniso en su boukoleíon («santuario
del b o y e ro ») vela p o r la ciudad de Atenas.
En el libro II de su Historia de la guerra del Peloponeso, Tucídides traza un bosquejo histórico de la evolu ción de la ciudad en el
Atica, para explicar la conm oción que originó, en 431, el desplaza
m iento de la población del cam po a la ciudad de Atenas y al inte
rio r de los Muros Largos que unían ésta con El Píreo. Evidente
m ente, es falso im aginar que Atenas fuera hasta entonces la única
aglom eración urbana del Atica. Muchas localidades e incluso ciu
dades de relativa im portancia (p o r ejem plo T ó ric o o Maratón) exis
tían desde hacía m ucho. El fam oso «sin ecism o» (svnoikiswós), tipo
de reagrupam iento cuya iniciativa se atribuye a Teseo en la tradi
ción m itológica, supone la existencia de una pluralidad de estable
cim ientos de carácter urbano. El reagrupam iento fue prim ero ad
m inistrativo. La ciudad de Atenas, convertida en centro político y
com ercia l y, en ciertos aspectos, también religioso no reunía en su
seno al conjunto de la población. La m ayoría de los ciudadanos
perm anecía, p o r supuesto, dom iciliad o en sus propios dem os, ob e
decien d o a ancestrales costum bres económ icas y religiosas. La
pérdida de autonom ía no significaba la de los rasgos específicos.
En el siglo n de nuestra era, Pausanias señala que, además de los
dioses y los héroes, todavía se conservaban en los dem os tradicio
nes distintas de las reservadas a los visitantes de la A cróp o lis8. Por
e llo Tucídides, al definir la situación existente en vísperas de la
guerra del Peloponeso, precisa que «la m ayoría (de los atenienses)
de época antigua y posterior hasta hoy han nacido y vivido, debido
a la costum bre, en los cam pos (en toîs agrots)»9. Los «cam pos» de
signan aquí todo el espacio que no es la ciudad de Atenas propia
m ente dicha, lo que equivale a decir tanto los poblados co m o las al
deas, los dem os co m o las tierras de labor, o sea todo el espacio de
trabajo agrícola.
Lá^frehaTdel^3;lTseñaiaunárruptul'á^fiTndamcntál'en.'lá"-Kistoriá'
deglo-gim aginariojaptiguo":» Los atenienses lo com probaron muy
pron to. C gm e l;ab'árfdoffo dcTlós^carnpos (m om entáneo, es cierto,
p e ro lo suficientem ente largo co m o para tener la im presión de la
que la situación se eternizaba), se,vg!m 5^ific^a~toda~una-percepc iórTdel mundo? Varias com edias de Aristófanes y algunas célebres
páginas de Tucídides lo muestran sin ambages: fue realm ente un
traum atism o cuyo síntom a más espectacular lo constituye la peste
de 430:
8 Pausanias 1, 26, 6.
9 Tucídides 2. 16,1 [trad. csp. de P. Bádenas].
El nislico/331
Se encontraban agobiados y soportaban mal el tener que abandonar ca
sas y santuarios que siempre habían sido suyos de padres a hijos desde los
tiempos de la antigua forma de constitución política; tenían que cambiar su
modo de vida y cada uno debía abandonar algo que no era otra cosa que su
propia ciudad10.
En el famoso discurso que relata Tucídides, Pericles describe la
verdadera naturaleza de este cam bio de mentalidad bajo la forma
de un program a de acción política y estratégica.
No es el uso de las casas y de la tierra que tanto estimáis al encontraros
privadas de ellas lo que define vuestro poder, tampoco es natural afligirse
por ello, conviene mejor considerar todo eso — a la vista de vuestra poten
cia— como el jardín o el lujo de un rico que uno desdeña11.
ElTídéál^e^üná^TenasTSSencialmente^"agrícola¿{desde luego se
trataba de una vocación más teórica que real), rura 1/es'puesto-en»
dud^eTim peripsam entê 13osLcrgïïdo éñ jVombrê. cljrüna afirm ación**
dél~destit^ jn a n fim o y com ercia l·- Los valores (m íticos) de la tierra i
continuarán desde luego reivindicando su función ideológica,
pero el centro se halla, en adelante, en otro sitio, ba'ciudariyla'yida
ffibanajm ¿rcáñtij:yJ s^ stica"im jffiñ S jTOgya~s~pTiPiidad&5 ai)ciudad
daño-labrado]·, el cual, desplazado físicam ente p o r la guerra, en
¿5tè^nuêvó!'en torn o, puede sentirse ciertam ente desconcertado.
Córffrecüenctapeste Hecho adopta aspectos de conflicto g e n e ra c io ^
rial^como, por ejem plo, el que opone el «razonam iento justo» e «in
ju sto» en La nubes de Aristófanes. Cuando el rústico, un viejo, ina
daptable, se halla en oposición a su hijo, discípulo de los sofistas (o
de Sócrates considerado com o tal). l^ ^ e tó T ic ^ é 1 S ^ g ^ ^ 7 fr ,! de la !
i~ust i cid a d ripue sta àlà~ürl5aïïidâch encüeñtrü enestá^sitüaciójThis^
tórica^elilügOT^a^ecü^ójpaT^lgristglizár.
El viejo Estrepsíades, desesperado con la educación de su hijo,
se entrega a una elocuente anámnesis:
i
¡Ay! ¡Ojalá haya perecido de mala manera la casamentera que hizo que
me casara con tu madre! Yo, que llevaba una vida tan agradable de campesi
no, bien enguarrado, sin saber lo que era la escoba, tumbado a la bartola,
con abejas, ovejas y orujo a rebosar y yo, un campesino, luve que casarme
con la sobrina de Megacles, hijo de Mcgacles, con una señoritinga de ciu
dad, una cursi, una· «enccsireada»*. El día de la boda, reclinado a la mesa
■o Tucídides 2, 16. 2 [trad. esp. de P, Bádenas],
11 Tucídides 2, 62, 3 [trad. esp. de P. Bádenas].
* Juego de palabras sobre Césira, una ateniense, prototipo de altivez y
coquetería.
i
332/Philippe Borgeaud
con ella, yo olía a vino nuevo, a cañizos de quesos, a lana, a abundancia y
ella a perfume, azafrán, a lametones lascivos, a despilfarro, a gula...12.
En su enfrentamiento con las Nubes filosóficas, Estrepsíades es
tachado evidentem ente de rústico (ágroikos) desconcertado, torpe
y maleducado. Sólo sería el absurdo superviviente de otra época
que huele a rancio, si p o r otra parte no tuviera ellp rivilegio de re
presentar cien os valores fundamentales:
Por lo que es tener un alma curtida y ser de un escrupuloso que no pega
ojo, y con un estómago frugal y hecho a las privaciones, que sólo cena hierbajos, en confianza, no te preocupes, por todo eso podría hacer de yun
que13.
Conviene recordar, con la tradición griega, quç,es-una guerra-lo:r
quëÏTâÿ eñ ’é í origert“dè lá 'tom a d eco ñ ciencia de la oposición entre
el nísticó y el ciu dadan aop osición que acabara”pór-ser puramente
convencional. Habría que hacer aquí referencia a la historia ante
rior. Mostrar cóm o se pasó de la situación descrita en la epopeya,
donde cada señor reina sobre un ámbito relativamente autárquico,
de tipo familiar, a una situación en la que las tierras, convertidas en
propiedad de una oligarquía urbana, son cultivadas por una mano
de obra servil que term ina por sublevarse; situación que, por lo
que se refiere a Mégara en el siglo vi a.C., nos la ilustra un T eócrito
im presionado por la idea de que los «siervos», los miseros desarra
pados, pudieran introducirse en la ciudad y tom ar el p o d e r 14. El
cam bio que sucede a finales del siglo v a.C., a partir de la larga ex
periencia ateniense (en donde las etapas de Solón y luego de Clístenes son decisivas), es el de la situación en que tiene lugar la oposi
ción entre rústico y ciudadano: reflexión sobre el fondo de una
guerra que afecta p o r igual a uno y otro, simultánea y solidaria
mente; esta oposición se co n vien e en un instrumento que autoriza
pensar en el espacio político, en el equilibrio y la salud social. La
paz y la risa que ésta perm ite volver a descubrir, conservarán por
bastante tiem po, en el legado de esta m em oria, un franco y buen
aroma a granja. Georgia, la personificación de la «Agricultura»,
aparece en escena en Aristófanes y se presenta en estos términos:
«Soy la nodriza universal de la Paz. Se puede contar conm igo com o
12 Aristófanes, Las nubes, pp. 41-42 [trad. P. Bádenas\
13 Aristófanes, Las nubes, pp. 420 ss. [trad. P. Bádenas].
14 Teognis 1, 53-57. En Píndaro también «la tierra agrícola (sólo se con
X
templa) en tanto que propiedad de una clase aristocrática y fuente de rique
zas, no en tanto que objeto de trabajo» (Nathalie Vanbrenieersch, «Terre et
travail agricole chez Pindare» Quademi di Storia 25 (1987), p. 85."'
ILI nislico/333
nodriza, administradora, com pañera de trabajo, guardiana, hija y
herm ana» (Fr. 294).
La'¿¡posición : campo/ciudad aparec_fi__asi_CQmQjuna invencjón
del siglo ^ isrsurgida' de la particularísim a situación.creada p o r ja
guerra d d Pelo p onesp. Hasta ese m om ento el ciudadano ateniense
habitaba, p o r lo general, fuera de Atenas, en los demos, y sólo se |
traslada a la ciudad para asuntos económ icos, políticos o religio- ·
sos. La vida del ateniense estaba vinculada al trabajo de la tierra. En j
la ciudad coincidía, es cierto, con artesanos y com erciantes, pero
este tipo de econom ía desempeñaba para él una función menor.
Así es com o, en el plano arqu eológico, em pieza a entreverse una
evolu ción del hábitat. Hasta fin a lê s ^ ê n ig lo v'á.C'Tías casas lujosas P*
se levantan ë n e l cam pó, es d ecir en un ámbito donde lo privado, el
individuo puede hacer ostentación de su riqueza y originalidad.
Cuando nos'apróximarrios al centro político-religioso,_esidecii;, ,1a»
ciudad, las_ca$as~ privadas se 'vuelven más .sencillas,·^por relación a
los;édificiosTp~ublicos,xadfniñisfmtivósró.Treligiosos>Esta vsenciHez^
responde andéal.dé iguáldá.d.política"A partir de finales del siglo-V-,!
estáTsituációrPcambia: los propietarios terratenientes, incluso los
pequeños, disponen de residencias en la ciudad y sólo pasan en el
cam po algunos períodos; las residencias en el exterior son e n to n -,
ces más sencillas, en cierto m odo secundarias1
16. Losjhabitantes
5
perm anentes del cam po,·que todavía siguen p o r supuesto existien
do,'·5εΧόηνίεΠ€ΤΓεΤι"1ο sucesivo en rústicos, son los ágroikoi de los
que se burladla com edia nueva.«Un buen ejem plo de esto es el per
sonaje de Cnem ón, el D íscolo o Misántropo puesto en escena por
M enandro*.
Tod o esto parece explicarse, de entrada, por la etim ología,/el·?
á'groikos, es.propiamente el que habita erre! ágrós? es decir, en grie
go h om érico, las tierras de pasto, o en los campos incultos, los cua·
les se distinguen de la ároura, la tierra labrada. EÏT3ën\^ôÿig/Ojv*
kos, ausente de la-epopeya, aparece em e l siglo v¿ Viene a-coincidir
entonces con ’o Ir ocíe ri vacío más antiguo,''ágriosfque aparece en los
poemas hom éricos_aplicado entre otras cosas al mundo d e jo s ςί·
d o p es, y que significa «salvaje, féro 2 ». En un estudio ya clásico,
15 Cfr. François Hailog, «De la bêtise et des bêtes» Le Temps de la Réfle
xion, 9 (1988), p. 60: «Se puede plantear la hipótesis de una correlación en
tre los sentidos y los valores de la palabra ágroikos y las formas como se ha
percibido y contemplado la cuestión de las relaciones entre el campo v la
ciudad desde mediados del siglo v al m a.C.»
16 Fabrizio Pesando en Oikos e ktesis. Perusa, Qasar. 1987, pági
nas 20-25.
Cfr. Menandro, Comedias por P. Bádenas, Madrid, 1986.
334/Philippc Borgeaud
Chantraine dem ostró có m o ágrios tom ó el sentido de «fero z» por
resultado de una atracción del vocabulario (independiente pero
h o m ó fo n o ) del inundo de la caza, donde hallamos los términos
agréó «atrapar» y ágra «caza, m o n tería »17. Así pues la oposición se
sitúa p rim ero entre el espacio en que el pastor coincide con el ca
zad or (en los confines, en las fronteras y más allá del territorio deli
m itado) y el espacio de la labranza. En el siglo v a.C, esta oposición
se desplaza convirtiéndose en una oposición entre el espacio exte
rior, globalm ente considerado, y el espacio urbano. Se'trsta~de~una
evolución: histórica~(y'econófñica)~que'conducerasi-deJa.epopeya^
^la^comedia^
j
El rnonstrü o'hom éFic^.' sitüado más a lla d ê Ips'IJmifès dèJÇcülj tu ra ,^ c a lific a d o áciagrios^se definía pdr/negacióñ'de los'elem eii! tos constitutivos dé~la vidáTciv ilÍ 2 áda; el'rústictrfágrotfoáj'jsl discuî i;r iilñ t Fe_èstos ëxtiëfh ósyH ÉTciudad,'.se_a"párece co m o d ñ p erson aje
i lirniñairúiTrñediFdÓr, con todo lo que ello im plica de ambigüedad,
k o debe se extrañar pues que desde entonces Pan, divinidad rústi
ca y bestial, fuera considerado en Atenas com o hijo de He^mes el
barquero.
Habría que dem ostrar có m o coexisten diferentes niveles de
sim b olización . La ausencia del térm in o ágroikos de la tragedia, por
ejem plo, resulta significativa. La tragedia perm anece fiel al mensa
je de los antiguos relatos tradicionales y de los cultos que seguían
practicándose sin interrupción, en los que la tierra cultivada, así
c o m o la viticultura, garantizaban la civilización. En un sistema se
m ejante es im posible situar la im agen del prim itivo o del salvaje
ju nto al arado. P o r el contrario, se la recon oce m ejor dentro de la
visión de los cazadores y pastores. La com edia, al depender menos
del m ito, inventa la figura del rústico, bajo la imagen del cam pesi
no ligad o a su dem o (que eft todo m enos una tierra inculta). Desde
entonces, el rústico no puede construirse de una sola pieza.
El personaje del ágroikos aparece p o r prim era vez en la literatu
ra en una obra del siracusano E picarm o y luego en A^tífanes. Son
s ó lo ind icios ultrafragm entarios, pero de gran interés, que^reforzándose hasta desem bocar en una auténtica retórica de la agroikía,
centrada en lo que acaba p o r ser un «tip o » o «carácter». De Aristó
fanes a Quintiliano, pasando p o r Teofrasto, el retrato del rústico se
p erfila p rim ero a grandes rasgos de oposiciones binarias: el ágroi
kos p re fiere el tom illo de su cam po a la m irra de los refinam ientos
de la ciudad, p refiere dirigirse en voz alta a sus esclavos en vez de la
d iscrección adecuada a las sutilidades de la política. Tam bién se le
17
P. Chantraine, Etudes sur le vocabulaire grec, Paris, Klincksieck, 1956,
pp. 34-35.
)
El rústico/335
recon oce p o r la apariencia de su indumentaria: vestido con una
piel de cabí a o de borrego (diphthéra), tocado con un gorro de cue
ro a la moda beocia (kyné) y calzado con botas (kabartínai) cuando
no con albarcas remendadas con alfileres. Lleva un corte de pelo
desmañado, se afeita mal que bien con el cuchillo que le siiTe para
esquilar a las ovejas. Siem pre se alude a la mugre que lleva y el he
dor que d esp ide18.
La oposición m ayor que com prende todas las demás es la que se
establece entre el cam po y la ciudad, Agror/co5"se~15pone:"efectï vam ente a 'as7ëîoT(«uTb]in o » ) í >Mi e nt ras que el asteius se muestra inte-,
ligente, rápido, elegante, con buen gusto, al ágroikos sólo se le atri
buyen cualidades negativas: estupidez, torpeza, rusticidad, choca
rrería 19. Sin em bargo, conviene matizar. Al igual que la urbanidad,
cuando se mantienen dentro de ciertos límites, aparece com o una
cualidad mayor, es obligado recon ocer que el ágroikos, cuando no
cae en la caricatura, se muestra co m o el depositario de antiguos va
lores (algo que, com o hemos visto, se destaca particularm ente en
Aristófanes)'. El valor y el buen sentido aparecen de su parte. Inclu
so cuando pierde im portancia económ ica, conserva un privilegio
sim bólico, el de situarse en la intersección entre lo salvaje y lo civ i
lizado, y el de co n ocer p o r lo tanto los caminos de la urbanidad, los
senderos que llevan del desorden al orden o a la inversa202
.
1
Y es que este persoiïâje-ôcupârdë manera ideál,'uña posición 11-*
minai enlr^lâsI«ffôTrtërâs^ë^/ia/7a7) y e l centro urbano (ásíyj.éntreffelycOrazph.yÓ^ós“lím ites 7ilébtérriíórióldelimitadó"-(la^Móra)·
Aristóteles opone el exceso de elegancia, que a cada paso de
sem boca en el hum or (el defecto de bómolokina, propio de algunos
ciudadanos), a la rudeza del gañán que todo se lo toma en serio y
que nunca ríe (el defecto de la agroikía)2' . Ambas actitudes son dos
polos, dos excesos. El rústico, p o r falta de m atices no admite ni gas18 O. Ribbeck presenta y analiza toda esta información en «Agroikos.
Eine ethologischeiStudie», Abhandlungen der kóniglichen sachsischen Gesellschafl (phi.-hist.Klasse) vol. 10, fase. 8, 1885, pp. 1-68.
19 El catálogo de estas oposiciones tradicionales está elaborado por
K. J. Dover, Greek Popular Morality in ihe Time of Pialo and Aristotle, Ox
ford, 1974, pp. 112-114 («Town and Country»); para la oposición campo/
ciudad cfr. Victor Ehrenberg, The People of Aristophanes. A Sociology of Oíd
Atlic Comcdy, Oxford, 1951, pp. 82-94.
20 Esta problemática está admirablemente definida, partiendo de leyen
das de origen bucólico, por François Frontisi, «Artémis bucolique», Revue
de l'histoire des religions 198 (1981 ) 29-56; cfr. del mismo autor, «L'homme,
le cerf et le berger. Chemins grecs de la civilité» Le Temps de la Réflexion, 4
(1983) 53-76.
21 Aristóteles, Magna moralia, I 193a.
336/Philippe Borgeaud
tarbrom as ni que se las gasten sin enojarse. El ciudadano, con verti
do en una persona aguda cae en lo bufonesco y brom ea continua
mente. La vivacidad de ingenio (la eutrapelia) es una «violen cia
educada» (pépaideuméné Hybns) 11. Bljflgro^Â:oi'.puedê^fèctivamen->'
te T o pfundirse-con-cLsalvajc,-eLbratàl7èLagrfO'srContienendcntro
una^p^FnTde '^^enciâ'ld^/iyfcTts^ queTrëclama :scrTcivilizadardoinesticacía^Sin em bargo ufT'exceso7de^edücaci"ódrde urbanidadr
que'olvidara-el-punto de-orígen rco nstituinajotra-a:menay.a:-Wvanidad'deí refinam iento, lujo exagerado, demasiada finura de espíritu.
Un justo m edio, esa «violen cia educada» evita ambos escollos. La
cual, en Aristóteles, perm ite calificar un aspecto fundamental de la
risa: ni reir en vano, es d ecir a cada m om ento, ni la risa chocante
del cam pesino en la com edia antigua2
234
2
.2
La risa, al quedar, com o aquí, definida en su doble relación con
la agtoikía y con una educación de la violencia, puede proced er de
los poderes de un dios. La risa de Pan, macho cabrio y cabrero, re
suena com o la señal del retorno de las fuerzas de la vida tras la agi
tación de la guerra. Risa inquietante, en este señor del pánico, que
revela la conjunción del sexo con el m iedo, en un contexto en el
que lo humano se confunde con lo animal. El paisaje donde estalla
esta risa, el mundo im aginario griego, es el que corresponde al
cam po retirado, cercano a las fronteras o montañas donde los reba
ños de ovejas o de cabras se guarecen en cuevas, a rra stra n d o con
sigo al pastor que se funde con la imagen del espacio pre-político,
en una Arcadia concedida com o umbral del espacio civiliza d o2·’ .
Un ejem plo, entre tantos otros, en que puede observarse la difu
sión a partir del siglo v, es la gruta de Farsalo. A hora y media de ca
mino de la ciudad, en dirección oeste, la entrada de la cueva se
abre a unos metros de la base de una pared rocosa, hacia la cim a de
una colina. Durante los prim eros decenios del siglo v, un tal Pantalces habilitó la gruta y el espacio aledaño, tallando unos escalones
22 1.a fórmula aparece en la Retórica de Aristóteles, 1389b 11, la eutrape
lia no sólo es el don del buen humor. Como indica su etimología ( < trepó),
se trata de una cualidad de la inteligencia que permite responder y dar la
vuelta a una situación. Podría traducirse como «sentido del humor» si se re
conoce el aspecto performativo que implica en ella el dominio de la métis,
analizado por M. Detienne y J. P. Vernant, op. cit., n. 7.
23 Así es como Aristóteles, en la Etica a Nicómaco ( 1128a) da el testimo
nio de una historia de la risa, de la comedia antigua a la nueva. Para las rela
ciones entre urbanidad, rusticidad, risa equilibrada y el ridículo de la feal
dad, remito al estudio de Maurice Olender, «Incongru comme Priape.
Amorphia et quelques autres mots de la laideur», de próxima aparición en
N. Loraux y Y. Thomas (ed.), Le corps du citoyen, Paris, E.H.E.S.S.
24 Sobre Pan, la cueva y Arcadia, cfr. Ph. Borgeaud, op. cit., n. 7.
El rústico/337
de acceso en la roca viva y haciendo plantar y consagrar un bosquecilio para las ninfas, las Diosas. Un siglo más tarde el lugar seguía
considerándose un santuario, en el que Pan, hijo de Mermes, se ha
bía reunido con las ninfas y A p o lo 25, asi com o otras divinidades
«m en ores» típicam ente tesabas (Asclepio, Quirón, H eracles). A la
derecha de la entrada, una inscripción da la palabra a la divinidad
(ho (heos), sin precisar, sin designar quien habla, una voz anónima
surgida del paisaje agreste invita al caminante (el visitante que vie
ne de la ciudad) al hom enaje ritual: depositar una ofrenda, sacrifi
car un animal, un paréntesis de paz y de alegría en m edio del duro
clim a de guerras intestinas que por entonces reinaba en Tesalia.
E l Dios:
¡Salve paseantes, quienquiera que seáis, hembra o macho, h o m
bres o mujeres, muchachos y muchachas! Este lugar es un santuario
de laspiinfas, de Pan y de Hertnes, del soberano Apolo, de Heracles y
sus compañeros, esta gruta pertenece a Quirón, Asclepio e Uigía.
De ellos, p o r Pan nuestro señor, es todo lo santo que hay aquí: los
árboles, las tablas votivas, las estatuas y las múltiples ofrendas. Las
ninfas hicieron que Pantalces, un hombre de bien, descubriera este
lugar y velara p o r él. E l fue quien plantó los árboles y quien se esfor
zó con sus manos. C om o recompensa, ellas le concedieron una lar
ga vida sin tropiezos. Heracles le dio la energía y la virtud, la fuerza
con la que pudo tallar las piedras para hacer accesible este lugar;
Apolo, hijo de aquél y Hermes le dieron la salud para toda su noble
vida; Pan le dio la risa, el buen hu m or v una justa hybris; Quirón le
concedió ser prudente y buen cantor.
Pero ahora, acompañados de la buena fortuna, penetrad en el
santuario, haced sacrificios a Pan, haced vuestras plegarias, ale
gróos: aquí hallaréis pausa para todos los males, obtendréis en suer
te bienes y el fin de la guerra26.
La risa (gélós), el buen hum or (euphrosÿné) y la violencia d om i
nada por la justicia (hybris díkaia) fueron los dones que el dios ca
brero con cedió a Pantalces; anuncian, en el plano de la práctica re
ligiosa, dentro de este culto de los cam pos practicados por los ciu
dadanos, la definición de la eutrapelia aristotélica (pepaideuméué
hybris).
Sabemos que la^sociëdâdT^iegaTTârp'aTtirrdenfinalesTdel'rsiglq^
aX*evolncióñáIhacia-unaLnegaciÓn:políticaTdelTrüstic'CP: Aristóte
les27 llegará incluso a desear que se aparte al cam pesino de la ciu25 Conforme al conjunto tradicional heredado del modelo ateniense.
26 Supplementum epigraficum graecum vol. I, núm. 248; cfr. D. Compa
rent en Annuario della Scuola archaeologicn di Atene 4-5 (1922) pági
nas 147-160.
27 Política II, p. 8.
jjo/ rn irip p c tJorgcaud
dad, en tanio que ciudadano, en beneficio de los esclavos y de los
trabajadores inm igrados. Esta devaluación y ocultación del ágroikos no significa el abandono de un espacio que, sim bólicam ente,
sigue siendo productor de deseos y tensiones, pero también de civ i
lización. Así es eterno el culto en las grutas del dios Pan, em blem a
de la Arcadia prim itiva, la de los com edores de bellotas más viejos
que la luna, se desarrolla precisam ente con el progreso de la urban ización. Al tiem po que el cam pesinado, bajo su aspecto más técni
co, entra en la literatura28. P o r lo que se refiere a los terrenos pan
tanosos, a las laderas de los montes, a las zonas boscosas y salvajes
o, p o r el contrario, a las áridas y secas, donde se practica la cria de
cabras, la caza, la pesca, la recogida de carbón o la vigilancia efébica dé las fronteras, siguen siendo objeto de un discurso m ítico, in
clu so cuando su situación haya cam biado desde hace tiem po: no se
trata ya de khôrai êrèmoi, de desiertos, de tierras de nadie, sino que
se encuentran siem pre integrados en un conjunto de prácticas ri
tuales «que perpetúan la m em oria del proceso de constitución de
la unidad territorial y política de las ciu dades»29.
28 Para la génesis de esta literatura, véase el documentadísimo libro de
Stella Georgoudi, Des chevaux et des bœufs dans le monde grec. Réalités et
représentations animalières à partir des livres X V I et X V II des Géoponiques,
Parîs-Atenas, 1990.
29 Expresión tomada de la importante obra de Giovanna Daveiro Rocchi, Frontiera e Confini nella Grecia antica, Roma, «L'Erm a» di Bretsclineider. 1988, p. 31.
LOS AUTORES
P h i l i p p e B o r g e a u d ha escrito Recherches sur le dieu Pau (Paris, 1979), La
mémoire de religions (Labor el Fides, 1988).
(Turin, 1941), es profesor de Historia de la Filosofía en ta
Universidad de Turin. Ha publicado Plaione e le tecnique (Turin, 1971), La
filosofía in Grecia e a Roma (Bari, 1987) e II sapere degli antichi (Bari,
1988).
G iu s e p p e C a m b ia n o
L u c ia n o C a n f o r a (Bari, 1 9 4 2 ), es profesor de Filología Clásica en la Universi
dad de Bari y director de la revista Ouaderni di Storia. Ha publicado Totalità
e selezione nella sloriografia classica (Bari, 1 97 2); Teorie e Técnica délia sloriografia classica (Bari, 1974); La biblioteca scomparsa (Palermo, 1987); Le
vie del classicismo (Bari, 1989) y Storia délia letteratura greca (Bari,
1990).
r
(1933) imparte clases eh la Universidad de Haute-Bretagne
(Rennes). Ha publicado: GH schiavi nella Grecia antica ( Milán, 1984); G ne· '
rra e società nel.mondo antico (Bolonia, 1985); Guerre et économie en Grèce
ancienne (1989).
Y von G arlan
enseña historia en la Universidad de Paris V III (Saint-Denis).
Ha publicado recientemente: La femme dans la Grèce antique (Parts, 1983).
[Hay ed. cast.: La mujer en ¡a Grecia clásica, Madrid, 1990]; la Grèce archa)'- V
que, d'Homère á Eschyle (Paris, 1984); Le procès de Socrate (Bruselas,
1986).
C lau d e M ossé
(1937), fue decano de la British School de Roma del año
1989 al 1990. Ha publicado La Grecia delle origini (Bolonia, 1983). [Hay cd.
cast., La Grecia arcana, Madrid, 19884.]
v'
O sw yn M urray
339
340/Los autores
James Rem -'ield (Chicago, 1935) da clases en el Department ofClassical Lan-
guages and Literalui es de la Universidad de Chicago. Ha publicado, además
de numerosos artículos y ensayos en obras colectivas: Naíure and Culture m
the ¡liad: The Tragedy oj H edor (Chicago, 1975).
(Boston, 1936) es profesor de Literatura clásica y comparada
en la Universidad de Princeton. Ha publicado: Dionysiac ¡Relies and Eurípi
des' Bacchae (Princeton, 1982), Orpheus: the Myth oj tHe Poel (Baltimore,
1989).
;
C h arles S egal
M ario V egetti (Milán, 1937) enseña Historia de la Filosofía Antigua en la
Universidad de Pavía. Ha publicado: ll coltello e lo sitio (Milán, 1979); Tra
Edipo e Euclide (Milán. 1983) y ¿'etica degli antichi (Bári, 1989).
Jean P ie r r e V e r n a n t (Provins, 1914) es profesor honorario del College de
France. Destacan, entre sus obras, Mito e tragedia nell’arúica Grecia (con P.
Vidal-Naquel, Turin, 1977); Mito e pensiero presso igreci (ibid., 1978); Mito e
societá nelTantica Grecia (ibid., 1981); Le astuzie dell'inteligenza nell'antica
Grecia (con M. Detienne, 19422) y varias contribuciones a las obras a cargo
respectivamente de C. Caíame, L'amore in Grecia ( 19884), y M. Bettinini, La
mase Itera, il doppio e el ritratto (1991). [Hay ed. cast., Mito y pensamiento en
la Grecia antigua, Madrid, 19872.]
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